Una niña de piel oscura temblaba en el cuarto más pequeño de la hacienda,

rechazada, humillada, invisible. Sus hermanos la llamaban la negrita. Su

padre la ignoraba. Dormía en un cuarto junto al corral. Comía en la cocina con

platos desportillados mientras su familia usaba porcelana francesa. Cocía

vestidos de seda que nunca usaría. 18 años soportando el desprecio de quienes

debían amarla. Pero ese día, en la feria del pueblo, unos ojos negros la miraron

diferente. El hombre más poderoso de Jalisco detuvo su caballo. La multitud

susurraba escandalizada. ¿Qué quería don Rafael Mendoza de una muchacha como

ella? Lo que sucedió después desafió todo lo que la sociedad creía posible.

Jalisco, México. Año 1870. El sol caía como plomo derretido sobre

las tejas rojas de la hacienda San José. En el cuarto más pequeño, el que daba al

corral de las gallinas, Isabela miraba sus manos. Manos oscuras, manos que

nunca serían como las de sus hermanos. Tenía 18 años y cada uno de esos años

pesaba como piedras en su pecho. Diferente. Esa palabra la perseguía

desde que tenía memoria. El espejo roto sobre la cómoda le devolvía la imagen

que todos rechazaban. Piel color canela, cabello rizado que se negaba a ser

domado, ojos negros profundos como pozos. Hermosa hubiera dicho su madre

adoptiva. Pero doña Mercedes había muerto tres años atrás, llevándose

consigo la única voz que la defendía en aquella casa. Ahora solo quedaban

miradas frías, palabras cortantes, silencios que gritaban. Isabela cerró

los ojos. Los recuerdos llegaban en oleadas. Se vio a sí misma, niña de 6

años, corriendo hacia la mesa del comedor. Sus hermanos, Rodrigo y Valentina apartaron sus platos con asco

cuando ella se sentó. “No quiero comer donde se sienta la negrita”, había dicho

Valentina escupiendo las palabras como veneno. Su padre, don Ernesto,

simplemente bajó la mirada. Silencio, siempre silencio. La madre había

intervenido entonces con su voz suave pero firme. Isabela es mi hija y se

sentará en esta mesa. Doña Mercedes la había abrazado fuerte esa noche, secándole las lágrimas. Eres especial,

mi niña, especial. Pero, especial, ¿de qué servía cuando estás sola? La

historia se la habían contado en susurros, en fragmentos robados de conversaciones. Su madre biológica,

Rosa, había sido criada de la hacienda. Joven, apenas 16 años, quedó embarazada

de un hombre que nunca conoció su nombre. Doña Mercedes, incapaz de tener más hijos después de los gemelos, había

visto en aquel bebé de piel oscura una bendición. Dios me la envía.

decía. La tomó en brazos el mismo día que Rosa murió de fiebres puerperales

tres días después del parto. Don Ernesto había aceptado por amor a su esposa. Los

gemelos de apenas 4 años entonces nunca aceptaron. 14 años de humillación,

14 años de comer en la cocina, de usar los vestidos viejos y remendados

mientras Valentina estrenaba sedas de la Ciudad de México, de lavar la ropa de

todos, de servir el agua, de agachar la cabeza. “No eres de nosotros”, le

recordaba Rodrigo cada vez que podía, alto, de ojos claros como su padre, se

paseaba por la casa como un gallo en su corral. A sus 22 años ya se creía el amo.

Valentina, su gemela, era peor. Dulce como la miel con las visitas, venenosa

como víbora con Isabela. Le escondía las cosas, derramaba tinta sobre sus

costuras, inventaba mentiras para que el padre la castigara. Don Ernesto nunca la

defendía. Después de la muerte de doña Mercedes, se había convertido en un hombre de

piedra. trabajaba la tierra, bebía mezcal en las noches, dormía en su

habitación. Isabela apenas existía para él. era un fantasma en su propia casa,

pero Isabela no se había quebrado, no se refugiaba en los libros que doña

Mercedes le había enseñado a leer en secreto. En las noches, a la luz de una

vela que robaba de la despensa, devoraba las novelas románticas que la difunta había escondido en un baúl. Soñaba con

mundos diferentes, con hombres que amaban sin ver el color, con lugares

donde ser diferente no era una maldición. También cosía sus manos, esas

manos oscuras que tanto despreciaban, creaban maravillas con la aguja y el

hilo. Bordaba flores tan reales que parecían desprender perfume. Hacía

vestidos que Valentina lucía en las fiestas sin agradecer jamás. Cada

puntada era un acto de resistencia. Cada costura perfecta una declaración.

Existo, valgo, soy. Afuera, las campanas de la iglesia del pueblo anunciaban el

ángelus. 6 de la tarde. Pronto llamarían a cenar. Isabela se pasó las manos por

el vestido gris, el mismo de todos los días. Se recogió el cabello en un moño

apretado, domando los rizos rebeldes. Respiró hondo. Solo un día más, se dijo.

Sobrevive solo un día más. Pero algo en el aire había cambiado. No sabía qué.

Una electricidad extraña recorría sus huesos como si el destino mismo estuviera esperando detrás de la puerta.

Se miró una última vez en el espejo roto. En cada fragmento de cristal veía

una verdad diferente. Era diferente, sí, era rechazada, cierto, pero también era

fuerte. Había sobrevivido a 18 años de invierno en su propia casa. Y los que

sobreviven al invierno conocen la primavera cuando llega. Isabela no lo

sabía todavía, pero su primavera estaba a punto de llegar en forma de un hombre

de ojos oscuros y manos callosas, un hombre que vería en ella no la negrita

rechazada, sino la mujer más bella que sus ojos habían contemplado jamás. Pero

esa historia, esa historia apenas comenzaba.

La vida en la hacienda San José seguía un ritual cruel y predecible como las