Las monjas morían de hambre mientras la despensa del convento rebosaba de comida. eran obligadas a arrodillarse

sobre maíz crudo hasta que sus rodillas sangraban mientras rezaban por perdón de

pecados que nunca habían cometido. Pero lo más aterrador no era el dolor físico,

sino la pregunta que nadie podía responder. ¿Cómo una mujer de Dios

nombrada por el obispo pudo convertirse en el demonio mismo? Como las

autoridades eclesiásticas ignoraron los gritos que salían de esas

paredes durante años y por qué monjas jóvenes tuvieron que morir antes de que

alguien hiciera algo? Tú estás escuchando el canal Legendarios del

Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora sí,

vamos a comenzar. En el corazón del centro histórico de Mazatlán, a pocos pasos del malecón, se

levanta un edificio colosal. Fue construido en 1702

como el convento de Santa Clara de las Penitentes. Hoy funciona como oficinas

del gobierno estatal y pocos saben que ahí, entre 1863

y 1867 ocurrió uno de los horrores más ocultos

de México, el llamado periodo de la madre Valesca. Sus gruesas paredes,

diseñadas para proteger del calor de Sinaloa, terminaron cumpliendo otro propósito, silenciar los gritos que

nadie debía oír. Según documentos preservados en el Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa, muchos

con secciones enteras tachadas con tinta negra por razones que pronto entenderás.

El convento había sido una institución ejemplar durante más de 150 años. 40

religiosas vivían allí, divididas entre monjas profesas, que habían tomado votos

perpetuos, novicias en periodo de formación, y algunas pensionistas, hijas

de familias adineradas de Mazatlán y Culiacán, enviadas para educación moral

y espiritual. El convento operaba como un microcosmos de la sociedad sinalue.

Las monjas se dedicaban a obras de caridad, preparaban medicinas herbales

para los pobres del puerto, bordaban ornamentos litúrgicos solicitados por

iglesias de toda la región. También elaboraban hostias que abastecían a más

de 20 parroquias. La rutina era estricta, sí, pero no cruel. Oraciones

desde las 4 de la madrugada, trabajo manual durante el día, estudios religiosos, periodos de silencio

contemplativo, ayunos moderados durante la cuaresma, pero nadie pasaba hambre

real. Visitas familiares permitidas una vez al mes a través de la reja del locutorio. Cartas supervisadas pero

permitidas. Todo cambió en enero de 1863.

Madre Valesca Popuza fue nombrada superiora por el obispo don Lázaro Garza. El nombramiento fue controversial

desde el inicio. Valesca tenía 38 años. había entrado a la vida religiosa a los

16 después de un escándalo familiar nunca esclarecido. Era conocida por su

rigor espiritual extremo, ayunos de semanas enteras, noches completas en

oración, flagelación constante, pero lo hacía solo a sí misma. Las otras monjas

la consideraban intensa, pero no peligrosa. Se equivocaban físicamente

era una mujer de estatura mediana, extremadamente delgada, casi

esquelética, como si su cuerpo estuviera siendo consumido desde adentro por algún

fuego invisible. Su rostro era anguloso, los pómulos prominentes, la piel

estirada sobre los huesos como pergamino amarillento, las manos siempre frías al

tacto, los dedos largos y huesudos que se movían constantemente

entrelazándose y desenredándose en un gesto nervioso que muchas monjas

encontraban hipnótico y perturbador. Pero lo que todos recordaban, lo que

aparecía en cada testimonio del juicio posterior, eran sus ojos negros,

profundos, como pozos sin fondo. No parpadeaba con la frecuencia normal y

cuando te miraba era como si pudiera ver no solo tu rostro, sino tu alma entera

desplegada ante ella. El padre Cipriano Maldonado, capellán del convento,

escribió en una carta descubierta años después: “Hay algo en los ojos de madre

valesca que inquieta incluso a los más devotos. Hay algo en esa mirada que no

parece completamente humano, como si estuviera perpetuamente contemplando realidades que el resto de nosotros,

gracias a Dios, no podemos ver.” O su primera acción como superiora fue

convocar a todas las hermanas a la sala capitular. Monja Soledad, que sobrevivió

a lo que vino después, dejó un relato en un diario descubierto décadas más tarde.

Su voz era fría como el agua que baja de la sierra en invierno. Dijo que había sido enviada para purificar el convento

de sus flojeras espirituales, que muchas de nosotras habíamos elegido la vida

religiosa como escape conveniente, no por verdadera vocación, que vivíamos en

pecado de comodidad. Entonces anunció las nuevas reglas. Silencio absoluto, excepto durante

oraciones. Correspondencia prohibida, incluso con familias. Visitas suspendidas indefinidamente.

Ayuno 3 días por semana. Flagelación diaria obligatoria. Oraciones nocturnas

de 11 de la noche hasta las 4 de la madrugada. El diario de Monja Soledad

continúa. Muchas quedamos horrorizadas, pero nadie

osó protestar. Había algo en los ojos de madre Valesca que congelaba cualquier

objeción antes de que pudiera ser verbalizada. Las primeras semanas fueron

difíciles, pero tolerables. El silencio era opresivo. Las monjas extrañaban las

conversaciones que habían dado alegría a su vida comunitaria. Los ayunos de tres días dejaban a muchas débiles y

mareadas. La flagelación diaria, realizada con disciplinas de cuerda,