Antes de comenzar la historia, no olvides darle me gusta al video y contarnos desde dónde lo estás viendo en

los comentarios. Riven Holt estaba sentado solo en la mesa de madera junto a la ventana,

observando como la luz del atardecer se desvanecía detrás de la sierra lejana.

La habitación era lo bastante grande como para albergar a una familia entera, pero nada se movía en su interior, salvo

el fuego en la chimenea y el lento vapor que subía de su taza de café. Las paredes hechas de troncos macizos

estaban marcadas por años de viento, polvo y sol. El piso crujía apenas

cuando él cambiaba de postura. Aquella casa había sido construida para un hombre que alguna vez esperó compañía y

terminó viviendo sin ella. Afuera, su tierra se extendía más allá de lo que la

mayoría de la gente podía recorrer en un solo día. Decenas de cabezas de ganado

se dispersaban por los campos abiertos y aún con la luz cayendo, sus siluetas

seguían siendo visibles sobre la tierra oscura. Todo lo que Riven poseía. Hablaba de

estabilidad y esfuerzo bien recompensado, pero nada de eso lograba llenar las

tardes silenciosas que lo acompañaban cada día. Su padre había levantado la

primera cabaña en ese lugar. Con los años, Riven la transformó en una casa

amplia, sólida, pensada para durar. Después de perder a casi toda su familia

entre enfermedades y caminos que se separaron, decidió quedarse. Marcharse

habría significado abandonar los recuerdos que aún lo sostenían. Al principio, su objetivo fue simple:

cuidar la tierra y mantener vivo el ganado. Con el tiempo, esa misión se

volvió rutina. Y la rutina, una jaula invisible.

Se pasó la mano por el rostro, sintiendo un peso que nunca terminaba de desaparecer. En el pueblo lo respetaban,

lo veían como un ganadero firme, de palabra tranquila y manos seguras, pero

no lo conocían de verdad. No veían las horas que pasaba, sentado en silencio,

luchando contra la sensación de que algo en su vida se había detenido hacía mucho tiempo.

El fuego crujió de pronto en la chimenea. Riven levantó la mirada. más sobresaltado por su propio nerviosismo

que por el ruido, soltó el aire con fastidio. Le molestaba que sonidos

pequeños aún lograran inquietarlo. “Estás bien”, se dijo en silencio. “Es

solo otra noche más.” Pero no se sentía como una noche cualquiera. El silencio

pesaba más de lo normal. Al otro lado de la sierra, en una cabaña pequeña de una

sola habitación, vivía el Oua. Riven la había visto solo de paso durante años.

Ella se mantenía lejos del pueblo, trabajando su pequeño terreno, recolectando hierbas, arreglando lo que

el tiempo o el clima dañaban. Su gente había habitado esas colinas tiempo atrás, pero casi todos se marcharon o se

perdieron en pueblos extraños. Ella se quedó por razones que nunca decía en voz

alta. El se aferraba a esa tierra con la misma terquedad con la que Riven se aferraba a la suya. Su propósito era

sencillo y duro. Sobrevivir, mantener la cabaña en pie, alimentarse, conservar la

memoria de su esposo y los pocos objetos que guardaba en un viejo cofre de madera. Riven no conocía toda su

historia, pero reconocía la mirada de quien carga un dolor antiguo. La

percibía cada vez que sus caminos se cruzaban. No hablaban mucho, apenas un

gesto, un saludo breve cuando hacía falta. Había distancia, respeto, pero

también una sensación sutil de reconocimiento, como si ambos entendieran el silencio de

la misma manera. Afuera, el viento arreció golpeando algo

suelto contra la pared exterior con un ruido seco. Riven se levantó, se acercó

a la ventana y observó como nubes oscuras avanzaban rápido por el cielo.

Una tormenta se formaba con prisa. La presión en el aire lo inquietó, despertando recuerdos de noches pasadas

en las que no tenía a nadie con quien compartir el miedo. Eran esas noches en

las que el silencio dolía más que la propia tormenta. Encendió otro farol y lo colocó sobre la

mesa. La luz apenas alcanzó los rincones, recordándole lo grande y vacía

que era la casa. escuchó las contraventanas golpear y trató de tranquilizarse, pero el viejo nudo de la

soledad volvió a apretarle el pecho. “Construiste esta vida, puedes con

ella,”, pensó. Aún así, la idea le sonó frágil. Caminó

por la casa, no para revisar nada, sino porque quedarse quieto hacía que la

soledad se sintiera más fuerte. Sus botas resonaron en el pasillo. El

sonido lo irritó. Le recordó cuánto tiempo había pasado desde que otros pasos acompañaban los suyos. ¿Por qué

ella? Porque esta noche, ¿qué estaba buscando en realidad?

Las preguntas giraban en su mente, pero Rivenholt no se detuvo. Algo más

profundo que las palabras lo empujaba a seguir adelante. Una fuerza simple y humana, nacida de la necesidad y no del

deseo. Era la urgencia de compartir el calor con alguien que cargaba el mismo silencio pesado que él llevaba desde

hacía años. Cuando alcanzó la cima de la loma, la tormenta ya estaba completamente sobre él. levantó la mano

para llamar a la puerta de Elogua sin saber qué iba a decir, sin saber cómo lo

miraría, sin saber siquiera si merecía compañía después de haber elegido la soledad durante tanto tiempo. Sus

nudillos tocaron la madera. El viento rugía a su espalda. Ahí fue cuando la

historia comenzó. La lluvia golpeaba la espalda de Riven mientras mantenía la

mano apoyada en la puerta. atento a cualquier sonido del interior. El pecho

se le sentía apretado, no por el clima, sino por el peso de estar parado en el umbral de otra persona después de años

evitando incluso conversaciones breves. Por un instante pensó que tal vez ella

ya dormía o que insistir sería una falta de respeto. Antes de que pudiera

decidir, la puerta se abrió apenas un poco y la luz tenue de un farol se

filtró hacia la oscuridad mojada. El agua apareció frente a él. Tenía los

hombros cubiertos con una manta delgada, el cabello suelto tras un día largo de

trabajo. Lo miró sin alzar el mentón, firme, atenta. Su expresión era

tranquila, pero lo bastante aguda como para medir sus intenciones. En ese momento, Riven comprendió lo