En el velorio silencioso, la madre apenas podía respirar del dolor. Fue

entonces cuando el espíritu de un niño que no debía estar allí se acercó y dijo, “Tu hijo no murió como dijeron. Lo

que aquella revelación sacó a la luz era peor que la propia pérdida.

El velorio de Leonel estaba lleno, pero Abigail, la madre, no percibía a nadie.

Las personas hablaban en voz baja, los familiares se acercaban, las manos tocaban su hombro, pero todo pasaba a

través de ella como un viento frío. Su mirada permanecía fija en el interior

del ataúd, en el cuerpo demasiado pequeño de su hijo de apenas 9 años.

Leonel, su niño, estaba ahí inmóvil y aquello simplemente no tenía sentido.

Esto es un error. Alguien se dará cuenta y lo corregirá, pensaba sin lograr aceptarlo. Abigail estaba sentada junto

al ataúd desde que había llegado. No se levantó, no se alejó, no comió, no

respondió preguntas. La madre no podía apartar los ojos del rostro de su hijo,

las pestañas, la nariz pequeña, las manos cruzadas sobre el pecho. Todo

parecía igual que horas antes, excepto por la ausencia de vida. El silencio del

cuerpo del niño gritaba más fuerte que cualquier llanto.

Extendió la mano y tocó el cabello de Leonel con extremo cuidado, como si él

pudiera sentirlo. “Mamá, está aquí, mi amor. No me he ido”, susurró con la voz

quebrada. Las palabras salían por reflejo, como si el instinto materno aún

intentara protegerlo de algo invisible. El pecho de Abigail ardía y respirar

dolía como si el aire estuviera lleno de fragmentos de vidrio. La causa de la muerte martillaba su mente sin descanso.

Intoxicación alimentaria. Eso fue lo que informó la escuela.

Algo que él comió, algo accidental, pero cuanto más pensaba Abigail, más vacío

sonaba todo. Leonel había salido de casa sano. ¿Qué te hicieron? pensaba,

sintiendo la culpa extenderse como un veneno lento. ¿Por qué no estaba ahí? El tiempo pasó

sin aviso. Las conversaciones fueron cesando, los pasos disminuyendo, las

sillas apilándose. Uno a uno, los familiares se fueron, respetando el

silencio de aquella madre que parecía incapaz de moverse. Abigail no lo notó.

Para ella, el mundo se había detenido en el momento en que el corazón de su hijo se detuvo. Cuando finalmente levantó la

vista, algo estaba mal. El salón estaba vacío. Ninguna voz, ningún movimiento,

ningún abrazo restante, solo flores comenzando a marchitarse y el ataúd

abierto frente a ella. Abigail sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Me quedé sola,” murmuró sorprendida, como si hubiera despertado de un trance.

Intentó levantarse, pero las piernas no respondieron de inmediato.

El cuerpo estaba pesado, demasiado cansado para reaccionar. Abigail respiró

hondo, se secó el rostro con las manos temblorosas y volvió la mirada hacia Leonel. “Perdón, hijo. Mamá falló.” dijo

en voz baja, dejando que la culpa se escurriera junto con las lágrimas. Fue entonces cuando una voz que no debería

existir cortó el silencio. Tu hijo no murió, como dijeron. Abigail se congeló.

El corazón le latió tan fuerte que parecía querer salirse del pecho.

Aquello no era un recuerdo ni un pensamiento. Era una voz clara, infantil, firme. No, eso no es posible,

pensó sintiendo que el pánico ascendía. Lentamente se dio la vuelta. Detrás de

ella estaba un niño que no formaba parte de ese velorio. Pequeño, delgado, con

ropa demasiado sencilla, con ojos demasiado profundos. Observaba a Abigail

con una seriedad que no correspondía a un niño. La madre sintió un nudo en el

estómago. ¿Quién eres tú?, preguntó casi sin voz.

Mi nombre es Patricio, respondió el niño. Y sé lo que le pasó a Leonel. El

nombre de su hijo, dicho de esa manera, hizo que el suelo pareciera ceder bajo los pies de Abigail. “¿Cómo sabes su

nombre?”, pensó aterrada. El aire alrededor del niño parecía distinto, más

frío, más denso. Fue entonces cuando notó algo imposible. La luz atravesaba

parcialmente su cuerpo. Abigail dio un paso atrás con el corazón retumbándole

en los oídos. Estoy perdiendo la razón”, se repetía mentalmente.

[Música] Aún así, no podía apartar la mirada. Había ahí una presencia demasiado real

como para ser ignorada. Un miedo mezclado con una extraña sensación de verdad.

“Ya sientes que algo está mal”, dijo Patricio con voz tranquila, casi

compasiva. “La muerte de tu hijo no fue como te la contaron. Las lágrimas de Abigail

cayeron sin control. “Entonces no estoy loca”, pensó sintiendo el cuerpo

temblar. Lo sentí desde el principio. Tragó saliva reuniendo valor para

preguntar lo que más temía escuchar. “¿Tú eres un espíritu?” Patricio la miró

durante unos segundos en silencio y asintió. Lo soy. Antes de que Abigail

pudiera reaccionar, antes de que pudiera suplicar respuestas, el niño comenzó a

desaparecer lentamente como humo disolviéndose en el aire. “Espera!”,

gritó ella, extendiendo la mano desesperada, pero él ya no estaba ahí.

Sola otra vez, Abigail cayó de rodillas junto al ataúd. Su cuerpo se sacudía en

sollozos profundos y el salón parecía aún más oscuro.

No sabía si había visto a un espíritu o si el dolor finalmente había quebrado su cordura, pero una certeza ardía en su

pecho. La muerte de Leonel ocultaba algo terrible, ya que el niño venido del más

allá había despertado una verdad que ya no permitiría silencio. Esta frase no

salió de la mente de Abigail ni por un solo segundo. Desde el velorio, desde la aparición del espíritu, las palabras

resonaban como un susurro insistente dentro de ella. Su hijo no murió como