En las tierras áridas del México revolucionario, un pueblo entero vivía bajo el miedo impuesto por un asendado

despiadado. Pero todo cambió el día en que un niño inocente gritó por ayuda y

su llanto atravesó el desierto como un relámpago. Ese grito llegó a oídos del

hombre que jamás toleró la injusticia. Pancho Villa. Cuando el general llegó

levantando polvo, nadie imaginaba que ese día quedaría marcado para siempre en

la memoria de San Bartolo. Porque Villa no solo vino a defender al pueblo, vino

a enseñarles lo que significa la verdadera justicia. El amanecer llegó al

pequeño poblado de San Bartolo, como una herida abierta sobre la tierra seca. El

sol, todavía bajo, ya ardía con ese tono anaranjado que anunciaba un día duro. El

aire estaba pesado, inmóvil y el polvo dormido sobre el suelo esperaba apenas

un soplo para levantarse, como un suspiro cansado. Las chozas de barro,

alineadas sin orden, parecían encogidas por el calor y por la pobreza.

Todo tenía un color desgastado, las ropas, las paredes, incluso los sueños

de las mujeres que madrugaban para buscar agua. Era una mañana silenciosa

hasta que se escucharon pasos acelerados, golpes contra la tierra y

después un rugido de voz que quebró oídos y almas.

Ven acá, Esquincle”, vociferó don Ramiro, el asendado más temido de la

región. Un nombre grande, de piel curtida, camisa remangada y sombrero ancho, apareció arrastrando del brazo a

un niño de unos 8 años. El pequeño Emiliano, descalzo y delgado, llevaba el

rostro manchado de polvo y lágrimas. Su cuerpo temblaba entre soyozos. Apenas

podía hablar. Lo habían sorprendido tomando una fruta caída del huerto del

acendado. Una simple fruta, una fruta que para el niño significaba desayuno y

para don Ramiro significaba desafío. Las mujeres de la aldea se asomaron con las

manos en el pecho. Los hombres rígidos no se atrevían a intervenir. San Bartolo

vivía bajo la sombra de aquel hombre desde hacía años. Su hacienda controlaba el agua, la

comida, las tierras y el miedo. La escena avanzaba como si el destino

quisiera grabarla en fuego. Don Ramiro arrastró a Emiliano hasta un árbol viejo

de ramas torcidas que se levantaba en la entrada del pueblo. Colgando de una de

esas ramas estaba un nido oscuro, redondo, trenzado como un cesto

siniestro, un nido de insectos agresivos. Conocidos por su temperamento

feroz en épocas de calor. Las mujeres gritaron, los hombres cerraron los ojos,

el corazón del pueblo entero se detuvo. El niño lloraba suplicando con la voz

rota: “Señor, yo solo tenía hambre.” Pero don Ramiro no escuchaba o no quería

escuchar. En sus ojos había un brillo de superioridad, de orgullo herido. Para él

no se trataba de la fruta, se trataba de que nadie, ni siquiera una criatura, se

atreviera a tocar lo que él consideraba suyo. Aquí aprenderás a respetar,

dijo con una frialdad que hacía estremecer incluso a la tierra seca.

Con un empujón lo acercó al nido. Las criaturas zumbaban molestas por la

vibración del árbol. El aire se llenó de ese sonido inquietante que heriza la piel. Un zumbido creciente, vivo, casi

como si el peligro respirara. El caos comenzó. Emiliano soltó un grito tan

fuerte, tan desgarrador, tan lleno de miedo, que las montañas lo devolvieron

en eco. Un grito que ninguna mujer, ningún hombre y ninguna madre del pueblo

olvidaría jamás. Un grito que no hablaba solo de dolor, hablaba de injusticia, de

miseria, de abandono. Una niña pequeña escondida detrás de su

madre tapó los oídos. La anciana Rosa murmuró una oración. Los hombres

apretaron los puños. Mateo, un campesino fuerte y respetado, dio un paso adelante, pero su esposa le sujetó el

brazo temblando. No, Mateo, te puede pasar lo mismo. Pero Mateo no podía

mirar más. Sus ojos ardían, no por el sol, sino por la indignación. Algo

dentro de él se rompía. El pueblo entero estaba viendo como un niño era castigado

de una forma cruel, por una falta mínima, por una necesidad básica y nadie

podía hacer nada. Don Ramiro, respirando hondo, parecía alimentarse del miedo

ajeno, pero en su gesto había algo más, el hábito, la costumbre de mandar, de

imponerse, de verse intocable. Él no imaginaba que ese día sería el último en

que su reinado de temor pasaría sin respuesta. Pero el pueblo aún no lo sabía. Emiliano gritaba, el zumbido

aumentaba. La injusticia se volvía casi física, casi visible, casi una sombra

espesa sobre el pueblo entero. Y sin embargo, aunque la escena parecía no

tener fin, una pequeña corriente de aire sopló desde el norte. Llevó polvo, hojas

secas y un rumor, un rumor que cruzó las bocas asombradas de los aldeanos. Dicen

que alguien viene por el camino, dicen que es un jinete. Dicen que es alguien

que no teme a nadie. El desierto, por primera vez en mucho tiempo, pareció

respirar como si la tierra misma supiera que esa injusticia no quedaría enterrada. No, esta vez no con ese niño,

no con ese grito, porque a lo lejos, detrás del calor ondulante, algo o

alguien se acercaba y el destino de San Bartolo estaba a punto de cambiar para

siempre. El eco del grito de Emiliano aún vibraba en el aire cuando el

ascendado don Ramiro, satisfecho con su demostración de poder, se apartó del

árbol y dejó al niño encogido, temblando, con el pecho subiendo y

bajando como si buscara aire por primera vez. La aldea entera quedó sumida en un