La bolsa de basura explotó contra el suelo de mármol del vestíbulo y el líquido pútrido salpicó los zapatos

Lubután de Valentina. “¿Pero qué demonios?”, gritó la joven
retrocediendo con asco, mientras sus amigas estallaban en carcajadas.
“Mira lo que hiciste, vieja inútil.” Detrás del uniforme naranja manchado y
la gorra que ocultaba su rostro, Catalina Mercad Bals apretó los dientes.
62 años de vida, 30 construyendo un imperio textil valorado en 800 millones
de euros y ahora estaba arrodillada en el piso de su propia empresa, limpiando
desperdicios. Todo para conocer la verdadera naturaleza de la mujer que su
hijo Marcos había elegido como esposa. “Lo siento mucho, señorita”, murmuró
Catalina con voz rasposa, manteniendo la cabeza gacha. “Fue un accidente.” “Un
accidente.” Valentina dio un paso amenazante hacia ella. “¿Sabes cuánto cuestan estos
zapatos?” Por supuesto que no lo sabes. Personas como tú jamás podrían ni
siquiera tocarlos. Las amigas de Valentina, tres chicas con vestidos de diseñador y carteras que
costaban más que un coche, rodearon a Catalina como buitres.
“Val, déjala”, dijo una de ellas, una rubia con extensiones perfectas.
Probablemente es todo lo que tiene. Mírala bien. Seguro duerme en un cuartucho con toda su familia y huele
fatal, añadió otra tapándose la nariz exageradamente.
Esta gente no conoce lo que es un baño decente. Catalina sintió la humillación
arder en su pecho, pero se forzó a permanecer inmóvil. Había empezado este experimento hacía
apenas tres días después de que su asistente personal, María, le advirtiera sobre ciertos rumores.
“Señora Mercad, hay cosas que debería saber sobre la señorita Duarte.” Le
había dicho con preocupación genuina. Pero Catalina no era mujer de escuchar
chismes. Prefería los hechos y la única forma de obtenerlos era desde el lugar
más invisible de la sociedad, el personal de limpieza. Había contratado a
una actriz profesional para que ocupara su lugar en las reuniones de directorio.
Había falsificado documentos de identidad. había sobornado al supervisor de la empresa de limpieza para que la
insertara en el turno nocturno de mercadé textil sin hacer preguntas. Todo
para esto, para ver a Valentina sin máscaras. Y bien, Valentina chasqueó los
dedos frente al rostro de Catalina. ¿Vas a quedarte ahí como una estúpida o vas a
limpiar tu desastre? Sí, señorita. Enseguida. Mientras Catalina se arrastraba para
recoger los desperdicios, escuchó a Valentina suspirar con dramatismo.
“No puedo creer que tenga que compartir oxígeno con esta clase de gente”, le dijo a sus amigas. “Cuando me case con
Marcos, lo primero que haré será exigir que despidan a todo este personal y
contraten gente, ya sabes, más presentable.” “¿Y eso es posible?”,
preguntó la rubia con curiosidad. Cariño, cuando seas la nuera de Catalina
Mercadebals, todo es posible. Valentina sonrió con suficiencia.
La vieja está tan desesperada porque Marcos siente cabeza, que básicamente me
ha entregado las llaves del reino. Firmé el acuerdo prenupsial ayer. ¿Saben
cuánto obtendré si el matrimonio termina? 50 millones de euros. 50 millones solo
por aguantar a ese niño de mamá durante unos años. El trapo cayó de las manos de
Catalina. 50 millones. Había firmado ese acuerdo creyendo que Valentina amaba
genuinamente a su hijo. Marcos llevaba meses radiante hablando de ella como si
fuera un ángel caído del cielo. “Marcos no sospecha nada”, preguntó otra de las
amigas. Por favor. Valentina soltó una risa cruel. Marcos es un idiota con
dinero. Me mira como si fuera lo mejor que le ha pasado en la vida. Le digo que
lo amo, le cocino de vez en cuando, finjo interés en sus aburridos proyectos
empresariales y listo. Es como entrenar a un perro, solo que este perro tiene
una tarjeta black sin límite. Las carcajadas resonaron en el vestíbulo
vacío. Eran casi las 11 de la noche. El resto del edificio estaba desierto. Solo
quedaban Valentina y sus amigas, que aparentemente tenían permiso para usar
las instalaciones después de horas gracias a su relación con Marcos.
Catalina sintió náuseas, no por el olor de la basura, sino por la repugnancia
que le provocaba cada palabra que salía de la boca de esa mujer. Aunque debo
admitir, continuó Valentina mientras se examinaba las uñas, que la parte más
difícil es fingir que me importa la estúpida fundación benéfica de la vieja
bruja. Ay, Valentina, es tan importante devolver a la comunidad. Ay, Valentina,
estos programas de becas son mi legado. Por favor, lo único que me importa es
que ese dinero podría estar mejor invertido en mi cuenta bancaria.
Pero tendrás que mantener las apariencias, ¿no?, dijo la rubia. Claro,
hasta que consiga lo que quiero. Valentina bajó la voz, pero Catalina aún
podía escucharla perfectamente. Mi abogado ya encontró tres cláusulas
ambiguas en el contrato. Si juego bien mis cartas, podría salir con mucho más
de 50 millones. Y la fundación será lo primero que desmantelaré.
Becas para niños pobres. Por favor, que sus padres trabajen más duro si quieren
educación. Catalina cerró los ojos con fuerza. Su fundación había sacado de la pobreza a
más de 2000 jóvenes en los últimos 15 años. Era el orgullo de su vida, más
incluso que su imperio empresarial. Y esta mujer, esta víbora disfrazada de
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