El polvo del camino todavía seguía suspendido en el aire cuando Lucía Morales bajó del carruaje, como si incluso la tierra dudara en asentarse después de haberla traído hasta aquel lugar. El viaje había sido largo, demasiado largo para una esperanza tan frágil, y sin embargo ella descendió con la espalda recta, una mano sujetando la pequeña bolsa de viaje y la otra apretando aquella carta ya gastada por tantas lecturas, tantas dudas, tantos silencios tragados durante el trayecto. El conductor no le ofreció ayuda, no le dirigió una palabra, ni siquiera la miró con curiosidad. Se limitó a señalar con la barbilla el pequeño pueblo levantado frente a ellos, un conjunto de construcciones de madera castigadas por el viento, y luego hizo girar las riendas con esa indiferencia de quien ha visto llegar demasiadas historias rotas como para conmoverse por una más.

En cuestión de segundos, el carruaje se perdió en la distancia y Lucía quedó sola.
Sola de verdad.
El viento del desierto se metía entre los edificios, levantando remolinos de polvo fino que rozaban los escalones, las ventanas, las botas de la gente que se asomaba desde dentro de las tiendas. Había rostros observándola. Rostros inmóviles, ojos atentos, bocas apenas inclinadas por esa mezcla de lástima, curiosidad y juicio que nace con facilidad en los pueblos pequeños. Nadie sonreía. Nadie salía a darle la bienvenida. Nadie la nombraba todavía, pero Lucía podía sentir cómo el rumor se armaba de una ventana a otra, de una puerta a otra, creciendo como una sombra.
En su mano, la carta parecía más pesada que su equipaje entero.
La abrió una vez más, aunque se sabía cada palabra de memoria, aunque cada línea ya le dolía como una herida vieja.
No vengas.
Me casé con otra.
Firmado por Daniel Walker.
Nada más.
Ni una explicación, ni un remordimiento, ni una sola palabra que pudiera sostener el derrumbe que esas dos frases habían provocado dentro de ella. Aquel mismo hombre que le había prometido matrimonio, que le había jurado futuro, que la había convencido de cruzar medio país para reunirse con él, ahora la rechazaba con la frialdad con la que se cierra una puerta para que el polvo no entre a la casa.
Lucía dobló la carta con cuidado y la guardó. No iba a llorar allí. No delante de aquellas ventanas abiertas. No frente a aquella gente que ya la estaba convirtiendo en historia antes de conocer su nombre.
Echó a andar por la calle principal con pasos tranquilos, sintiendo en la espalda el peso de los murmullos.
La mujer del correo.
La novia abandonada.
La que llegó demasiado tarde.
Los dejó atrás sin responder. A veces el orgullo es lo único que le queda a una mujer cuando la vida ha hecho pedazos todo lo demás, y Lucía todavía conservaba el suyo intacto. Al final del pueblo encontró una tienda general. Entró, dejó unas monedas sobre el mostrador y pidió un martillo viejo, algunos clavos y una cuerda. El dueño, un hombre de hombros anchos y ojos cansados, la observó durante unos segundos con una curiosidad que no se atrevía a ser grosera.
—¿Vas a construir algo?
Lucía sostuvo sus cosas con fuerza y respondió sin vacilar:
—Voy a empezar de nuevo.
El hombre no hizo más preguntas. Tal vez porque entendió que había respuestas que no se daban a desconocidos. Tal vez porque vio en el rostro de ella algo que no invitaba a la compasión, sino al respeto.
Al salir del pueblo, Lucía caminó hacia el sur. Había visto, al llegar, un terreno abandonado cerca de un río seco, una parcela olvidada donde se levantaba una casa medio derrumbada que nadie parecía querer. El techo vencido, las paredes torcidas, las tablas abiertas por el sol y el tiempo. Era poco. Era casi nada. Pero la tierra seguía allí. Y a veces, cuando una mujer lo ha perdido todo, un pedazo de tierra basta para volver a levantar el mundo.
Dejó la bolsa en el suelo y observó las ruinas en silencio. El aire olía a madera vieja, a polvo, a soledad.
Entonces recordó a su padre.
Lo recordó inclinado sobre la estructura de un granero, midiendo sin regla, calculando con la mirada, golpeando un clavo con esa precisión que parecía sencilla hasta que uno intentaba imitarla. Lo recordó enseñándole que una tabla mal puesta no solo arruina una pared, también arruina la confianza en lo que vendrá después. Lo recordó riéndose cuando ella era niña y se empeñaba en ayudarlo con manos demasiado pequeñas para el trabajo.
Tomó el martillo.
La primera tabla cayó tras tres golpes secos.
Y así empezó.
Trabajó toda la tarde bajo un sol cada vez más inclinado, apartando pedazos rotos, levantando tablas medio sanas, tanteando ángulos, imaginando un refugio donde otros solo veían escombros. Sus manos no estaban hechas para aquella labor. No todavía. La piel se abrió pronto. Una astilla le cortó la palma y la sangre manchó la madera gris. Le dolió. Claro que le dolió. Pero el dolor era limpio, directo, honesto. No se parecía en nada al dolor de la traición. Y por eso pudo soportarlo.
Siguió trabajando hasta que el viento cambió y trajo consigo un sonido distinto: el resoplido de un caballo, el leve crujido del cuero, una presencia detenida detrás de ella.
Lucía no se volvió.
Sabía que alguien la observaba.
Entonces oyó una voz de hombre, tranquila, grave, sin burla.
—Ese techo se caerá antes de mañana.
Lucía levantó otro clavo y respondió sin girarse:
—Entonces construiré otro.
Hubo un breve silencio. Luego escuchó el sonido de unas botas bajando a la tierra. El hombre se acercó despacio. Era alto, de sombrero oscuro, chaqueta cubierta de polvo y esa manera de moverse que tienen los hombres acostumbrados al campo, al sol, al peso de las herramientas y al silencio de los caminos largos. Se detuvo junto a la estructura, observó el techo y tocó una de las vigas inclinadas.
—La viga está mal puesta —dijo—. Sigue en pie por ahora, pero por pura suerte.
Lucía apretó el martillo.
—¿Viniste a mirar o a ayudar?
Él sonrió apenas, como si aquella respuesta le hubiera gustado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Sin decir nada, tomó la tabla, la movió unos centímetros y dejó que el peso descansara de otro modo.
—La fuerza debe caer hacia abajo, no hacia afuera.
Lucía lo observó. Luego repitió el movimiento.
El hombre asintió.
—Mateo Ríos.
—Lucía Morales.
Y trabajaron.
Durante una hora entera apenas intercambiaron palabras. Solo se oía el golpeteo del martillo, el roce de la cuerda, el crujido de la madera al encajar en su nuevo lugar. El sol descendió lentamente, pintando de cobre el desierto y alargando la sombra de aquella construcción que, poco a poco, dejaba de parecer ruina para insinuar la forma de una casa. Cuando el horizonte comenzó a arder con la última luz del día, Mateo recogió sus herramientas, observó el techo y luego a Lucía.
—Mañana traeré madera mejor.
Ella negó de inmediato.
—No necesito caridad.
Mateo señaló la estructura con un gesto breve.
—No es caridad. Es que odio ver malas construcciones.
Antes de montar, dejó una pequeña bolsa en el suelo. Dentro había carne seca y café. No dijo nada más. No insistió. Se limitó a girar el caballo y desaparecer entre el polvo del camino, como si supiera que hay ayudas que solo pueden ofrecerse una vez y en silencio.
Esa noche, Lucía se sentó frente a la pequeña estructura que apenas la protegía del viento. Las manos le sangraban. El cuerpo entero le dolía. El futuro seguía siendo una pregunta enorme y oscura. Pero las paredes estaban de pie.
Y por primera vez desde que llegó al pueblo, sonrió.
No tenía esposo. No tenía un hogar verdadero. No tenía a nadie esperándola.
Pero tenía un comienzo.
El amanecer llegó frío, con esa claridad desnuda que solo existe en los lugares donde la tierra parece haber aprendido a sobrevivir sin pedir nada a nadie. Lucía ya estaba despierta cuando la primera luz tocó las tablas de su construcción. Había dormido poco, envuelta en una manta delgada, con el martillo cerca de la mano como si fuera un amuleto o un arma. El viento había soplado fuerte durante la noche, pero la estructura seguía en pie. Aquello bastó para darle fuerzas.
Se levantó despacio. La palma vendada estaba rígida. Tenía la piel ardida, los hombros pesados, las piernas cansadas. Pero había trabajo.
Siempre había trabajo cuando una mujer decide salvarse sola.
Apenas había comenzado a levantar otra tabla cuando escuchó, una vez más, el sonido de un caballo acercándose por el camino. Esta vez no necesitó mirar para adivinar quién era. Mateo Ríos apareció con su caballo oscuro y un pequeño carro cargado de madera nueva. Lucía frunció el ceño antes siquiera de que él hablara.
—Te dije que no necesitaba caridad.
Mateo bajó sin prisa.
—Y yo te dije que no era caridad.
Se acercó a la estructura, la recorrió con la mirada y luego la estudió a ella. Sus manos vendadas. El polvo en el vestido. La terquedad quieta en los ojos.
—¿Dormiste aquí?
—Sí.
—¿Con ese techo?
Lucía levantó la barbilla.
—Sigue en pie.
Mateo arqueó apenas una ceja, y por un momento pareció debatirse entre la crítica y la admiración.
—También veo que no sabes cuándo parar.
Lucía clavó otro clavo con dos golpes firmes.
—Parar no construye casas.
Él soltó una risa breve por la nariz.
—Eso es verdad.
Sacó una viga recta del carro y la levantó sobre un hombro como si no pesara nada.
—Pero tampoco ayuda construir algo que se caerá en la primera tormenta.
Volvieron a trabajar lado a lado. El sonido de los martillazos llenó la mañana. No hablaban mucho, pero el silencio entre ellos ya no era el de dos desconocidos. Había empezado a parecerse a otra cosa: a un entendimiento simple, limpio, nacido del esfuerzo compartido. Mateo colocaba una pieza. Lucía la fijaba. Él corregía un ángulo. Ella aprendía rápido. A veces él daba una indicación y ella respondía con ironía. A veces ella cometía un error y él lo señalaba con esa calma seca que no humillaba, solo enseñaba.
Después de un rato, sin dejar de trabajar, Mateo dijo:
—La gente del pueblo dice que viniste por Daniel Walker.
Lucía no levantó la vista.
—La gente del pueblo habla demasiado.
—Eso también es verdad —respondió él.
Siguieron unos minutos más hasta que Mateo añadió:
—También dicen que él se casó hace una semana.
Lucía golpeó el clavo con más fuerza de la necesaria.
—Entonces dicen la verdad.
Mateo calló. No volvió a tocar el tema. Y ese silencio le gustó más a Lucía que cualquier consuelo.
Con el paso de las horas, el sol subió y el calor se volvió más duro. La casa ya tenía tres paredes firmes. Mateo le ofreció agua de una cantimplora. Lucía dudó apenas un segundo antes de aceptar. El agua estaba fría. Demasiado buena para rechazarla.
Fue entonces cuando él habló del rancho.
Tenía uno a seis millas al norte. Necesitaba a alguien que cocinara para los hombres y llevara las cuentas. Lo dijo como quien plantea una posibilidad sin adornarla. Lucía, todavía con el martillo en la mano, no ocultó su cautela.
—No vine aquí a servir mesas.
—No dije mesas —respondió él—. Dije cocinar.
Lucía lo observó.
—¿Cuántos hombres?
—Ocho.
—¿Cuánto pagas?
Mateo la miró, y una chispa de sorpresa divertida pasó por sus ojos.
—Eres directa.
—Solo práctica.
Él pensó un momento, dio una cifra y luego, como recordando algo, sacó un cuaderno grueso del carro.
—Y necesito a alguien que lleve los libros del rancho. No soy bueno con números.
Eso cambió el aire entre ambos.
Lucía dejó el martillo. Tomó el cuaderno. Empezó a pasar las hojas.
Al principio su rostro permaneció sereno. Luego su expresión se tensó. Siguió leyendo. Una página. Otra. Otra más. Cuando levantó los ojos, ya no había en ellos ni rastro del cansancio de aquella mañana. Había atención. Había cálculo. Había esa lucidez afilada de quien reconoce un patrón oculto.
—Estás perdiendo dinero.
Mateo soltó una exhalación breve.
—Eso ya lo sé.
Lucía negó.
—No. No entiendes. No lo estás perdiendo. Te lo están robando.
El viento sopló entre las tablas de la casa como si quisiera escuchar mejor.
Mateo se quedó quieto.
—¿Estás segura?
Lucía señaló varias líneas, varias fechas, varias cifras.
—Estas compras no coinciden. Aquí faltan depósitos. Y aquí alguien cambió números después de escritos.
Cerró el libro con lentitud.
—Todavía no sé quién, pero alguien te está robando.
Mateo volvió a mirarla con una atención distinta. Como si en ese momento hubiera dejado de ver solo a una mujer abandonada construyendo una casa en ruinas, y empezara a ver a alguien capaz de desenterrar verdades allí donde otros solo veían columnas de números.
Le ofreció más dinero. Habitación con cerradura. Comida incluida.
Lucía escuchó todo y luego, con una calma que ya empezaba a desconcertarlo, volvió a tomar el martillo.
—Primero termino mi casa.
Mateo asintió.
—Está bien.
Montó su caballo. Pero antes de irse dijo, sin mirarla del todo:
—Cuando encuentres al ladrón, ese rancho también será un nuevo comienzo para ti.
Lucía lo vio alejarse y luego bajó la vista al cuaderno que todavía sostenía. Las cifras no mentían. Nunca lo hacían. Y si había algo que ella había aprendido de su padre, era que la verdad suele esconderse en los detalles que los demás no miran.
Esa misma tarde, el viento del desierto soplaba con más fuerza cuando Lucía estaba sentada dentro de su pequeña casa, ya casi reconocible como un refugio, repasando de nuevo los libros de Mateo. La luz entraba por el espacio donde pronto iría una puerta. Las páginas crujían bajo sus dedos. Números. Fechas. Firmas. Había algo demasiado preciso, demasiado repetido para ser casualidad. No era el desorden de un hombre torpe. Era el cuidado de alguien que robaba con método.
Cuando comprendió que ya no necesitaba más tiempo sino más contexto, cerró el libro, se puso el sombrero y echó a andar hacia el norte. El rancho de Mateo quedaba a seis millas. Llegó al caer la tarde, con las botas cubiertas de polvo y el cuaderno apretado contra el pecho.
Los hombres del rancho la vieron venir. Algunos dejaron de trabajar para observarla. Otros se miraron entre sí con curiosidad. Mateo salió del establo y, al verla, no pudo ocultar la sorpresa.
—No esperaba verte hoy.
Lucía alzó el cuaderno.
—Tampoco yo esperaba encontrar esto.
En pocos minutos reunió a los hombres en el patio. Abrió el libro y comenzó a explicar. Lo hizo sin dramatismo, sin necesidad de levantar la voz. Habló de compras de alimento para ganado que no coincidían con el número de animales. De munición comprada dos veces el mismo día. De depósitos desaparecidos. De firmas alteradas. Mateo escuchaba con los brazos cruzados, cada vez más serio. Los demás murmuraban. Uno intentó justificar alguna cifra. Lucía respondió con una precisión tan tranquila que el hombre calló de inmediato.
Al final, señaló un nombre.
Jack Randall.
El silencio cayó sobre el patio como una piedra.
Jack era el capataz. Llevaba años allí. Conocía el rancho, las rutas, los bancos, las costumbres. Era el tipo de hombre al que muchos creen conocer porque lo han visto demasiado tiempo, y sin embargo nunca han mirado de verdad.
Lucía pasó otra página.
—Todos estos movimientos ocurrieron los domingos.
Mateo frunció el ceño.
—El banco abre los domingos.
—Exacto —dijo ella.
Luego señaló otra firma.
—Pero no creo que Jack trabaje solo. Creo que alguien más usa su nombre.
Los hombres intercambiaron miradas. Mateo la observó en silencio.
—¿Quién?
Lucía cerró el libro con suavidad.
—El banquero.
Aquello levantó un murmullo más fuerte. Era una acusación grave. El banquero Anderson era un hombre respetado en el pueblo, o al menos temido lo bastante como para que muchos confundieran eso con respeto. Pero Lucía no parecía intimidada.
—Los números lo dicen —afirmó.
Mateo respiró hondo. Tardó solo unos segundos en decidir.
—Entonces lo comprobaremos.
Aceptó su trabajo allí mismo. Ella negoció un sueldo más alto. Él sonrió ante su firmeza y estrechó su mano. En ese instante, sin embargo, apareció un jinete entrando al rancho a toda velocidad. El caballo frenó levantando una nube de polvo y del lomo bajó Jack Randall, sombrero torcido, ojos rojos, una botella colgando de la mano.
Miró a Lucía. Luego a Mateo.
—Así que es verdad —dijo con voz pesada—. La mujer del pueblo ahora manda en el rancho.
Lucía dio un paso al frente antes de que Mateo respondiera.
—Solo reviso números.
Jack tomó un trago.
—Los números pueden ser peligrosos.
Lucía sostuvo su mirada.
—Solo para los que mienten.
Los hombres alrededor se tensaron. El viento sopló entre ellos. Jack sonrió, pero no había humor en aquella sonrisa. Había amenaza. Había miedo escondido bajo el desprecio.
—Cuidado, señorita. En este lugar algunas verdades pueden hacer que la gente desaparezca.
Lucía no retrocedió ni un paso.
—Entonces será mejor que nadie mienta.
Jack acabó por montar de nuevo y marcharse, pero dejó tras de sí una sensación amarga, como si la tarde hubiese oscurecido antes de tiempo. Mateo la miró con el ceño fruncido.
—Ese hombre es un problema.
Lucía sostuvo el cuaderno contra su pecho.
—No. El problema es lo que está tratando de esconder.
Esa noche, bajo la luz de una lámpara de aceite, ella y Mateo revisaron juntos los libros. El resto del rancho dormía o fingía dormir. Afuera, el viento movía la cerca y hacía crujir las tablas del granero. Dentro, Lucía comparaba cifras, fechas, firmas. Mateo la observaba trabajar con una mezcla de preocupación y asombro. Poco a poco fueron apareciendo las pruebas: cada vez que Jack iba al pueblo, desaparecía dinero; algunas firmas eran suyas, otras imitaban la suya pero no lo eran; ciertos retiros solo podían haberse autorizado desde el banco.
—Anderson —murmuró Mateo, entendiendo por fin.
Lucía dobló las hojas que había usado para demostrarlo.
—Mañana iremos al juez.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta.
Jack estaba afuera, esta vez sobrio, los ojos claros y tensos. Dijo que quería hablar. Mateo intentó interponerse, pero Lucía se acercó sin vacilar. El polvo flotaba entre los tres.
—Escuché que estuviste revisando mis cuentas —dijo Jack.
—No son tus cuentas —respondió ella.
Jack soltó una risa breve y sin alegría.
—Tal vez no. Pero pueden ser tus problemas.
—No necesito consejos —dijo Lucía.
Jack se inclinó un poco hacia ella.
—Anderson no es un hombre que pierda dinero fácilmente.
—Entonces no debería robarlo.
Por primera vez, el miedo se vio claramente en los ojos de Jack. Él ya no estaba intentando asustarla; estaba intentando detener algo que sabía inevitable. Se marchó diciendo que algunas tormentas no se ven venir.
Lucía lo vio irse y volvió a la mesa.
—Lo que lo hace peligroso —dijo— es que mañana todos sabrán la verdad.
A la mañana siguiente, el pueblo entero parecía haber despertado antes de tiempo. Frente al pequeño juzgado ya se reunían los curiosos. En lugares así, las noticias viajaban más deprisa que el viento. La mujer abandonada. El rancho. El robo. El banquero. El capataz. Lucía caminó junto a Mateo por la calle principal con el libro de cuentas entre las manos. No llevaba arma. No la necesitaba.
Dentro del juzgado, el juez esperaba tras su escritorio de madera. Anderson estaba allí con su traje impecable y la expresión rígida. Jack permanecía de pie cerca de la pared, los brazos cruzados, la mandíbula apretada.
Lucía colocó el libro sobre la mesa.
El juez levantó la vista.
—Tengo entendido que trae acusaciones serias, señorita Morales.
Ella respondió con una serenidad que hizo callar la sala.
—Traigo números.
Entonces explicó.
Con voz calma, sin adornos, sin una gota de miedo visible, fue guiando al juez por las páginas, por las cifras, por las firmas, por las fechas que coincidían como si ella estuviera desatando un nudo delante de todos. Habló de compras falsas, de depósitos que nunca llegaron, de firmas alteradas, de dinero retirado sin autorización. Sacó copias del almacén, del proveedor, del banco. El juez comparó una a una. La sala quedó tan callada que podía oírse el roce del papel entre sus dedos.
Por fin, el viejo levantó la cabeza.
—Las cifras coinciden.
El color abandonó el rostro del banquero. Jack bajó los ojos.
El juez ordenó que ambos permanecieran allí mientras se revisaban las cuentas a fondo. Dos hombres del pueblo se adelantaron para quedarse junto a ellos. El murmullo estalló en la sala. Pero Lucía ya estaba cerrando el libro.
Había hecho lo que tenía que hacer.
Al salir del juzgado, el sol estaba alto y el viento movía suavemente el polvo del camino. Mateo caminó a su lado unos pasos sin hablar. Entonces se detuvo. Lucía también.
Él metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño anillo de oro.
Lucía lo miró sorprendida.
Mateo sostuvo el anillo un momento antes de hablar, como si quisiera asegurarse de que cada palabra cayera en el lugar correcto.
—Cuando te vi bajar del carruaje, no sabía quién eras. Cuando te vi construyendo esa casa con las manos sangrando, supe que eras más fuerte que la mayoría de los hombres que conozco. Y cuando te vi sentarte frente a mis libros y encontrar una verdad que nadie más quiso mirar, entendí algo más.
Guardó silencio apenas un instante.
—Este rancho cambió desde que llegaste. Y yo también.
Lucía no dijo nada. El viento pasó entre ellos, moviendo un mechón de su cabello.
Mateo la miró de frente.
—No te estoy rescatando. Te estoy preguntando si quieres construir algo conmigo.
Fue entonces cuando Lucía recordó todo de golpe: la carta doblada en la mano, la humillación de aquella llegada, la primera noche bajo un techo a medias, las tablas clavadas con sangre en las palmas, la casa pequeña junto al río seco, el sonido firme de su propio martillo, las cuentas abiertas bajo la lámpara, el peso de la verdad llevada hasta el juzgado.
Miró a lo lejos su pequeña casa.
Seguía allí. Firme.
Como ella.
Volvió los ojos hacia Mateo y una sonrisa pequeña, segura, verdadera, apareció en su rostro.
Entonces extendió la mano.
Mateo deslizó el anillo en su dedo.
Y en ese instante, sin ruido, sin espectáculo, sin necesidad de más promesas, Lucía Morales comprendió que la vida no siempre devuelve lo que quita. A veces hace algo distinto. A veces rompe un camino para obligarte a encontrar otro mejor.
Había llegado a aquel pueblo como una mujer rechazada por una carta.
Se quedó como una mujer que había construido su lugar con sus propias manos, con inteligencia, con coraje y con una verdad que nadie pudo callar.
Y esta vez no estaba empezando de nuevo.
Esta vez estaba levantando algo que sí iba a quedarse.
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