Cuentan que todo comenzó con una invitación.
—Vamos, chico guapo, ven a jugar con nosotras. No seas tímido. Nos divertiremos juntos. Di que sí.

Las voces eran suaves, casi cantadas, como el murmullo del agua sobre la piedra. El muchacho tragó saliva. Dudó apenas un segundo —el tiempo justo para pensar en su casa, en su nombre, en quién era— y luego avanzó detrás de ellas.
El joven asintió, siguiéndolas hasta la boca de una cueva cuyos bordes destellaban con brillos húmedos, como si respirara, como si estuviera viva.
Adentro, el aire cambiaba de temperatura. No era frío ni calor, sino algo intermedio, antinatural. Un aroma dulce, casi floral, lo envolvió, embriagándolo. Y justo allí, en el corazón de la caverna, la vio.
Alta. Inmóvil. Antigua.
—Lindo specimen —dijo la figura, con una voz que no parecía salir de su boca—. Espero que sea un joven digno de nuestro ritual.
El muchacho quiso retroceder, pero sus pies ya no le obedecían.
Varias millas al sur, un carruaje avanzaba por el camino polvoriento hacia el poblado de Golden Creek. El padre Julián, un hombre de rostro bondadoso y cansancio viejo en los ojos, observaba las sombras deslizarse por la ventanilla en silencio.
Golden Creek se alzó ante él como un pueblo que respiraba apenas. No había música, ni risas, ni luz suficiente. Solo casas viejas, madera reseca y un viento que parecía no querer quedarse.
El carruaje se detuvo frente a la casa cural. Un par de vecinos salieron a mirar. Lo saludaron con educación, inclinando la cabeza, pero sin alegría.
El sacerdote acomodó sus cosas sin prisa. Miró a su alrededor. Algo en ese silencio le pareció demasiado normal, como cuando alguien pone demasiado orden en una habitación para que no notes lo que falta.
Pasaron algunos días con una rutina tan tranquila que parecía ensayada. Golden Creek funcionaba con una armonía casi mecánica: mercado, misa, trabajo, saludos breves.
Hasta que el padre Julián lo notó.
Un grupo de feligreses siempre se sentaba junto, como si su dolor los hubiera soldado entre sí. Padres, madres, hermanos. Rezaban con una intensidad que no correspondía a la vida cotidiana de un pueblo cualquiera.
No eran supersticiosos.
No eran dramáticos.
Solo parecían quebrados.
Al día siguiente, después de misa, el sacerdote se acercó a ellos con delicadeza.
—¿Por qué siempre se reúnen así? —preguntó.
El silencio fue largo. Demasiado largo.
Finalmente, una mujer con los ojos secos de tanto llorar habló por todos.
—Padre… todos nosotros hemos perdido hijos.
—¿Perdido? ¿En qué sentido? —preguntó él.
—Desapariciones, padre. Jóvenes de diecisiete, dieciocho… quizá veinte. Se van una noche y no vuelven. No hay rastro. No hay cuerpos. No hay despedidas.
El padre Julián sintió un nudo en el estómago.
—¿Y nadie ha visto nada?
La mujer negó lentamente.
—Solo dicen que, antes de desaparecer… algunos fueron vistos siguiendo voces hacia las colinas.
Esa noche, el sacerdote no durmió.
Y cuando el viento sopló desde el norte, trayendo consigo un aroma dulce, casi floral, el padre Julián comprendió que Golden Creek no estaba en silencio.
Estaba esperando.
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