CÓMO UN ARTILLERO MEXICANO DESTRUYÓ 12 AVIONES NAZIS EN 4 MINUTOS Y CAMBIÓ LA HISTORIA DE LA GUERRA

El sol abrasador de Filipinas calaba en la piel como agujas incandescentes. En el horizonte, la silueta recortada de los montes de Luzón se difuminaba en un aire cargado de humedad. Aquel junio de 1945, mientras Europa celebraba la rendición de Alemania, en el Pacífico, la guerra continuaba con una ferocidad implacable.
Pocos sabían que en aquel lejano escenario un puñado de mexicanos estaba a punto de escribir una de las páginas más gloriosas y desconocidas de nuestra historia militar. El sargento Luis Pérez Gómez se ajustó los guantes de cuero mientras observaba con minuciosa atención las ametralladoras calibre50 de su P47 Thunderbolt.
Aquel imponente avión norteamericano apodado Jugern por su capacidad destructiva se había convertido en su hogar durante las últimas semanas. Un hogar de metal, explosivos y adrenalina constante. Todo bien, lobo. Preguntó el capitán Carlos Garduño Núñez, comandante del escuadrón, utilizando el apodo con el que todos conocían a Pérez Gómez por su mirada penetrante y su instinto depredador en el aire.
Como siempre, mi capitán, listo para darle su merecido, respondió Luis mientras pasaba su mano sobre el emblema del escuadrón 2011 pintado en el fuselaje. Un águila azteca devorando una serpiente, símbolo ancestral que ahora surcaba los cielos más lejanos que un mexicano hubiera conquistado jamás. Era difícil imaginar cómo habían llegado hasta allí.
Tres años antes, México mantenía su tradicional neutralidad ante los conflictos mundiales. Pero todo cambió aquella fatídica noche del 13 de mayo de 1942, cuando el submarino alemán U564, comandado por el capitán Leonutnant Reinhard, Tedik Surren, torpedeó al petrolero mexicano potrero del Llano, frente a las costas de Florida. El ataque cobró la vida de 14 marinos mexicanos.
La indignación nacional fue inmediata. El presidente Manuel Ávila Camacho envió una nota de protesta a Alemania exigiendo reparaciones y disculpas. La respuesta del tercer Rich fue un nuevo ataque. El 20 de mayo, otro submarino alemán hundió el buque faja de Oro, dejando nueve mexicanos más muertos en las profundidades del Atlántico.
La paciencia de México se había agotado. El 28 de mayo de 1942, con la aprobación unánime del Congreso, la nación declaró la guerra a las potencias del eje: Alemania, Italia y Japón. Por primera vez, desde la invasión norteamericana de 1847, México se involucraba en un conflicto internacional de tal magnitud. Todavía recuerdo cuando escuché el mensaje del presidente por la radio, comentaba Pérez Gómez a sus compañeros durante las noches en el campamento.
Mi padre lloró no de miedo, sino de orgullo. Por fin, dijo, México se levanta ante los matones del mundo. La participación de México en la guerra no se limitó al ámbito diplomático. El país se convirtió en un aliado estratégico fundamental, suministrando materias primas cruciales para la maquinaria bélica aliada, petróleo, para cuerdas navales, caucho y minerales estratégicos.
Miles de trabajadores mexicanos cruzaron la frontera norte como parte del programa brasero, sustituyendo a los obreros estadounidenses que habían partido al frente, manteniendo activas las fábricas, los ferrocarriles y los campos de cultivo que alimentaban el esfuerzo bélico. Pero el verdadero símbolo del compromiso mexicano con la causa aliada fue la creación de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana Fem y su unidad de combate, el legendario Escuadrón 2011, conocido como las Águilas Aztecas.
Tras intensas negociaciones entre ambos gobiernos, el 8 de mayo de 1944, el presidente Ávila Camacho anunció la conformación de esta unidad de élite que representaría a México en los campos de batalla. El proceso de selección fue riguroso. De miles de voluntarios, solo 300 fueron elegidos para integrar la FAEM. Pilotos, mecánicos, armeros.
médicos y personal de apoyo. Todos ellos sabían que estaban haciendo historia. Por primera vez soldados mexicanos combatirían fuera del continente americano. El entrenamiento comenzó en julio de 1944 en bases militares de Estados Unidos. Los pilotos se especializaron en el manejo del P47 Thunderbolt, un caza bombardero formidable que pesaba más de 7 toneladas.
y podía alcanzar velocidades superiores a los 700 Xidulpet Comer H. Los mecánicos aprendieron hasta el último secreto de aquellas máquinas volantes, mientras los armeros como Luis Pérez Gómez se convirtieron en expertos en los sistemas de armamento y en las tácticas de combate aéreo. La fase de entrenamiento no estuvo exenta de tragedias.
Dos pilotos mexicanos murieron en accidentes y otros seis quedaron fuera al no superar las rigurosas pruebas médicas, pero nada detuvo a aquellos hombres determinados a defender el honor de México. El 29 de diciembre de 1944, el Senado de la República autorizó el envío de la FAMEM al frente del Pacífico, específicamente a Filipinas, un país con profundos lazos históricos y culturales con México, fruto de tres siglos de relación a través del galeón de Manila durante la época colonial.
El 27 de marzo de 1945, los integrantes del Escuadrón 2011 zarparon desde San Francisco a bordo del buque Fairisle en un viaje que los llevaría al otro lado del mundo. Desembarcaron en Manila el 1 de mayo, siendo recibidos por el general Douglas MacArthur, quien personalmente agradeció la participación mexicana en la liberación del archipiélago.
Las Águilas Aztecas fueron asignadas al 58, grupo de casa de la quinta fuerza Aérea de los Estados Unidos, estableciendo su base en Clarkfield, en la provincia de Pampanga, isla de Luzón. Allí comenzarían a escribir su leyenda. Aquel 7 de junio de 1945, el día en que Pérez Gómez ajustaba sus ametralladoras, sería el momento en que el Escuadrón 2011 realizaría su primera misión oficial de combate.
La orden era clara. Atacar posiciones japonesas en el valle de Cagayán, un bastión enemigo en el norte de Luzón. Nervioso, lobo, preguntó el teniente Amadeo Castro Almanza mientras se colocaba su paracaídas. Nervioso. ¿Qué va? Estoy más emocionado que un chamaco en Navidad, respondió Luis con una sonrisa que apenas ocultaba la tensión de quien sabe que se enfrenta a la muerte.
Los pilotos recibieron las últimas instrucciones del capitán Radamés Gaxiola Andrade, quien lideraría la misión. estudiarían un mapa detallado de la zona mientras el oficial de inteligencia les informaba sobre la situación. Las fuerzas japonesas están atrincheradas en estas coordenadas. Su artillería antiaérea es limitada, pero no deben confiarse.
Volarán en formación escalonada. Primero bombardeo, luego ametrallamiento en picada. Tengan presente que hay guerrilleros filipinos en la zona. Distinguir entre amigos y enemigos será crucial. Los motores de los P47 rugieron como bestias prehistóricas cuando los pilotos accionaron los encendidos. El sol de la mañana hacía brillar las alas plateadas de los aviones mientras rodaban hacia la pista.
Uno a uno, los Thunderbolts despegaron elevándose hacia el cielo azul intenso de Filipinas. El escuadrón 2011 iniciaba su bautismo de fuego. A 5,000 m de altura, la formación de cinco aviones se dirigió hacia el valle. Desde aquella posición privilegiada, Luis observaba el paisaje deslumbrante, junglas interminables, arrozales en terrazas que parecían espejos bajo el sol y el mar turquesa que rodeaba las islas.
Era difícil imaginar que en aquel paraíso se estuviera librando una de las batallas más sangrientas de la guerra. Objetivo a la vista, anunció el capitán Gaxiola por la radio. Prepárense para descender. Atención a posibles defensas antiaéreas. Los aviones iniciaron un descenso controlado. A 3,000 m, la primera ráfaga de artillería antiaérea estalló cerca de ellos.
tiñiendo el cielo con nubes negras de humo y metralla. “Evasivas, mantengan la formación lo mejor posible”, ordenó Gaxiola mientras su avión realizaba un viraje brusco para evitar el fuego enemigo. Los P47 se dispersaron ligeramente, pero mantuvieron su curso hacia el objetivo. A 100 m liberaron las bombas de 500 libras que llevaban bajo las alas.
Luis observó como los proyectiles caían en perfecta sincronía hacia el campamento japonés. Segundos después, explosiones masivas sacudieron la Tierra levantando columnas de humo y tierra. Impactos confirmados. Preparados para el segundo pase. Ametrallamiento en picada, indicó Gaxiola.
Los Thunderbolts viraron en un amplio arco para enfilarse nuevamente hacia el objetivo. Esta vez descenderían a menor altitud para ametrallar con precisión las posiciones enemigas. Era el momento de Luis Pérez Gómez de demostrar su valía como artillero. Mientras los pilotos maniobraban sus aeronaves, Luis mantenía la mirada fija en las ocho ametralladoras calibre50 que equipaban cada P47.
Estos temibles cañones podían disparar más de 100 proyectiles por segundo, literalmente desintegrando cualquier cosa que estuviera en su línea de fuego. Iniciando aproximación final, anunció Gaxiola. Los aviones descendieron a menos de 200 m sobre el suelo, una altura extremadamente peligrosa que los exponía al fuego de armas ligeras, pero que garantizaba la máxima precisión en el ataque.
En ese momento, cuando estaban a punto de abrir fuego sobre las posiciones japonesas, lo inesperado sucedió. Bandidos a las 3. Repito, bandidos a las 3″, gritó el teniente José Espinosa Fuentes al detectar un grupo de aviones enemigos que se aproximaban desde el este. Luis giró la cabeza justo a tiempo para ver lo imposible.
12 aeronaves con la inconfundible insignia del círculo rojo del imperio japonés se dirigían hacia ellos, pero algo no encajaba. Aquellos no eran los habituales casas Mitsubishi A6M en cer utilizados por la aviación nipona en el Pacífico. Sus siluetas eran distintas, más europeas. Son Messers Schmid BF109, aviones alemanes, exclamó con asombro el capitán Garduño por la radio.
La confusión fue momentánea. Aviones alemanes en Filipinas, imposible. Alemania se había rendido un mes atrás. Pero allí estaban y venían directamente hacia ellos. Los años posteriores revelarían la verdad. Tras la caída de Berlín, un pequeño contingente de pilotos y técnicos alemanes de la Luft Buffe, fanáticos nazis que se negaban a aceptar la derrota, habían escapado hacia el Pacífico, llevando consigo varios casas desmontados.
Japón, desesperado por cualquier ventaja aérea ante el avance imparable de las fuerzas aliadas, los había acogido y permitido operar desde bases secretas en Filipinas. Rompan formación. Combate aéreo. Repito, combate aéreo, ordenó Gaxiola. Los 5 P47 se dispersaron inmediatamente. Aunque los Messesmith eran más ágiles, los Thunderbolt tenían mayor potencia de fuego y eran prácticamente indestructibles gracias a su blindaje y a la robustez de su diseño.
La batalla por el dominio del cielo filipino acababa de comenzar. Luis Pérez Gómez sintió como su corazón latía con fuerza mientras el capitán Garduño maniobraba su avión para enfrentar a los enemigos. Los entrenamientos, las largas horas de práctica, todo culminaba en este momento. Allá vienen tres. Preparados! gritó Garduño.
Tres Meser Schmid se dirigían directamente hacia ellos, sus cañones destellando mientras abrían fuego. Trazas de balas cruzaron el cielo como líneas de fuego. Garduño esperó el momento exacto, calculando distancias y velocidades con precisión matemática. Ahora, lobo, fuego a discreción. Luis presionó los controles de disparo y las ocho ametralladoras cobraron vida simultáneamente.
El avión entero vibraba con cada ráfaga. Miles de proyectiles salieron disparados hacia los casas enemigos a una velocidad aterradora. El primer Messersmith recibió el impacto directo en el motor. Una explosión de fuego y humo precedió a su desintegración en el aire. El segundo intentó un viraje desesperado para escapar.
Pero la lluvia de plomo lo alcanzó en el ala izquierda, arrancándola limpiamente. El caza alemán entró en un giro mortal antes de estrellarse contra la jungla. “Dos menos quedan 10”, exclamó Luis sin tiempo para celebrar. El tercer Messer Schmith logró pasar junto a ellos rozando peligrosamente el ala derecha del P47. En una maniobra que desafiaba las leyes de la física, Garduño giró bruscamente su avión para perseguir al enemigo.
Agárrate, lobo, esto se va a poner feo. El Thunderbolt rugió cuando Garduño empujó la palanca al máximo, alcanzando al caza alemán en segundos. Luis no necesitó instrucciones, ajustó su mira y desató otra ráfaga demoledora. El Messers Schmith estalló en una bola de fuego, sus restos cayendo como lluvia metálica sobre la jungla filipina.
Tres en menos de un minuto. Bien hecho, lobo. Felicitó Garduño mientras buscaba nuevos objetivos. Por la radio podían escuchar que sus compañeros también estaban enfrascados en intensos combates. El teniente Espinoza había derribado uno, el capitán Gaxiola dos más. Atención, formación de cuatro bandidos a las 12 en alto”, advirtió Garduño.
Cuatro Messers Schmith descendían en picada hacia ellos, una táctica clásica de la Luft Buffe para maximizar la velocidad y la potencia de fuego. Era una situación casi imposible de enfrentar. Casi. Vamos a hacer algo loco, lobo. Vamos a ir directamente hacia ellos dijo Garduño con una calma escalofriante. Directamente hacia ellos.
Eso es suicidio, mi capitán. Es lo último que esperarán. Confía en mí. Luis tragó saliva mientras veía como Garduño dirigía el P47 directamente hacia la formación enemiga. Era como un juego mortal del gallina, donde el primero en desviarse perdería. La distancia se acortaba rápidamente. 1000 met, 800, 600.
Prepárate para disparar a mi señal y reza a la Virgen de Guadalupe, ordenó Garduño. 400 m, 300. Los Messersmith abrieron fuego, sus proyectiles silvando peligrosamente cerca. Todavía no. 200 m. El parabrisas del P47 mostraba claramente los rostros de los pilotos enemigos, una mezcla de determinación y sorpresa ante la temeridad de los mexicanos.
Ahora Luis desató el infierno. Las ocho ametralladoras dispararon simultáneamente, creando un muro de plomo imposible de evadir. Al mismo tiempo, Garduño realizó un medio tonel seguido de un tirón para salir de la trayectoria de colisión. una maniobra conocida como Split S, que los colocó detrás de los desconcertados alemanes. El resultado fue devastador.
Dos Messersmith fueron despedazados al instante por la feroz andanada. Un tercero, dañado gravemente, intentó alejarse, pero perdió control y se precipitó en espiral hacia el océano. El cuarto logró escapar con daños menores, humillado por la audacia mexicana. “Seis derribados”, gritó Luis apenas creyendo lo que acababa de suceder.
Y aún no terminamos”, respondió Garduño, orientando su avión hacia donde sus compañeros combatían contra los últimos seis cazas alemanes. El capitán Gaxiola estaba en problemas. Dos Mes Schmith lo tenían acorralado, alternando ataques que impedían cualquier maniobra de escape. Su P47, aunque dañado, resistía estoicamente.
“Aguante, capitán! Vamos en camino”, transmitió Garduño mientras aceleraba al máximo. Luis ajustó su mira a esa distancia tendría que ser extremadamente preciso para no dañar el avión de Gaxiola. Esperó hasta tener el ángulo perfecto y luego, con la seguridad que solo da la maestría, abrió fuego en dos ráfagas cortas y letales. Los dos Messers Schmid fueron alcanzados en sus puntos vitales.
Uno perdió la cola completa y se desintegró en el aire. El otro, con el motor en llamas, intentó un aterrizaje de emergencia que terminó en una explosión al impactar contra una colina. Ocho, contabilizó Luis sintiendo que vivía un sueño febril. Gracias por la asistencia, transmitió Gaxiola, cuyo avión humeante se alejaba hacia la base.
Quedaban cuatro enemigos, ahora en clara desventaja numérica. Pronto se dieron cuenta de ello e intentaron escapar hacia el norte. Pero los P47 de Garduño, Espinoza y el teniente Mario López Portillo, les cortaron el paso. Lo que siguió fue una demostración de superioridad aérea mexicana. En una serie de maniobras coordinadas acorralaron a los desesperados pilotos alemanes.
Luis, en un estado de concentración absoluta, dirigió su fuego con precisión quirúrgica. Un noveno Messer Schmith cayó envuelto en llamas cuando Luis acertó en su tanque de combustible. El décimo intentó un último acto desesperado tratando de investir el avión de Espinoza, pero fue interceptado por una ráfaga devastadora que lo partió literalmente en dos.
Los dos últimos casas enemigos, comprendiendo lo inevitable, intentaron un escape a ras del suelo, utilizando la jungla como cobertura. Fue su error final. Los P47, diseñados precisamente para ataques a baja altitud, los siguieron sin dificultad. “Los tenemos”, exclamó Garduño, colocándose perfectamente detrás de ellos. Luis no necesitó más palabras.
Con calma profesional eliminó a los dos últimos adversarios con ráfagas precisas que impactaron en sus motores. Los Messersmith se estrellaron entre los árboles, marcando el fin de aquel increíble combate. Atención, todos los elementos. Confirmamos 12 bandidos derribados. Repito, 12 bandidos neutralizados sin bajas. propias.
Regresamos a base, transmitió Garduño con un tono que apenas ocultaba su asombro. El reloj marcaba exactamente 4 minutos desde el inicio del combate hasta el último derribo. En ese breve lapso, Luis Pérez Gómez y sus compañeros habían escrito una página indeleble en la historia militar de México, una hazaña que por las circunstancias extraordinarias y el secretismo de la operación permanecería casi desconocida durante décadas.
Mientras los P47 regresaban a la base, el silencio reinaba en las cabinas. Cada hombre procesaba lo sucedido a su manera. Luis miraba sus manos aún temblorosas por la adrenalina. 12 aviones enemigos. 12. Un número que parecía imposible incluso para los ases aviación más experimentados. aterrizaron en Clarkfield bajo un solo abrazador.
En la pista, el personal de tierra los recibió con miradas de incredulidad cuando empezó a circular la noticia de su hazaña. El general Douglas McCarthur mismo solicitó un informe detallado del encuentro, inicialmente escéptico ante los números reportados. 12 casas enemigos en 4 minutos. Si no fuera porque tenemos los restos como prueba, pensaría que es una exageración mexicana”, comentó un oficial estadounidense mientras inspeccionaba el fuselaje acbillado del P47 de Gaxiola.
“Los mexicanos no exageramos, coronel, simplemente hacemos lo imposible cuando es necesario,” respondió Garduño con dignidad. Esa noche en el campamento, el escuadrón deuno celebró su victoria con una discreción impropia de su cultura. No había tequila ni mariachis, solo la satisfacción silenciosa del deber cumplido y el orgullo de haber demostrado el valor mexicano en los cielos más lejanos.
Por México brindó el capitán Garduño levantando una taza de café. Por México, respondieron todos al unísono. Luis Pérez Gómez permaneció en silencio pensativo. Aquella batalla aérea marcaba apenas el comienzo de su participación en la guerra. En las semanas siguientes, el Escuadrón 2011 realizaría otras 58 misiones de combate sobre Luzón y Formosa, actual Taiwán, bombardeando posiciones japonesas.
escoltando cones aliados y proporcionando apoyo aéreo cercano a las tropas terrestres. No todas las misiones serían exitosas. El escuadrón perdería a cinco valientes pilotos, uno derribado en combate, otro estrellado durante una misión y tres más perdidos en el mar al quedarse sin combustible. Cada pérdida era sentida como una herida personal por todos los integrantes de las águilas aztecas.
La última misión del Escuadrón 2011 se llevó a cabo el 26 de agosto de 1945 escoltando un convoy en el norte de Filipinas. Días antes, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki habían precipitado la rendición japonesa. La guerra había terminado, pero el legado de los mexicanos en el Pacífico estaba asegurado.
El 28 de noviembre de 1945, los 298 integrantes supervivientes de la FAEM regresaron a México, siendo recibidos como héroes en una ceremonia solemne en el Zócalo de la Ciudad de México. El presidente Ávila Camacho condecoró personalmente a cada uno de ellos con la legión de honor mexicana, mientras una multitud enferborizada vitoreaba a los hombres que habían llevado la bandera tricolor a los confines del mundo.
Para Luis Pérez Gómez, como para muchos de sus compañeros, el regreso a la vida civil fue un proceso complejo. Cómo explicar a familiares y amigos lo vivido en aquellas lejanas islas. ¿Cómo transmitir la mezcla de terror y exaltación del combate aéreo? ¿Cómo hablar de la culpa del superviviente cuando recordaba a los compañeros caídos? Con el paso de los años, la hazaña del Escuadrón 2011 fue gradualmente olvidada por la memoria colectiva mexicana.
La política de neutralidad tradicional volvió a imponerse y aquel breve pero intenso episodio bélico quedó relegado a notas al pie en los libros de historia. Incluso la extraordinaria batalla contra los Messersmith fue clasificada por razones diplomáticas, pues revelaba una colaboración nazi japonesa que se extendió más allá de la rendición oficial de Alemania.
Sin embargo, en Filipinas el recuerdo de las Águilas Aztecas permaneció vivo. En el centro de Manila un monumento conmemora a los pilotos mexicanos que contribuyeron a la liberación del archipiélago. Cada 30 de abril, aniversario de la llegada del Escuadrón a las Islas, se realiza una ceremonia en su honor, con participación de autoridades locales y representantes diplomáticos de México.
Luis Pérez Gómez vivió hasta los 96 años, falleciendo en 2019 como el último superviviente del legendario encuentro con los cazas alemanes. Hasta el final de sus días mantuvo un porte militar, una mirada penetrante que justificaba su apodo del lobo y un silencio digno sobre sus hazañas. Solo en contadas ocasiones, generalmente en reuniones con otros veteranos, compartía detalles de aquellos intensos 4 minutos que cambiaron el curso de su vida y en cierta medida de la guerra en el Pacífico.
No fuimos héroes, solía decir cuando algún periodista o historiador lo entrevistaba, solo mexicanos cumpliendo con nuestro deber, como lo han hecho millones antes que nosotros, y lo harán millones después. Pero quienes conocían la verdadera historia sabían que aquella modestia ocultaba una de las proezas más asombrosas de la aviación militar.
12 aviones enemigos derribados en 4 minutos por un artillero mexicano y sus compañeros en un encuentro que jamás debió ocurrir entre fuerzas que teóricamente ya no estaban en guerra, en un rincón del Pacífico, donde pocos esperarían encontrar el águila, la serpiente y los colores de la bandera mexicana.
Hoy, cuando un avión de la Fuerza Aérea Mexicana surca el cielo con el emblema del Escuadrón 2011, lleva consigo no solo el peso de la historia, sino también el espíritu indomable de aquellos pioneros que demostraron al mundo que el valor, la destreza y la determinación no conocen fronteras ni nacionalidades. legado del Escuadrón 2011 trasciende lo militar.
Representa un momento crucial en el que México decidió abandonar su aislacionismo tradicional para tomar partido activo en la defensa de valores universales como la libertad, la democracia y la dignidad humana. Fue una declaración al mundo de que aunque pequeña en términos militares, nuestra nación estaba dispuesta a asumir responsabilidades globales cuando los principios fundamentales de la humanidad estaban en juego.
La participación mexicana en la Segunda Guerra Mundial también transformó profundamente las relaciones con Estados Unidos. El programa brasero que llevó a más de 300,000 trabajadores mexicanos al país vecino y la colaboración militar ejemplificada por el Escuadrón 2011, sentaron las bases para una nueva era de cooperación bilateral, dejando atrás décadas de desconfianza y conflictos.
Para las Fuerzas Armadas Mexicanas, la experiencia del Escuadrón 2011 representó una revolución en términos de doctrina. tecnología y profesionalización. Los conocimientos adquiridos durante el entrenamiento y el combate se incorporaron a los programas de formación militar, elevando los estándares y capacidades de nuestras fuerzas aéreas por generaciones.
Pero quizás el legado más importante sea el ejemplo de dignidad y profesionalismo que los integrantes del Escuadrón 2011 mostraron en todo momento. En un contexto internacional donde México a menudo era subestimado, estos hombres demostraron que nuestra nación podía enfrentar los desafíos más complejos con excelencia y honor.
Luis Pérez Gómez y sus compañeros nos recuerdan que la grandeza de México no se mide por el tamaño de sus fuerzas armadas o su poder económico, sino por la calidad humana, el valor y la determinación de su gente. En aquellos cielos filipinos, un puñado de mexicanos enfrentó lo imposible y salió victorioso, no solo por su entrenamiento o su equipamiento, sino por llevar en el corazón la fuerza de una nación entera.
Mientras los años pasan y los últimos testigos directos de aquella epopella nos abandonan, es nuestra responsabilidad mantener viva su memoria, estudiar su ejemplo y transmitir a las nuevas generaciones la inspiradora historia de cómo un grupo de mexicanos cambió, aunque sea por un breve momento, el curso de la historia mundial.
Porque en cada mexicano que hoy enfrenta adversidades aparentemente insuperables, en cada compatriota que lucha por un país mejor, en cada joven que sueña con horizontes más amplios, vive el espíritu del escuadrón 2011, el espíritu de aquellos que hace casi ocho décadas demostraron que no hay límites para la valentía mexicana.
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