Te hago caminar por un millón de pesos. Millonario.

Se ríe, pero se asusta con lo que pasa. El frío que congela el alma, el silencio

de la nieve cayendo, era más ensordecedor que cualquier grito. No se escuchaba nada, absolutamente nada,

excepto el sonido irregular de la respiración agitada de Esteban, intentando arrancar el motor de la

camioneta. sea”, gritó Esteban golpeando el

volante con una furia que hizo temblar el vehículo. “Señor Rogelio, la batería

murió. El frío se la comió por completo. Estamos muertos aquí, en la parte

trasera, envuelto en un abrigo oscuro que costaba más de lo que una familia promedio ganaba en 10 años, don Rogelio

no se movió, ni siquiera parpadeó. Sus ojos, grises y duros como el acero,

miraban por la ventanilla empañada hacia el bosque blanco e infinito.

Sus manos, cubiertas por guantes de piel, apretaban los reposabrazos de su

silla de ruedas moderna, con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. “No me digas lo obvio, inútil”,

murmuró Rogelio con una voz grave cargada de un veneno acumulado por años de amargura. Si te pago lo que te pago

es para que estas cosas no pasen. ¿Dónde estamos? En medio de la nada, señor. El

GPS se apagó hace 10 minutos. No hay señal y la tormenta está empeorando. Si

no conseguimos calor pronto, Esteban se detuvo sin atreverse a decir la palabra

morir. Rogelio soltó un bufido de desprecio. Miró sus propias piernas, esas piernas

inútiles, muertas, que no habían sentido nada en los últimos 5 años.

odiaba el invierno, odiaba la nieve, pero sobre todo se odiaba a sí mismo.

¿De qué le servían sus cuentas bancarias en Suiza, sus edificios en la capital y

su imperio comercial iba a terminar convertido en una estatua de hielo en un camino olvidado por Dios? Era una ironía

cruel. El hombre que podía comprarlo todo, no podía comprar una salida de

aquel infierno blanco. De repente, un golpe seco en el cristal lo sacó de sus

pensamientos oscuros. Rogelio giró la cabeza bruscamente.

Ahí fuera, en medio de la ventisca que cortaba la piel como cuchillas de afeitar, había una figura pequeña.

Era casi un fantasma, una mancha pálida contra la blancura del paisaje.

Esteban bajó el vidrio eléctrico con dificultad, dejando entrar una ráfaga de

aire helado que hizo que Rogelio se estremeciera hasta los huesos. ¿Qué

quieres? ¡Lárgate, niña! No tenemos comida.” Ladró Esteban intentando subir

la ventanilla de nuevo. “Espera”, ordenó Rogelio. Algo en la mirada de la niña lo

detuvo. No era una mirada normal. La niña, de no más de 9 años, estaba de pie

con la nieve, llegándole casi hasta las rodillas. Su ropa era un insulto al invierno, un

abrigo desgarrado por todas partes, dos tallas más grande de lo que necesitaba y

unos zapatos que parecían hechos de cartón y esperanza. No tenía guantes.

Sus manos pequeñas estaban rojas, hinchadas por el frío extremo, y sus labios tenían un tono a su lado que

gritaba hipotermia. Pero sus ojos sus ojos eran dos carbones

encendidos, no había miedo en ellos. No había la súplica habitual de los

mendigos que Rogelio solía espantar en la ciudad. Había una determinación

aterradora. La niña se acercó a la puerta abierta de la camioneta, ignorando el viento que le

azotaba la cara sucia. miró a Esteban, luego miró la silla de ruedas plegada en

el maletero y finalmente clavó sus ojos directamente en los de Rogelio. “Señor”,

dijo ella. Su voz era fina, pero no temblaba. Era firme, como una sentencia.

“Usted tiene frío, pero su corazón está más frío que sus pies.” Rogelio se quedó paralizado por un segundo. La audacia de

esa mocosa era increíble. “¿Vienes a predicarme, niña? respondió Rogelio con sarcasmo, aunque

sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Si quieres dinero, pídelo y lárgate. No tengo

tiempo para ser mones de caridad. La niña negó lentamente con la cabeza. Dio

un paso más cerca, metiendo la mano en el interior del vehículo, señalando sus

piernas inmóviles. “Yo no quiero limosna”, dijo ella con una seriedad que

helaba la sangre. Vengo a hacer un trato. Un trato de negocios como los que usted hace.

Esteban soltó una risa nerviosa y burlona desde el asiento del conductor.

Un trato. Tú, por favor, señor, déjeme sacarla de aquí a empujones. nos está

quitando el poco calor que queda. “Cállate, Esteban”, gruñó Rogelio sin

dejar de mirar a la niña. La curiosidad o quizás el aburrimiento ante la muerte

inminente lo hizo seguir el juego. “A ver, pequeña empresaria de la nieve,

¿qué negocio puedes ofrecerme tú que no tienes ni dónde caerte muerta?” La niña

respiró hondo. El vapor salió de su boca como una pequeña nube. Se limpió la

nariz con la manga sucia de su abrigo y soltó las palabras que cambiarían el destino de esa noche. Señor, si yo logro

que usted camine ahora mismo aquí en medio de esta nieve, ¿me daría un millón

de pesos? El tiempo pareció detenerse. El viento dejó de aullar por un segundo.

Esteban se giró completamente con la boca abierta, mirando a la niña como si

estuviera de mente. Rogelio, el gran magnate, el hombre que destruía

competidores con una llamada telefónica, se quedó mudo. La propuesta era tan

absurda, tan ridícula y tan dolorosamente imposible que por un momento su cerebro no pudo procesarla.

Caminar. Él, los mejores neurólogos de Europa, le habían dicho que su médula estaba

intacta, pero dormida. Un caso psicológico irreversible.

Había gastado fortunas en terapias, en milagros, en brujos y en ciencia. Nada

había funcionado. Y ahora una niña arapienta congelándose en un bosque