
Antes de que Pancho Villa pusiera los pies en la hacienda de don Esteban Montes, las tierras de Durango parecían
dormidas bajo un silencio de resignación. Después el norte entero
supo que hay silencios que no son de paz, sino de injusticia acumulada, de
promesas podridas bajo el sol, como carne de animal muerto en el desierto.
El viento del norte traía polvo seco y espinas de mezquite. Aquella mañana de octubre de 1914,
la hacienda Montes se extendía como una cicatriz verde en medio del desierto de
Durango. kilómetros y kilómetros de tierra trabajada hasta el hueso por
manos que nunca vieron el fruto de su sudor. Don Esteban Montes caminaba entre
los surcos con las manos en la espalda, calculando cada mazorca, cada grano,
cada peso que entraría a sus arcas, mientras sus peones quebraban la tierra bajo un sol que caía como hierro
fundido. El olor del maíz maduro se mezclaba con el sudor agrio de los
trabajadores, con la tierra seca que se levantaba en nubes cada vez que un
asadón golpeaba el suelo. Los hombres trabajaban en silencio, con la espalda
doblada desde que el sol apenas asomaba hasta que se escondía como moneda de
cobre detrás de la sierra. Don Esteban los miraba con ojos de contador, calculando cuánto podía exprimir de cada
uno antes de que el cuerpo se les rindiera. Entre todos esos peones había
uno que llevaba más tiempo que nadie en esas tierras. Don Jacinto Reyes, un
hombre de 50 años con la piel curtida como cuero viejo y las manos llenas de
callos que parecían piedras del río. 30 años llevaba don Jacinto trabajando para
don Esteban. 30 años desde que llegó, siendo un muchacho de 20, con la esperanza de
juntar suficiente dinero para comprar su propio pedazo de tierra, casarse, tener
hijos, vivir con dignidad como cualquier hombre honesto merece. Don Esteban le
había prometido muchas cosas en esos 30 años. Al principio le decía que le
pagaría bien cuando terminara la cosecha, luego que cuando pasara la
temporada de sequía, después que cuando los precios del maíz mejoraran en la
capital. Siempre había una excusa, siempre había una promesa para el futuro. Y don Jacinto, que era hombre de
palabra y creía que los demás también lo eran, seguía trabajando con la fe de que
algún día don Esteban cumpliría. La hacienda Montes era una construcción de
adobe y madera que se extendía alrededor de un patio central donde don Esteban
guardaba sus carretas y sus animales. Las paredes gruesas mantenían el calor
afuera durante el día. y el frío afuera durante la noche. Adentro, don Esteban
guardaba cofres llenos de documentos, contratos firmados con cruces por peones
que no sabían leer, pagarés que prometían dinero que nunca llegaría. El
granjero había perfeccionado su sistema durante 40 años. contratar hombres
desesperados, prometerles el cielo, hacerlos trabajar hasta que el cuerpo se
les gastara y luego darles apenas lo suficiente para que no se murieran de
hambre, pero nunca lo suficiente para que pudieran irse. Órale, compadre, si
te gustó este comienzo regresivo, déjale ese like, muchacho. Y si no estás suscrito todavía, suscríbete ya al canal
que hay puras historias chidas de Pancho Villa por aquí. Vamos a seguir. Don
Jacinto vivía en un jacal de adobe a las orillas de la hacienda, una construcción
de un solo cuarto donde dormía en un petate sobre el suelo de tierra. No
tenía mujer porque nunca tuvo dinero para casarse. No tenía hijos porque qué iba a ofrecerles si apenas tenía para
comer frijoles y tortillas duras. Su vida entera se había consumido en esos
surcos, quebrando tierra, sembrando maíz, cosechando para don Esteban,
mientras los años le pasaban por encima como carretas cargadas de piedras. Pero
don Jacinto guardaba una esperanza. Don Esteban le había dicho hacía 5 años,
cuando cumplió 25 años de servicio, que cuando llegara a los 30 años trabajando
en la hacienda, recibiría su pago completo, todo lo que se le debía de
esos 30 años de sudor y sangre, suficiente dinero para comprar un pedazo
de tierra en algún pueblo cercano para construirse una casa de adobe decente,
para vivir sus últimos años con la dignidad que se gana con el trabajo. Honesto, don Jacinto contaba los días
como un preso cuenta las rayas en la pared de su celda. 30 años se cumplieron
en septiembre de 1914. El viejo peón se levantó esa mañana con
las manos temblando de emoción, se lavó la cara con agua fría del pozo, se puso
su camisa menos remendada y caminó hacia la casa principal con el corazón
latiéndole como tambor de fiesta. Don Esteban estaba sentado en su silla de cuero en el porche tomando café con
leche en una taza de porcelana que había traído de la capital. El granjero era un
hombre gordo de 60 años, con bigote gris y ojos pequeños que brillaban cuando
calculaba dinero. Vestía siempre con chaleco y sombrero de palma fino, como
para recordarle a todos que él era el patrón y ellos eran solo peones. Don
Jacinto se quitó el sombrero y se paró frente a don Esteban con la cabeza un poco agachada, como le habían enseñado a
hacer los pobres frente a los ricos. Su don Esteban dijo con voz suave, vengo
porque hoy se cumplen 30 años desde que empecé a trabajar para usted. Usted me
dijo hace 5 años que cuando llegara este día me pagaría todo lo que se me debe
para que yo pueda retirarme y vivir mis últimos años tranquilo. Don Esteban tomó
un sorbo de café y miró a don Jacinto como quien mira a un perro que pide comida. Ah, sí, Jacinto”, dijo el
granjero de espacio saboreando cada palabra. “30 años, ¿eh? Pues sí, es
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