La arena aún crujía bajo mis pasos cuando dejé atrás Ketamara.

El viento del desierto soplaba desde el sur, pero mi camino era hacia el norte, hacia esa luz blanca que latía como un corazón enfermo sobre el horizonte. Cada pulso iluminaba el cielo nocturno con un resplandor antinatural, como si una estrella hubiera sido encadenada a la tierra.
No sabía cuánto de mí seguía intacto.
Recordaba el hecho de Lira.
Recordaba que la amé.
Pero su risa era ahora un espacio en blanco.
Y ese vacío pesaba más que cualquier culpa.
El Palacio Central de Ket
El palacio se alzaba en el centro de la capital como una montaña tallada por manos humanas. Bajo sus cimientos —según susurraban los textos prohibidos— dormía algo más antiguo que el imperio mismo.
Cuando llegué, la ciudad ya no era la que había dejado.
Sacerdotes vestidos de blanco marchaban en filas perfectas. Sus ojos no parpadeaban. Sus voces entonaban un cántico grave, monótono, que hacía vibrar el aire.
Y la luz.
La luz no venía del cielo.
Venía del suelo.
Se filtraba por las grietas del mármol del patio central, como si algo inmenso respirara bajo toneladas de piedra.
—Llegas justo a tiempo —dijo una voz suave detrás de mí.
No me giré.
Ya sabía quién era.
Nejara.
La Reina Escorpión se materializó desde mi sombra, su armadura viva reflejando el resplandor blanco con destellos dorados. Su cola se arqueó sobre su hombro, goteando oscuridad que cristalizaba el mármol bajo sus pies.
—Están en la última fase —dijo—. Cuando el cántico alcance su punto más alto, el sello se romperá.
—¿Qué es exactamente lo que duerme ahí abajo? —pregunté.
Por primera vez, no respondió de inmediato.
—No es un dios como los hombres entienden la palabra. Es una conciencia primordial. Una voluntad que precede al desierto, al imperio… incluso a mí.
Eso me hizo mirarla.
—¿Incluso a ti?
Sus ojos ámbar brillaron con algo que no supe nombrar.
—Yo nací de los pactos. Él nació antes de que existiera la necesidad de pactar.
El suelo tembló.
Una grieta se abrió en el patio central y la luz brotó como una lanza hacia el cielo. Los sacerdotes cayeron de rodillas, extáticos.
Y entonces lo escuché.
No con los oídos.
Dentro de mi cabeza.
Tú.
La voz era inmensa. Antigua. Serena.
Por fin regresas.
El poder oscuro en mi interior reaccionó como una bestia inquieta. Las sombras a mi alrededor comenzaron a ondular sin que yo las llamara.
—¿Qué significa eso? —susurré.
Nejara me observaba con una intensidad nueva.
—Significa que ya te reconoció.
La Verdad que Nejara Ocultó
La grieta se expandió. Columnas enteras colapsaron. Desde el abismo emergió una figura hecha de luz sólida, no con forma humana, sino cambiante, como si cada mirada intentara imponerle una silueta distinta.
Y sin embargo…
Sentí familiaridad.
Dolorosa.
Como un recuerdo que está a punto de surgir.
—Dímelo ahora —exigí a Nejara—. ¿Por qué yo?
Ella no sonrió esta vez.
—Porque tú no hiciste un trato conmigo por venganza.
El mundo pareció inclinarse.
—Lo hice por Lira.
—No —respondió con suavidad—. Lo hiciste porque algo dentro de ti reconoció lo que estaba despertando. Porque tú fuiste creado como un sello.
Mi respiración se detuvo.
—El imperio no solo encontró a ese dios —continuó—. Lo fragmentó hace siglos. Parte de su esencia fue encarnada en una línea de sangre destinada a mantenerlo dormido.
El nombre de mi madre cruzó mi mente.
Luego el de mi padre.
Luego…
Vacío.
—Tu hermana no vivía en Surac por casualidad —dijo Nejara—. Ese lugar fue construido sobre el punto más delgado del sello. Cuando Barek la quemó, debilitó la prisión.
Las piezas comenzaron a encajar con una lógica horrible.
—No fue solo una masacre —murmuré—. Fue un ritual.
La entidad de luz dio un paso fuera del abismo.
El suelo dejó de temblar.
Empezó a desintegrarse.
Regresa a mí, dijo la voz dentro de mi mente. Eres la parte que me falta.
Y entonces entendí el verdadero precio del trato.
Cada recuerdo que Nejara había tomado.
No era solo alimento.
Era aislamiento.
Me estaba vaciando de todo lo que me anclaba a mi humanidad.
Para que cuando este momento llegara…
Yo no dudara en fundirme con esa cosa.
—Lo sabías —dije, girándome hacia ella.
Nejara sostuvo mi mirada.
—Sabía que solo alguien dispuesto a perderlo todo podría resistirse.
—¿Resistirme?
—Si aún amaras a tu hermana con la fuerza completa de tus recuerdos —dijo—, elegirías reunirte con ella en el olvido antes que cargar con esto.
El poder oscuro ardió bajo mi piel.
—Te estoy dando la única oportunidad que este mundo tiene —continuó—. Pero la elección sigue siendo tuya.
La entidad extendió algo parecido a un brazo hecho de luz líquida hacia mí.
Vuelve. Sé completo.
Sentí el vacío dentro de mi pecho.
La ausencia de Lira.
La ausencia de mí mismo.
Podía terminar con el dolor.
Podía dejar de ser fragmento.
Pero entonces…
Entre los huecos de mi memoria…
Algo permanecía.
No su voz.
No su rostro.
Solo una sensación.
Calidez.
La certeza de que, alguna vez, alguien me miró no como arma, ni como sello, ni como instrumento…
Sino como hermano.
Y eso fue suficiente.
—No —dije.
El poder de las sombras explotó a mi alrededor, no hacia afuera…
Sino hacia adentro.
Si yo era el sello, no me uniría a él.
Lo absorbería.
La luz y la oscuridad chocaron cuando la entidad me atravesó. Sentí mi cuerpo desgarrarse desde dentro. Mis huesos vibraron. Mi visión se fracturó en mil colores imposibles.
Nejara gritó algo —por primera vez sin control—.
Y luego todo se volvió silencio.
Después
Desperté en el desierto.
Solo.
La luz del norte había desaparecido.
El palacio… ya no existía.
En su lugar, un cráter de cristal blanco y negro fusionado.
Nejara estaba de pie al borde, observándome.
—¿Está…? —pregunté con voz rota.
—Dormido —respondió—. Dentro de ti.
Intenté recordar qué había hecho exactamente.
No pude.
Había más espacios vacíos ahora.
Muchos más.
—¿Cuánto perdí? —pregunté.
Ella me miró con algo que casi parecía compasión.
—Todo.
Mi pecho se sintió hueco.
—¿Lira?
Nejara guardó silencio.
Y entendí.
No quedaba ni siquiera la certeza de su amor.
Solo una dirección.
Una decisión tomada por alguien que ya no reconocía del todo como yo.
—¿Quién soy ahora? —pregunté.
La Reina Escorpión se acercó y, por primera vez, apoyó su frente contra la mía.
—Eres el único ser en este mundo que contiene a un dios… y lo mantiene encadenado por voluntad propia.
—No recuerdo haber elegido eso.
—Lo elegiste —dijo suavemente—. Yo lo vi.
El desierto se extendía infinito ante nosotros.
Sin luz blanca.
Sin cánticos.
Sin imperio.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Nejara sonrió, pero ya no como un cuchillo.
—Ahora —dijo— veremos cuánto tiempo puedes seguir siendo humano.
El viento sopló.
No recordaba por qué había empezado todo.
Pero mis pasos, de algún modo, sabían hacia dónde ir.
Y en algún lugar profundo, más allá de los recuerdos, más allá del dolor…
Algo latía.
No como un dios.
Como una promesa.
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