El anuncio decía dos semanas trabajo temporal, cuidar de una señora mayor en

sus últimos días. No vayas a esa casa, muchacha. El reloj de ahí marca la hora

en que las personas mueren. Paulina no creía en supersticiones, creía en

hambre. Y el hambre no espera por historias de fantasmas. La casona del

reloj quedaba donde la calle de los suspiros terminaba en un callejón sin salida, como si la propia calle hubiera

desistido de continuar. Las paredes de cantera rosada guardaban cicatrices de

incendios antiguos. Hiedras salvajes subían por las ventanas como dedos

verdes, intentando sofocar los secretos que vivían allá adentro. Y en el centro

de la sala principal, visible a través de las cortinas de encaje amarillento,

un reloj de péndulo marcaba las 3:47 de la madrugada desde hacía exactamente 18

años. La misma cantidad de años que Paulina tenía de vida. Ella no sabía eso cuando

empujó el portón de hierro que nadie aceitaba desde hacía décadas. No sabía

que aquel reloj se había detenido en el exacto momento en que un incendio

consumió la casa de su padre a 40 km de allí. No sabía que la mujer que la

esperaba en el portal, envuelta en mantas a pesar del calor, había pasado

18 años encendiendo velas por una nieta que creía muerta. Doña Amelia Villaseñor

tenía 89 años y ojos que habían presenciado más de 3000 nacimientos.

Ojos que ahora se llenaban de lágrimas al ver a Paulina caminar por el jardín

abandonado. “Viniste”, susurró la anciana con la voz de quien reconoce un milagro.

“Finalmente viniste.” Paulina pensó que la vieja estaba confundida. No lo estaba. Esa madrugada,

sin que nadie lo tocara, el reloj de la sala volvió a funcionar y marcaba

exactamente las 3:47. Paulina había aprendido a no esperar

nada de la vida. El orfanato San Judas Tadeo en Zacatecas le enseñó esa lección

desde los 7 años, cuando llegó con las manos quemadas y sin ningún recuerdo de

cómo había sobrevivido al incendio que se llevó todo lo que conocía.

Las monjas le dijeron que era un milagro. Ella aprendió que los milagros duelen.

11 años después, el día que cumplió 18, la madre superiora le entregó una bolsa

con ropa usada y le deseó buena suerte. Así funcionaba el sistema. Los huérfanos

tenían fecha de caducidad. Tres semanas viviendo en las calles de Jerez le

enseñaron cosas que ningún orfanato podría enseñar. Aprendió qué panaderías

tiraban el pan viejo a las 6 de la tarde. Aprendió en qué bancas de la plaza podía dormir sin que la policía la

molestara. Aprendió a hacerse invisible para sobrevivir. Fue en una de esas

noches buscando refugio de la lluvia bajo el techo de una tienda cerrada cuando vio el anuncio pegado en un

poste. Las letras escritas a mano temblaban como si quien las escribió estuviera llorando. Se busca ayudante

para cuidar señora mayor. Trabajo temporal dos semanas. Casa y comida

incluidas. La dirección era calle de los Suspiros número 17, la cazona del reloj,

el lugar que todos en el pueblo evitaban mencionar después del anochecer. Paulina

arrancó el anuncio del poste. Dos semanas. Solo necesitaba sobrevivir dos

semanas más. No sabía que esas dos semanas cambiarían todo lo que creía

saber sobre su propia vida. La puerta de la casona se abrió antes de

que Paulina pudiera tocar. Una mujer de unos 50 años con delantal blanco y ojos

desconfiados la examinó de arriba a abajo como si estuviera evaluando mercancía en el mercado. Tú eres la que

viene por el trabajo. Sí, señora. Vi el anuncio en la plaza.

Mm. La mujer no parecía impresionada. Pasa, doña Amelia quiere verte

personalmente antes de decidir. El interior de la casona olía a tiempo detenido. Polvo flotaba en los rayos de

luz que se filtraban por las ventanas sucias. Los muebles antiguos estaban

cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas esperando ser despertados. Y

en la pared principal de la sala, el reloj de péndulo seguía marcando las

3:47 con sus manecillas inmóviles.

“No le hagas caso a ese reloj”, dijo la mujer notando la mirada de Paulina.

“Está descompuesto desde hace años. La señora no permite que nadie lo toque.

¿Va? ¿Por qué? Porque doña Amelia tiene sus razones y aquí no hacemos preguntas.

La llevaron a una habitación en el segundo piso donde la luz entraba filtrada por cortinas gruesas de

terciopelo verde. En una cama enorme, casi perdida entre almohadas y cobijas,

yacía una mujer que parecía hecha de papel y huesos. Su piel era tan fina que

las venas azules se transparentaban como ríos en un mapa. Pero sus ojos, esos

ojos negros y profundos, brillaban con una lucidez que contradecía la

fragilidad de su cuerpo. “Acércate, muchacha”, dijo doña Amelia

con voz rasposa pero firme. “Mis ojos ya no son lo que eran. Necesito verte

bien.” Paulina obedeció. Se paró junto a la cama, sintiendo el peso de esa mirada

que parecía atravesarla hasta el alma. La anciana extendió una mano temblorosa

y tocó su mejilla con dedos fríos como el mármol. ¿Cómo te llamas?

Paulina. Señora. Paulina. ¿Qué? Solo Paulina. No tengo apellido. Soy del

orfanato. Algo cambió en los ojos de la anciana. Un destello. Una chispa de algo que

podría haber sido dolor o esperanza o ambas cosas mezcladas.

Voltéate”, ordenó doña Amelia. “Quiero ver detrás de tu oreja izquierda”.

Paulina frunció el ceño confundida, pero obedeció. sintió los dedos temblorosos