La Novia del Portón Cerrado — Claudia Velarde (1846, Zacatecas) — atrapada sin salida

La novia del portón cerrado. Claudia Belarde, 1846, Zacatecas, atrapada sin salida. Hola a todos. Sean bienvenidos una vez más a este canal donde exploramos las historias más oscuras y perturbadoras de nuestra historia mexicana. Si aún no lo has hecho, te invito a que te suscribas para no perderte ninguno de estos relatos que nos recuerdan que la realidad supera muchas veces a la ficción.

 ¿Y tú, desde dónde nos estás viendo? ¿A qué hora estás escuchando esta historia? Déjamelo en los comentarios. Ahora sí, acompáñenme a conocer el terrible destino de Claudia Belarde, la novia que nunca llegó al altar. Parte uno. El viento de febrero arrastraba el polvo de las calles empedradas de Zacatecas con una fuerza que parecía querer llevarse consigo los secretos que la ciudad guardaba en cada rincón.

 En 1846, la capital minera más importante del norte de México vivía días de incertidumbre política. La guerra con los Estados Unidos se acercaba como una tormenta inevitable y las familias adineradas comenzaban a proteger sus fortunas mientras los pobres se preparaban para lo peor. La casa de los velardes se alzaba en la calle del mercado, una construcción de cantera rosa de dos pisos con balcones de hierro forjado que miraban directamente hacia la catedral.

 Don Bartolomé Belarde había llegado de Sevilla 30 años atrás con apenas un baúl de ropa y una carta de recomendación para trabajar en las minas de plata. Pero el español tenía algo que muchos mineros no poseían, una mente calculadora para los negocios y una absoluta falta de escrúpulos cuando se trataba de acumular riqueza.

 Para 1846, don Bartolomé controlaba tres de las minas más productivas de la región, además de ser propietario de almacenes de granos y telas que abastecían a medio Zacatecas. Su esposa, doña Remedios Aguirre, provenía de una familia criolla venida a menos, y el matrimonio había sido más una transacción comercial que un acto de amor.

 De esa unión habían nacido dos hijos. Rodrigo, el primogénito de 26 años, que ya administraba parte de los negocios familiares, y Claudia, la menor, que a sus 19 años se había convertido en la joya más preciada de su padre, no por afecto, sino por el valor matrimonial que representaba. Claudia Belarde tenía el cabello negro como la obsidiana, recogido siempre en trenzas elaboradas que su doncella india Jacinta le hacía cada mañana.

 Sus ojos color miel contrastaban con su piel clara herencia de su padre español y su figura esbelta se movía con una gracia natural que llamaba la atención de todos los jóvenes de buena familia en misa de domingo. Pero Claudia no era simplemente hermosa. Detrás de esa apariencia delicada había una inteligencia aguda que su padre había cometido el error de cultivar en sus primeros años.

permitiéndole aprender a leer y escribir con fluidez, algo inusual para las mujeres de su época. Esa educación temprana sería paradójicamente tanto su mayor regalo como su condena. La mañana del 18 de febrero de 1846 amaneció fría en Zacatecas. Claudia despertó en su habitación del segundo piso, donde las paredes encaladas estaban decoradas con imágenes religiosas, y un pequeño escritorio de madera de nogal, donde guardaba un diario que nadie debía leer.

 Se levantó antes de que Jacinta llegara a ayudarla, caminó descalza hasta la ventana y miró hacia la plaza. Las campanas de la catedral acababan de repicar las 6 de la mañana. Mañana sería su boda. Mañana se convertiría en la esposa de don Emiliano Arteaga, un hombre de 42 años, viudo, dueño de la mina la Candelaria, la más rica de la región, después de las del propio don Bartolomé.

 La unión había sido arreglada 6 meses atrás, cuando su padre y don Emiliano cerraron el trato en el despacho de la casa, mientras ella servía chocolate caliente y fingía no escuchar. El matrimonio consolidaría el poder de ambas familias, crearía un monopolio minero prácticamente inquebrantable y, según las palabras de su padre aseguraría el futuro de todos.

Nadie le había preguntado a Claudia qué pensaba al respecto. Jacinta entró con una jarra de agua tibia para el aseo matutino. Era una mujer zacateca de unos 35 años, de rasgos indígenas marcados y manos callosas por el trabajo. Había sido comprada por don Bartolomé cuando apenas era una niña, después de que su familia muriera en una epidemia de cólera.

 Y desde entonces había vivido en la casa de los Belarde como sirvienta. Con el tiempo, Jacinta se había convertido en la confidente más cercana de Claudia, la única persona en esa casa que parecía verla como un ser humano y no como una pieza de ajedrez. “Buenos días, niña Claudia”, susurró Jacinta mientras colocaba la jarra sobre el aguaman de porcelana.

 Buenos días, Jacinta”, respondió Claudia sin voltear. Seguía mirando por la ventana. “Ya está despierto mi padre desde hace una hora, niña. Está en el despacho con donRodrigo. Parece que hubo problemas en la mina San Miguel anoche.” Claudia suspiró. Los problemas en las minas eran constantes. Los trabajadores, indios y mestizos, que trabajaban en condiciones infrahumanas, se accidentaban con frecuencia, morían por derrumbes o enfermedades pulmonares y sus familias quedaban en la miseria.

 Pero para su padre esas tragedias solo significaban números en un libro de contabilidad, gastos que reducir, hombres que reemplazar. Jacinta, dijo Claudia en voz baja, ¿crees que una mujer puede elegir su propio destino? La sirvienta se quedó quieta con las manos aún sobre la jarra. Era una pregunta peligrosa. Ambas lo sabían.

 Niña, usted sabe que las mujeres como usted tienen el destino escrito desde que nacen. Su padre, mi padre me vende como si fuera una yegua de cría interrumpió Claudia y su voz sonó más dura de lo que pretendía. Don Emiliano podría ser mi padre, es viudo. Tiene tres hijos mayores que yo y se dice que su primera esposa murió en circunstancias extrañas.

 Jacinta bajó la mirada. No debería hablar así, niña. Las paredes tienen oídos en esta casa. Lo sé. Claudia se apartó de la ventana y se sentó en el borde de su cama. Lo sé muy bien. Lo que Jacinta no sabía, lo que nadie en esa casa sabía, excepto Claudia misma, era que la joven había estado planeando su huida durante meses.

Había vendido discretamente algunas joyas pequeñas a través de contactos en el mercado, acumulando una cantidad modesta de dinero que guardaba en un saquito de tela cocido dentro de su colchón. Había estudiado las rutas de las diligencias que salían hacia Aguascalientes y Guadalajara. Había escrito cartas a un convento en Querétaro, donde una tía lejana de su madre había sido monja, cartas que nunca envió por miedo a ser descubierta.

 Pero sobre todo, Claudia había cometido el error más peligroso que una mujer de su posición podía cometer en 1846. se había enamorado. Su nombre era Miguel Ángel Salazar, tenía 25 años y era el capataz de la mina San Miguel, una de las propiedades de su padre. Miguel Ángel no era de familia adinerada.

 Su padre había sido un minero que murió en un derrumbe cuando él tenía 12 años y su madre, una costurera, que se había sacrificado para que su hijo aprendiera a leer, escribir y hacer cuentas. Esas habilidades le habían permitido ascender de peón a Capataz un puesto de relativa autoridad que, sin embargo, seguía siendo infinitamente inferior al estatus de la familia Belarde.

 Claudia lo había conocido un año atrás cuando su padre la había llevado a inspeccionar la mina San Miguel. Era inusual que don Bartolomé llevara a su hija a ese tipo de visitas, pero ese día quería presumir las nuevas galerías que había mandado excavar. Miguel Ángel había sido el encargado de guiarlos por las instalaciones, explicando con claridad y conocimiento técnico cada aspecto de la operación.

Claudia había quedado impresionada no solo por su inteligencia, sino por la forma en que trataba a los trabajadores con respeto, algo que su padre jamás hacía. Sus miradas se habían cruzado ese día y algo inexplicable había sucedido entre ellos. Durante los meses siguientes encontraron formas de verse en secreto.

 Miguel Ángel le enviaba mensajes a través de Jacinta, quien había accedido a ayudarlos, movida por la compasión y por sus propios recuerdos de un amor perdido en su juventud. Se encontraban en la capilla de San Juan de Dios, donde Claudia fingía ir a rezar los martes por la tarde. Hablaban en voz baja en los rincones oscuros, compartiendo sus sueños, sus miedos, sus lecturas.

 Miguel Ángel le prestaba libros prohibidos que conseguía en el mercado negro, novelas románticas francesas, tratados sobre derechos humanos, hasta textos de pensadores liberales que hablaban de igualdad y justicia. Laudia descubrió en esos encuentros que existía un mundo más allá de los muros de su casa. Un mundo donde las personas podían elegir, donde el amor importaba más que los contratos.

matrimoniales donde las mujeres podían tener voz, pero ese mundo no era el suyo. Cuando su padre anunció su compromiso con don Emiliano, Claudia sintió que le arrancaban el alma del pecho. Lloró durante días en secreto hasta que sus ojos quedaron hinchados y tuvo que inventar que sufría de una fiebre pasajera.

 le escribió a Miguel Ángel una carta desesperada que Jacinta le entregó en mano, una carta donde le rogaba que huyeran juntos, que dejaran atrás Zacatecas y comenzaran una nueva vida en algún lugar donde nadie los conociera. La respuesta de Miguel Ángel fue prudente, pero firme. No podían huir. Su padre los encontraría y las consecuencias serían terribles para ambos, pero especialmente para ella.

 La deshonra caería sobre Claudia como una sentencia de muerte social. Además, ¿con qué vivirían? Él ganaba apenas lo suficiente para mantenerse a sí mismo. No podía ofrecerle la vida a la que ellaestaba acostumbrada. Claudia le respondió que no le importaba la comodidad, que prefería vivir en la pobreza con él que en una jaula de oro con don Emiliano.

 Pero Miguel Ángel, criado con el pragmatismo de las clases trabajadoras, entendía algo que Claudia, en su idealismo romántico no comprendía del todo, que la pobreza no era noble, que era brutal y despiadada, que mataba a las personas lentamente y sin embargo, él también la amaba. Esa contradicción lo estaba destruyendo por dentro.

 La mañana del 18 de febrero, después de que Jacinta la ayudara a vestirse con un traje de día de algodón azul oscuro, Claudia bajó al comedor donde su familia desayunaba. La mesa estaba puesta con vajilla de porcelana importada de Francia y el olor a pan dulce recién horneado llenaba el aire. Su padre presidía la cabecera leyendo un periódico de la Ciudad de México que había llegado con una semana de retraso.

Su madre, doña Remedios, picoteaba un pedazo de pan con mermelada con la mirada perdida. Como siempre, Rodrigo, su hermano, revisaba unos documentos mientras bebía café. “Buenos días, padre”, saludó Claudia haciendo una leve reverencia. Don Bartolomé bajó el periódico y la miró con sus ojos grises y calculadores.

Buenos días, hija. Espero que hayas dormido bien. Mañana será un día importante para esta familia. Sí, padre. Don Emiliano vendrá esta tarde para revisar los últimos detalles de la ceremonia. Quiero que estés presente y te muestres agradecida. Este matrimonio es la culminación de años de trabajo, de planificación.

Nos convertiremos en la familia más poderosa del norte de México. Claudia asintió en silencio y tomó asiento. Jacinta le sirvió chocolate caliente y un plato con fruta. A lo largo de los años había aprendido a ocultar sus emociones detrás de una máscara de obediencia, pero esa mañana sentía que esa máscara comenzaba a resquebrajarse.

Rodrigo la miró de reojo. ¿Estás nerviosa, hermana? Un poco, admitió Claudia. Es natural, intervino doña Remedios con voz suave. Yo también estuve nerviosa antes de mi boda, pero una se acostumbra. El matrimonio es un deber, Claudia. Una mujer cumple con su deber y encuentra su paz en la obediencia.

 Claudia apretó los puños bajo la mesa. Obediencia. de ver, esas palabras le habían sido repetidas toda su vida como si fueran evangelio. Pero ahora, a menos de 24 horas de convertirse en la esposa de un hombre al que no amaba y apenas conocía, esas palabras le sonaban huecas, crueles. El desayuno continuó en un silencio tenso.

Don Bartolomé volvió a su periódico, Rodrigo a sus documentos. Solo doña Remedios intentó mantener una conversación sobre los preparativos de la boda, pero incluso ella parecía hacerlo más por costumbre que por genuino interés. Cuando terminaron, Claudia pidió permiso para retirarse a su habitación. Necesitaba estar sola, necesitaba pensar.

Subió las escaleras con paso lento, sintiendo el peso de la casa sobre sus hombros. Al llegar a su cuarto, cerró la puerta con seguro y se dejó caer sobre la cama. Sacó su diario del escritorio y comenzó a escribir. Las palabras fluyeron con urgencia, como si al plasmarlas en papel pudiera encontrar alguna respuesta, alguna salida.

18 de febrero de 1846. Mañana será mi boda y siento que voy hacia mi propia ejecución. No puedo respirar. Esta casa es una prisión y yo soy la prisionera que nunca cometió ningún crimen excepto nacer mujer. ¿Por qué Dios permite esto? ¿Por qué crea a las mujeres con mente y corazón si luego el mundo les niega el derecho a usarlos? Miguel Ángel me dice que huyamos.

 Ha cambiado de opinión. Me envió una nota esta mañana a través de Jacinta. Dice que ha conseguido dinero suficiente para llegar a Guadalajara. que allí podríamos casarnos, comenzar de nuevo. Pero tengo miedo, tengo tanto miedo si mi padre nos encuentra. Un golpe en la puerta interrumpió su escritura.

 Niña Claudia, era la voz de Jacinta. Claudia guardó rápidamente el diario en el cajón del escritorio y abrió la puerta. ¿Qué sucede? Jacinta entró y cerró la puerta tras ella. Su rostro mostraba preocupación. Miguel Ángel está abajo en la cocina, insiste en hablar con usted. Dice que es urgente. El corazón de Claudia dio un vuelco.

 ¿Cómo llegó hasta aquí mi padre? Su padre salió hace un momento con don Rodrigo hacia la mina. Su madre está en sus aposentos descansando. Pero debe apurarse, niña. Los cocineros lo están viendo y podrían hablar. Claudia no lo pensó dos veces. se cubrió con un reboso y siguió a Jacinta por el pasillo de servicio hasta las escaleras traseras que conducían a la cocina.

 Su corazón latía con tanta fuerza que temía que todos en la casa pudieran escucharlo. La cocina era un espacio amplio con pisos de barro y un fogón de leña, donde dos cocineras preparaban la comida del día. Al ver a Claudia, ambas mujeres bajaron la mirada con respeto y se retirarondiscretamente al patio trasero.

 Miguel Ángel estaba de pie junto a la puerta de servicio, con su sombrero en las manos y la ropa manchada de polvo y tierra de la mina. Sus ojos se encontraron y por un instante el mundo entero desapareció. Miguel Ángel”, susurró Claudia, “no deberías estar aquí.” “Lo sé”, respondió él, “pero no tenía otra opción.

Necesitaba verte, necesitaba decirte esto en persona.” Se acercó a ella y aunque Jacinta se mantuvo cerca como chaperona, les dio cierta privacidad volteando hacia la ventana. “Claudia, no puedo dejarte casar con ese hombre. He estado pensando toda la noche y llegué a la conclusión de que prefiero intentarlo y fracasar que vivir el resto de mi vida, sabiendo que no hice nada para salvarte.

Miguel Ángel, ya hablamos de esto. Mi padre, tu padre no es Dios, la interrumpió él. Y había una intensidad nueva en su voz. Puede ser poderoso, puede tener dinero y contactos, pero es solo un hombre. Y los hombres pueden ser vencidos. Estás hablando de locuras, dijo Claudia, aunque su corazón quería creerle. Si huimos, nos perseguirá.

Tiene recursos, tiene gente, nos encontrará. Entonces huiremos donde no pueda alcanzarnos. Hay barcos que salen de Veracruz hacia Cuba, hacia Sudamérica. Podríamos empezar de nuevo en un lugar donde nadie nos conozca. Claudia sintió lágrimas ardiendo en sus ojos. Y si nos captura antes de llegar, ¿qué pasará? Te matará, Miguel Ángel, y a mí me encerrará en un convento o algo peor.

 Quizás, admitió él, pero al menos habremos intentado ser libres, al menos habremos luchado por nuestro amor. ¿No vale eso la pena? Era una pregunta imposible de responder. Claudia había sido criada en un mundo donde la seguridad y el orden eran supremos, donde el amor romántico era considerado una tontería de jóvenes inmaduros. Pero ahí estaba Miguel Ángel arriesgando todo por ella, ofreciéndole algo que ningún hombre le había ofrecido jamás, la posibilidad de elegir.

 Esta noche, dijo Miguel Ángel en voz baja, después de que todos estén dormidos, hay una diligencia que sale hacia Aguascalientes a las 2 de la mañana. Desde ahí tomaremos otra hacia Guadalajara. Tengo dinero para los pasajes y para mantenernos unas semanas mientras encuentro trabajo. Miguel Ángel, solo dime que sí, Claudia.

 Dime que confías en mí. Claudia cerró los ojos. En su mente veía dos caminos divergentes. Uno la llevaba al altar de la catedral, donde don Emiliano la esperaría con una sonrisa satisfecha, donde se convertiría en la esposa obediente, en la madre de herederos que perpetuarían un imperio de riqueza construido sobre el sufrimiento de cientos de trabajadores.

 Ese camino era seguro, respetable, aprobado por Dios y por la sociedad. El otro camino era oscuro, incierto, peligroso. La llevaba hacia la noche, hacia el riesgo, hacia un futuro que podría terminar en tragedia, pero también la llevaba hacia la libertad, hacia el amor, hacia la posibilidad de ser ella misma. Abrió los ojos y miró a Miguel Ángel.

 “Sí”, susurró, “Esta noche te esperaré.” La sonrisa que iluminó el rostro de él fue como el sol atravesando las nubes. Te esperaré en el portón trasero, el que da al callejón a la 1:30 de la mañana. Trae solo lo esencial, ropa sencilla que no te identifique como una mujer rica. Y este dinero le entregó un pequeño saquito.

 Lo conseguí vendiendo mi reloj y algunos otros objetos. Es poco, pero es todo lo que tengo. Claudia tomó el saquito con manos temblorosas. Miguel Ángel, si algo sale mal, nada saldrá mal”, dijo él con una confianza que ella deseaba poder sentir. “Confía en mí.” Se miraron por última vez y aunque no podían tocarse con Jacinta presente, sus ojos dijeron todo lo que sus labios no podían pronunciar.

 Luego Miguel Ángel se calzó el sombrero, hizo una leve reverencia y salió por la puerta de servicio hacia el callejón. Claudia se quedó inmóvil durante varios segundos procesando lo que acababa de suceder. Acababa de comprometerse a huir, a abandonar todo lo que conocía, a destruir el nombre de su familia y a lanzarse hacia un futuro completamente incierto.

Jacinta se acercó a ella y le puso una mano en el hombro. hizo bien, niña. Ese muchacho la ama de verdad y usted merece ser amada. Tengo tanto miedo, Jacinta. Lo sé, niña, pero a veces el miedo es la señal de que estamos haciendo algo importante, algo que vale la pena. Claudia asintió y subió de regreso a su habitación con el rebozo cubriendo su rostro para que nadie notara las lágrimas que corrían por sus mejillas.

Pasó el resto del día en un estado de ansiedad contenida, aparentando normalidad, mientras su mente repasaba obsesivamente cada detalle del plan. Asistió a la comida familiar. Sonrió cuando don Emiliano llegó en la tarde para discutir los arreglos finales de la boda. Fingió entusiasmo cuando su madre le mostró el vestido nupsial que habían mandado confeccionar en la ciudad deMéxico, pero por dentro cada fibra de su ser vibraba con anticipación y terror.

La tarde se convirtió en noche. Después de la cena, Claudia se retiró temprano a su habitación, alegando dolor de cabeza. Jacinta la ayudó a prepararse para dormir, pero cuando la sirvienta se marchó, Claudia se sentó en su cama completamente vestida esperando. Había escondido un pequeño bolso con ropa sencilla, algo de dinero y algunas posesiones personales bajo su cama.

 Su corazón latía como un tambor de guerra. Desde su ventana podía ver las luces de la ciudad parpadeando en la distancia. Zacatecas dormía, ajena al drama que estaba a punto de desarrollarse entre sus calles empedradas. El reloj de pared marcó las 11, después las 12, luego la 1 de la mañana. Era hora de irse.

 Parte dos. Claudia esperó hasta estar segura de que toda la casa estaba sumida en el silencio nocturno. Podía escuchar los ronquidos de su padre provenientes de la habitación principal, el crujido ocasional de las vigas de madera, el ladrido distante de algún perro callejero. La luna menguante proyectaba sombras tenues a través de las cortinas de encaje.

 Con movimientos cuidadosos se puso una capa oscura sobre el vestido sencillo que había elegido para el viaje. Tomó el bolso que había preparado. Verificó por última vez que llevaba el dinero que Miguel Ángel le había dado y el que ella misma había ahorrado. Sus manos temblaban tanto que casi dejó caer el rosario de plata que su abuela le había regalado años atrás.

lo guardó en el bolsillo, sintiendo que necesitaría todas las bendiciones posibles. Antes de salir, se acercó a su escritorio y tomó el diario. No podía dejarlo. Contenía todos sus pensamientos más íntimos, sus críticas a la sociedad que la oprimía, sus reflexiones sobre Miguel Ángel.

 Si su padre lo encontraba después de su huida, sería evidencia adicional de su traición. lo metió también en el bolso. Abrió la puerta de su habitación con extremo cuidado. El pasillo estaba oscuro, excepto por la tenue luz de una vela que ardía en un nicho con una imagen de la Virgen de Guadalupe. Claudia rezó una oración silenciosa mientras avanzaba de puntillas hacia las escaleras de servicio.

 Cada paso parecía resonar como un trueno en sus oídos, aunque objetivamente apenas producía sonido. Bajó los escalones uno por uno, deteniéndose cada vez que la madera crujía. Cuando llegó al primer piso, tuvo que atravesar parte de la cocina para llegar al portón trasero. La casa estaba sumida en una oscuridad casi completa. Solo la luz de la luna que entraba por las ventanas le permitía distinguir las formas de los muebles.

 Estaba a punto de cruzar el comedor cuando escuchó voces. se congeló inmediatamente con el corazón a punto de salírsele del pecho. Las voces provenían del despacho de su padre. Había luz filtrándose por debajo de la puerta cerrada. ¿Por qué estaba despierto a esta hora? ¿Y con quién hablaba? Claudia se pegó contra la pared apenas respirando.

 No podía arriesgarse a ser descubierta ahora, no cuando estaba tan cerca de la libertad. Pero la curiosidad y el miedo la impulsaron a acercarse un poco más para intentar escuchar. La voz de su padre sonaba grave, molesta. No me importa lo que pienses, Rodrigo. El matrimonio se llevará a cabo mañana según lo planeado. Padre, solo digo que quizás deberíamos reconsiderar.

 He estado investigando a don Emiliano y hay rumores. Rumores. La voz de don Bartolomé sonó cortante. Siempre hay rumores. La gente envidiosa inventa historias. No son solo historias, insistió Rodrigo. Su primera esposa murió en circunstancias sospechosas. Tres meses después de la boda, sufrió una caída por las escaleras de su hacienda, pero los sirvientes cuentan que tenía moretones anteriores, que don Emiliano tiene un temperamento violento cuando bebe.

 Hubo un silencio tenso. ¿Y qué sugieres?, preguntó don Bartolomé finalmente. Que cancele la boda a menos de un día de la ceremonia, que insulte a uno de los hombres más poderosos de Zacatecas. Eso sería un suicidio comercial, hijo. Tenemos contratos pendientes, acuerdos mineros que dependen de esta alianza, pero es nuestra hermana, es mi hija y hará lo que yo ordene.

 La voz de don Bartolomé se volvió helada. Claudia cumplirá con su deber. Si don Emiliano resulta ser un esposo difícil, ella aprenderá a manejarlo como hacen todas las mujeres. Tu madre lo hizo, ¿no es así? Claudia sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su padre sabía. Sabía que don Emiliano era potencialmente peligroso y aún así la estaba entregando a él.

 No era ignorancia ni ingenuidad, era pura indiferencia hacia su bienestar. sacrificándola deliberadamente en el altar de sus ambiciones comerciales. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero las limpió rápidamente. No había tiempo para llorar. Miguel Ángel la estaba esperando. Continuó su camino hacia la cocina,moviéndose aún más silenciosamente, ahora que sabía que su padre y hermano estaban despiertos.

Atravesó el espacio oscuro, pasó junto al fogón apagado y finalmente llegó al portón trasero que daba al callejón. Era una puerta pesada de madera reforzada con hierro, con una tranca gruesa que la aseguraba por dentro. Claudia dejó su bolso en el suelo y comenzó a levantar la tranca con cuidado, el metal rechino contra la madera y ella se detuvo conteniendo el aliento.

 Esperó varios segundos para asegurarse de que nadie había escuchado. Luego, continuó levantando la tranca milímetro a milímetro. Finalmente, la tranca se liberó y Claudia pudo jalar la manija. La puerta se abrió con un gemido bajo y el aire frío de la noche entró como una bocanada de libertad. El callejón estaba oscuro, iluminado apenas por la luz de la luna.

 Claudia miró hacia ambos lados buscando a Miguel Ángel. No estaba allí. Un pánico súbito se apoderó de ella. ¿Le habría pasado algo? habría cambiado de opinión, la había abandonado. Miró el reloj que colgaba de una cadena en su pecho. Era la 1:35 de la mañana. Quizás se había  Esperó junto a la puerta, temblando tanto por el frío como por los nervios.

 Cada segundo parecía una eternidad. Cada sonido, el viento moviendo basura en el callejón, una rata corriendo entre las sombras la hacía sobresaltarse. Pasaron 5 minutos, luego 10. Claudia comenzó a sentir que algo había salido terriblemente mal. Miguel Ángel no era el tipo de hombre que se retrasaba. Si había dicho la 1:30, estaría allí a la 1:30.

 A menos que un sonido de pasos rápidos hizo que su corazón diera un vuelco. De las sombras del callejón emergió una figura masculina. Claudia casi gritó de alivio al reconocer a Miguel Ángel, pero el grito murió en su garganta cuando vio su expresión. tenía el rostro desencajado, la ropa más desordenada de lo normal y una herida sangrante en la ceja que le corría por el lado izquierdo de la cara.

 Miguel Ángel, ¿qué te pasó? Él la tomó del brazo con urgencia. No hay tiempo de explicar. Tenemos que irnos ahora. Ya. Pero estás herido. Tu padre sabe, dijo él. Y esas tres palabras fueron como un puñal en el corazón de Claudia. No sé cómo, pero lo sabe. Envió hombres a buscarme a mi casa hace una hora. Logré escapar por el techo, pero me persiguieron.

 Perdí el dinero de los pasajes en la pelea. Claudia, lo tenemos todo en contra. Claudia sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Como puede saber, fuimos tan cuidadosos. Alguien nos delató, quizás uno de los sirvientes, quizás alguien nos vio en la capilla. No importa cómo, lo que importa es que no podemos tomar esa diligencia.

Habrá hombres de tu padre vigilando la estación. Necesitamos encontrar otro camino. ¿Cuál otro camino? Claudia sentía que el pánico la invadía. No conocemos a nadie que pueda ayudarnos. Si mi padre envió hombres trass de ti, pronto vendrán aquí. También revisarán mi habitación y entonces tenemos que escondernos.

 Miguel Ángel miró alrededor del callejón. Hay un lugar, la mina abandonada de San José, al norte de la ciudad. Nadie va allá. está sellada hace años por ser peligrosa. Podríamos ocultarnos allí hasta que las cosas se calmen. Y luego un grito agudo cortó la noche. Ambos se volvieron hacia la casa de los Belarde.

 La voz de doña Remedios resonaba histérica. Bartolomé, Bartolomé. Claudia no está en su habitación. Se escuchó el golpeteo de puertas abriéndose, pasos apresurados. Más gritos. La casa entera estaba despertando. En cuestión de segundos, una luz se encendió en la ventana del segundo piso. “Corre!”, gritó Miguel Ángel tomando la mano de Claudia.

Corrieron por el callejón estrecho con el bolso de Claudia golpeando contra su pierna. Detrás de ellos escucharon el portón trasero abrirse de golpe y la voz furiosa de don Bartolomé: “Registren el callejón, registren toda la ciudad si es necesario, traigan a mi hija de vuelta.” Claudia y Miguel Ángel doblaron en una esquina, luego en otra, adentrándose en el laberinto de callejuelas que conformaban el centro viejo de Zacatecas.

La ciudad colonial era un entramado confuso de calles empinadas, escaleras de piedra, plazas pequeñas y pasajes angostos. Era fácil perderse allí, pero también fácil quedar atrapado. Miguel Ángel conocía las calles mejor que Claudia. Había crecido en los barrios pobres de la ciudad, jugado en esas callejuelas de niño, correteado por esos pasajes cuando trabajaba haciendo entregas.

 antes de conseguir empleo en las minas. La guiaba con seguridad a través de la oscuridad, tomando rutas que ella nunca había conocido, evitando las calles principales donde podrían encontrarse con la guardia nocturna o con los hombres de su padre. Subieron una escalinata empinada que llevaba hacia el cerro. Pasaron junto a casas humildes donde los perros ladraban a su paso.

 Atravesaron un pequeño cementeriodonde las cruces de madera se recortaban contra el cielo estrellado. Claudia jadeaba por el esfuerzo. No estaba acostumbrada a correr y el corsé bajo su vestido le dificultaba la respiración, pero el terror la impulsaba hacia delante. No podía permitirse ser capturada. Ahora no. Después de haber llegado tan lejos, finalmente, después de lo que pareció una eternidad, pero probablemente fueron solo 20 minutos, llegaron a las afueras del norte de la ciudad.

 Las casas se volvieron más escasas, reemplazadas por estructuras de minería abandonadas y terrenos valdíos. A la distancia, Claudia podía ver la silueta oscura de lo que alguna vez había sido la mina San José, una serie de edificios de adobe en ruinas y una torre de extracción colapsada. “Allí”, dijo Miguel Ángel señalando, “podemos escondernos en las oficinas viejas.

 Hay un sótano donde guardaban los explosivos. Nadie lo sabe, excepto los viejos mineros.” Se acercaron a las ruinas con cautela. El lugar tenía un aire siniestro, como si estuviera encantado por los fantasmas de los hombres que habían muerto allí. Claudia recordaba vagamente que la mina San José había sido cerrada después de un terrible accidente que había matado a más de 50 trabajadores.

 Su padre había comprado las tierras a precio de remate, pero nunca había hecho nada con ellas. porque decía que los costos de reapertura superaban las ganancias potenciales. Miguel Ángel la guió hacia uno de los edificios dañados. La puerta había sido tapeada, pero alguien había removido algunas tablas, creando una abertura por la que podían colarse.

Entraron a un espacio oscuro que olía a humedad y descomposición. Miguel Ángel sacó un fósforo y lo encendió, iluminando brevemente un corredor estrecho con escombros en el suelo. Por aquí, susurró. Avanzaron con cuidado, evitando los escombros. Claudia tuvo que agacharse cuando el techo se volvió más bajo.

 Finalmente llegaron a una escalera de madera que descendía hacia la oscuridad. Miguel Ángel encendió otro fósforo y comenzó a bajar. probando cada escalón antes de poner su peso completo en él. Claudia lo siguió con el corazón en la garganta. Y si las escaleras se colapsaban y si quedaban atrapados bajo tierra, pero no tenían otra opción.

 Llegaron al fondo y Miguel Ángel encendió un tercer fósforo. Estaban en un sótano de piedra con un techo bajo. Había cajas viejas apiladas en las esquinas, algunas herramientas oxidadas y en el centro un espacio relativamente limpio donde se podía ver que alguien había estado recientemente. Había mantas sucias en el suelo y restos de comida.

 ¿Alguien vive aquí?, preguntó Claudia alarmada. Los vagabundos vienen a veces a pasar la noche”, explicó Miguel Ángel. “Pero generalmente se van antes del amanecer, estaremos solos”. Colocó las mantas en el suelo y le hizo señas a Claudia para que se sentara. Ella obedeció temblando ahora no solo por el frío, sino por la realidad de su situación.

 estaba escondida en una mina abandonada con un hombre que no era su esposo, habiendo huido de su familia. Era oficialmente una fugitiva, una deshonrada. Y sin embargo, cuando Miguel Ángel se sentó junto a ella y le pasó un brazo por los hombros, sintió algo que nunca había sentido en la casa de su padre. Seguridad emocional. Lo siento”, dijo él en voz baja.

 “Siento tanto que las cosas hayan salido así. Debí planear mejor. Debí ser más cuidadoso.” “No es tu culpa,” respondió Claudia. Es culpa de este mundo cruel que no nos permite amarnos libremente. Se quedaron en silencio durante un momento escuchando los sonidos distantes de la noche. Claudia sacó el rosario de su bolsillo y comenzó a pasar las cuentas entre sus dedos, no tanto rezando como buscando consuelo en el objeto familiar.

“¿Qué haremos ahora?”, preguntó finalmente Miguel Ángel suspiró. Esperaremos hasta mañana. Después de la boda que nunca sucederá, tu padre estará furioso, pero también avergonzado públicamente. Don Emiliano querrá venganza. Será peligroso moverse, pero tendremos que intentarlo. Iremos al norte, hacia el desierto.

 Conozco a algunos arrieros que viajan a Texas. Quizás podamos unirnos a una caravana. trabajar a cambio de pasaje. Texas, repitió Claudia. Eso está tan lejos, lo sé, pero es nuestra mejor opción. Allá las leyes mexicanas no nos alcanzarán. Podemos empezar de nuevo, casarnos bajo otro nombre, construir una vida.

 Sonaba romántico, casi como las novelas que Claudia había leído en secreto, pero la realidad era fría, dura y aterradora. Texas era un territorio en disputa, lleno de peligros. El viaje tomaría semanas atravesando desiertos implacables, donde la gente moría de sed y agotamiento. Y aún si lograban llegar, ¿qué los esperaba allá? pobreza extrema, discriminación, una vida al margen de la sociedad, pero la alternativa era peor.

 Regresar significaba el convento para ella en el mejor de los casos, o ser obligada acasarse con don Emiliano de todos modos después de ser castigada severamente. Para Miguel Ángel significaba probablemente la muerte. Los hombres de su clase, que osaban tocar a las hijas de las familias poderosas, raramente sobrevivían para contar la historia.

 “Está bien”, dijo Claudia. “Finalmente, “Iremos a Texas.” Miguel Ángel la miró con una mezcla de amor y admiración. “Eres la mujer más valiente que conozco.” “No me siento valiente”, admitió ella. “Estoy aterrada.” Yo también, confesó él, pero enfrentaremos el miedo juntos. Se abrazaron en la oscuridad del sótano, dos jóvenes contra el mundo, creyendo en el poder del amor para vencer todos los obstáculos.

 Era una creencia hermosa, ingenua y, como descubrirían muy pronto, trágicamente equivocada. Arriba, en las calles de Zacatecas, los hombres de don Bartolomé Belarde peinaban cada rincón de la ciudad. Habían despertado a los guardias nocturnos, interrogado a vagabundos, golpeado puertas exigiendo información. El comerciante español había ofrecido una recompensa generosa por cualquier información sobre el paradero de su hija.

 100 pesos, una fortuna para la gente común. En la casa de los Belarde, doña Remedios lloraba histéricamente en su habitación, consolada por las sirvientas. Rodrigo estaba en el despacho con su padre tratando de encontrar una solución al desastre. “¿Qué le diremos a don Emiliano?”, preguntó Rodrigo. “Llegará a la catedral mañana esperando una novia.

” Don Bartolomé caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, su rostro rojo de furia. “Le diremos que Claudia cayó gravemente enferma durante la noche. Una fiebre súbita. Eso nos dará tiempo para encontrarla.” y traerla de vuelta. Ah, eh, y si no la encontramos a tiempo, la encontraremos.

 La voz de don Bartolomé era como acero. Claudia no conoce la ciudad más allá de las calles principales. Ese miserable capataz tampoco puede haber ido muy lejos con los hombres que envié tras él. Los atraparemos y cuando lo haga me aseguraré de que ese hombre se arrepienta de haber nacido. Rodrigo guardó silencio. Conocía a su padre lo suficiente como para saber que sus amenazas no eran vacías.

 Don Bartolomé Belarde era capaz de gran crueldad cuando se sentía traicionado. Y esta situación era la traición máxima a sus ojos. su propia hija arruinando un acuerdo comercial crucial por un enamoramiento infantil con un hombre inferior. Padre, debemos considerar la posibilidad de que Claudia ya haya, Rodrigo buscó las palabras adecuadas, consumado su huida con ese hombre.

 Si es así, estará deshonrada. Don Emiliano no querrá casarse con ella. Don Bartolomé se detuvo en seco y miró a su hijo con ojos fríos. Si eso ha sucedido, entonces nos aseguraremos de que nadie lo sepa jamás. Eliminaremos al Capatas. Enviaremos a Claudia a un convento en España donde nunca más pueda avergonzar a esta familia.

 Y le diremos a don Emiliano que la boda se canceló porque ella decidió tomar los votos. Es una salida honorable que él comprenderá. Y si Claudia se niega a ir al convento. Don Bartolomé sonríó, pero no había humor en esa sonrisa. No tendrá opción, hijo. Las mujeres de esta familia hacen lo que se les ordena o sufren las consecuencias. En ese momento, uno de los hombres que habían enviado a buscar entró al despacho con el sombrero en la mano y expresión preocupada.

Don Bartolomé, hemos registrado la casa del capataz. No está allí, pero encontramos esto. Le entregó una carta. Don Bartolomé la abrió y leyó rápidamente. Era una de las cartas que Claudia le había escrito a Miguel Ángel meses atrás, una donde expresaba su amor y sus deseos de huir juntos. Cada palabra era como un martillo golpeando el orgullo del comerciante.

¿Dónde encontraron esto? Escondida bajo el colchón de su cama. Señor, parece que el capataz guardaba toda la correspondencia. Don Bartolomé arrugó la carta con furia contenida. Internorrogaron a los vecinos. Sí, señor. Una anciana dice que vio al capataz corriendo hacia el norte hace unas dos horas.

 Llevaba una capa oscura y parecía herido. “El norte”, repitió don Bartolomé, “hacia las minas abandonadas. Es el único lugar donde podría esconderse en esa dirección sin tener que cruzar los puestos de control de la ciudad. Se volvió hacia Rodrigo con determinación renovada. Reúne a todos los hombres disponibles. Quiero que revisen cada mina abandonada, cada cueva, cada estructura en ruinas al norte de la ciudad. Y lleva armas.

 Si ese capataz opone resistencia, tiene autorización para usar la fuerza necesaria. Incluso si eso significa, Incluso si significa eso, confirmó don Bartolomé. Lo quiero vivo, si es posible para que pueda pagar por su crimen de manera apropiada, pero muerto también es aceptable. Lo importante es recuperar a Claudia antes de que sea demasiado tarde.

Rodrigo asintió y salió del despacho para organizar a los hombres. Don Bartolomé se quedó solo mirando la cartaarrugada en su mano. Durante un breve momento, algo parecido a la tristeza cruzó su rostro. Había sido duro con Claudia toda su vida, es cierto, pero lo había hecho por su propio bien para prepararla para la realidad del mundo en que vivían.

 Las mujeres debían ser fuertes, obedientes, pragmáticas. Y ahora ella había demostrado ser débil, dejándose llevar por emociones tontas y peligrosas. arrojó la carta al fuego de la chimenea y observó como las llamas consumían las palabras de amor de su hija. “No hay lugar para el amor en este mundo”, murmuró para sí mismo.

 Solo hay poder, dinero y supervivencia. Mientras tanto, en el sótano de la mina San José, Claudia y Miguel Ángel permanecían abrazados en la oscuridad, sin saber que la red se estaba cerrando a su alrededor con cada minuto que pasaba. Brown, parte 3. El amanecer llegó lentamente a Zacatecas, tiñiendo el cielo de tonos rosados y naranjas que contrastaban con las sombras violáceas que aún cubrían los valles.

En el sótano de la mina San José, Claudia despertó con el cuerpo entumecido y la garganta seca. Había dormido apenas un par de horas, apoyada contra el hombro de Miguel Ángel, quien permanecía despierto vigilando la entrada. ¿Qué hora es? preguntó ella con voz ronca. Miguel Ángel consultó el reloj de bolsillo que había logrado conservar en su huida.

Poco después de las 6, el sol acaba de salir. Claudia se incorporó sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar por la noche pasada en el suelo frío y duro. Su vestido estaba sucio y arrugado. El peinado elaborado que Jacinta le había hecho el día anterior era ahora un desastre de mechones sueltos.

 Se sentía físicamente miserable, pero más que eso, sentía un vacío en el pecho al pensar en lo que había dejado atrás. En este momento debería estar despertando en su habitación, siendo atendida por Jacinta mientras se preparaba para su boda. Su madre estaría supervisando los últimos detalles, su padre revisando los documentos del contrato matrimonial.

Los invitados comenzarían a llegar a la catedral en unas horas. Don Emiliano estaría vistiéndose con su mejor traje, preparándose para reclamar a su novia, pero ella estaba aquí escondida en una mina abandonada, huyendo de todo lo que había conocido. “Tenemos que irnos pronto”, dijo Miguel Ángel.

 Una vez que tu padre se dé cuenta de que no aparecerás para la boda, intensificará la búsqueda. Probablemente ya tiene hombres peinando la ciudad. ¿Hacia dónde iremos? Hay un camino que bordea las montañas al este. Nos llevará a un pueblo pequeño llamado Pánfilo, a unas 6 horas caminando. Desde allí podemos tomar un carro hacia el norte.

 Conozco al dueño de una cantina que nos debe un favor. Quizás pueda ayudarnos. Claudia asintió tratando de mantener la compostura, aunque el miedo la carcomía por dentro. 6 horas caminando bajo el sol del desierto, sin agua suficiente ni provisiones. Y eso era solo el principio de un viaje que podría durar semanas.

 Miguel Ángel notó su expresión y tomó su mano. Sé que es difícil. Sé que nunca imaginaste que tu vida tomaría este rumbo, pero te prometo que haré todo lo posible para mantenerte a salvo. Lo sé, respondió ella, apretando su mano. Confío en ti. Se pusieron de pie y comenzaron a prepararse para partir. Claudia revisó su bolso, verificando que aún tenía el dinero que había ahorrado y el que Miguel Ángel le había dado.

 contó cuidadosamente. 62 pesos en total. Era una cantidad considerable para la gente común, pero sabía que no sería suficiente para un viaje largo. Miguel Ángel se asomó por la escalera del sótano para verificar que el edificio superior estuviera despejado. Todo parecía tranquilo. La luz del día se filtraba por las grietas en las paredes de adobe, creando rayos dorados en el polvo suspendido en el aire.

Está despejado”, susurró. “Vamos.” Subieron las escaleras con cuidado y atravesaron el corredor lleno de escombros. Cuando llegaron a la abertura por donde habían entrado, Miguel Ángel se asomó primero escaneando el área. Las ruinas de la mina lucían abandonadas y silenciosas bajo la luz matutina. No había señales de presencia humana.

Rápido”, dijo ayudando a Claudia a salir. Comenzaron a caminar hacia el este, manteniéndose cerca de las estructuras en ruinas para tener cobertura en caso de que necesitaran esconderse. El terreno era rocoso e irregular, cubierto de arbustos espinosos y cactus. Claudia tropezó varias veces, no acostumbrada a caminar en terreno tan difícil con sus zapatos delicados que no estaban diseñados para esto.

 Habían caminado apenas 15 minutos cuando escucharon voces a la distancia. Ambos se congelaron. Miguel Ángel hizo una seña a Claudia de que se agachara detrás de un muro de piedra de ruido. Desde allí pudieron ver a un grupo de hombres a caballo acercándose desde el sur. Eran al menos ocho jinetes, todos armados con rifles y pistolas. “Son los hombres detu padre”, susurró Miguel Ángel.

 “Nos han encontrado más rápido de lo que pensé.” El corazón de Claudia latía tan fuerte que temía que pudieran escucharlo. Observaron en silencio mientras los jinetes se acercaban a las ruinas de la mina San José. Uno de ellos desmontó y comenzó a inspeccionar el área, claramente buscando señales de presencia reciente.

 “Aquí!”, gritó el hombre, “Hay huellas frescas!” Entraron por este edificio. Los demás jinetes desmontaron rápidamente y comenzaron a registrar las estructuras. Claudia y Miguel Ángel permanecieron inmóviles apenas respirando, mientras los hombres se adentraban en el mismo edificio donde habían pasado la noche. Podían escuchar sus voces resonando desde el interior, el sonido de escombros siendo movidos, maldiciones cuando encontraron el sótano vacío.

“Se fueron hace poco”, dijo otro de los hombres. “Las mantas todavía están tibias. No pueden haber llegado lejos. Sepárense y busquen”, ordenó quien parecía ser el líder del grupo. Don Bartolomé quiere a la señorita viva y al capataz preferiblemente muerto. Hay 100 pesos para quien los encuentre. Los hombres se dispersaron en diferentes direcciones.

 Dos de ellos comenzaron a caminar directamente hacia donde Claudia y Miguel Ángel estaban escondidos. Miguel Ángel tomó la mano de Claudia y señaló hacia un barranco poco profundo a su derecha. Sin hacer ruido, comenzaron a arrastrarse hacia allá, manteniéndose lo más pegados al suelo posible. Cada segundo parecía una eternidad.

 Cada piedrita que rodaba bajo sus cuerpos sonaba como una explosión en sus oídos. llegaron al borde del barranco, justo cuando los dos hombres pasaban al otro lado del muro, donde habían estado escondidos segundos antes. “No veo nada por aquí”, dijo uno de ellos. “Sigue buscando, deben estar cerca.” Claudia y Miguel Ángel se dejaron rodar hacia el barranco, cayendo varios metros por una pendiente cubierta de piedras sueltas y arbustos espinosos.

Las espinas desgarraron la ropa de Claudia y arañaron su piel, pero ella mordió sus labios para no gritar. Llegaron al fondo del barranco y se quedaron completamente quietos, escondidos entre las rocas y la vegetación. Arriba podían escuchar a los hombres caminando, buscando, maldiciendo. Pasaron varios minutos de tensión insoportable.

 Finalmente, las voces comenzaron a alejarse. “Deben haber ido hacia el este”, dijo uno de los hombres. “Reagrupémonos con los demás.” Los pasos se alejaron. Miguel Ángel esperó varios minutos más antes de atreverse a moverse. Lentamente se asomó por encima del borde del barranco. Los jinetes se habían alejado, pero seguían relativamente cerca, registrando otras áreas de las ruinas.

 Tenemos que movernos ahora”, susurró, “pero no podemos ir hacia el este como planeamos. Nos estarán esperando en esa dirección. Entonces, ¿hacia dónde?” Miguel Ángel pensó durante un momento calculando opciones. Hacia el oeste. Hay un camino viejo que usaban los contrabandistas para evitar los puestos de control. Es más largo y más peligroso, pero es nuestra única opción.

 se movieron con extremo cuidado, usando el barranco como cobertura el mayor tiempo posible. Cuando finalmente tuvieron que salir, corrieron agachados de un arbusto a otro, de una roca a otra, siempre vigilando que los jinetes no los vieran. El sol subía en el cielo haciendo que el calor aumentara rápidamente. Claudia sentía el sudor corriendo por su espalda, manchando su vestido.

 Su garganta estaba cada vez más seca, pero no tenían agua. Miguel Ángel le había dicho que conocía una aguada más adelante donde podrían beber, pero primero necesitaban poner suficiente distancia entre ellos y los hombres de su padre. Caminaron durante horas subiendo y bajando colinas rocosas, atravesando arroyos secos, esquivando serpientes y escorpiones.

 Claudia nunca había experimentado este tipo de esfuerzo físico. Sus pies le dolían terriblemente. Tenía ampollas en los talones. Sus manos estaban cortadas por las caídas, pero no se quejó. Sabía que quejarse no serviría de nada. A media tarde llegaron a lo que Miguel Ángel había llamado el camino de los contrabandistas. Era apenas una vereda angosta que serpenteaba entre las montañas, casi invisible, a menos que supieras dónde buscar.

 El terreno se volvió aún más difícil, con pendientes pronunciadas y rocas sueltas que hacían cada paso peligroso. Fue entonces cuando escucharon el disparo. El sonido resonó entre las montañas, seguido inmediatamente por otro. “Venían de atrás, de donde habían venido. Nos vieron!”, gritó Miguel Ángel. “¡corre!” Claudia corrió con toda la energía que le quedaba, ignorando el dolor en sus pies. el ardor en sus pulmones.

 Detrás de ellos podían escuchar los gritos de los jinetes, el relinchar de los caballos, más disparos. Una bala impactó en una roca cerca de Claudia, enviando fragmentos de piedra volando. Ella gritó, pero siguió corriendo. MiguelÁngel la tomó de la mano y la jaló hacia un lado del camino donde había una grieta en la montaña, apenas lo suficientemente ancha para que una persona pudiera entrar.

Aquí, gritó. Se metieron por la grieta apretándose entre las rocas. Era un espacio claustrofóbico que apenas les permitía moverse. Claudia sentía las paredes de piedra presionándola por todos lados, el techo bajo raspando su cabeza. Tenía que contener el impulso de gritar por el pánico. Miguel Ángel la empujó más adentro, metiéndose detrás de ella.

 La grieta se hacía más estrecha conforme avanzaban hasta que finalmente se abrió en una pequeña cueva natural. Era un espacio de apenas 3 m de ancho por dos de alto, completamente oscuro, excepto por la tenue luz que entraba por la grieta. Se quedaron allí jadeando, tratando de recuperar el aliento mientras escuchaban a los jinetes llegar al lugar donde habían entrado.

 Había voces, discusiones sobre si seguirlos o no por la grieta. “Es demasiado estrecho para los caballos”, dijo uno. “Y no sabemos qué hay adentro. Podría ser peligroso. Don Bartolomé pagará más si los traemos vivos”, dijo otro. Enviemos a alguien a pie. Hubo un silencio mientras decidían quién sería el valiente que entraría. Finalmente escucharon pasos acercándose por la grieta. Alguien venía.

Miguel Ángel buscó a tientas en la oscuridad hasta encontrar una roca del tamaño de su puño. La levantó preparándose para defenderse. Claudia se pegó contra la pared de la cueva temblando. La luz de una antorcha comenzó a iluminar la grieta. Una figura masculina se acercaba agachándose para pasar por las partes más estrechas.

Podían ver su sombra proyectándose contra las paredes de piedra. “¿Hay alguien ahí?”, llamó el hombre. Señorita Belarde, su padre solo quiere que regrese a casa. Nadie le hará daño. Era una mentira obvia. Todos sabían lo que pasaría si la capturaban. El hombre continuó avanzando hasta que finalmente emergió en la pequeña cueva donde ellos estaban.

 La luz de su antorcha los iluminó directamente. Era un hombre de mediana edad con bigote espeso y cicatrices en el rostro. Claudia reconoció vagamente su cara. Probablemente trabajaba en una de las minas de su padre. Sus ojos se encontraron y por un momento nadie se movió. Entonces el hombre comenzó a sonreír. Los encontré, comenzó a gritar.

Están aquí, Aden. Miguel Ángel se lanzó hacia él antes de que pudiera terminar la frase, golpeándolo en la cabeza con la roca. El hombre cayó al suelo con un gemido, su antorcha rodando y casi extinguiéndose. Miguel Ángel lo golpeó nuevamente, esta vez más fuerte. Claudia observó horrorizada.

 Nunca había visto violencia real, no así de cerca. El sonido del impacto, la sangre que comenzó a brotar de la herida del hombre, su cuerpo convulsionándose. Miguel Ángel, basta! Gritó, lo vas a matar. No tenemos opción”, respondió él, pero se detuvo. El hombre en el suelo gemía débilmente, apenas consciente. Miguel Ángel tomó la pistola del cinturón del hombre y el cuchillo que llevaba en una funda.

 Luego tomó la antorcha que estaba a punto de apagarse y la reactivó soplando sobre las brasas. Tenemos que irnos, dijo. Los demás vendrán cuando vean que no regresa. ¿Qué hay de él? Se recuperará. No lo maté. Pero cuando Claudia miró al hombre en el suelo, rodeado por un charco de sangre cada vez mayor, no estaba tan segura.

Salieron de la cueva arrastrándose por la grieta, moviéndose lo más rápido que podían en el espacio confinado. Cuando emergieron al exterior, vieron que los demás jinetes habían desmontado y estaban esperando con sus armas preparadas. En cuanto vieron a Miguel Ángel con la pistola en la mano, abrieron fuego.

Miguel Ángel empujó a Claudia de vuelta hacia la grieta mientras él disparaba la pistola robada. No era un tirador experto, pero logró hacer que los hombres se dispersaran buscando cobertura. Eso les dio un momento crucial. “Hay otra salida”, gritó Miguel Ángel en la cueva del lado opuesto. Regresaron corriendo a la cueva, pasando junto al hombre herido que ahora yacía inmóvil.

 Al fondo de la cueva, apenas visible en la luz tenue de la antorcha, había otra abertura. Era aún más estrecha que la primera, poco más que una rendija en la roca. No voy a caber dijo Claudia mirando el espacio diminuto. Tienes que intentarlo. Es nuestra única salida. Claudia se metió por la rendija, sintiendo la roca raspando sus costados.

 Tuvo que exhalar todo el aire de sus pulmones y girar de lado para pasar. Por un momento terrible pensó que estaba atascada, que moriría ahogada entre las rocas, pero con un último esfuerzo desesperado logró pasar. Del otro lado había una pendiente empinada que descendía hacia un barranco profundo.

 Claudia rodó varios metros antes de poder detenerse, golpeándose contra rocas y arbustos. Miguel Ángel emergió segundos después, también rodando por la pendiente. Cuandofinalmente se detuvieron en el fondo del barranco, ambos estaban magullados y sangrando. Claudia tenía un corte profundo en la frente que sangraba copiosamente. Miguel Ángel se había torcido el tobillo en la caída y cojeaba visiblemente, pero estaban vivos y temporalmente habían escapado.

No podrán seguirnos por ese camino, jadeó Miguel Ángel. Son demasiado grandes, especialmente con sus rifles y equipamiento. Tendremos que dar la vuelta por donde vinimos y eso nos da ventaja. ¿Cuánta ventaja?, preguntó Claudia limpiando la sangre de sus ojos. Una hora, quizás dos. No era suficiente. Ambos lo sabían.

 Se pusieron de pie con dificultad y continuaron caminando. Ahora, siguiendo el curso del barranco hacia el oeste. El sol comenzaba a descender, tiñiendo el cielo de tonos anaranjados. En unas horas sería de noche, lo cual era bueno y malo a la vez. La oscuridad les daría cobertura, pero también haría el viaje mucho más peligroso. Mientras caminaban, Claudia no podía dejar de pensar en el hombre que Miguel Ángel había golpeado. Estaría muerto.

Habían cruzado la línea de convertirse en fugitivos a convertirse en asesinos. Como si leyera sus pensamientos, Miguel Ángel habló. Siento que hayas tenido que ver eso. Sé que no es el mundo en el que creciste. No te estoy juzgando, dijo Claudia. Hiciste lo que tenías que hacer para protegernos. Pero en su interior algo había cambiado.

La inocencia romántica con la que había comenzado esta huida se estaba desmoronando rápidamente, reemplazada por la brutal realidad de lo que significaba ser fugitivos. No era como en las novelas, era sucio, violento, aterrador y apenas estaban empezando. Parte cuatro. La noche cayó sobre el desierto como una cortina pesada, trayendo consigo un frío que contrastaba dramáticamente con el calor del día.

Claudia temblaba bajo su capa delgada, sus dientes castañeteando mientras caminaban por el barranco iluminado apenas por la luz de las estrellas y una luna creciente. Miguel Ángel cojeaba notablemente apoyándose en un palo que había encontrado para usar como bastón. Su tobillo torcido había empeorado con las horas de caminata, hinchándose hasta el punto de que apenas podía poner peso en ese pie.

 Pero no se quejaba, simplemente seguía avanzando con determinación obstinada. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegaron a la aguada que Miguel Ángel había mencionado. Era apenas un charco fangoso alimentado por un goteo de agua de las rocas, pero para ellos era como un oasis. Se arrodillaron y bebieron con las manos, sin importarles el sabor a tierra y minerales.

 Era agua y eso era todo lo que importaba. Claudia se sentó en una roca y finalmente se permitió llorar. Toda la tensión, el miedo, el agotamiento físico y emocional la golpearon de golpe. Sollyozó con la cabeza entre las manos mientras Miguel Ángel la observaba con expresión desgarrada. Claudia comenzó. ¿Qué hemos hecho, Miguel Ángel? Su voz era apenas un susurro entre soyosos.

 Dejé mi hogar, mi familia. Hay un hombre que quizás esté muerto por nuestra culpa. Nos persiguen como criminales. ¿Y para qué? Para morir de sed y hambre en este desierto. Miguel Ángel se acercó y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas. No vamos a morir, te lo prometo. No puedes prometer eso”, respondió ella levantando la mirada.

 “Ni siquiera sabes dónde estamos realmente, ¿verdad?” Miguel Ángel guardó silencio. Era cierto. Habían tenido que desviarse tanto de su ruta planificada que ahora estaba desorientado. El camino de los contrabandistas que conocía se había quedado atrás cuando huyeron por la cueva. Ahora estaban en territorio desconocido, sin mapa, sin provisiones, con perseguidores armados tras ellos.

Tienes razón”, admitió finalmente. “No sé exactamente dónde estamos, pero sé que si seguimos hacia el oeste, eventualmente llegaremos a un camino o un pueblo. Esta región no está completamente despoblada. ¿Y cuánto tiempo tomará eso? Días, ¿sanas? Miguel Ángel, mírame.” Claudia señaló su vestido desgarrado, sus manos llenas de cortes y ampollas, su cara manchada de sangre seca y tierra.

No estoy hecha para esto. No soy una mujer del campo que puede sobrevivir con nada. Ni siquiera sé cómo encender un fuego. Yo sí, dijo él, y te enseñaré. Claudia, sé que esto es terrible. Sé que es más difícil de lo que imaginamos, pero piensa en la alternativa. Si regresamos, ¿qué crees que pasará? Claudia cerró los ojos.

 Sabía exactamente qué pasaría. Su padre la encerraría, probablemente la golpearía. definitivamente la enviaría lejos, donde nunca más pudiera avergonzar a la familia. Y Miguel Ángel, Miguel Ángel sería ejecutado, de eso no había duda. Los hombres de clase baja que osaban tocar a las hijas de familias poderosas no recibían juicios justos.

“Lo sé”, susurró. “Lo sé, perdóname. Estoy siendo débil. No eres débil, eres humana. Estoasustaría a cualquiera. Se abrazaron en la oscuridad dos almas perdidas aferrándose una a la otra en medio de la inmensidad hostil del desierto. Por un momento, Claudia se permitió olvidar todo, excepto la calidez del abrazo de Miguel Ángel, el sonido de su corazón latiendo contra su oído, pero ese momento fue interrumpido por un sonido en la distancia, voces y el relinchar inconfundible de caballos.

“Nos encontraron”, susurró Miguel Ángel. Se pusieron de pie inmediatamente, ignorando el dolor y el agotamiento. ¿Cómo era posible? Habían caminado durante horas, habían cubierto kilómetros de terreno difícil. ¿Cómo los habían rastreado en la oscuridad? La respuesta se hizo evidente cuando vieron las antorchas acercándose.

Los hombres de don Bartolomé habían traído perros rastreadores. “No podemos correr más”, dijo Miguel Ángel evaluando la situación. Estamos en un callejón sin salida. Este barranco termina en un acantilado a unos cientos de metros de aquí. Lo recuerdo ahora. Entonces, ¿qué hacemos? Miguel Ángel miró alrededor desesperadamente, buscando opciones.

 Sus ojos se posaron en la pared del barranco, donde había un saliente de roca a unos 4 m de altura. Podemos trepar hasta allá, en la oscuridad. Quizás no nos vean si nos quedamos completamente quietos. Era un plan desesperado, pero no tenían otro. Miguel Ángel entrelazó sus manos para darle a Claudia un apoyo para subir.

 Ella puso su pie en sus manos y él la impulsó hacia arriba. Claudia se aferró a la roca encontrando hendiduras donde meter los dedos, buscando apoyo para los pies. Era aterrador trepar en la oscuridad. sin poder ver claramente dónde ponía las manos, sin saber si la roca se rompería bajo su peso. Pero el miedo a ser capturada era mayor que el miedo a caer.

 Siguió trepando hasta alcanzar el saliente y se hizó hacia arriba con un esfuerzo que le arrancó un gemido de dolor. Una vez arriba, se dio vuelta y extendió la mano hacia Miguel Ángel. Él intentó trepar, pero su tobillo lesionado hacía que fuera casi imposible. Cada vez que trataba de poner peso en ese pie, el dolor lo hacía casi desmayarse.

Lo intentó tres veces, cayendo cada vez. Las voces y las luces estaban cada vez más cerca. Ya podían escuchar los ladridos de los perros claramente. “Déjame”, dijo Miguel Ángel. “Sube más arriba. Escóndete entre las rocas. Yo los distraeré.” No, no te dejaré. Claudia, escúchame. Su voz era urgente, pero calmada.

 Si nos capturan a ambos, todo habrá sido en vano. Pero si tú escapas, aún hay esperanza. Puedes llegar a un pueblo, buscar ayuda, conseguir un abogado. ¿Que que qué? Interrumpió Claudia, que defienda a un capataz acusado de secuestrar a la hija de un hombre rico. No seas ingenuo. Entonces, ve con la iglesia.

 Busca asilo en un convento, no el que tu padre elegiría, sino uno donde realmente puedas tener voz. Hay monjas progresistas en Guadalajara que ayudan a mujeres en situaciones como la tuya. Claudia lo miró con lágrimas corriendo por sus mejillas. Ambos sabían que si lo dejaba, probablemente nunca lo volvería a ver vivo. No puedo sollozó.

 Te amo y yo te amo,”, respondió él con una sonrisa triste. “Por eso necesito que hagas esto. Por favor, Claudia, que al menos uno de nosotros sea libre.” Las antorchas aparecieron en el extremo del barranco. Claudia podía ver las siluetas de los jinetes desmontando, los perros tirando de sus correas, olfateando el suelo donde ellos habían caminado minutos antes.

 Miguel Ángel le dio una última mirada llena de amor y dolor, y luego comenzó a caminar cojeando en dirección opuesta, alejándose del lugar donde Claudia estaba escondida. Estoy aquí”, gritó. “Vengan por mí!” Los hombres corrieron hacia él inmediatamente. Claudia observó desde su escondite, mordiéndose el puño para no gritar mientras rodeaban a Miguel Ángel.

Él levantó las manos en señal de rendición, pero eso no detuvo a uno de los hombres de golpearlo brutalmente en el estómago con la culata de su rifle. Miguel Ángel cayó al suelo tosiendo. ¿Dónde está la señorita Belarde? Demandó el líder del grupo. Se fue, jadeó Miguel Ángel.

 Hace horas le di todo el dinero que tenía y le dije que huyera sola, que yo los distraería. El hombre lo pateó en las costillas. Mentiroso. Los perros rastrearon su olor hasta aquí. Les digo la verdad. Insistió Miguel Ángel. Está lejos ya, probablemente en camino a Guadalajara. Los hombres no le creyeron. Pasaron la siguiente media hora buscando por todo el barranco con sus antorchas, los perros olfateando cada rincón.

 Claudia se quedó completamente inmóvil en su saliente de roca, apenas respirando, rezando para que no miraran hacia arriba. Uno de los perros se acercó peligrosamente, ladrando hacia las rocas donde ella estaba. Su corazón se detuvo, pero entonces el manejador del perro lo jaló. Es solo un coyote o algo así. Vamos, tenemos que llevar al capataz de vuelta. Don Bartolomé querráinterrogarlo personalmente.

 Amarraron las manos de Miguel Ángel con una cuerda y lo montaron en uno de los caballos, atándolo para que no pudiera escapar. Claudia observó impotente mientras lo llevaban desapareciendo en la oscuridad. Se quedó en el saliente durante horas después de que se fueron, paralizada por el miedo y la desesperación. Las lágrimas corrían silenciosamente por sus mejillas.

 Miguel Ángel se había sacrificado por ella y ahora enfrentaría un destino terrible. Finalmente, cuando el amanecer comenzó a teñir el cielo de gris, Claudia se atrevió a bajar del saliente. Sus músculos estaban tan rígidos por la inmovilidad que casi se cae al intentar moverse. Bajó con cuidado y una vez en el suelo se dejó caer de rodillas.

¿Qué debía hacer ahora? Miguel Ángel le había dicho que buscara un convento en Guadalajara, pero Guadalajara estaba a semanas de distancia caminando y ella no tenía idea de cómo llegar allá. No tenía comida, apenas tenía agua y estaba completamente sola en el desierto. Por primera vez en su vida, Claudia Belarde estaba completamente libre.

podía ir a donde quisiera, hacer lo que quisiera, sin padre ni esposo que le dictara sus acciones. Pero esa libertad era aterradora y posiblemente fatal. Se obligó a ponerse de pie. No podía quedarse aquí. Tenía que seguir moviéndose. Tenía que encontrar ayuda. Si no por ella misma, entonces por Miguel Ángel.

 Necesitaba sobrevivir para poder de alguna manera salvarlo. Comenzó a caminar hacia el oeste, siguiendo la dirección que Miguel Ángel había indicado. El sol salió lentamente, trayendo con él el calor implacable del desierto. Claudia caminó durante horas, tropezando en el terreno irregular, deteniéndose ocasionalmente para descansar bajo la sombra escasa de algún arbusto.

 Al mediodía estaba al borde del colapso. El calor era insoportable. Su lengua estaba hinchada por la deshidratación, su piel quemada por el sol. Comenzó a tener alucinaciones, viendo agua donde no había, escuchando voces que no existían. Fue entonces cuando vio el humo. Al principio pensó que era otra alucinación, pero el humo era demasiado consistente, demasiado real.

 Venía de detrás de una colina baja, una columna delgada que se elevaba hacia el cielo. Donde había humo, había gente. Donde había gente había esperanza. Claudia reunió sus últimas fuerzas y caminó hacia el humo. Subió la colina con pasos tambaleantes, aferrándose a rocas y arbustos para no caer. Cuando llegó a la cima, lo que vio la hizo detenerse en seco.

 Era un campamento pequeño de viajeros, posiblemente contrabandistas o comerciantes, que preferían las rutas menos transitadas. Había tres carretas cubiertas, varios caballos y alrededor de ocho hombres sentados cerca de una fogata. Claudia vaciló. Podía confiar en estos hombres. En su estado actualía mucha opción. Si no recibía ayuda, pronto, moriría en el desierto.

 Comenzó a bajar la colina hacia el campamento. Uno de los hombres la vio y alertó a los demás. Todos se pusieron de pie, algunos alcanzando sus armas por instinto. Claudia levantó las manos en señal de paz y siguió acercándose. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, abrió la boca para hablar, pero no salió ningún sonido.

 Su garganta estaba demasiado seca. Los hombres la miraban con una mezcla de curiosidad y sospecha. Ella debe haber sido una visión extraña, una mujer joven, claramente de buena familia por los restos de su vestido fino, completamente sola en el desierto, cubierta de sangre, tierra y heridas. Uno de los hombres, el mayor del grupo con cabello gris y barba, se acercó a ella con cautela.

 Señorita, está bien, necesita ayuda. Claudia asintió desesperadamente y señaló su garganta tratando de indicar que necesitaba agua. El hombre entendió y le hizo señas a uno de sus compañeros, quien trajo rápidamente una cantimplora. Claudia bebió ávidamente, el agua fresca bajando por su garganta como salvación líquida.

 Bebió demasiado rápido y comenzó a toser, pero no podía detenerse. “Despacio, despacio”, dijo el hombre mayor quitándole la cantimplora. “Va a enfermarse si bebe tan rápido.” Claudia asintió tratando de controlar su respiración. Después de unos momentos pudo finalmente hablar. “Gracias.” Su voz era apenas un susurro ronco. Gracias por ayudarme.

¿Qué hace una señorita como usted sola en el desierto?, preguntó el hombre. ¿Dónde está su familia, su escolta? Claudia tuvo que pensar rápidamente. No podía decirles la verdad. No sin saber quiénes eran estos hombres. Si trabajaban con o para su padre, estaría perdida. Hubo un ataque, mintió. Bandidos atacaron nuestra caravana hace dos días.

Mataron a mi esposo y a nuestros guardias. Yo escapé y he estado caminando desde entonces. Los hombres intercambiaron miradas. Algunos parecían creerle, otros claramente dudaban de su historia. Bandidos, ¿por aquí? Preguntó uno de los hombres más jóvenes.

 No hemos escuchadoreportes de actividad de bandidos en esta zona. Yo solo sé lo que vi”, respondió Claudia tratando de mantener su voz firme a pesar del miedo. “Por favor, solo necesito llegar al pueblo más cercano. Tengo dinero. Puedo pagarles por su ayuda.” El hombre mayor la estudió durante un largo momento, sus ojos entrecerrados evaluando si decía la verdad.

“El pueblo más cercano es Santa María, a dos días de camino hacia el sur. Vamos en esa dirección. Puede viajar con nosotros si quiere. Gracias, dijo Claudia sintiendo un alivio enorme. Gracias. La llevaron al campamento y le dieron más agua y algo de comida, tortillas secas y frijoles. No era la comida refinada a la que estaba acostumbrada, pero en ese momento le supo a manjar de dioses.

 Mientras comía, observó a los hombres con discreción. eran claramente contrabandistas, como había sospechado. Podía haber mercancía en las carretas que tenía el sello de importación falso, barriles de lo que probablemente era alcohol ilegal y armas que definitivamente no deberían estar en manos civiles.

 Pero eso en realidad la hacía sentir más segura. Los contrabandistas evitaban llamar la atención de las autoridades, lo que significaba que probablemente no la entregarían a su padre. El viaje a Santa María fue lento y agotador, pero infinitamente mejor que morir en el desierto. Los hombres mantuvieron su distancia de Claudia, tratándola con un respeto cauteloso.

Ella agradeció ese espacio usándolo para procesar todo lo que había sucedido. Miguel Ángel estaba capturado. Probablemente ya lo habían llevado de vuelta a Zacatecas, donde su padre no quería pensar en lo que su padre le haría. Don Bartolomé Belarde no era conocido por su misericordia. Cuando finalmente llegaron a Santa María, Claudia se dio cuenta de que su pesadilla estaba lejos de terminar.

 Era apenas el principio. Parte cinco. Santa María era un pueblo pequeño de unas 300 almas, construido alrededor de una plaza central con una iglesia modesta y un puñado de tiendas. Las casas eran, en su mayoría, de adobe, de un solo piso, con techos de teja roja y pequeños pati donde las familias criaban pollos y cabras.

 Los contrabandistas la dejaron en la entrada del pueblo al atardecer del segundo día. El hombre mayor le advirtió que no mencionara haberlos visto y ella prometió discreción. Le habían salvado la vida y no los traicionaría. Claudia entró al pueblo sintiéndose como un fantasma. La gente la miraba con curiosidad y desconfianza.

 No era común ver a una mujer joven viajando sola. especialmente una que claramente venía de una familia adinerada a juzgar por los restos de su vestido fino, aunque ahora estuviera desgarrado y sucio. Se dirigió directamente a la iglesia. Si había algún lugar donde podría encontrar ayuda sin hacer demasiadas preguntas, sería allí.

 El padre del pueblo podría ofrecerle refugio temporal mientras decidía qué hacer. La iglesia de Santa María era un edificio simple de paredes blancas con un campanario pequeño. Entró y encontró el interior fresco y oscuro, iluminado solo por algunas velas botivas. No había nadie, excepto un sacerdote anciano que arreglaba flores en el altar.

 Padre, llamó Claudia con voz suave. El sacerdote se volvió sorprendido. Debía tener al menos 70 años. con cabello completamente blanco y una postura encorbada por la edad, pero sus ojos eran amables. “Hija mía, ¿en qué puedo ayudarte?” Claudia se acercó y ahora que estaba en un lugar seguro, sintió que todas las emociones que había estado reprimiendo amenazaban con desbordarse.

“Necesito refugio, padre, y guía. He he cometido un terrible pecado y no sé qué hacer. El sacerdote la miró con compasión y le hizo señas de que se sentara en uno de los bancos. Siéntate, hija. Cuéntame qué te aflige. Claudia se sentó y después de un momento de vacilación comenzó a contar su historia, no toda, pero lo suficiente, que había huído de un matrimonio arreglado con un hombre violento, que había dejado atrás a su familia, que el hombre que la había ayudado ahora estaba capturado y probablemente sería ejecutado.

El padre escuchó en silencio. sin interrumpir sus manos entrelazadas sobre su regazo. Cuando Claudia terminó, suspiró profundamente. Hija mía, has tomado un camino muy difícil. La obediencia a los padres es una virtud que nuestra santa Iglesia valora profundamente. Lo sé, Padre, pero mi Padre me estaba vendiendo a un hombre que probablemente me habría matado eventualmente.

No tengo derecho a defender mi propia vida. El sacerdote consideró esto durante un largo momento. La vida es un regalo de Dios y protegerla es nuestro deber. Si verdaderamente creías que tu vida estaba en peligro, hizo una pausa. Pero huir con un hombre que no es tu esposo, eso es otro asunto. ¿Consumaron ustedes? No, respondió Claudia rápidamente, y era verdad.

 No tuvimos tiempo, solo huimos juntos. Él me amaba y quería salvarme nada más. El Padre asintió pareciendoaliviado. Entonces, aún hay esperanza de redención. Puedes quedarte aquí en el convento anexo por unos días mientras decidimos qué hacer contigo. Hay dos monjas que cuidan de los niños huérfanos del pueblo. Te darán refugio. Gracias, Padre.

 Claudia sintió lágrimas de gratitud. Pero hay algo más. El hombre que me ayudó, Miguel Ángel Salazar, está en manos de mi Padre. Ahora, si hay alguna manera de ayudarlo, de enviar un mensaje o el padre levantó una mano. Hija, debes entender que yo soy un simple sacerdote de un pueblo pequeño. No tengo influencia con las familias poderosas de Zacatecas.

 Lo único que puedo hacer es rezar por el alma de ese joven y esperar que Dios tenga misericordia de él. Era exactamente lo que Claudia temía escuchar. Miguel Ángel estaba solo, sin nadie que lo defendiera, enfrentando la ira de uno de los hombres más poderosos de la región. Y ella estaba aquí escondida, incapaz de hacer nada para ayudarlo.

 El padre la llevó al pequeño convento anexo, donde dos monjas, la hermana Guadalupe y la hermana Teresa, la recibieron con calidez maternal. Le dieron ropa limpia. un vestido simple de algodón negro, la ayudaron a bañarse y curaron sus heridas. Esa noche, Claudia durmió en una cama real por primera vez en días, aunque su sueño estuvo plagado de pesadillas.

Los días siguientes fueron un limbo extraño. Claudia ayudaba a las monjas con las tareas del convento, cuidar a los niños huérfanos, cocinar, limpiar, tratando de mantenerse ocupada para no pensar demasiado. Pero cada noche, en la soledad de su pequeña celda, lloraba por Miguel Ángel y se preguntaba si seguía vivo.

 El cuarto día después de su llegada a Santa María, recibió noticias. El padre vino a buscarla con expresión grave. Claudia, hay alguien aquí que quiere hablar contigo. Un mensajero de Zacatecas. El corazón de Claudia se detuvo. Mi padre me encontró. No envió a sus hombres. Si eso es lo que te preocupa. Envió una carta. El mensajero espera en la plaza.

 ¿Quieres leerla? Claudia no sabía qué pensar. Parte de ella quería negarse, pero otra parte necesitaba saber qué decía esa carta. Necesitaba saber sobre Miguel Ángel. Sí, dijo finalmente, quiero leerla. Fueron juntos a la plaza donde un hombre de mediana edad esperaba con un caballo. Al ver a Claudia, le entregó un sobre sellado con el sello de los Belarde.

Claudia lo abrió con manos temblorosas y comenzó a leer. Claudia, si estás leyendo esto, significa que sobreviviste a tu huida. No sé si eso me alegra o me decepciona. Has deshonrado a esta familia de una manera que nunca imaginé posible. Tu madre llora día y noche. Don Emiliano exige compensación por el insulto.

 Y yo he perdido contratos comerciales valiosos por tu egoísmo. Pero eres mi hija y la sangre es sangre. Te ofrezco una oportunidad de redención. Regresa a casa. No habrá boda con don Emiliano. Ese barco ya zarpó. Pero te enviaré a un convento en España, donde pasarás el resto de tus días en oración y penitencia.

 Es más de lo que mereces, pero es lo que tu madre me ha rogado que haga. En cuanto al capataz que te sedujo y te llevó por mal camino, su destino ya está sellado. Será ejecutado públicamente en la plaza de Zacatecas dentro de una semana como ejemplo para otros hombres de su clase que puedan tener ideas similares. Si regresas antes de ese tiempo y públicamente denuncias a Salazar como secuestrador, su sentencia puede ser conmutada a prisión de por vida.

 Si no regresas, su muerte estará en tus manos. La decisión es tuya, hija. Elige sabiamente a tu padre Bartolomé Belarde. Claudia leyó la carta tres veces, sintiendo que el mundo se colapsaba a su alrededor. Su padre la conocía demasiado bien. Sabía exactamente cómo manipularla. Le estaba dando una elección imposible, su libertad o la vida de Miguel Ángel.

 Malas noticias, preguntó el padre con suavidad. Las peores susurró Claudia. Esa noche Claudia no durmió. Se quedó despierta en su celda, mirando el techo, repasando sus opciones una y otra vez. Si regresaba, Miguel Ángel viviría, pero ambos serían prisioneros. Él en una celda física, ella en un convento en España. Nunca más se verían.

 Pero estarían vivos. Si no regresaba, ella mantendría su libertad. Podría eventualmente construirse una nueva vida. Pero Miguel Ángel moriría y ella cargaría con esa culpa por el resto de sus días. ¿Qué era más importante? ¿La vida o la libertad? Al amanecer tomó su decisión. Fue a buscar al Padre y le dijo que quería enviar una respuesta a Zacatecas.

 El sacerdote le proporcionó papel y tinta y Claudia escribió con mano firme, “Padre, regresaré, pero exijo garantías por escrito firmadas por el alcalde de Zacatecas de que Miguel Ángel Salazar no será ejecutado. Solo entonces testificaré en su contra pides y exijo también que se le permita trabajar en tus minas, no pudriéndose en una celda.

 merece al menos eso. “Llegaré a Zacatecas en 4 días.” Claudiaselló la carta y se la entregó al mensajero, quien partió inmediatamente de regreso a Zacatecas. Las monjas trataron de convencerla de que no fuera, de que había otras opciones, pero Claudia estaba decidida. Miguel Ángel se había sacrificado por ella.

 Ahora era su turno de sacrificarse por él. El padre le consiguió pasaje en una carreta de comerciantes que viajaban hacia Zacatecas. El viaje tomó exactamente 4 días, como había calculado, 4 días para despedirse mentalmente de sus sueños de libertad, para hacer las paces con su destino. Cuando las torres de las iglesias de Zacatecas aparecieron en el horizonte, Claudia sintió una mezcla de terror y resignación.

Había completado un círculo, había huído buscando libertad y ahora regresaba voluntariamente a su prisión. Pero al menos Miguel Ángel viviría y eso tendría que ser suficiente. La carreta la dejó en la entrada de la ciudad al atardecer. Claudia caminó por las calles empedradas que conocía también, sintiendo las miradas de la gente clavarse en ella.

Los rumores sobre su huida habían circulado por toda la ciudad. Obviamente era el escándalo del año. Llegó finalmente a la casa de su familia. La puerta principal estaba cerrada, pero ella sabía que el portón trasero, el mismo por donde había escapado, estaría abierto. Entró por allí sintiendo un dejabu extraño.

 Jacinta estaba en la cocina y dejó caer una olla cuando vio a Claudia. Niña, regresó. Corrió a abrazarla llorando. Pensé que nunca volvería a verla. Pensé que había muerto en el desierto. “Casi”, dijo Claudia con una sonrisa triste. “Jacinta, ¿dónde está mi padre?” En su despacho ha estado esperándola. Niña, ¿por qué regresó? Tenía su libertad.

“Porque el amor significa sacrificio,” respondió Claudia. Simplemente subió las escaleras hacia el despacho de su padre, cada paso pesando como plomo. Tocó la puerta y esperó. Adelante. Vino la voz familiar. Claudia entró. Su padre estaba sentado detrás de su escritorio, luciendo más viejo de lo que ella recordaba.

 Había ojeras bajo sus ojos y su rostro estaba demacrado. Su madre estaba allí también, sentada en un sillón. luciendo como un fantasma de sí misma. “Claudia”, dijo su padre y su voz era extrañamente desprovista de emoción. “Regresaste.” “Tenías razón”, respondió ella, manteniendo su voz firme. “No podía vivir con su muerte en mi conciencia.

 ¿Tienes los documentos que pedí?” Don Bartolomé abrió un cajón y sacó varios papeles. Los deslizó a través del escritorio hacia ella. Claudia los revisó cuidadosamente. Eran garantías oficiales firmadas por el alcalde y selladas de que Miguel Ángel Salazar no sería ejecutado, sino empleado como trabajador en las minas Belarde.

 Firmé también un documento que le otorga un salario decente y vivienda dijo su padre. Más de lo que merece, pero mantendré mi palabra. Claudia asintió y firmó su propia declaración. la que su padre había preparado, donde testificaba que Miguel Ángel la había seducido y llevado por mal camino, eximiéndolo de los cargos más serios de secuestro que hubieran resultado en ejecución.

Era una mentira, pero era una mentira que lo salvaría. Ahora, dijo don Bartolomé, prepararemos tu viaje a España. Partirás en dos semanas. Quiero verlo, dijo Claudia. Quiero ver a Miguel Ángel antes de irme. Eso no es es mi única condición, interrumpió ella, y había acero en su voz. Ya tienes lo que querías. Dame esto.

 Su padre la estudió durante un largo momento. Luego asintió. Una visita supervisada mañana. Esa noche Claudia durmió en su antigua habitación. Todo estaba exactamente como lo había dejado, como si los últimos días hubieran sido un sueño, pero no lo habían sido. Había cambiado. Ya no era la joven ingenua que había huído. Era alguien más fuerte, más triste, más consciente del precio de las decisiones.

Al día siguiente, su padre la llevó a la mina San Miguel, donde Miguel Ángel ya había sido puesto a trabajar. Bajaron por los túneles oscuros, iluminados solo por lámparas de aceite, hasta llegar a una de las galerías de extracción, donde los trabajadores picaban la roca. Miguel Ángel estaba allí con cadenas en los tobillos para evitar que escapara, trabajando junto a otros mineros.

 Cuando vio a Claudia, dejó caer su pico. “Claudia, tienen 5 minutos”, dijo don Bartolomé quedándose a una distancia donde podía verlos, pero no escucharlos claramente. Claudia se acercó a Miguel Ángel. Lucía terrible, con el rostro magullado y el cuerpo, obviamente dolorido por las golpizas que había recibido, pero estaba vivo.

 “No deberías haber regresado”, dijo él con la voz rota. Tenías tu libertad y ahora tú tienes tu vida”, respondió ella. Era un intercambio justo. Claudia, no. Miguel Ángel tenía lágrimas en los ojos. Pasarás el resto de tu vida en un convento. Todo esto habrá sido en vano. No en vano. Claudia tomó sus manos ignorando las cadenas.

 Estos díascontigo me enseñaron que soy más fuerte de lo que creía, que puedo sobrevivir y que el amor real no es solo romance, es sacrificio. Viviré sabiendo que tomé mi propia decisión, que te salvé. Eso es más libertad de la que hubiera tenido si te hubieran ejecutado. “Te amo”, susurró él, “yo, te amo siempre.” Se besaron por primera y última vez. Un beso breve, pero que contenía todo lo que nunca podrían decirse.

“Se acabó el tiempo”, gritó don Bartolomé. Claudia se apartó memorizando cada detalle del rostro de Miguel Ángel. Luego se dio vuelta y caminó de regreso hacia su padre sin mirar atrás. Si miraba atrás, no tendría la fuerza de irse. Parte seis. Dos semanas después, Claudia Belarde subió a un barco en Veracruz con destino a Cádiz.

 Su madre la había acompañado hasta el puerto llorando durante todo el viaje. Su padre se había quedado en Zacatecas, ocupado con sus negocios o quizás incapaz de enfrentar las consecuencias de sus acciones. El viaje a España duró dos meses. Claudia pasó ese tiempo en la pequeña cabina del barco escribiendo en un nuevo diario todo lo que había vivido.

Escribió sobre Miguel Ángel. sobre el desierto, sobre las decisiones imposibles y el precio de la libertad. Llegó al convento de Santa Clara en Sevilla en mayo de 1846. Era un edificio antiguo de piedra con jardines interiores y altos muros que la separaban del mundo exterior. Las monjas la recibieron con frialdad.

 Sabían que venía como penitente, no como vocación verdadera. Claudia se adaptó a la rutina del convento, maitines antes del amanecer, oraciones durante el día, trabajos manuales, más oraciones, silencio. Era una vida de monotonía absoluta, diseñada para quebrar el espíritu y purificar el alma. Pero Claudia descubrió algo inesperado.

 El convento tenía una biblioteca extensa. Las monjas valoraban la educación y allí había libros que nunca hubiera podido leer en México. Obras de filosofía, literatura, historia. Se sumergió en ellos usando el conocimiento como escape. Los meses se convirtieron en años. Claudia escribía cartas a Miguel Ángel que nunca enviaba, guardándolas en una caja bajo su cama.

 No sabía si él seguía vivo, si aún trabajaba en las minas o si había logrado de alguna manera escapar. No tenía forma de saberlo y esa incertidumbre era su propia forma de tortura. En 1848 llegaron noticias desde México. La guerra con Estados Unidos había terminado. México había perdido la mitad de su territorio.

 Claudia se preguntó cómo afectaría eso a Zacatecas, a su familia, a Miguel Ángel. En 1850 recibió una carta de Jacinta. Su madre había muerto de neumonía. Su padre seguía vivo, más rico que nunca. y Miguel Ángel. Miguel Ángel seguía trabajando en las minas. Había formado una pequeña unión de trabajadores que luchaba por mejores condiciones.

Estaba vivo. Esa noticia le dio a Claudia la fuerza para continuar. En 1852, la abadeza del convento que había observado a Claudia durante años la llamó a su despacho. “Has sido una prisionera aquí durante 6 años”, dijo la mujer anciana. “Pero nunca has tomado los votos. ¿Por qué?” Porque no tengo vocación”, respondió Claudia honestamente.

Respeto a Dios, pero no puedo fingir que elegí este camino. La abadeza asintió. Hay cambios políticos en España, nuevas leyes sobre los conventos. Ya no podemos mantener a mujeres contra su voluntad. Eres libre de irte si lo deseas. Claudia la miró atónita. Libre, libre. Pero Claudia se quedó, no porque tuviera que hacerlo, sino porque ya no sabía qué más hacer.

 El mundo exterior había continuado sin ella. Tenía 30 años, sin familia que la quisiera, sin dinero propio. Y Miguel Ángel, Miguel Ángel probablemente había seguido adelante con su vida también. Sin embargo, en 1854 llegó otra carta, esta vez de Rodrigo, su hermano. Claudia. Padre murió la semana pasada, un derrame cerebral mientras revisaba los libros de contabilidad.

 Irónico, supongo, que muriera haciendo lo que más amaba, contando dinero. En su testamento te dejó una suma considerable de dinero, suficiente para vivir cómodamente por el resto de tu vida. También dejó una carta para ti, sellada, la adjunto. Si decides regresar a México, serás bienvenida. Pero si prefieres quedarte en España, lo entenderé.

Tu hermano, Rodrigo. Claudia abrió la carta de su padre con manos temblorosas. Claudia, si estás leyendo esto, estoy muerto. Bien, significa que finalmente puedo ser honesto sin que mi orgullo se interponga. Cometí un error terrible contigo. Te traté como propiedad, como una inversión comercial.

 Destruí tu oportunidad de ser feliz porque no podía ver más allá de mis ambiciones. Y cuando finalmente vi el amor verdadero en tus ojos, ese día en la mina, cuando sacrificaste tu libertad por ese hombre, comprendí lo que nunca había tenido en mi propia vida. El capataz Salazar sigue vivo. Lo liberé de las cadenas hace dos años y ledi una porción de tierra y una pequeña mina para administrar. prospera.

 Nunca se casó. Cuando le pregunté por qué, dijo que su corazón pertenecía a alguien más. Usa el dinero que te dejo para encontrar tu propia felicidad. Sea lo que eso signifique. Es lo menos que puedo hacer. Que Dios me perdone. Bartolomé. Claudia leyó la carta una y otra y otra vez, las lágrimas empapando el papel.

 Su padre había cambiado, demasiado tarde para arreglarlo roto, pero había cambiado y Miguel Ángel estaba vivo, libre y esperando. Claudia no lo pensó dos veces. Usó el dinero de su herencia para reservar pasaje en el próximo barco a México. El viaje de regreso fue largo, pero cada día la acercaba más a casa. Llegó a Veracruz en septiembre de 1854, 8 años después de haber partido.

 Tomó una diligencia hacia Zacatecas, su corazón latiendo más fuerte con cada kilómetro. Cuando finalmente llegó a la ciudad, todo había cambiado y nada había cambiado. Las mismas calles empedradas, la misma catedral, pero más casas, más gente. Preguntó por Miguel Ángel Salazar y le dijeron que tenía una pequeña operación minera al este de la ciudad.

Claudia alquiló un caballo y cabalgó hacia allá. El sol comenzaba a ponerse cuando vio los edificios de la mina. desmontó y caminó hacia la oficina principal con el corazón en la garganta. La puerta estaba abierta. Adentro, sentado ante un escritorio cubierto de mapas y documentos, estaba Miguel Ángel. Tenía 33 años ahora, con algunas canas en las cienes, arrugas alrededor de los ojos, pero seguía siendo él.

 Levantó la vista cuando sintió su presencia. Sus ojos se encontraron. Por un momento ninguno se movió. 8 años de separación, de dolor, de sacrificio colgaban entre ellos como un abismo. Entonces Miguel Ángel se puso de pie. Claudia, su voz era la misma. Regresaste. Regresé, respondió ella, si aún me quieres.

 Él cruzó el espacio entre ellos en tres zancadas y la envolvió en sus brazos. Nunca dejé de quererte, nunca dejé de esperar. Se casaron una semana después en una ceremonia simple en la iglesia de San Juan de Dios, la misma donde se habían encontrado en secreto años atrás. Jacinta fue su testigo llorando de alegría. No fue el final feliz de los cuentos de hadas.

 La sociedad de Zacatecas nunca aceptó completamente su matrimonio. Algunos comerciantes se negaban a hacer negocios con Miguel Ángel porque había manchado a una mujer de clase alta. Claudia nunca pudo reconciliarse completamente con Rodrigo, aunque mantuvieron una relación distante, pero cordial, pero tenían su amor, tenían su libertad ganada con sangre y lágrimas y sacrificio, y eso era suficiente.

Claudia nunca volvió a ser la joven ingenua que había huído por el portón cerrado esa noche de febrero. Las cicatrices de su experiencia nunca sanaron del todo, pero aprendió que a veces la libertad no significa escapar, sino elegir. Y ella había elegido el amor sobre la seguridad, el sacrificio sobre el egoísmo.

 En 1860, 6 años después de su regreso, Claudia dio a luz a una hija. La llamaron Esperanza. Y en las noches, cuando arrullaba a su bebé, le contaba historias. No las historias dulces de princesas en Torres, sino historias verdaderas sobre una joven que una vez estuvo atrapada sin salida, pero que encontró la fuerza para salvarse a sí misma y al hombre que amaba.

Porque esas eran las historias que valía la pena contar, las historias de amor que sobrevive a pesar de todo. Un fin. La historia de Claudia Belarde y Miguel Ángel Salazar. se convirtió en susurros en Zacatecas, una leyenda de amor y sacrificio que las madres contaban a sus hijas en voz baja, recordándoles que incluso cuando el mundo te encierra, siempre tienes el poder de elegir cómo responder.

 Y a veces esa elección lo cambia todo.