En Santa Esperanza, un pueblo marcado por el miedo, nadie imaginó que el

amanecer traería el horror más grande de su historia. Un acendado cruel decidió humillar

públicamente al padre Mateo, atándolo en la plaza por negarse a obedecerlo.

Las mujeres lloraron en silencio, los hombres bajaron la mirada y parecía que

nada podría detener al tirano hasta que un murmullo atravesó el desierto.

Los revolucionarios vienen. Nadie sabía si era esperanza o condena, pero cuando

el sonido de los caballos retumbó, el destino del pueblo cambió para siempre.

Y también el de una joven llamada Lucía.

El amanecer llegó pesado sobre Santa Esperanza, como si el sol mismo dudara

antes de iluminar aquel día que quedaría marcado en la memoria del pueblo. La luz

dorada, que normalmente despertaba a los gallos y hacía brillar las paredes de

Adobe, cayó esta vez sobre una escena de angustia y silencio absoluto. Las calles

estaban vacías, pero se sentía que detrás de cada ventana había ojos

temblando de miedo. En el centro de la plaza, el ascendado don Gerardo

Santillán rugía de furia. Su figura corpulenta dominaba el espacio. Un

hombre de vientre prominente, rostro enrojecido y bigote espeso, vestido con

un chaleco de cuero demasiado ajustado, señal de subida de excesos y poder

abusivo. El sudor le corría por la frente a pesar del fresco de la mañana y

su respiración agitada parecía querer tragarse el aire que el resto del pueblo

necesitaba para mantenerse en pie. A pocos pasos, dos capataces arrastraban

al padre Mateo, un sacerdote delgado, de barba gris y mirada mansa. Sus manos

temblaban, no por miedo, sino por el esfuerzo de intentar mantenerse erguido

después de haber sido golpeado. Su sotana estaba rasgada a la altura del hombro y cubría un pecho que se movía

con dificultad bajo respiraciones cortas y dolorosas.

Aún así, en sus dedos sostenía un pequeño rosario roto, como si aquello

fuera lo único que le quedaba. Las mujeres del pueblo se escondían en los bordes de la plaza, cubiertas por

rebozos oscuros. Los ojos brillosos y las manos crispadas contra el pecho denunciaban el desespero

que sentían. Para ellas, el padre Mateo no era solo un hombre de fe. Era quien

rezaba por sus muertos. quien les llevaba comida cuando faltaba, quien protegía a los niños cuando los

capataces se volvían violentos. Verlo así, arrastrado como un animal era

presenciar la humillación de toda santa esperanza. “¡Átenlo al poste”, bramó don Gerardo

señalando la vieja columna de madera que se utilizaba para anunciar festividades

religiosas. Ese día sería un instrumento de castigo y vergüenza. Los capataces

obedecieron sin mirar atrás. Con cuerdas gruesas y movimientos bruscos ataron las

muñecas del sacerdote apretando tanto que su piel comenzó a enrojecer.

Luego pasaron la cuerda por su pecho, inmovilizándolo por completo.

El padre Mateo cerró los ojos un instante, quizá buscando fuerzas en algún rincón del alma donde el ascendado

no pudiera tocarlo. Don Gerardo se acercó a él con pasos

pesados. Su sombra enorme cubrió el rostro del sacerdote como una nube

oscura dispuesta a apagar cualquier destello de dignidad. Te advertí,

escupió el ascendado, te dije que bendijeras mis tierras y mis decisiones.

¿Quién eres tú para desobedecerme delante del pueblo? El padre Mateo abrió

los ojos lentamente. Su voz era débil, pero firme, como una brasa que no se

apaga ni bajo la tormenta. La bendición de Dios no se exige con violencia.

Un suspiro colectivo recorrió la plaza. Aquella frase era un desafío directo, un

acto de valentía que ningún hombre del pueblo se atrevía a pronunciar. Don Gerardo retrocedió sorprendido por un

instante y luego su rostro se deformó con una ira casi animal. “Entonces

sufrirás las consecuencias”, rugió. Tomó un balde de agua estancada, traída del

corral, y lo arrojó de lleno sobre el cuerpo del sacerdote. El golpe del agua

resonó como un látigo. La sotana empapada se pegó a su piel. El frío le

atravesó hasta los huesos y el olor desagradable atrajo de inmediato enjambres de moscas.

El padre Mateo respiró hondo, luchando por no desfallecer. Las mujeres se

taparon la boca para contener los gritos. Algunas lloraban en silencio, otras rezaban con los labios cerrados,

temiendo que cualquier sonido pudiera provocar un castigo aún peor. El ascendado levantó los brazos, orgulloso

de su crueldad. Miren todos, aquí mando yo. Ni la iglesia ni ningún pobre

desgraciado dictará lo que debo hacer. Las palabras retumbaron entre las

paredes de adobe, clavándose en cada corazón como una daga. Los hombres del pueblo bajaron la cabeza impotentes. Sus

ojos ardían de vergüenza y rabia contenida. Entre ellos estaba Lucía Aguilar, una

joven viuda de mirada profunda envuelta en un rebozo verde oscuro. Su esposo

había muerto trabajando para el hacendado y desde entonces la vida le

había enseñado el sabor amargo de la injusticia. Al ver al padre Mateo en aquel estado,

un nudo de indignación se formó en su pecho. Lucía dio un paso adelante,

después otro. Sus manos temblaban, pero no retrocedió.

“Lucía, no lo hagas”, le susurró una amiga sujetándola del brazo. “Él podría

matarte.” Lucía no respondió. Su mirada estaba fija en el sacerdote. Era un acto

silencioso, pero lleno de fuerza. La primera chispa de resistencia en un pueblo adormecido por el miedo. El

ascendado notó el movimiento y lanzó una mirada amenazante. Tú mejor guarda silencio, muchacha, o