Dicen que los monstruos viven en las montañas. Mentira.

Los monstruos viven detrás de murallas. se sientan en tronos y pagan con oro

para que otros hagan el trabajo sucio. Yo lo sé porque yo era el trabajo sucio.

Nos enseñan a temer a la oscuridad de los bosques, pero la verdadera monstruosidad

no vive en las montañas. Vive detrás de piedra y hierro, segura

en sus dominios. Se rodea de cadenas y sirvientes para

alimentar su ego y ahí radica la diferencia.

La bestia salvaje mata por hambre. El hombre

El hombre destruye porque puede. No soy mejor que ellos.

Yo la casé, yo la entregué. La única diferencia es que yo me detuve,

pero demasiado tarde. Siempre me pregunté por qué la querían

intacta. Sin marcas, decía el contrato.

El lord está podrido por dentro. Su poder lo devora y necesita combustible nuevo.

Su sangre, vieja como las montañas, pura.

Dicen que una gota puede curar un hueso roto, que una copa te compra un año más de

vida. Yo bebo hielo para no morir hoy.

Él bebe la vida de ella para no morir nunca. La está drenando gota a gota.

No es una prisionera, es ganado. Tengo que llegar antes de que la deje

seca, antes de que la convierta en un cadáver vacío.

Me arrastro sobre la costra de hielo. El suelo es duro como el mármol.

No me hundo, me golpeo. El hambre aprieta, me tiro al suelo y

escarvo la superficie congelada con lo que tengo a mano. Encuentro una raíz vieja, seca,

miseria. Me la llevo a la boca, muerdo. La madera

está congelada, pero mis dientes aprietan con rabia.

Avanzo metro a metro hacia el sur refugio, sin descanso.

Me arrastro, aunque mi cuerpo ya esté roto, hasta que colapse.

La nieve ya no quema, ahora se siente cálida.

Es el final dulce. Cierro los ojos esperando la oscuridad

eterna.

Abro los ojos. Una figura está sentada frente a mí. Solo veo el brillo de dos ojos que me

estudian. Me aplica algo en las heridas. Una pasta

negra caliente. Huele a tierra quemada y a almizcle.

Duele como el demonio. Luego alivio. Quema hierbas en el fuego.

El humo es denso. Violeta. Me marea,

me arrastra a un trance profundo donde la realidad se dobla.

Estoy de pie en la nieve otra vez, pero el frío ya no muerde.

Miro mis manos. Ya no son las manos rotas de un viejo rastreador.

Están cubiertas de pelaje denso. Las uñas se han alargado en garras

negras y curvadas. Empiezo a correr, no me arrastro, vuelo sobre el

hielo, sin dolor en las rodillas, sin el peso de los años.

Soy puro instinto. Soy libre. Y a mi lado, ella, la felina, sin

cadenas, corre hombro con hombro conmigo, no como mi presa, sino como mi igual.

La figura de la capucha no me muestra el pasado, me muestra una posibilidad,

una puerta abierta a otra forma de existir.

Mientras yo sano, ella se marchita. El lord no pierde el tiempo.

La consume gota a gota buscando vida eterna. Para él no es un ser vivo, es

combustible. Algo que se quema y se tira.

El lord sonríe esperando la sumisión. Se equivoca.

Ella abre la boca ligeramente. No sale ningún grito, solo una vibración.

Un infrasonido de baja frecuencia que el oído humano no capta, pero que el instinto reconoce como terror puro.

Los humanos solo sienten náuseas. Pero los animales, ellos escuchan la

orden. Los leones blancos del lord, sus preciadas mascotas encadenadas al trono,

se vuelven locos. Las pupilas se les dilatan, sienten la llamada de una

reina. Atacan no a ella, a los guardias, a sus

dueños. El salón se convierte en un pandemonio de rugidos y acero.

Ella sonríe, dientes manchados de sangre, pero el lord no es un aficionado.

Hace una señal. Dos brutos la golpean con las culatas de

las espadas. El lord se acerca y ordena aumentar el

drenaje. Ha ganado una batalla moral, pero ha

perdido la guerra física y pronto no habrá nada que salvar.

El humo se disipa. Vuelvo a la cueva fría.

Mi cuerpo duele de nuevo, pero mi mente sigue corriendo en cuatro patas.

Miro a la figura. ¿Qué fue eso?, pregunto con voz rasposa.

La capucha se inclina levemente. Su voz es como piedras rozándose.

No fue un sueño, dice. Fue un recuerdo de lo que fuiste, de lo que puede ser.

Intento ponerme en pie. La rabia me empuja. Tengo que ir a por ella. Gruño.

El chamán no me toca, solo lanza un polvo al fuego. Fugonazo violeta.

Me golpea la visión de golpe. Me veo llegando a la puerta de la fortaleza como humano.

Cojo, débil. Los guardias me despedazan en segundos.

Mi cabeza termina en una pica. Ella muere sola.