Su suegra la echó al lodo con una “oveja inservible” para verla morir, pero ella usó esa “basura” para tejer la venganza más elegante y dolorosa jamás vista.

La lluvia no caía del cielo; parecía que el universo entero estaba llorando sobre los hombros de Sofía. Eran gotas gélidas, afiladas como agujas, que se mezclaban con el lodo bajo sus zapatos rotos. Hacía apenas tres horas, ella era la señora de la mansión, la esposa de Alejandro, el heredero del imperio textil Villaseñor. Ahora, parada frente al imponente portón de hierro forjado que se cerraba en su cara con un estruendo metálico y definitivo, no era más que una desterrada.
En sus brazos, temblando de frío y miedo, sostenía a Santi, su hijo de seis años. El niño no lloraba, estaba en shock, con los ojos muy abiertos mirando la casa donde había crecido. A su lado, balando con una tristeza que partía el alma, estaba “Mora”, una oveja negra, pequeña y rechoncha, el único ser vivo que Alejandro había salvado del matadero porque a su hijo le gustaba.
Sofía aún podía sentir el eco de la risa de Doña Regina, su suegra. La matriarca no había esperado ni siquiera a que la tierra se asentara sobre la tumba de su hijo. En cuanto terminó el funeral, rodeada de invitados vestidos de luto de diseñador y oliendo a perfumes caros que disimulaban la podredumbre de sus almas, Regina ejecutó su sentencia.
—¡Lárgate de mi casa! —había gritado la anciana desde el pórtico, protegida de la tormenta, con una copa de champán en la mano—. Tú nunca fuiste una de nosotros, Sofía. Eras un capricho de mi hijo, una mancha en mi linaje inmaculado.
—Es su nieto, Doña Regina, por favor… no tenemos a dónde ir —había suplicado Sofía, no por ella, sino por el pequeño Santi que se aferraba a su falda.
—Ese niño tiene tu mirada de barrio bajo, no tiene la sangre fuerte de los Villaseñor —escupió la mujer con desprecio—. Pero, para que no digan que soy una bruja sin corazón, llévate tu herencia.
Los guardias de seguridad, hombres corpulentos que obedecían a Regina como perros de presa, arrojaron a los pies de Sofía un bulto pesado que aterrizó en el fango con un sonido sordo. Era un telar de madera viejo, carcomido por la polilla, con el pedal roto. Y junto a él, un costal de yute apestoso.
—Ahí tienes —se burló Regina, señalando el saco—. Es la lana de la esquila de ayer. Lana negra. Basura genética. Nadie la quiere porque es rebelde, áspera y no agarra el tinte. Es igual que tú: inservible. A ver si tejes algo con eso para secarte las lágrimas. ¡Y llévate a esa bestia negra también, me estorba en el jardín!
Sofía caminó bajo la tormenta arrastrando el telar, cargando el costal de lana sucia y jalando a la oveja. Caminó hasta que sus piernas fallaron, hasta que el dolor en sus brazos se volvió insoportable. Encontraron refugio en las afueras del pueblo, en una vieja bodega de secado de tabaco abandonada, donde el viento silbaba a través de las láminas oxidadas como un lamento fantasmagórico.
Esa noche, el frío era un animal que mordía los huesos. Santi tiritaba, sus labios estaban azules. Sofía no tenía mantas, no tenía fuego. Desesperada, abrió el costal que Regina le había dado como burla. El olor era penetrante: grasa rancia, suciedad de corral y humedad. Pero era lo único que tenía. Sacó puñados de esa lana negra y sucia, y envolvió a su hijo en ella como si fuera un capullo. La grasa natural de la lana repelía el agua y retenía el calor. Santi dejó de temblar y se quedó dormido abrazado al cuello de la oveja Mora.
Sofía se sentó en la entrada de la bodega, vigilando la oscuridad. A lo lejos, en la colina, las luces de la mansión Villaseñor brillaban cálidas. Regina estaría celebrando, brindando por haber “limpiado” la casa. Sofía miró sus manos, enrojecidas, sucias de lodo y grasa de oveja. Miró la lana negra que había salvado a su hijo de la hipotermia. Regina pensó que le había dado basura para humillarla. Lo que la vieja no sabía, mientras dormía en sus sábanas de seda blanca, es que acababa de cometer el error más grande de su vida. Porque en esas manos llenas de cicatrices no había derrota. Había una magia antigua a punto de despertar. Regina había despertado al lobo, y el lobo venía a por ella, vestido de oveja negra.
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