El día que Manila dejó de ser Manila, comenzó con el rugido de los bombarderos. Era el 8 de diciembre de

1941 y desde la ventana del segundo piso de su casa en Malate, Ricardo Mendoza vio

como las bombas japonesas caían sobre el puerto como puños de fuego contra el

cielo gris del amanecer. Tenía 32 años, una esposa filipina llamada Carmen, dos

hijos pequeños y un apellido que resonaba con siglos de historia entre

México y estas islas del Pacífico. Su bisabuelo había llegado en los

galeones de Acapulco cuando Manila todavía era el puente dorado entre dos

mundos hispanos. Ahora ese puente ardía. Carmen sostenía a Miguelito contra su

pecho mientras Teresita, de cinco años, lloraba aferrada a las faldas de su

madre. El estruendo de las explosiones hacía temblar los marcos de las ventanas. Ricardo cerró las cortinas con

manos que intentaban no temblar y buscó los ojos de su esposa. En ellos vio el

mismo terror que sentía en las entrañas, pero también algo más, la determinación

silenciosa que ambos habían heredado de generaciones acostumbradas a sobrevivir

tormentas. Durante las primeras semanas, Manila se convirtió en un eco fantasmal de sí

misma. Las calles que habían vibrado con el tagalo, el español y el inglés

entremezclados, ahora guardaban silencio. Marcarthur había declarado la ciudad

abierta, un gesto noble que no detuvo las bombas. Ricardo trabajaba en una

pequeña imprenta cerca de intramuros, pero cuando los japoneses marcharon por las calles el 2 de enero de 1942,

su trabajo dejó de existir. Vio cómo ondeaban las banderas del sol

naciente sobre edificios coloniales que habían conocido cuatro siglos de

presencia española y mexicana. le dolió en un lugar más profundo que el miedo.

Los días se volvieron extraños. El idioma japonés comenzó a reemplazar el

inglés en los carteles oficiales. Los soldados del imperio patrullaban las

avenidas con bayonetas que brillaban bajo el sol ecuatorial como advertencias

silenciosas. Ricardo y Carmen guardaban arroz en latas escondidas bajo las tablas del piso, racionando cada grano

como si fuera oro. Los mercados que antes rebosaban de mangos, pescado fresco y el pan de sal

que Carmen hacía cada mañana, ahora exhibían estantes vacíos y vendedores

con miradas hundidas. En marzo de 1942, los soldados japoneses tocaron a la

puerta. Ricardo sintió que el corazón se le detenía cuando abrió y vio uniformes

verde olivo y rostros impenetrables. Uno de ellos, un oficial bajo con

cicatrices en las manos, habló en un español quebrado que evidenciaba algún intérprete filipino nervioso detrás de

él. Todos los extranjeros enemigos deben registrarse. Mañana Universidad de Santo Tomás. Mi

esposa es filipina”, dijo Ricardo en español. “Luego en Tagalo para que no hubiera malentendidos.

Mis hijos nacieron aquí. Tú, mexicano, español, mismo. Ricardo entendió para

los japoneses su apellido Mendoza, su sangre mestiza, su español nativo lo

convertían en sospechoso. Los americanos iban a Santo Tomás, los

británicos también. Ahora los hispanos, sin importar cuánto tiempo llevaran sus

familias enraizadas en este archipiélago, esa noche no durmió. Carmen se acostó junto a él en la

oscuridad y entrelazó sus dedos con los de él. No necesitaban palabras. El

silencio entre ellos contenía tres siglos de historia compartida entre sus pueblos. el recuerdo de galeones que

cruzaban el Pacífico, de abuelitas mexicanas casándose con pescadores

filipinos, de niños mestizos creciendo en un mundo donde el océano no era una

barrera, sino un puente. Todo eso ahora enfrentaba su propio naufragio. Al

amanecer siguiente, Ricardo besó a sus hijos dormidos, memorizando sus rostros

como si fueran oraciones. Carmen le preparó un atado con ropa, una toalla,

jabón y una foto de la familia. Sus ojos estaban secos, pero sus manos temblaban

al cerrar el nudo. “Volveré”, le susurró Ricardo. “Lo sé”, respondió ella, aunque

ambos sabían que era mentira piadosa. Las puertas de la Universidad de Santo Tomás se abrieron para tragarse a miles.

Ricardo caminó entre una multitud silenciosa de rostros pálidos,

americanos, británicos, holandeses y sí otros como él, hispanos con apellidos

que olían a canela y evangelios antiguos. Las familias se aferraban unas

a otras, los niños lloraban, los guardias japoneses gritaban órdenes en

un idioma que nadie entendía, pero todos obedecían. El campus universitario, con

sus edificios de piedra y sus patios amplios, se transformó en una ciudad

dentro de la ciudad. Ricardo fue asignado a un salón que antes había sido

aula de filosofía. Ahora 30 hombres dormían en el suelo, hombro con hombro,

compartiendo el aire viciado y la incertidumbre. Conoció a otros mexicanos

y descendientes de mexicanos. Un comerciante de cavite cuya familia había

llegado en 1780. Un maestro de pampanga con sangre

indígena mexicana y filipina mezcladas. Un viejo marinero de Acapulco que nunca

regresó a casa. Los días en Santo Tomás se medían en raciones cada vez más

pequeñas. Al principio los prisioneros recibían

arroz suficiente, algunas verduras, ocasionalmente pescado. Los japoneses

permitían que se organizaran, que eligieran líderes entre ellos, que establecieran rutinas.

Ricardo trabajaba en la cocina comunal mezclando las tradiciones culinarias de tres continentes con lo poco que tenían.

Aprendió a hacer rendir un puñado de como si fuera un festín. a cocinar

camote hasta que pareciera algo más que tubérculo hervido. Las noches eran lo

peor. En la oscuridad los hombres hablaban en susurros de sus familias

afuera. Ricardo se preguntaba si Carmen conseguía comida suficiente, si los

niños estaban a salvo, si los soldados japoneses habían tocado su puerta de