Existen dos formas de morir en el norte de México, compadre. Con la pistola en
la mano como los valientes, o con la soga al cuello, como los que no aguantan

la vergüenza. Si ya escuchaste este corrido, sabes lo que pasó, pero ni te
imaginas los detalles que revelan la verdadera historia detrás del corrido
que canta la carrera más famosa de Sonora. Una historia con un destino tan
legendario como trágico. ¿Cuánto vale el orgullo de un pueblo? Para siendo
Valenzuela valió todo. Su trabajo, su dignidad, su vida. Y lo que vas a
escuchar ahora, compadre, es la historia completa. Tú estás escuchando el canal
Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al
video. Y ahora sí, vamos a comenzar. Marzo de 1957,
el rancho Tres Nogales se extendía como una cicatriz verde en medio del desierto
sonorense, entre Cumpas y la frontera con Arizona. Era tierra de los frisbe,
gente con dinero viejo, con apellido que se respetaba desde Hermosillo hasta Douglas. Y en ese rancho, entre los
vaqueros que arreaban ganado y reparaban cercas bajo un sol que derretía las
piedras, trabajaba siendo valenzuela. 28 años tenía. Manos callosas de jinetear
potros chúcaros y arreglar monturas. Piel oscura curtida por el desierto,
cuerpo delgado, pero nervudo de esos hombres que no impresionan hasta que los ves trabajar 12 horas sin quejarse.
Siendo no era el mejor vaquero del rancho, pero era el más leal. Eso decían
todos. Lealtad. En el norte de México, esa palabra todavía significaba algo en
los 50. Significaba que si don Pedro Frisby te pedía algo, lo hacías. Sin
preguntar, sin dudar. Don Pedro era un hombre de estatura mediana, pero de
presencia enorme. Bigote cuidado, sombrero tejano de pelo de castor que
había costado más que el salario de tres meses de cualquier vaquero. Hilla de
plata con sus iniciales, que brillaba como amenaza cada vez que se plantaba
frente a un hombre para darle órdenes. tenía ese aire de quien nunca ha tenido
que pedir nada por favor, de quien da indicaciones y espera obediencia, porque
así ha sido siempre, porque su padre fue así y el padre de su padre también. Los
frisbe habían construido ese rancho comprando tierras cuando todavía se podía, cuando los revolucionarios
andaban matándose entre ellos y un hombre con visión podía quedarse con lo
que quisiera. Don Pedro había heredado esa visión y también había heredado la
soberbia que viene con ella. Pero más que el rancho, más que el ganado Hereford, que pastaba en sus tierras,
más que las cercas recién pintadas y los establos con techo de lámina nueva, don
Pedro amaba a su caballo, el moro de cumpas, un cuarto de milla de pelaje
moro claro, casi plateado cuando el sol de la tarde le pegaba en el lomo. No era
solo un animal bonito, compadre, era una aparición. Crines como cascada de plata,
ojos oscuros que parecían entender más de lo que debería entender un caballo.
Músculos que se marcaban bajo la piel como ríos de fuerza pura, media 15
palmos y medio, peso perfecto, patas largas diseñadas para devorar
distancias. Había ganado carreras en Agua Prieta, en Cananea, en Nacosari.
Cuando el moro corría, la gente dejaba de respirar y cuando ganaba, don Pedro
caminaba con el pecho inflado, como si él mismo hubiera corrido, como si esa
gloria le perteneciera por derecho de propiedad, siendo conocía bien al moro,
lo había cuidado, cepillado, alimentado. Pasaba más tiempo en ese establo que en
su propio jacal. El caballo lo reconocía, movía las orejas cuando escuchaba sus pasos. Comía de su mano
con confianza. Había una conexión ahí, algo que los hombres del rancho notaban,
pero no comentaban. Siendo le hablaba en voz baja al animal, le contaba cosas que
no le contaba a nadie más. El moro era más que un caballo para él. Era el único
ser en ese rancho que no lo juzgaba, que no le recordaba que era solo un empleado, un vaquero más entre tantos.
Una tarde de finales de febrero, don Pedro mandó llamar asendo. El patrón
estaba en la galería de la casa grande, sentado en una silla de cuero con una
cerveza tecate sudando en su mano derecha y los ojos entrecerrados,
mirando hacia donde el sol empezaba a caer detrás de la sierra. Si se quitó el
sombrero al acercarse, lo sostuvo contra el pecho, como hacen los empleados
cuando hablan con el patrón. Don Pedro no lo miró de inmediato. Dejó pasar un
silencio largo, de esos silencios que los hombres con poder usan para
recordarte tu lugar. Luego habló sin voltear la cabeza, con esa voz tranquila
que usaba cuando ya había tomado una decisión y solo estaba informándote.
Valenzuela, el 17 de marzo hay carrera en agua prieta. El moro va a correr y tú
lo vas a montar. Siendo sintió cómo se le secaba la boca. Había montado
caballos toda su vida así. Había domado potros que otros vaqueros no se atrevían a tocar. Pero una carrera grande, una
carrera con apuestas serias, con cientos de personas mirando, con el orgullo de
todo cumpas sobre las patas de un caballo. Eso era diferente, eso era otro
mundo. Tragó saliva, apretó el sombrero entre sus manos. Yo, don Pedro, hay
jinetes con más experiencia en carreras. Yo nunca. Don Pedro por fin lo miró. Sus
ojos eran duros como pedernal. Te estoy diciendo que tú lo montas. El moro te
conoce, confía en ti. Eso vale más que toda la experiencia del mundo. Además,
no es solo una carrera Valenzuela, es un asunto de honor. Hay un caballo en agua
prieta, un Saino que dicen que es muy bravo. Su dueño, Rafael Romero, anda
diciendo que puede ganarle al moro, que su caballo es mejor. ¿Tú crees que voy a
dejar que un ranchero de medio pelo de agua prieta hable así del mejor caballo
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