Era “Indeseable” — Su Familia la Encerró en un Cuarto sin Ventanas (Guadalajara, 1872)

En el otoño de 1872, los registros parroquiales de la Iglesia del Sagrario de Guadalajara comenzaron a mostrar inconsistencias que llamaron la atención décadas después. Una partida de bautismo fechada el 20 de marzo de 1854 registraba el nacimiento de Esperanza Dolores Vázquez Moreno, hija de don Aurelio Vázquez Herrera, comerciante de telas, y doña Remedios Moreno de Vázquez.
Sin embargo, a partir de 1872, el nombre de la joven desaparece por completo de todos los registros civiles y eclesiásticos de la ciudad. La familia Vázquez residía en una casona de dos plantas, ubicada en la calle de San Francisco, a tres cuadras del templo de San Agustín, en lo que entonces era considerado uno de los barrios más respetables de Guadalajara.
La propiedad, construida en piedra volcánica y adobe según el estilo colonial tardío, contaba con un amplio patio central rodeado de corredores con arcos de cantera rosa. Los vecinos recordaban a don Aurelio como un hombre severo pero justo, devoto católico, que asistía a misa diariamente en la catedral.
Doña Remedios, por su parte, era conocida por su participación en las actividades benéficas de la Sociedad de Damas de la Caridad. El matrimonio había procreado cuatro hijos. Aurelio Junior, nacido en 1850, María del Carmen en 1852, Esperanza Dolores en 1854 y finalmente José Refugio, nacido en 1856. Los registros escolares del Colegio de las Hermanas de la Caridad confirman que las dos hermanas mayores completaron su educación básica sin incidentes notables.
Aurelio Junior siguió los pasos comerciales de su padre, mientras que José Refugio mostró vocación religiosa desde temprana edad. Durante los años de 1865 a 1870, varios testigos coinciden en que la familia mantenía una rutina estricta, pero aparentemente normal. Don Aurelio abría su tienda de telas cada mañana a las 7 en punto ubicada en los portales del centro de la ciudad.
Doña Remedios supervisaba las labores domésticas con ayuda de dos sirvientas. Petra Sandoval, originaria de Tlaquepaque, y Jacinta Ruiz, una mujer mayor que había servido a la familia desde antes del nacimiento de los hijos. Los domingos la familia completa asistía a la misa de 11 en la catedral, ocupando siempre el mismo banco del lado izquierdo de la nave central.
Las vecinas más observadoras, como doña Soledad Guerrero, quien residía en la casa contigua, notaron que durante esos años Esperanza Dolores había crecido hasta convertirse en una joven de apariencia llamativa, alta para los estándares de la época, de cabello castaño oscuro y ojos verdes. La joven destacaba entre sus hermanas por una belleza que, según los testimonios posteriores, resultaba inquietante para los parámetros de una señorita decente de la sociedad Tapatía.
En 1870, cuando Esperanza cumplió 16 años, comenzaron los primeros indicios de lo que más tarde los registros municipales catalogarían vagamente como problemas de conducta. El padre Crescencio Maldonado, quien oficiaba en la parroquia del sagrario, anotó en sus registros personales que la joven había sido llevada a confesión en múltiples ocasiones por su madre, siempre acompañada de ruegos especiales para que el párroco intercediera ante Dios por la salvación de un alma descarriada.
Las anotaciones del comerciante italiano Giovanni Benedetti, quien mantenía un negocio de importaciones frente a la tienda de don Aurelio, mencionan en sus cartas a su familia en Génova, que durante el verano de 1871 observó situaciones irregulares en los horarios de la familia Vázquez. escribía que la joven esperanza había dejado de aparecer en las actividades sociales habituales, incluyendo las procesiones religiosas y las funciones de teatro que se realizaban en el teatro de Gollado.
Según el testimonio posterior de Petra Sandoval, registrado en 1893 por el notario público Ramón Ibarra García, durante los meses finales de 1871, la joven esperanza había comenzado a mostrar comportamientos que no correspondían a una señorita de buena familia. La sirvienta entonces de 35 años describió episodios en los que encontraba a la joven conversando sola en el patio durante las madrugadas, riendo sin motivo aparente y cantando canciones que no eran apropiadas para oídos cristianos.
El invierno de 1871 trajo consigo cambios más evidentes en la dinámica familiar. Doña Remedios, quien hasta entonces había sido una presencia constante en los círculos sociales de la ciudad, comenzó a declinar invitaciones a tertulias y reuniones. Las damas de su círculo social, encabezadas por doña refugio Castellanos, viuda de un próspero ganadero, notaron que la señora Vázquez había desarrollado una palidez enfermiza y una tendencia a sobresaltarse ante ruidos menores.
Los hermanos de esperanza también mostraron cambios significativos. Aurelio Junior, quien había heredado el carácter meticuloso de su padre, comenzó a pasar largas horas en la tiendafamiliar, evitando regresar a casa antes del anochecer. María del Carmen, que había estado comprometida informalmente con el joven abogado Luis Fernando Orozco, rompió súbitamente el noviazgo sin ofrecer explicaciones a la familia del pretendiente.
José Refugio el Menor intensificó su devoción religiosa hasta el punto de solicitar ingreso anticipado al seminario de San José. Durante la cuaresma de 1872, los vecinos más próximos a la casa de los Vázquez comenzaron a reportar sonidos inusuales provenientes del segundo piso de la propiedad. Doña Soledad Guerrero mencionó en una carta a su hermana, residente en la ciudad de León, que durante las noches escuchaba golpes rítmicos contra las paredes, seguidos de periodos de silencio absoluto que duraban horas.
El comerciante Pedro Maldonado, cuyo taller de herrería se ubicaba en la parte posterior del terreno de los Vázquez, reportó haber escuchado en varias ocasiones lo que describió como cantos gregorianos ejecutados por una voz femenina, pero en horarios impropios para la oración. El 22 de marzo de 1872, exactamente dos días después del cumpleaños número 18 de Esperanza Dolores, don Aurelio Vázquez acudió al despacho del arquitecto municipal Ignacio Torres Quintero para solicitar modificaciones estructurales en su
propiedad. Los documentos conservados en el archivo histórico municipal especifican la construcción de un cuarto de resguardo en la planta alta con ventilación limitada según especificaciones particulares del propietario. La solicitud incluía el reforzamiento de una de las habitaciones existentes y la instalación de medidas de seguridad adicionales.
Las obras comenzaron el 15 de abril de 1872, ejecutadas por el maestro albañil Crescencio Medina y sus dos oficiales. Según el testimonio posterior del oficial Evaristo Camarena, registrado en 1895, las modificaciones incluían el tapeado completo de la ventana que daba al patio central, el reforzamiento de la puerta con barras de hierro forjado y la instalación de un sistema de ventilación que consistía en pequeñas aberturas cerca del techo, diseñadas de tal manera que resultaba imposible ver el exterior desde el interior de la habitación.
Durante las dos semanas que duraron las modificaciones, los trabajadores reportaron un ambiente tenso en la casa de los Vázquez. El maestro Medina anotó en su libro de obras que Doña Remedios permanecía la mayor parte del tiempo en la capilla familiar situada en la planta baja, dedicada a largas sesiones de oración.
Los hijos mayores se ausentaban de la casa durante todo el día y don Aurelio supervisaba personalmente cada detalle de la construcción. El comportamiento de esperanza durante esos días, según el testimonio de los obreros, resultaba particularmente desconcertante. La joven aparecía inesperadamente en las áreas donde se realizaban las obras, observando en silencio el progreso de los trabajos.
Su presencia generaba una incomodidad notable entre los trabajadores, quienes describían su mirada como demasiado directa para una señorita y su forma de moverse como impropia de su condición social. El oficial Camarena recordaba especialmente un incidente ocurrido el 26 de abril. Mientras instalaba las barras de hierro en la puerta, Esperanza se acercó y permaneció observando durante varios minutos.
Cuando el oficial le preguntó si necesitaba algo, la joven respondió con una sonrisa que él describió como demasiado amplia y le dijo, “Solo quería ver cómo se construye una jaula para personas.” Luego se retiró sin decir nada más, dejando al trabajador con una sensación de profunda inquietud. Las obras concluyeron el primero de mayo de 1872.
Los documentos de pago conservados en el archivo notarial de Ramón Ibarra García indican que don Aurelio canceló el total de los trabajos en efectivo, algo inusual, tratándose de una obra de tal magnitud. El maestro Medina anotó como observación final que la habitación modificada carecía por completo de cualquier elemento que permitiera la salida desde el interior.
Un detalle que encontró extraño, pero que no consideró apropiado cuestionar. Dos días después de la conclusión de las obras, el 3 de mayo de 1872, Esperanza Dolores Vázquez Moreno desapareció de la vista pública. Su último registro documentado corresponde a su participación en la procesión de la Santa Cruz celebrada el día anterior.
Varios testigos coincidieron en que la joven lucía pálida y parecía caminar con dificultad, como si llevara un peso invisible. A partir de esa fecha, las respuestas de la familia Vázquez a las preguntas sobre el paradero de esperanza siguieron un patrón consistente. Don Aurelio informaba a quien preguntara que su hija había sido enviada a un convento en la Ciudad de México para completar su educación religiosa y encontrar la paz espiritual que necesitaba.
Doña Remedios, cuando se veía forzada a abordar el tema, mencionaba queEsperanza había expresado una vocación religiosa repentina y había solicitado el retiro del mundo para dedicarse a la contemplación. Los hermanos de esperanza mantuvieron versiones similares. Aurelio Junior, cuando era interrogado por conocidos de la familia, explicaba que su hermana había atravesado una crisis espiritual profunda que requería tratamiento especializado en un ambiente de recogimiento religioso.
María del Carmen, por su parte, afirmaba que Esperanza había encontrado su verdadera vocación en el servicio a Dios y se había despedido de la familia con gran serenidad y júbilo espiritual. Sin embargo, las inconsistencias en estos testimonios comenzaron a generar sospechas entre los vecinos más observadores.
Doña Soledad Guerrero notó que ningún miembro de la familia había mencionado el nombre específico del convento donde supuestamente se encontraba Esperanza. Además, la señora Guerrero conocía personalmente a varias madres superioras de conventos en la capital del país y sus indagaciones discretas no arrojaron información sobre el ingreso de ninguna joven con las características de Esperanza Dolores.
El comerciante Giovanni Benedetti registró en sus cartas que el comportamiento de la familia Vázquez durante los meses siguientes a la desaparición de esperanza resultaba artificialmente normal. Escribía que don Aurelio había recuperado súbitamente su jovialidad habitual, que Doña Remedios había reanudado sus actividades sociales con aparente tranquilidad y que los hermanos de la joven parecían haber olvidado por completo su existencia, pero fueron las sirvientas quienes proporcionaron los testimonios más inquietantes.
Letra Sandoval. En su declaración posterior describió cambios sutiles pero perturbadores en la rutina doméstica. La sirvienta notó que doña Remedios había comenzado a preparar personalmente las comidas para llevar al segundo piso, tarea que anteriormente delegaba en el servicio doméstico.
Estas comidas, según Sandoval, consistían invariablemente en porciones más abundantes de lo habitual, como si fueran destinadas a más de una persona. Jacinta Ruiz, la sirvienta de mayor edad, reportó haber escuchado en múltiples ocasiones sonidos provenientes del segundo piso durante las horas en que supuestamente la familia completa se encontraba en la planta baja.
Describía estos sonidos como pasos lentos y arrastrar de objetos pesados, seguidos de largos periodos de silencio. Cuando preguntaba a doña Remedios sobre estos ruidos, recibía respuestas evasivas sobre ratones grandes o problemas con las vigas de madera vieja. Durante el verano de 1872, los vecinos comenzaron a reportar un fenómeno que encontraban particularmente desconcertante.
Las noches de luna llena, según múltiples testimonios, se escuchaba desde la casa de los Vázquez lo que describían como canto gregoriano femenino, pero ejecutado en horarios inapropiados para la oración tradicional. El canto, según doña Soledad Guerrero, parecía provenir del segundo piso y tenía una calidad demasiado pura y demasiado triste para ser completamente humana.
Pedro Maldonado, el herrero, proporcionó el testimonio más específico sobre estos cantos nocturnos. Según sus anotaciones, los episodios ocurrían con regularidad cada dos semanas, siempre durante las primeras horas después de la medianoche. El canto duraba aproximadamente una hora y se caracterizaba por una perfección técnica inquietante y una melancolía que penetraba hasta los huesos.
Maldonado mencionó que en varias ocasiones intentó identificar las oraciones cantadas, pero no logró reconocer ninguna de las piezas del repertorio litúrgico tradicional. El otoño de 1872 trajo consigo el primer incidente que forzó a la familia Vázquez a proporcionar explicaciones públicas. Durante la noche del 15 de octubre, los residentes de las casas circundantes fueron despertados por lo que describían como gritos de mujer en extrema angustia.
Los sonidos, según los testimonios, duraron aproximadamente 15 minutos y fueron seguidos de un silencio tan absoluto que varios vecinos temieron que hubiera ocurrido una tragedia. Don Patricio Hernández, quien residía dos casas al este de los Vázquez, fue el primero en acercarse para ofrecer ayuda. Encontró a don Aurelio en el patio de su casa, vestido con una bata y aparentemente tranquilo.
Cuando Hernández preguntó por la causa de los gritos, don Aurelio explicó que doña Remedios había sufrido una pesadilla particularmente vívida relacionada con la preocupación por su hija ausente. La explicación, aunque plausible, no convenció completamente a los vecinos, especialmente porque los gritos parecían provenir del segundo piso, mientras que el dormitorio matrimonial se ubicaba en la planta baja.
Los días siguientes, al incidente del 15 de octubre, estuvieron marcados por un cambio notable en el comportamiento de la familia Vázquez. Doña Remedios, quien había logradorecuperar cierta normalidad en sus actividades sociales, volvió a mostrar signos de tensión extrema. Las vecinas que la encontraban en la iglesia o en el mercado notaron que había desarrollado un tic nervioso que la hacía girar constantemente la cabeza, como si esperara escuchar algo específico.
Sus manos, anteriormente firmes y hábiles para las labores de costura, comenzaron a temblar de manera perceptible. Don Aurelio, por su parte, modificó sus horarios comerciales de manera significativa. El comerciante, quien anteriormente permanecía en su tienda hasta las 8 de la noche, comenzó a cerrar invariablemente a las 6, regresando a casa con una puntualidad que sus empleados encontraban obsesiva.
Giovanni Benedetti anotó que don Aurelio parecía incapaz de concentrarse en las transacciones comerciales durante las últimas horas del día, mostrando signos de agitación creciente a medida que se acercaba la hora del cierre. Los hermanos de esperanza también exhibieron cambios de comportamiento que no pasaron desapercibidos.
Aurelio Junior, quien había demostrado aptitudes comerciales prometedoras, comenzó a cometer errores frecuentes en la contabilidad del negocio familiar. Sus antiguos compañeros de estudios notaron que había perdido peso considerablemente y que sus ojos habían adquirido una expresión perpetuamente asustada. María del Carmen, después de romper su compromiso matrimonial, rechazó todos los pretendientes que se acercaron posteriormente, alegando que había decidido dedicar su vida al cuidado de sus padres.
José Refugio, el hermano menor, intensificó su devoción religiosa hasta alcanzar niveles que sus confesores consideraban preocupantes. Padre Crescencio Maldonado anotó en sus registros que el joven acudía a confesión diariamente, pero que sus conversaciones se caracterizaban por una agitación espiritual que parecía más relacionada con el miedo que con la verdadera contrición.
El párroco mencionó especialmente que José refugio había comenzado a hacer preguntas teológicas sobre la naturaleza del castigo divino y los límites de la obediencia filial. Durante el invierno de 1872 a 1873, los testimonios de las sirvientas proporcionaron información cada vez más inquietante sobre la vida cotidiana en la casa de los Vázquez.
Petra Sandoval describió una rutina doméstica que había adquirido características ritualizadas. Doña Remedios, según la sirvienta, había establecido horarios extremadamente específicos para las comidas, la limpieza y las actividades religiosas familiares. Cualquier desviación de estos horarios, por mínima que fuera, provocaba episodios de ansiedad extrema en la señora de la casa.
La sirvienta también reportó cambios en la distribución de los alimentos. Doña Remedios había comenzado a calcular las porciones con una precisión obsesiva, como si cada gramo de comida fuera crucial para el equilibrio de la casa. Sin embargo, Sandoval notó que consistentemente sobraban cantidades significativas de alimento que la señora guardaba cuidadosamente en recipientes específicos.
Cuando la sirvienta preguntaba sobre el destino de estos sobrantes, doña Remedios respondía vagamente que nunca se sabe cuándo alguien puede necesitar alimento adicional. Jacinta Ruiz, la sirvienta de mayor edad, proporcionó testimonios aún más perturbadores. Según su declaración posterior, durante el invierno de 1872 comenzó a notar que ciertas áreas del segundo piso de la casa mostraban signos de uso frecuente, a pesar de que supuestamente se encontraban desocupadas desde la partida de esperanza. Los pisos
de madera en el corredor que conducía a la habitación modificada mostraban marcas de desgaste reciente y las barandillas del corredor superior habían desarrollado un pulimento que solo se produce por contacto regular con las manos humanas. La sirvienta también describió episodios en los que encontraba objetos desplazados sin explicación aparente.
Sillas que recordaba haber dejado en posiciones específicas aparecían movidas varios centímetros. Cortinas que había corrido cuidadosamente aparecían parcialmente abiertas. libros que había acomodado en los estantes se encontraban en diferentes ubicaciones. Cuando reportaba estas anomalías a doña Remedios, la señora de la casa las atribuía a corrientes de aire o a problemas de memoria de la propia sirvienta.
Pero fue durante la Semana Santa de 1873 cuando ocurrió el incidente que marcó un punto de inflexión en la situación de la familia Vázquez. La noche del jueves santo, mientras la familia participaba en las ceremonias religiosas de la catedral, doña Soledad Guerrero fue despertada por sonidos provenientes de la casa vecina que describió como soyosos desesperados intercalados con oraciones en latín.
Los sonidos, según el testimonio de la señora Guerrero, duraron aproximadamente 2s horas y parecían provenir específicamente del segundo piso de lacasa de los Vázquez. Lo más inquietante del episodio, según la vecina, era que los soyozos no sonaban como los de una persona adulta, sino como los de alguien más joven, tal vez una muchacha en extrema angustia.
Las oraciones en latín, por otro lado, se recitaban con una perfección que sugería una educación religiosa profunda, pero con una intensidad emocional que la señora Guerrero encontraba impropia para la devoción verdadera. Cuando la familia Vázquez regresó de las ceremonias religiosas aproximadamente a las 11 de la noche, los sonidos cesaron abruptamente.
La señora Guerrero, preocupada por lo que había escuchado, se acercó al día siguiente para inquirir discretamente sobre el bienestar de la familia. Doña Remedios la recibió con aparente normalidad, pero cuando la vecina mencionó los sonidos de la noche anterior, la señora Vázquez mostró una reacción de alarma que intentó disimular rápidamente.
La explicación de doña Remedios fue que había pasado parte de la noche en oración privada, rogando por el bienestar de su hija ausente. Según su versión, la intensidad de su devoción había ocasionado que elevara la voz sin darse cuenta y se disculpó por cualquier molestia causada a los vecinos. Sin embargo, la señora Guerrero notó varias inconsistencias en esta explicación.
Los sonidos que había escuchado incluían claramente más de una voz, y las características de los soyosos no correspondían a las de una mujer de la edad de doña Remedios. Durante los meses siguientes, la situación en la casa de los Vázquez adquirió un carácter cada vez más hermético.
La familia comenzó a declinar invitaciones sociales con mayor frecuencia, alegando compromisos religiosos o asuntos comerciales urgentes. Las sirvientas reportaron que los horarios de comida se habían vuelto extremadamente irregulares, con la familia cenando a horas inusualmente tardías y en ocasiones omitiendo comidas por completo.
Don Aurelio modificó nuevamente sus rutinas comerciales. El comerciante, quien anteriormente mantenía la tienda abierta seis días por semana, comenzó a cerrar los lunes sin previo aviso. Sus empleados notaron que durante estos días parecía particularmente agitado y que rechazaba cualquier compromiso que requiriera su presencia fuera de casa.
Giovanni Benedetti observó que don Aurelio había desarrollado la costumbre de mirar constantemente hacia su casa desde la tienda, como si esperara ver alguna señal específica. El verano de 1873 trajo consigo una serie de incidentes que aumentaron las sospechas de los vecinos sobre la verdadera situación de la familia Vázquez.
Durante el mes de julio, varios residentes de las casas circundantes reportaron haber visto luces en las ventanas del segundo piso de la casa durante las primeras horas de la madrugada. Estas luces, según los testimonios, se movían de manera irregular, como si alguien caminara por las habitaciones portando una vela o lámpara de aceite.
Doña Soledad Guerrero proporcionó el relato más detallado de estos avistamientos. Según su testimonio, durante la noche del 24 de julio, despertó debido al calor excesivo y decidió abrir las ventanas de su dormitorio para permitir la circulación del aire. Desde esta posición tenía una vista directa del segundo piso de la casa de los Vasquez.
Aproximadamente a las 2 de la madrugada observó una luz tenue que se movía lentamente por el corredor superior. La luz, según la descripción de la señora Guerrero, se detuvo durante varios minutos frente a la puerta de la habitación que había sido modificada meses antes. Durante este tiempo, la vecina creyó distinguir la silueta de una figura femenina, pero la distancia y la escasa iluminación hicieron imposible una identificación precisa.
La luz permaneció inmóvil durante aproximadamente 10 minutos, luego se movió hacia otras áreas del segundo piso y finalmente se extinguió. Pedro Maldonado, cuyo taller de herrería proporcionaba una perspectiva diferente de la casa de los Vázquez, reportó observaciones similares durante el mismo periodo.
El herrero, quien frecuentemente trabajaba durante las primeras horas de la madrugada para evitar el calor del día, notó que las luces nocturnas en la casa de los Vázquez seguían patrones específicos. Aparecían invariablemente entre las 2 y las 4 de la madrugada. Se movían por rutas predecibles en el segundo piso y se extinguían súbitamente, sin la gradualidad típica de alguien que apaga una lámpara.
antes de dormir. El herrero también reportó haber escuchado durante esas mismas noches sonidos que describía como conversaciones susurradas. Las voces, según Maldonado, eran demasiado tenues para distinguir palabras específicas, pero parecían involucrar a más de una persona. El tono de estas conversaciones variaba desde lo que parecían discusiones acaloradas hasta intercambios que sonaban como súplicas desesperadas.
Durante el mes de agosto de 1873,las sirvientas de la casa Vázquez proporcionaron testimonios que añadieron nuevas dimensiones inquietantes a la situación. Betraandoval reportó haber encontrado en varias ocasiones platos sucios en el segundo piso de la casa, a pesar de que supuestamente ningún miembro de la familia utilizaba esas habitaciones.
Los platos, según la sirvienta, mostraban restos de comidas recientes y estaban acompañados de vasos que contenían residuos de agua o algún líquido claro. Cuando Sandoval preguntó a doña Remedios sobre estos platos, recibió explicaciones inconsistentes. En algunas ocasiones, la señora de la casa afirmaba que había subido a comer al segundo piso para sentirse más cerca de su hija ausente.
En otras, explicaba que los platos habían sido dejados allí por error y que había olvidado recogerlos. Sin embargo, la sirvienta notó que las cantidades de comida consumida eran mayores de las que correspondían a una sola persona. Jacinta Ruiz, por su parte, reportó haber encontrado evidencias aún más perturbadoras.
Durante su limpieza semanal del segundo piso, la sirvienta descubrió en el suelo del corredor varios cabellos largos de color castaño oscuro. Los cabellos, según su descripción, eran similares a los de Esperanza Dolores, pero la sirvienta los encontró extraños porque parecían haber sido cortados recientemente, no caídos de manera natural.
La sirvienta también describió haber encontrado en una de las habitaciones del segundo piso pequeños trozos de tela que parecían haber sido arrancados de alguna prenda de vestir. La tela, según Ruis, era de un color azul claro, similar al de uno de los vestidos favoritos de esperanza. Cuando mostró estos hallazgos a doña Remedios, la señora de la casa reaccionó con una agitación que la sirvienta encontró desproporcionada, arrebatándole los trozos de tela y ordenándole que no mencionara el hallazgo a nadie más.
El otoño de 1873 marcó el comienzo de una serie de acontecimientos que forzarían a la familia Vázquez a enfrentar el escrutinio público de manera más directa. El primero de estos acontecimientos ocurrió durante la noche del 15 de septiembre, cuando las celebraciones del aniversario de la independencia fueron interrumpidas por un incidente en la casa de los Vázquez que alertó a todo el vecindario aproximadamente a las 10 de la noche, mientras la mayoría de las familias del barrio se preparaban para dormir después de las celebraciones
patrióticas, los residentes de las casas circundantes escucharon lo que describían como gritos de auxilio desesperados provenientes del segundo piso de la casa de los Vázquez. Los gritos, según múltiples testimonios, duraron aproximadamente 20 minutos y fueron seguidos de sonidos que los vecinos interpretaron como golpes violentos contra las paredes.
Don Patricio Hernández, acompañado esta vez por el comerciante José María Sánchez y el artesano Miguel Torres, se acercaron a la Casa de los Vázquez para ofrecer asistencia. Encontraron a don Aurelio en el patio, aparentemente tranquilo, pero con signos evidentes de agitación. Sus ropas estaban desarregladas, tenía el cabello despeinado y sus manos mostraban lo que parecían ser pequeñas heridas recientes.
Cuando los vecinos preguntaron por la causa de los gritos y los ruidos, don Aurelio proporcionó una explicación que encontraron insatisfactoria. Según su versión, Doña Remedios había sufrido un ataque de nervios provocado por preocupaciones relacionadas con su hija ausente. Los golpes contra las paredes, explicó, se debían a que en su estado de agitación había tropezado con algunos muebles.
Sin embargo, los vecinos notaron que los sonidos habían provenido claramente del segundo piso, no de la planta baja donde se ubicaba el dormitorio matrimonial. Don Patricio Hernández, quien había servido como oficial en el ejército durante las guerras de Reforma, tenía experiencia en distinguir diferentes tipos de gritos humanos.
En su testimonio posterior declaró que los sonidos escuchados esa noche no correspondían a los de una mujer mayor en estado de agitación nerviosa, sino a los de alguien más joven, posiblemente en situación de extremo peligro. Los golpes contra las paredes, según Hernández, tenían un patrón rítmico que sugería intencionalidad, como si alguien tratara de comunicarse mediante código.
José María Sánchez, por su parte, notó que don Aurelio mostraba signos de fatiga física que parecían desproporcionados para alguien que simplemente había atendido a su esposa durante un episodio de nervios. El comerciante observó que don Aurelio respiraba con dificultad. Tenía manchas de sudor en las ropas a pesar de la frescura de la noche y parecía ansioso porque los visitantes se retiraran lo más pronto posible.
Los días siguientes al incidente del 15 de septiembre estuvieron marcados por una intensificación del hermetismo de la familia Vázquez. Los miembros de lafamilia comenzaron a evitar el contacto visual directo con los vecinos cuando se encontraban en la calle. Doña Remedios, quien anteriormente saludaba cordialmente a las señoras del vecindario, comenzó a caminar con la cabeza baja y a acelerar el paso cuando se cruzaba con conocidos.
Las sirvientas reportaron cambios adicionales en la rutina doméstica que encontraban cada vez más inquietantes. Petra Sandoval describió que doña Remedios había comenzado a realizar personalmente tareas que anteriormente delegaba en el servicio, especialmente aquellas relacionadas con el segundo piso de la casa.
La señora de la casa insistía en limpiar personalmente ciertas habitaciones del piso superior y se mostraba extremadamente nerviosa cuando las sirvientas se acercaban a esas áreas. Jacinta Ruiz proporcionó testimonios aún más perturbadores. La sirvienta de mayor edad reportó haber encontrado en el segundo piso evidencias de actividad nocturna regular.
Los pisos de madera mostraban marcas de uso reciente. Las camas aparecían ligeramente desarregladas, a pesar de que supuestamente nadie las utilizaba, y en varias ocasiones encontró pequeños objetos personales que no correspondían a ninguno de los miembros visibles de la familia.
Durante el invierno de 1873 a 1874, los testimonios de los vecinos comenzaron a coincidir en la descripción de un fenómeno que encontraban particularmente desconcertante. las noches de tormenta, cuando los vientos y la lluvia proporcionaban una cobertura natural de sonido, se escuchaban desde la casa de los Vázquez lo que describían como conversaciones prolongadas que involucraban claramente a más de una persona.
Doña Soledad Guerrero proporcionó la descripción más detallada de estos episodios. Según su testimonio, durante la tormenta del 3 de enero de 1874 escuchó desde su dormitorio voces que parecían provenir del segundo piso de la casa vecina. Las conversaciones duraron aproximadamente tres horas y se caracterizaban por una alternancia entre tonos suplicantes y tonos autoritarios.
La vecina logró distinguir al menos dos voces diferentes, una que reconoció como la de Doña Remedios y otra que describía como más joven y con un timbre que le resultaba vagamente familiar. El contenido de las conversaciones era inaudible debido a la distancia y el ruido de la tormenta, pero el tono emocional sugería una situación de conflicto prolongado entre voluntades opuestas.
Pedro Maldonado, desde su posición en el taller de herrería, confirmó haber escuchado conversaciones similares durante las mismas noches de tormenta. El herrero, cuya experiencia en el trabajo nocturno había desarrollado su sensibilidad auditiva. Describía las voces como una mayor, firme pero tensa, y otra menor, que alternaba entre súplicas y lo que parecían ser expresiones de desafío.
Los intercambios, según Maldonado, seguían patrones repetitivos, como si se tratara de discusiones sobre temas recurrentes. La primavera de 1874 trajo consigo el primer contacto directo que un miembro ajeno a la familia tuvo con evidencias físicas de la situación real en la casa de los Vázquez. El incidente ocurrió el 12 de abril cuando el padre Crescencio Maldonado acudió a la casa para realizar la bendición pascual anual, una tradición que la familia había mantenido durante años anteriores. El párroco fue recibido
por doña Remedios, quien mostraba signos evidentes de tensión nerviosa. La señora de la casa guió al sacerdote únicamente por las áreas de la planta baja, realizando las bendiciones rituales con una prisa que el Padre Maldonado encontró inusual. Cuando el párroco preguntó si deseaba que bendijera también las habitaciones del segundo piso, doña Remedios respondió que no era necesario porque esas áreas no se utilizaban actualmente.
Sin embargo, mientras realizaba la bendición en el patio central, el Padre Maldonado escuchó lo que describió posteriormente como golpes rítmicos provenientes del segundo piso. Los sonidos, según el párroco, seguían un patrón específico. Tres golpes cortos, una pausa. Tres golpes largos, otra pausa. Y nuevamente tres golpes cortos.
El padre Maldonado, quien tenía conocimientos básicos del código telegráfico, reconoció el patrón como una forma rudimentaria de comunicación. Cuando el sacerdote preguntó a doña Remedios sobre los ruidos, la señora de la casa explicó que se trataba de problemas con las tuberías de agua que requerían reparación. Sin embargo, el padre Maldonado notó que la casa no contaba con fontanería interna y que el agua se obtenía de un pozo ubicado en el patio.
La inconsistencia de la explicación combinada con la evidente agitación de doña Remedios, generó sospechas en el párroco sobre la verdadera naturaleza de la situación. Durante los meses siguientes, el padre Maldonado comenzó a realizar visitas más frecuentes a la casa de los Vázquez, alegando preocupación pastoral por elbienestar espiritual de la familia.
En estas visitas, el párroco desarrolló la práctica de prolongar su estancia mediante conversaciones sobre temas religiosos, mientras prestaba atención cuidadosa a cualquier sonido o señal que pudiera provenir del segundo piso. El sacerdote registró en sus notas personales que durante estas visitas escuchó en varias ocasiones sonidos que describía como pasos lentos y movimiento de objetos pesados en el piso superior.
También notó que doña Remedios mostraba signos de tensión extrema cuando estos sonidos ocurrían en presencia de visitantes, interrumpiendo las conversaciones de manera abrupta y sugiriendo que era tiempo de que sus invitados se retiraran. El verano de 1874 marcó un punto de inflexión en la situación cuando un acontecimiento fortuito proporcionó la primera evidencia visual directa de que la versión oficial de la familia Vázquez sobre el paradero de esperanza no correspondía a la realidad.
El incidente ocurrió durante la tarde del 25 de julio, cuando un fuerte viento derribó uno de los árboles del patio de los vasquez. El árbol, un fresno de considerable tamaño, galló de tal manera que sus ramas superiores alcanzaron el segundo piso de la casa, rompiendo parcialmente una de las contraventanas de madera que protegían las ventanas de esa planta.
El daño requería reparación inmediata para evitar que las lluvias de la temporada causaran deterioro adicional en el interior de la casa. Don Aurelio se vio forzado a contratar los servicios del carpintero Evaristo Camarena, el mismo oficial que había participado en las modificaciones estructurales realizadas dos años antes. Para acceder a la contraventana dañada, Camarena necesitaba utilizar una escalera que le permitiera llegar al segundo piso desde el exterior de la casa.
Mientras realizaba las reparaciones, aproximadamente a las 4 de la tarde, Camarena reportó haber visto a través de una de las ventanas del segundo piso una figura femenina que se movía lentamente por el corredor interior. La figura, según la descripción del carpintero, correspondía a una mujer joven de cabello castaño oscuro, vestida con lo que parecía ser una bata o vestido de color claro.
La visión duró apenas unos segundos, ya que la figura desapareció rápidamente al notar la presencia del carpintero. Sin embargo, Camarena tuvo tiempo suficiente para observar que la mujer parecía extremadamente delgada y que sus movimientos sugerían debilidad física o enfermedad. El carpintero también notó que la figura parecía estar intentando acercarse a la ventana, pero se detuvo súbitamente y se alejó hacia el interior de la casa.
Cuando Camarena terminó su trabajo y descendió de la escalera, encontró a don Aurelio esperándolo en el patio con una expresión de extrema tensión. Don Aurelio preguntó específicamente si el carpintero había notado algo inusual durante su trabajo. Camarena, intuitivamente cauteloso debido a la naturaleza extraña de la situación, respondió que había concentrado su atención únicamente en la reparación de la contraventana.
Sin embargo, esa misma noche Camarena acudió discretamente a la casa de doña Soledad Guerrero para reportar lo que había visto. La vecina, quien había mantenido sospecha sobre la situación de la familia Vázquez durante meses, recibió el testimonio del carpintero como confirmación de sus peores temores. Juntos decidieron que era necesario encontrar alguna manera de verificar el bienestar de la persona que camarena había visto en el segundo piso.
Durante las semanas siguientes, varios vecinos comenzaron a organizar una vigilancia informal de la Casa de los Vázquez. Doña Soledad Guerrero, Pedro Maldonado, don Patricio Hernández y el comerciante José María Sánchez establecieron turnos discretos para observar cualquier actividad inusual en la propiedad.
Esta vigilancia comunitaria proporcionó evidencias adicionales de que la situación en la casa era significativamente más compleja de lo que la familia admitía públicamente. Las observaciones sistemáticas revelaron patrones específicos de actividad en el segundo piso. Las luces aparecían regularmente durante las primeras horas de la madrugada, moviéndose por rutas predecibles que sugerían la presencia de alguien familiarizado con la distribución de las habitaciones.
Los sonidos de pasos y movimiento de objetos ocurrían con mayor frecuencia durante las horas en que la familia supuestamente dormía. Más significativo aún, los observadores reportaron haber visto en múltiples ocasiones sombras que se proyectaban en las cortinas de las ventanas del segundo piso, indicando claramente la presencia de una persona en esas habitaciones.
Sombras, según las descripciones, correspondían a una figura femenina de estatura media que se movía lentamente y que en ocasiones parecía permanecer inmóvil durante largos periodos frente a las ventanas. El otoño de 1874trajo consigo una escalada en la gravedad de los incidentes reportados por los vecinos. Durante la noche del 31 de octubre, fecha que la tradición católica asocia con la víspera de todos los santos, los residentes de las casas circundantes fueron despertados por sonidos que describían como los más perturbadores
escuchados hasta ese momento. Los sonidos comenzaron aproximadamente a la medianoche y duraron hasta las primeras horas del amanecer. incluían lo que los testigos describían como llantos prolongados y desgarradores, intercalados con periodos de silencio absoluto. Los llantos, según múltiples testimonios, no correspondían al patrón de duelo normal, sino que tenían una calidad desesperada y repetitiva que sugería extrema angustia psicológica.
Doña Soledad Guerrero, quien mantuvo vigilia durante toda la noche del incidente, proporcionó el testimonio más detallado. Según su relato, los llantos parecían provenir específicamente de la habitación que había sido modificada en 1872. Los sonidos se caracterizaban por una alternancia entre sozos ahogados y lo que parecían ser gritos de súplica dirigidos a alguien específico.
La vecina también reportó haber escuchado durante la misma noche lo que describía como conversaciones en voz baja que parecían involucrar a al menos dos personas. Una de las voces tenía un tono consolador pero firme, mientras que la otra respondía con lo que sonaban como protestas débiles y fragmentadas. Los intercambios seguían patrones repetitivos, como si se tratara de argumentos recurrentes sobre un tema específico.
Pedro Maldonado, desde su posición en el taller de herrería, confirmó la mayoría de los detalles reportados por la señora Guerrero. El herrero añadió que durante los periodos de silencio entre los episodios de llanto había escuchado sonidos que describía como arrastrar de cadenas o elementos metálicos pesados.
Estos sonidos metálicos, según Maldonado, se repetían a intervalos regulares y parecían provenir del área donde se habían instalado las modificaciones de seguridad en la habitación del segundo piso. Al día siguiente, los vecinos notaron cambios evidentes en el comportamiento de la familia Vázquez, que confirmaban que el incidente de la noche anterior no había pasado desapercibido para ellos.
Don Aurelio no abrió su tienda comercial hasta las 11 de la mañana, horario inusualmente tardío para alguien conocido por su puntualidad. Cuando finalmente apareció en público, mostraba signos evidentes de fatiga extrema y parecía incapaz de concentrarse en las transacciones comerciales habituales.
Doña Remedios no fue vista en público durante varios días después del incidente. Cuando finalmente reanudó sus actividades normales, las vecinas notaron que había perdido peso considerablemente y que había desarrollado un temblor nervioso en las manos que la hacía incapaz de realizar tareas delicadas como la costura.
Sus ojos habían adquirido una expresión que las señoras del vecindario describían como perpetuamente asustada. Los hermanos de Esperanza también mostraron signos de que la situación familiar había alcanzado un punto crítico. Aurelio Junior cometió errores tan graves en la contabilidad del negocio familiar que don Aurelio se vio forzado a revisar personalmente todas las transacciones de las semanas anteriores.
María del Carmen, quien anteriormente había logrado mantener cierta apariencia de normalidad social, comenzó a declinar todas las invitaciones y a evitar el contacto con sus amigas de la infancia. José Refugio, el hermano menor, intensificó su devoción religiosa hasta el punto de que el Padre Maldonado comenzó a preocuparse por su estabilidad mental.
El joven acudía a la iglesia múltiples veces por día, permaneciendo durante horas en oración silenciosa frente al altar. Sus confesiones, según el párroco, se habían vuelto obsesivamente repetitivas y se centraban en preguntas sobre los límites del perdón divino y la naturaleza del sufrimiento como purificación. Durante el invierno de 1874 a 1875, la situación en el vecindario se tensó considerablemente debido a la frecuencia creciente de incidentes nocturnos en la casa de los Vázquez.
Los vecinos, organizados informalmente bajo el liderazgo de doña Soledad Guerrero y don Patricio Hernández, comenzaron a considerar la necesidad de intervenir de alguna manera para verificar el bienestar de quien fuera que se encontrara en el segundo piso de la casa. Las discusiones entre los vecinos se complicaban por la ausencia de precedentes legales o sociales claros para una situación de este tipo.
En la sociedad Tapatía de la década de 1870, la autoridad patriarcal dentro del hogar se consideraba prácticamente absoluta y la intervención en asuntos familiares privados se veía como una transgresión social grave. Sin embargo, la evidencia acumulada durante más de 2 años sugería claramente que se estaba cometiendoalgún tipo de injusticia.
El padre Crescencio Maldonado se encontró en una posición particularmente difícil. como confesor de la familia y autoridad moral de la comunidad, tenía tanto la obligación de proteger el bienestar de sus feligres como la responsabilidad de respetar la confidencialidad de las confesiones. Sus intentos de abordar el tema indirectamente con los miembros de la familia Vázquez habían resultado infructuosos, ya que todos mantenían versiones consistentes sobre el supuesto retiro religioso de esperanza.
La crisis final se precipitó durante la Semana Santa de 1875, cuando un incidente proporcionó evidencia irrefutable de que alguien se encontraba retenido contra su voluntad en la casa de los Vázquez. El acontecimiento ocurrió durante la noche del viernes santo, mientras la familia participaba en las ceremonias religiosas de la catedral, dejando supuestamente la casa completamente vacía.
Aproximadamente a las 10 de la noche, mientras las ceremonias religiosas continuaban en el centro de la ciudad, los vecinos que permanecieron en el barrio escucharon desde la casa de los vasquez sonidos que describían como golpes desesperados contra las paredes y gritos de auxilio claramente articulados. Los sonidos duraron aproximadamente 30 minutos y fueron lo suficientemente intensos como para ser escuchados claramente desde las casas circundantes.
Doña Soledad Guerrero, acompañada por su hijo mayor y dos vecinos más, se acercó inmediatamente a la casa de los Vázquez para investigar la situación. encontraron la casa aparentemente vacía con todas las puertas y ventanas de la planta baja cerradas desde el exterior. Sin embargo, los sonidos de golpes y gritos continuaban proveniendo claramente del segundo piso.
Los gritos, según los testigos presenciales, incluían palabras claramente audibles en español que no dejaban duda sobre la naturaleza de la situación. Los observadores reportaron haber escuchado frases como auxilio, socorro y por favor déjenme salir. La voz era inequívocamente femenina y correspondía a alguien joven, posiblemente entre los 18 y 25 años de edad, enfrentados a evidencia irrefutable de que alguien se encontraba en peligro.
Los vecinos tomaron la decisión de forzar la entrada a la casa. Don Patricio Hernández, utilizando su experiencia militar, dirigió el procedimiento de ingreso por una de las ventanas de la planta baja. Una vez dentro, el grupo se dirigió inmediatamente al segundo piso, siguiendo la dirección de los gritos de auxilio.
El descubrimiento que realizaron en el segundo piso de la casa de los Vasques superó las peores expectativas de los vecinos. La habitación que había sido modificada en 1872 contenía evidencia clara de ocupación prolongada por una persona mantenida contra su voluntad. El cuarto, completamente aislado del exterior por las modificaciones arquitectónicas, contenía una cama simple, una mesa pequeña, algunos libros religiosos y un recipiente que servía como letrina improvisada.
Más perturbador aún, la habitación mostraba signos de intentos repetidos de escape. Las paredes presentaban marcas de golpes y arañazos que se extendían desde el suelo hasta donde una persona de estatura promedio podía alcanzar. La puerta, reforzada con barras de hierro, mostraba evidencia de haber sido golpeada repetidamente desde el interior.
El suelo de madera presentaba desgaste en patrones específicos que sugerían caminar obsesivo en espacios limitados. Sin embargo, cuando los vecinos ingresaron a la habitación, la encontraron vacía. Los gritos de auxilio habían cesado súbitamente al escucharse los sonidos de la entrada forzada a la casa. Una búsqueda rápida del segundo piso reveló que quien fuera que hubiera estado en la habitación modificada había sido trasladado a otra ubicación en algún momento entre el inicio de los gritos y la llegada de los rescatistas.
La búsqueda se extendió al resto de la casa, incluyendo áreas de almacenamiento, el sótano y los espacios bajo las escaleras. Los vecinos encontraron evidencia adicional de ocupación clandestina. Ropas femeninas ocultas en baúles, libros con anotaciones en los márgenes que sugerían lecturas recientes, y restos de comidas que indicaban consumo por parte de alguien que no formaba parte de la rutina alimentaria normal de la casa.
Cuando la familia Vázquez regresó de las ceremonias religiosas, aproximadamente a las 11:30 de la noche, encontraron su casa ocupada por vecinos que demandaban explicaciones inmediatas sobre la situación que habían descubierto. Don Aurelio, enfrentado a evidencia física irrefutable, inicialmente intentó mantener la versión oficial sobre el retiro religioso de su hija.
Sin embargo, la presión de los vecinos y la obviedad de la evidencia hicieron insostenible esta posición. Fue Doña Remedios, quien finalmente proporcionó una confesión parcial de la situación real. Según su testimonio, Esperanzahabía desarrollado durante 1871 lo que la madre describía como comportamientos incompatibles con la moral cristiana y las expectativas sociales de una señorita decente.
Estos comportamientos incluían lo que doña Remedios catalogaba vagamente como atracción hacia personas inapropiadas y ideas contrarias a las enseñanzas de la Iglesia. La familia, según la versión de Doña Remedios, había decidido que la única manera de proteger tanto a Esperanza como a la reputación familiar era mantener a la joven en reclusión protectora hasta que recuperara la razón. y la decencia.
La madre insistía en que las intenciones familiares habían sido benevolentes, destinadas a proporcionar a Esperanza la oportunidad de reflexionar sobre sus errores y encontrar el camino de vuelta a la rectitud. Sin embargo, el testimonio de doña Remedios contenía inconsistencias significativas que los vecinos encontraron difíciles de aceptar.
La madre no pudo explicar satisfactoriamente por qué había sido necesario modificar estructuralmente una habitación para proporcionar reclusión protectora, ni por qué esta reclusión había requerido medidas de seguridad tan extremas como barras de hierro y eliminación de ventanas. Don Aurelio, presionado por las preguntas directas de los vecinos, añadió detalles que complicaron aún más la versión familiar.
Según el padre, Esperanza había mostrado resistencia violenta a los esfuerzos familiares de corrección moral, lo que había hecho necesarias las medidas de contención física. La joven, segundurelio, había amenazado con difamar a la familia y había intentado en varias ocasiones huir para continuar con sus comportamientos escandalosos.
Pero la pregunta más urgente para los vecinos era el paradero actual de esperanza. Los gritos de auxilio que habían escuchado claramente indicaban que la joven se había encontrado en la casa durante la noche del viernes santo, pero su ubicación en el momento de la confrontación con la familia permanecía sin explicar.
Cuando se presionó a los padres sobre este punto, sus respuestas se volvieron evasivas y contradictorias. Don Aurelio afirmó inicialmente que Esperanza había sido trasladada a un lugar más seguro unas horas antes del regreso de la familia de las ceremonias religiosas. Cuando se le preguntó sobre la naturaleza de este lugar, explicó que había acordado con una familia de confianza en las afueras de Guadalajara proporcionar cuidado especializado para su hija.
Sin embargo, se negó a identificar a esta familia o a proporcionar la ubicación específica donde supuestamente se encontraba esperanza. Los vecinos, insatisfechos con estas explicaciones y profundamente preocupados por el bienestar de la joven, decidieron que era necesario involucrar a las autoridades civiles en la situación. Don Patricio Hernández, quien tenía contactos en la administración municipal debido a su servicio militar anterior, se comprometió a presentar una denuncia formal ante el jefe político del distrito. Sin embargo, antes de que
pudiera formalizarse la denuncia oficial, ocurrió un acontecimiento que cambió completamente la naturaleza de la situación durante la madrugada del domingo de resurrección. Los vecinos fueron despertados por sonidos de actividad intensa en la casa de los Vázquez. Carretas, caballos y voces humanas se escucharon durante aproximadamente 2 horas, sugiriendo algún tipo de traslado o mudanza de emergencia.
Al amanecer del domingo de resurrección, la casa de los Vázquez se encontraba completamente vacía. La familia había desaparecido durante la noche, llevándose únicamente pertenencias esenciales y dejando atrás la mayor parte de sus posesiones materiales. Una nota pegada a la puerta principal escrita en la letra de don Aurelio, informaba que la familia se había trasladado a la Ciudad de México para atender asuntos comerciales urgentes y que regresarían cuando las circunstancias lo permitieran.
La investigación posterior de la casa vacía reveló evidencias adicionales que profundizaron el misterio en lugar de resolverlo. La habitación modificada del segundo piso había sido limpiada meticulosamente, pero los vecinos encontraron varios objetos que habían sido pasados por alto en la limpieza apresurada.
Entre estos objetos se encontraban varios mechones de cabello castaño oscuro, trozos de tela que correspondían a vestidos femeninos y lo más perturbador, varias páginas de lo que parecía ser un diario personal escrito en letra femenina. Las páginas del diario, fechadas entre 1872 y 1875 contenían entradas que proporcionaban una perspectiva devastadora sobre la situación que había existido en la casa durante los años anteriores.
Las entradas describían condiciones de aislamiento extremo, episodios de desesperación y súplicas repetidas para ser liberada de lo que la autora describía como prisión familiar. Una entrada particularmente perturbadora, fechada en diciembre de 1874describía el estado mental de la autora de la siguiente manera. Han pasado tantos meses en este cuarto que a veces olvido cómo se siente el sol en la piel o el viento en el cabello.
Madre viene cada día a explicarme que esto es por mi propio bien, que debo aprender a controlar los impulsos que ella considera pecaminosos, pero no comprendo qué pecado he cometido más allá de rechazar el matrimonio que padre había arreglado con el señor mercado. Otra entrada fechada en febrero de 1875 proporcionaba detalles específicos sobre las condiciones de confinamiento.
La comida llega dos veces al día, siempre la misma, sopa de verduras y pan duro. Cuando pido libros diferentes, madre dice que solo necesito el mial y la vida de los santos. He leído las mismas páginas tantas veces que las conozco de memoria. Los golpes en la pared son mi único método de comunicación con el mundo exterior, aunque no sé si alguien los escucha.
News
¿Cómo voló con el brazo congelado? Y aun así superó en duelo a tres ases.
¿Cómo voló con el brazo congelado? Y aun así superó en duelo a tres ases. Exactamente a las 2 y…
Por qué los ingenieros alemanes no pudieron copiar este sencillo Jeep estadounidense
Por qué los ingenieros alemanes no pudieron copiar este sencillo Jeep estadounidense En el verano de 1943, un grupo de…
Por qué Patton llevaba dos revólveres con empuñadura de marfil (no era para presumir)
Por qué Patton llevaba dos revólveres con empuñadura de marfil (no era para presumir) 14 de mayo de 1916. Rubio…
Cuando este médico salvó a 75 hombres sin disparar un tiro, los japoneses lo llamaron “inmortal”.
Cuando este médico salvó a 75 hombres sin disparar un tiro, los japoneses lo llamaron “inmortal”. 29 de abril de…
Cuando 30 alemanes se acercaron a su compañero de ala derribado, este piloto del P-51D Mustang voló con él.
Cuando 30 alemanes se acercaron a su compañero de ala derribado, este piloto del P-51D Mustang voló con él. A…
Cuando este piloto del B-24 Liberator derribó un avión japonés con su pistola a 15.000 pies
Cuando este piloto del B-24 Liberator derribó un avión japonés con su pistola a 15.000 pies A las 10:15 horas…
End of content
No more pages to load






