El hierro al rojo vivo se hundió en la carne de aana como mantequilla derritiéndose. Su grito atravesó las

montañas de Chihuahua mientras el olor a carne quemada se mezclaba con risas

borrachas de los capangas. “A ver si ahora corre, apache de mierda”, gruñó

Santa María. Pero lo que ese desgraciado no imaginaba, compadre, es que el último

grito de la joven Apache sería el inicio de una alianza que uniría dos mundos

diferentes en busca de justicia y venganza. En las montañas áridas que bordeaban la

hacienda la esperanza, Pancho Villa detuvo a siete leguas de golpe. Sus ojos

se entrecerraron como los de un lobo que ha captado olor de sangre en el viento.

Detrás de él. Los 16 jinetes de la división del norte también detuvieron

sus monturas, manos instintivamente buscando las culatas de sus rifles

mientras escaneaban el horizonte rocoso. El silencio que siguió era más pesado

que el aire denso del mediodía chihuahüense. “Mi general”, murmuró

Rodolfo Fierro el carnicero, escupiendo jugo de tabaco al suelo calcinado. Ese

grito no era de mujer blanca. Su voz tenía la certeza áspera de quien había

escuchado suficiente dolor para distinguir entre tipos de agonía. Los

apaches tenían manera particular de gritar cuando los torturaban, un timbre que se grababa en la memoria de

cualquiera que lo hubiera oído una vez. Villa no respondió inmediatamente. Sus

dedos tamborilearon contra el cuerno de su montura mientras su mente calculaba distancias. enemigos posibles, ventajas

del terreno. Habían venido a estas montañas siguiendo rumores sobre un

ascendado que estaba robando ganado de ranchos pequeños, pero esto sonaba a

algo mucho peor, algo personal, algo que hacía que la sangre apach,

herencia de su bisabuela Taraumara hirviera con furia ancestral. José Villa

volteó hacia el más joven de su tropa. Un muchacho de apenas 20 años con ojos

de halcón y habilidad sobrenatural para rastrear. Toma dos hombres y ve a ver

qué pasa en esa hacienda. Pero cuidadito, ¿eh? Solo observen si ven

algo raro, regresan de volada a reportar. José Rodríguez asintió y

seleccionó a los hermanos Contreras con un gesto de cabeza. Los tres jinetes

espolearon sus caballos hacia el sur, desapareciendo entre los mesquites y ocotillos como fantasmas en el paisaje

desolado. Villa los vio partir mientras masticaba lentamente un pedazo de cecina

saboreando la sal que le recordaba el sudor de batallas anteriores. No tuvieron que esperar mucho. Menos de dos

horas después, José regresó galopando como si el mismo demonio le pisara los

talones. Su caballo estaba cubierto de espuma y el muchacho tenía expresión de

quien ha visto algo que le va a quitar el sueño por años. Se bajó de un salto y

caminó directamente hacia Villa, ignorando protocolo militar.

Mi general necesita escuchar esto. La voz de José temblaba ligeramente, cosa

rara en un hombre que había estado en Celaya y había visto morir a cientos de federales sin pestañear. Lo que está

pasando en esa hacienda. No es robo de ganado, es mucho peor. Villa se enderezó

en su montura. Conocía a José desde que el muchacho tenía 15 años y sabía que no

era de los que se asustaban fácilmente. Si José estaba nervioso, había motivos

serios. Habla. Es Aurelio Santa María el dueño. Tiene como 50 indios apache

trabajando en sus minas de plata, pero no les paga nada. Los tiene como esclavos, mi general, hombres, mujeres,

hasta niños de 8 o 9 años cargando costales de mineral. Bajo este sol los

tiene encerrados en unas cuevas de noche y si alguien trata de escaparse. José

tragó saliva duro. ¿Qué? Villa preguntó, aunque ya sabía que la respuesta le iba

a hervir la sangre. Los azota hasta casi matarlos y después los entierra en la

arena caliente hasta el cuello. Los deja ahí todo el día para que se mueran lentamente, para que los otros vean lo

que pasa si desobedecen. José miró directamente a los ojos de

Villa. La muchacha que gritó la tenía tres de sus capangas la habían agarrado

tratando de huir con un niño chiquito. Creo que era su hermanito. El silencio

que siguió fue tan denso que hasta los insectos dejaron de zumbar. Villa sintió

que algo frío y oscuro se extendía por su pecho, esa sensación familiar que

llegaba justo antes de que decidiera que alguien tenía que morir. No era coraje

normal, era algo más primitivo, más total. Era la justicia del desierto

despertando en sus huesos. ¿Cuántos capangas tiene? Villa preguntó con voz

tan baja que hasta Fierro tuvo que acercarse para escucharlo. Como 20 armados en la hacienda principal, pero

están relajados. Creen que están demasiado lejos de cualquier pueblo para que alguien los moleste. Y Santa María.

José sonrió sin humor. Santa María está borracho desde el mediodía. Lo vimos

desde las rocas tambaleándose y gritándole a los apaches que trabajaran más rápido. Villa cerró los ojos por

momento largo, sintiendo el calor del sol en su cara morena. En su mente veía

la bisabuela que le había criado después de que su padre muriera. Mujer apache

que le había enseñado que algunos crímenes eran tan grandes que la tierra misma clamaba venganza. le había contado

historias sobre cómo su pueblo había resistido por siglos, primero contra conquistadores españoles y después

contra mexicanos que los trataban como animales. Mi general, Petra Herrera se

acercó montada en su caballo negro. Conozco esa hacienda. Estuve ahí hace

dos años comprando caballos. Santa María presumía que tenía trabajadores

especiales que no costaban nada de mantener. Pensé que hablaba de peones pobres, pero ahora entiendo. Villa abrió

los ojos. La rabia que había estado creciendo en su pecho ahora era fuego