La historia que les traigo hoy, compadre, tiene el peso del polvo de los bandoleros y la fuerza de la fe que

brota hasta en las tierras más secas. Lo que voy a narrar sucedió cuando el
desierto era todavía más bravo y la justicia venía en la punta del rifle o
en el filo de la oración. Dicen que cuando la luna menguaba, él aparecía
montado en un caballo con ojos que quemaban como brasa viva. Un tipo
marcado por la desgracia de esos que hasta el tiene miedo de encontrar
en la encrucijada. Este es el caso de Belisario Cortés, no por ser hombre de
Iglesia, sino porque cargaba en la espalda el peso de los pecados, como quien carga su propia cruz hasta el
Calvario. Era una de esas noches en que el desierto parecía tragarse todo lo que en
él habitaba. Luna llena, plateada como moneda de promesa, derramaba luz sobre
los zaguaros estirados como dedos apuntando al cielo. Un silencio que
dolía en los oídos se apoderaba del chaparral, roto de vez en cuando por el
aullido triste de un perro que olfateaba la muerte en el aire. En el camino de
tierra apisonada, ese que corta el desierto como cicatriz vieja, surgió un
jinete. Venía despacio, sin prisa, como quien conoce bien el camino del pecado.
Era Belisario Cortés, montado en un caballo negro que pisaba tan ligero que más parecía la aparición de otro mundo.
Órale, diría quien lo viera de lejos. Ahí viene el demonio en forma de hombre.
Belisario no era hombre grande, pero imponía respeto con solo mirarlo. Traía
en el rostro una barba sin rasurar, piel curtida por el sol que raja al burro y
una cicatriz que bajaba de la frente hasta la mejilla izquierda. marca dejada por un federal en una emboscada mal
armada por los rumbos de los llanos de Meoki. Su sombrero de ala ancha, jalado
sobre los ojos hundidos, escondía la mirada que ya había visto más muerte que
un cura en día de batalla. En el pecho cruzadas las cananas de munición. En la
cintura, un rifle viejo, pero bien cuidado, de esos que conocen el olor de
la pólvora como gente de la familia. Colgado del cuello, un escapulario de
protección que una curandera, doña Carmiña, le había dado para alejar la bala perdida. Montado en aquel animal
del color de la noche, Belisario Cortés parecía parte de la oscuridad.
El sudor escurría por el pelo del caballo, mezclándose con el polvo rojo
del suelo del desierto, creando un lodo que parecía sangre vieja. Belisario se
detuvo en lo alto de una loma y miró a lo lejos la pequeña luz que temblaba
como alma en pena en medio de la nada. Era la lámpara de la capillita de San
Juan de los lagos, perdida en aquella inmensidad como una isla de fe en un mar
de desgracia. Es ahí, pensó él, acomodando el machete en la vaina. Es
ahí donde voy a ajustar mis cuentas. El viento tibio de la noche traía el
olor de tierra seca, de flor de pita y de vela quemándose. Belisario respiró
hondo como quien junta valor y azuzó al caballo loma abajo. Cada paso del animal
levantaba un poco de polvo que brillaba con la luz de la luna, como si el propio
desierto estuviera encendiendo el camino de aquel hombre marcado.
En una rama seca de mezquite, un búo cantó tres veces. En el desierto todo
mundo lo sabe. Buúo que canta tres veces es augurio de muerte. Belisario Cortés
se persignó, ironía del gesto y siguió adelante, porque hombre que ya bailó con
el no le tiene miedo a las apariciones. El caballo conocía bien aquellos caminos, había recorrido cada
palmo de aquel suelo ingrato. Pasaron por el cauce seco de un arroyo,
donde alguna vez corrió agua limpia, ahora solo piedras y espinas. Pasaron
por los restos de un rancho abandonado, paredes de adobe derretidas por las
lluvias escasas que caían por aquellos rumbos. Todo estaba en silencio, un
silencio pesado de esos que parecen gritar más fuerte que cualquier voz. La
campana de la capilla, pequeña y rajada como la voz de un viejo, tocó nueve
campanadas. Era la hora de la última oración. Belisario entrecerró los ojos.
y vio por la ventana de madera gastada la silueta del padre encendiendo las velas del altar. “Ya es hora”, murmuró
Belisario, acariciando el mango del rifle. “Ya es hora de que el Señor rece
por mí, Padre, antes de que yo lo mande para el otro lado.” Y así, con el
corazón duro como piedra y el alma ligera como quien ya no tiene nada que perder, Belisario Cortés amarró el
caballo en un tronco de Wisache y caminó hacia la casa de Dios. cargando el peso del infierno en la
espalda. La capillita de San Juan de los lagos era un pedacito de cielo caído en
el infierno del desierto, hecha de adobe y madera por manos callosas de hombres
de fe. Era simple, como la propia vida de aquel pueblo sufrido.
Las paredes encaladas de blanco, que ya amarilleaban con el tiempo, tenían
grietas que parecían las arrugas de un rostro viejo que ya vio mucha historia
pasar. En el altar humilde, apenas una imagen de madera del Cristo sangrando,
esculpida por un santero ciego de parral, algunas velas de sebo que más humeaban que alumbraban, y flores secas
de lechuguilla, que una beata terca cambiaba incluso en tiempo de sequía
brava. Aquella noche el padre Emiliano estaba solo arreglando los paramentos
para la misa del día siguiente. Era un hombre delgado, de unos 50 eneros,
cabello ralo ya blanqueando en las cienes y manos finas que parecían más acostumbradas a pasar páginas de libros
que a labrar la tierra. Había venido de Guadalajara hacía unos 10 años, mandado a aquel fin del mundo
como castigo por haber cuestionado a un obispo orgulloso. El obispo había
querido cobrar a los pobres por los sacramentos y el padre Emiliano se había
parado frente a toda la congregación y había dicho que eso era contrario a las
enseñanzas de Cristo. Por esa osadía lo habían exiliado al desierto más remoto
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