Mi helicóptero presidencial surcaba el cielo despejado sobre el océano Pacífico. Yo, Alejandro Méndez,

presidente recién electo, viajaba hacia una cumbre internacional de emergencia. Un asunto diplomático urgente que

requería mi presencia inmediata. Señor presidente, llegaremos en

aproximadamente 2 horas”, informó el capitán Torres por el intercomunicador. Asentí en silencio

mirando por la ventanilla mientras revisaba los documentos preparados por mi equipo. La tripulación impecable,

profesionales. No se escuchaba nada más que el zumbido constante de las hélices. Pero entonces un destello

verdoso apareció en el radar. El capitán Torres frunció el ceño. Estaba

confundido. Señor presidente, hay algo extraño en los instrumentos. Antes de que pudiera decir una palabra, una

turbulencia brutal sacudió el helicóptero. Los instrumentos enloquecieron. Lecturas imposibles

parpadeaban en las pantallas. Torres luchaba con los controles y la tripulación corría para asegurar el

interior. “Mayday, Mayday!”, gritaba Torres por la radio. “Hemos perdido el

control, coordenadas. No terminó la frase. Una explosión ensordecedora sacudió la aeronave y

luego la sensación de caída libre. El suelo literalmente se abrió bajo mis pies. Desperté en la playa, la arena

pegada a mi cara, mi traje presidencial destrozado, empapado, un sabor metálico

en mi boca, sangre. Me incorporé lento intentando entender qué me dolía más. Costillas

fracturadas, una herida profunda en el muslo y probablemente una conmoción

cerebral. Del helicóptero solo quedaban fragmentos esparcidos por la playa y restos flotando en el agua

cristalina. Miré a mi alrededor, no parecía haber otros sobrevivientes.

Conseguí equiparme con las ropas de uno de mis hombres. El sol caía implacable sobre la arena

ardiente. La sed me quemaba la garganta como fuego. Con esfuerzo me arrastré

hasta la sombra de unas palmeras justo en el límite de la playa. La herida en mi muslo seguía sangrando y no podía

esperar más. Arranqué lo poco que quedaba de mi camisa y lo até como un vendaje improvisado. Pasé horas entrando

y saliendo de la conciencia, el shock, la pérdida de sangre, la deshidratación.

Todo me estaba matando lento y yo lo sabía. En uno de esos momentos de lucidez vi algo. Un pequeño arroyo.

Descendía desde la jungla hacia el mar. Usé todo lo que me quedaba de fuerza y me arrastré hasta él. El agua fresca fue

mi salvación. Bebí desesperadamente hasta sentir que mi cuerpo volvía a la

vida. Me lavé la herida lo mejor que pude. Luego me adentré en los restos

esparcidos del helicóptero, buscando algo que pudiera servirme y encontré un

botiquín de emergencia. Estaba medio destrozado, pero aún quedaban algunos analgésicos y vendas estériles.

Suficiente para seguir vivo un día más. Esa noche la pasé bajo una techumbre improvisada hecha de hojas de palmera.

Temblaba no solo por el frío, sino por los primeros síntomas de fiebre. Los sonidos de la jungla me envolvían en una

sinfonía desconocida. Yo solo podía escuchar el eco de mi respiración y el

miedo latiendo dentro de mí. Desperté con el cuerpo entumecido, pero la mente

un poco más clara. Sabía que tenía que moverme. Tenía que hacer algo. Pasé el día explorando la playa. buscando,

esperando, algún signo de supervivencia o algún resto útil del helicóptero, pero mis esperanzas se desvanecieron rápido.

Encontré varios cuerpos, entre ellos el del capitán Torres. Todos habían muerto en el impacto, con un nudo en la

garganta y soportando el dolor como pude. Cabé tumbas profundas en la arena. Les di una despedida sencilla, pero

sincera y les prometí que sobreviviría, que regresaría y que no olvidaría su sacrificio. La realidad me golpeó con

toda su crudeza. Yo era el único superviviente. La culpa me cayó encima

como una losa. ¿Por qué yo? ¿Por qué seguía vivo cuando hombres más valientes que yo habían muerto? Lloré por primera

vez desde el accidente. Lloré por mis hombres, por mí, por la vida que había

quedado atrás. Después me concentré en lo esencial. Necesitaba un refugio mejor, algo de comida y empezar a

recuperar mi condición física. La herida en mi pierna seguía preocupándome, pero los antibióticos del botiquín parecían

estar manteniendo la infección a raya. Coojeando, recorrí la línea de la playa. El dolor era constante, pero tenía que

moverme. Encontré más restos del helicóptero, incluida una parte intacta de la cabina. podría servirme como base

para construir un refugio. También recogí algunas frutas caídas que parecían seguras, cocos y unos frutos

rojizos, cuyo nombre desconocía, pero que olían dulces. De pronto, un coco cayó de una palmera. Aterrizó a

centímetros de mi cabeza. El susto inicial se transformó en risa. Una risa

amarga, histérica, pero por alguna razón liberadora. Era la primera vez que reía

desde el accidente. Tomé el coco y lo examiné. Nunca había tenido que abrir uno sin las comodidades de la

civilización. Intenté golpearlo contra una roca, pero solo logré lastimar mis manos. Al final, después de varios

intentos frustrados, lo conseguí. Usé un trozo afilado de metal y logré abrirlo.

El agua de coco nunca me había sabido tan deliciosa. Aquella noche, con el estómago un poco más lleno y un refugio

ligeramente mejor, me permití pensar pensar en lo absurdo de todo. Yo, Alejandro Méndez, presidente de una

nación. Reducido a esto, a un náufrago solitario en una isla desierta, la ironía era casi poética. Había dedicado

mi vida a la política, a navegar las aguas turbias del poder y ahora me

enfrentaba al desafío más primitivo de todos. Sobrevivir. La fiebre volvió esa noche, pero con menos fuerza. Al

amanecer decidí adentrarme un poco en la jungla. Seguí el curso del arroyo. Necesitaba entender mi entorno. Si

quería seguir con vida, la vegetación era densa, exuberante, casi abrumadora.

Plantas que jamás había visto, flores de colores imposibles y una sinfonía constante de sonidos animales. Encontré

más árboles frutales y marqué mentalmente su ubicación. De regreso en la playa me dediqué a mejorar mi

refugio. Usé la sección de la cabina como base y añadí paredes con ramas flexibles entrelazadas. También reforcé

el techo con hojas grandes. No era bonito, pero al menos me ofrecería algo de protección contra la lluvia y el

viento. Mientras trabajaba, la frustración me embargó de pronto. Un ataque de ira me hizo golpear la arena y

gritar al cielo vacío. ¿Cuántas posibilidades había de que me encontraran? Estaba condenado a morir

lentamente en esta isla. Luego la calma volvió. No tenía sentido desperdiciar

energía. En la desesperación era el presidente. [ __ ] sea. Había enfrentado crisis internacionales,