El interior de la mansión se revela

lentamente con un movimiento de cámara

suave que recorre pasillos interminables

adornados con mármol brillante, cuadros

costosos y muebles elegantes que

reflejan riqueza, pero también una

profunda frialdad. No se escuchan risas

ni voces, solo el eco distante de pasos

y el tic tac de un reloj antiguo que

marca el paso del tiempo con una crudeza

implacable, como si cada segundo pesara

sobre el corazón de la casa. La luz de

la tarde entra débilmente por las

grandes ventanas. filtrada por cortinas

gruesas, creando sombras largas que

acentúan el ambiente de abandono

emocional. La cámara se detiene en una

habitación amplia pero oscura, donde

doña Isabel, una mujer mayor de porte

distinguido, yace en una cama grande y

elegante que contrasta dolorosamente con

su fragilidad. Su rostro pálido muestre

cansancio acumulado de días difíciles.

Sus manos tiemblan levemente sobre las

sábanas y su respiración es lenta,

irregular, como si cada inhalación fuera

una batalla silenciosa. Tus ojos, aún

llenos de dignidad permanecen abiertos,

fijos en el techo, perdidos en

pensamientos que nadie escucha, mientras

una lágrima resbala lentamente por su

mejilla, reflejando la luz tenue de la

habitación. Con voz casi inaudible,

cargada de tristeza y resignación,

murmura que cada día se siente peor, que

su vida parece escaparse poco a poco, no

solo por la enfermedad, sino por la

soledad que la rodea. En ese momento, la

puerta se abre y entra Alejandro. Su

hijo millonario vestido con un traje

impecable hablando por teléfono con tono

impaciente y autoritario. Su presencia

llena el cuarto, pero su atención está

lejos, atrapada en números, contratos y

decisiones frías. Mientras camina por la

habitación, continúa la llamada

asegurando que el dinero no es problema,

que compre lo que sea necesario, incluso

un hospital si hace falta, demostrando

que para el todo se puede resolver con

poder y riqueza. cuelga el teléfono y

por un breve instante mira a su madre,

no con crueldad, sino con una distancia

emocional que duele más que cualquier

palabra dura. Su mirada se posa en ella

apenas unos segundos, como si no supiera

cómo acercarse, cómo enfrentar la

fragilidad que tiene frente a él. Le

dice que tiene negocios importantes, que

los doctores se encargarán de todo

usando un ton automático aprendido que

evita cualquier contacto emocional real.

Doña Isabel intenta responder, mover los

labios, pero no logra articular palabra,

solo lo observa esperando quizá una

caricia, una pregunta sincera, una señal

de que aún importa. Alejandro, incómodo,