Cuando los carpinteros desmontaron el techo en Chiapas, cayeron retratos de gente aún viva

El sol de junio caía implacable sobre San Cristóbal de las Casas. Corría el año 1938 y la pequeña ciudad chiapaneca, con sus calles empedradas y sus edificios coloniales de tejas rojizas, parecía adormecida bajo el calor sofocante. Manuel Ordóñez se secó el sudor de la frente con un pañuelo gastado mientras contemplaba la que sería su nueva residencia.
una casona de dos plantas construida a finales del siglo anterior, cuya fachada blanca comenzaba a descascararse por el abandono. “No parece tan mal como decían”, pensó intentando convencerse a sí mismo. A sus años Manuel había logrado ascender en el Ministerio de Educación lo suficiente como para ser nombrado director de la Escuela Normal Rural de la Región.
El traslado desde Ciudad de México no había sido voluntario. Los rumores sobre su simpatía con ciertos movimientos sindicales habían llegado a oídos equivocados, pero estaba decidido a tomarlo como una oportunidad. ¿Qué le parece la casa, maestro? La voz del administrador municipal, un hombre bajito, de bigote fino llamado Rosendo Gálvez interrumpió sus pensamientos.
Perteneció a don Joaquín Argüello, uno de los ascendados más ricos de la región. Murió hace 3 años y el gobierno la adquirió para funcionarios como usted. Manuel asintió notando como Rosendo evitaba mencionar que la propiedad había sido expropiada tras las reformas agrarias de Cárdenas. Es más grande de lo que necesito respondió con sinceridad.
El anterior director vivía aquí con su familia, pero solo ocupó la planta baja”, explicó Rosendo mientras abría la pesada puerta de madera tallada. “El segundo piso lleva cerrado más tiempo. Don Joaquín lo clausuró en 1925 después de, bueno, asuntos familiares. El interior olía a encierro y humedad. Los muebles antiguos permanecían cubiertos con sábanas amarillentas, como fantasmas silenciosos que guardaban los secretos de la casa.
Las ventanas, con sus vitrales coloridos, filtraban la luz creando patrones sobre el piso de mosaico hidráulico. “Necesitará una buena limpieza”, comentó Manuel pasando un dedo por la superficie polvorienta de una mesa. “Le enviaré a doña Concepción mañana mismo. Ha trabajado en esta casa desde tiempos de don Joaquín.
” Manuel recorrió lentamente cada habitación de la planta baja, la sala principal con su piano desafinado, el comedor con capacidad para 20 personas, la biblioteca con estanterías vacías y tres recámaras, cada una con su propio baño. Todo reflejaba la opulencia pasada de una familia poderosa, aunque ahora se percibía un aire de melancolía en cada rincón.
Y el segundo piso? Preguntó dirigiéndose hacia la escalera de Caoba. Rosendo tosió incómodo. Como le dije, está clausurado. Hay problemas con el techo en algunas áreas. Le recomendaría no subir hasta que podamos enviar carpinteros para revisar la estructura. Esa noche, Manuel durmió en una pequeña posada del centro mientras esperaba que trasladaran sus pertenencias desde la capital.
Su sueño fue inquieto, plagado de rostros desconocidos que lo observaban desde las sombras. Al día siguiente, tal como prometió Rosendo, una mujer de unos 60 años, de rostro arrugado y ojos negros penetrantes, lo esperaba frente a la casa. Vestía completamente de negro y llevaba el cabello recogido en un moño apretado. Buenos días, maestro Ordóñez.
Soy Concepción Velasco, se presentó con voz áspera. Vengo a poner orden en este caos. Manuel sonrió agradecido por la franqueza de la mujer. Le agradezco su ayuda, doña Concepción. Hace mucho que trabajaba para la familia Argüello. La mujer entró en la casa y comenzó a quitar las sábanas de los muebles con movimientos precisos.
toda mi vida”, respondió sin mirarlo. “Mi madre sirvió a los padres de don Joaquín y yo crecí en esta casa. La conozco mejor que nadie.” Durante las siguientes horas, Manuel ayudó a Concepción a abrir ventanas, sacudir muebles y barrer pisos. Mientras trabajaban, intentó obtener más información sobre los antiguos propietarios.
Rosendo mencionó que el segundo piso está clausurado desde 1925. Puedo preguntar por qué. Las manos de Concepción se detuvieron un instante. Estaba limpiando un antiguo reloj de péndulo. Fue después de que la señorita Carmen regresara de Europa dijo finalmente. Don Joaquín mandó cerrar todas las habitaciones de arriba y prohibió que se mencionara siquiera su existencia. Carmen era su hija.
Su única hija confirmó Concepción. Fue enviada a Francia para estudiar arte cuando tenía 18 años. Volvió 3 años después. Cambiada diferente. Manuel esperó a que continuara, pero la mujer había vuelto a concentrarse en su tarea. Decidió no insistir, aunque su curiosidad había aumentado considerablemente. Esa tarde, cuando los trabajadores municipales llegaron con sus baúles y cajas, Manuel finalmente pudo instalarse.
Mientras acomodaba sus libros en los estantes vacíos de la biblioteca, notó una fotografía enmarcada que había quedado olvidada en un rincón. Mostraba a una familia, un hombre de aspecto severo, una mujer de belleza frágil y una joven de unos 20 años, de mirada intensa y labios apretados en una expresión que no llegaba a ser sonrisa.
Los Argüello, dijo la voz de Concepción a sus espaldas sobresaltándolo. Don Joaquín, doña Beatriz y la señorita Carmen. Fue tomada poco antes de que enviaran a la niña a Europa. Manuel observó detenidamente el rostro de Carmen. Había algo inquietante en su expresión, como si supiera un secreto terrible.
¿Qué fue de ella? de Carmen, quiero decir, Concepción se persignó rápidamente. Nadie lo sabe con certeza, maestro. Una mañana simplemente ya no estaba. Don Joaquín dijo que había regresado a Francia, pero nunca llegó cartas ni noticias suyas. Doña Beatriz murió de pena 6 meses después. Esa noche, mientras intentaba conciliar el sueño en la que había sido la habitación principal, Manuel creyó escuchar pasos en el piso superior.
El sonido era tenue, pero inconfundible. Alguien caminaba lentamente sobre su cabeza. Se incorporó escuchando atentamente. Los pasos continuaron durante unos minutos. Luego se detuvieron, convenciéndose de que debía ser algún animal. Quizás ratas o incluso gatos callejeros que habrían encontrado forma de entrar, volvió a acostarse.
Sin embargo, poco después otro sonido lo sobresaltó. Algo había caído al suelo en el piso de arriba, algo pesado. Manuel encendió la lámpara de aceite y armándose de valor, decidió investigar. Tomó la llave maestra que Rosendo le había entregado y se dirigió hacia la escalera. La madera crujía bajo sus pies mientras subía los peldaños.
La luz de su lámpara proyectaba sombras grotescas contra las paredes. Al llegar al rellano superior, se encontró con un pasillo largo con varias puertas a ambos lados. Todas estaban cerradas. probó la primera con la llave maestra, pero no se dio. Lo mismo sucedió con las siguientes. Cuando estaba a punto de rendirse, notó que la última puerta del pasillo estaba entreabierta, se acercó cautelosamente y empujó.
La habitación que se reveló ante sus ojos parecía haber sido un estudio o taller. Grandes ventanales, ahora cubiertos con cortinas polvorientas, ocupaban una pared entera. Había caballetes cubiertos con telas, estanterías con frascos de pintura reseca y en el centro un escritorio con cajones entreabiertos. Manuel entró fascinado por el descubrimiento.
Sobre el escritorio había un cuaderno de vocetos. Al abrirlo, encontró dibujos exquisitamente realizados. Paisajes de San Cristóbal, escenas cotidianas del mercado, retratos de campesinos indígenas. El talento del artista era innegable. Al pasar las páginas, los dibujos comenzaron a tornarse más oscuros.
Aparecieron rostros contorsionados por el miedo, figuras humanas en posiciones imposibles, escenas que sugerían violencia sin mostrarla explícitamente. Y luego en las últimas páginas, retratos, retratos de personas comunes, el panadero local, una maestra de escuela, un funcionario municipal que Manuel había conocido el día anterior.
Todos dibujados con un detalle perturbador, como si el artista hubiera capturado algo más que sus rasgos físicos. Bajo cada retrato había una fecha. Manuel sintió un escalofrío al notar que todas eran fechas futuras y junto a cada fecha una palabra partida. El sonido de un trueno lo sobresaltó. Una tormenta se había desatado mientras exploraba la habitación.
Manuel cerró el cuaderno decidiendo que era suficiente exploración para una noche. Al girarse para salir, notó algo en el techo, una pequeña trampilla, probablemente un acceso al desván o al tejado. Justo cuando la observaba, un relámpago iluminó la habitación a través de las cortinas y Manuel creyó ver que algo se movía detrás de la trampilla.
Instintivamente dio un paso atrás, tropezando con uno de los caballetes cubiertos. La tela que lo cubría cayó revelando un lienzo oculto. Era un autorretrato. El rostro de Carmen Argüello miraba directamente al observador. Sus ojos tan vivos que parecían seguir a Manuel mientras retrocedía hacia la puerta.
Pero lo más perturbador no era la intensidad de la mirada, sino lo que la joven sostenía entre sus manos, el mismo cuaderno de vocetos que Manuel acababa de ojear. Esa noche Manuel no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Carmen mirándolo desde el lienzo. Los truenos y la lluvia golpeando contra las ventanas no ayudaban a calmar sus nervios.
Se repetía a sí mismo que todo tenía una explicación racional. Carmen había sido una artista talentosa, pero perturbada, que quizás había sufrido algún tipo de crisis nerviosa. Los retratos con fechas futuras eran probablemente parte de algún proyecto artístico excéntrico. Sin embargo, cuando el amanecer finalmente llegó, Manuel tomó una decisión.
Necesitaba saber más sobre Carmen Argüello y lo que realmente había ocurrido en aquella casa. La Biblioteca Municipal de San Cristóbal ocupaba un edificio colonial restaurado frente a la plaza central. A pesar del clima cálido, su interior permanecía fresco gracias a sus gruesos muros de piedra. Manuel pasó toda la mañana entre archivos polvorientos y periódicos antiguos buscando cualquier información sobre la familia Argüello.
Encontró varios artículos que mencionaban a Joaquín Argüello como uno de los terratenientes que se habían resistido a las reformas agrarias, describiendo cómo había perdido gran parte de su fortuna durante los años posteriores a la revolución. También descubrió anuncios sociales sobre el viaje de Carmen a París en 1922 para estudiar en la Academia Julian, una prestigiosa escuela de arte.
Pero lo más interesante fue un pequeño recorte fechado en noviembre de 1925. Extraña enfermedad afecta a residentes locales. Tres ciudadanos de San Cristóbal han sido internados en el Hospital San Agustín con síntomas similares: fiebre alta, alucinaciones y un estado de catatonia progresiva. Las autoridades sanitarias investigan posibles causas, aunque se sospecha de agua contaminada en el barrio norte.
Entre los afectados se encuentra Teresa Guzmán, sirvienta en la residencia Argüello. Manuel anotó los nombres de los afectados y continuó su búsqueda. En las semanas siguientes encontró más reportes sobre casos similares, todos concentrados en un radio cercano a la casa de los Argüello. Para finales de diciembre de 1925, 11 personas habían enfermado con los mismos síntomas, cinco habían fallecido.
Y luego, a principios de enero de 1926, una nota breve, hija de ascendado regresa a Europa. La señorita Carmen Argüello, hija única del hacendado Joaquín Argüello, partió ayer rumbo a Francia, donde continuará sus estudios artísticos. Su padre, don Joaquín, comentó que la joven había interrumpido su formación debido a problemas de salud de su madre, doña Beatriz, quien ahora se encuentra recuperada.
No había más menciones a Carmen después de esa fecha. Sin embargo, se meses más tarde, un obituario anunciaba la muerte de Beatriz Argüello tras una larga enfermedad. Manuel estaba tan absorto en su investigación que no notó la presencia de una mujer que lo observaba desde hace varios minutos hasta que ella habló. Veo que se interesa por la historia de los Argüello.
Al levantar la mirada, Manuel se encontró con una mujer de unos 50 años, elegantemente vestida, con el cabello gris recogido en un moño impecable. Llevaba gafas pequeñas y redondas que acentuaban su mirada inteligente. “Disculpe, no la había visto”, respondió Manuel levantándose por cortesía. “Soy Manuel Ordóñez, el nuevo director de la Escuela Normal.
Elena Castellanos, bibliotecaria”, se presentó ella y antigua amiga de Beatriz Argüello. La revelación despertó inmediatamente el interés de Manuel. conoció a la familia. Estoy viviendo en su antigua casa y naturalmente siento curiosidad. Elena miró a su alrededor como verificando que estuvieran solos. Podríamos hablar en mi oficina si gusta.
Hay detalles que no suelen discutirse abiertamente en San Cristóbal. La oficina de Elena era un pequeño cubículo lleno de libros y papeles organizados meticulosamente. Después de cerrar la puerta, ella tomó asiento y observó a Manuel con expresión evaluadora. ¿Qué tanto sabe sobre los argüellos, maestro Ordóñez? Manuel le contó lo poco que había descubierto.
La hija artista que estudió en Francia, la misteriosa enfermedad que afectó a varios ciudadanos, la repentina partida de Carmen y la posterior muerte de Beatriz. Elena escuchó en silencio, asintiendo ocasionalmente. Cuando Manuel terminó, ella suspiró profundamente. Beatriz fue mi amiga desde la infancia.
Nuestras familias eran cercanas, aunque la mía nunca tuvo el poder económico de los argüellos. Comenzó. Cuando Beatriz se casó con Joaquín, yo fui su dama de honor. Vi cómo se transformó de una joven alegre y vivaz a una mujer temerosa y sumisa. Joaquín era controlador, obsesionado con las apariencias y el estatus. Hizo una pausa para ajustarse las gafas.
Carmen nació un año después de la boda. Desde pequeña mostró un talento extraordinario para el dibujo. Joaquín inicialmente lo desaprobaba. Consideraba que el arte no era una ocupación digna para una argüello. Pero Beatriz insistió en cultivar el don de su hija. Cuando Carmen cumplió 18 años, Beatriz convenció a Joaquín de enviarla a París.
Creo que en el fondo Beatriz quería que su hija escapara de la influencia de su padre. ¿Y qué sucedió cuando regresó?, preguntó Manuel. Los ojos de Elena se ensombrecieron. Carmen volvió cambiada. más segura de sí misma, más intensa, rajo consigo técnicas y estilos que escandalizaron a la sociedad conservadora de San Cristóbal.
comenzó a retratar a personas del pueblo, especialmente a indígenas y trabajadores. Esto enfureció a Joaquín, quien consideraba que su hija se rebajaba al mezclarse con esa gente. Elena se levantó y cerró la cortina de la pequeña ventana de su oficina como si temiera ser observada. “Pero había algo más.” Continuó bajando la voz.
Carmen había desarrollado una obsesión con capturar lo que ella llamaba la esencia vital de sus modelos. Decía que podía ver más allá de la superficie, que sus retratos revelaban el futuro de las personas. El futuro. Manuel recordó los retratos fechados del cuaderno de vocetos. Exactamente. Comenzó a dibujar retratos con fechas futuras y la palabra partida bajo ellos.
Y lo más perturbador, maestro Ordóñez, es que las personas retratadas enfermaban y morían en las fechas señaladas. Primero fue Teresa Guzmán, una de las sirvientas, luego el jardinero, después personas del pueblo que habían posado para ella. Manuel sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Seguramente es una coincidencia.
Tal vez Carmen conocía los síntomas de alguna enfermedad en sus etapas iniciales y podía predecir su progreso. Elena negó con la cabeza. Todos lo creímos al principio. Incluso se especuló sobre agua contaminada o algún tipo de fiebre tropical. Pero entonces ocurrió algo inexplicable. Carmen dibujó un retrato de Beatriz, su propia madre, con la fecha julio de 1926 y la palabra partida.
Cuando Beatriz lo descubrió, sufrió un colapso nervioso y murió exactamente en esa fecha, murmuró Manuel recordando el obituario. Así es. Joaquín, desesperado, consultó médicos, curanderos, incluso sacerdotes. Nadie pudo explicar lo que estaba sucediendo, ni ayudar a Beatriz. que se deterioraba día a día.
Finalmente, Joaquín confrontó a Carmen. Nadie sabe exactamente qué ocurrió esa noche, pero los sirvientes escucharon gritos terribles. Al día siguiente, Joaquín anunció que Carmen había regresado a Europa. ¿Usted cree que realmente se fue?, preguntó Manuel, aunque ya sospechaba la respuesta. Los ojos de Elena se encontraron con los suyos.
Carmen Argüello nunca salió de San Cristóbal, maestro Ordóñez, al menos no con vida. El silencio que siguió a esta declaración pareció durar una eternidad. Finalmente, Manuel se atrevió a preguntar, “¿Estás sugiriendo que Joaquín Argüello asesinó a su propia hija?” Elena se encogió de hombros. No tengo pruebas, solo sospechas. Lo que sí sé es que después de esa noche, Joaquín clausuró el segundo piso de la casa y prohibió que se mencionara el nombre de Carmen.
Beatriz se consumió en su tristeza hasta morir exactamente en la fecha que Carmen había predicho. Y Joaquín, bueno, se convirtió en un hombre atormentado que rara vez salía de casa. Pero si Carmen murió, ¿qué pasó con su cuerpo? insistió Manuel. Esa maestro Ordóñez es la pregunta que me ha mantenido despierta durante años. Esa tarde Manuel regresó a la casa con la mente llena de preguntas inquietantes.
Encontró a doña Concepción en la cocina preparando la cena. La mujer parecía más taciturna que de costumbre. “Hoy hablé con Elena Castellanos”, comentó Manuel casualmente mientras se servía un vaso de agua. me contó algunas cosas sobre la familia Argüello. Concepción dejó caer el cuchillo con el que cortaba verduras.
Sus manos temblaron visiblemente mientras lo recogía. La señorita Elena debería ocuparse de sus libros y no de historias viejas, respondió con brusquedad. Me habló de Carmen y sus retratos, de las personas que enfermaron después de ser retratadas por ella. Concepción se giró para enfrentarlo. Su rostro había perdido todo color.
No debería hablar de esas cosas, maestro. No en esta casa. Ah, ¿por qué? ¿Qué pasó realmente con Carmen? Presionó Manuel. No lo sé, respondió ella. Y por primera vez Manuel detectó miedo genuino en su voz. Yo estaba en el pueblo esa noche, cuidando a mi madre enferma. Cuando regresé al día siguiente, don Joaquín me dijo que la señorita Carmen había partido a Francia.
Ordenó que recogiera todas sus pertenencias y las guardara en el desván. Nunca cuestioné sus órdenes y nunca vio nada sospechoso, ningún indicio de lo que podría haberle pasado. Concepción dudó un momento. Una semana después noté manchas oscuras en el piso del estudio de la señorita. Don Joaquín dijo que era pintura, pero yo he limpiado pintura toda mi vida y sé distinguirla de otras cosas.
Dos días más tarde, los carpinteros vinieron a revisar el techo. Supuestamente había goteras, aunque no había llovido en semanas. Carpinteros, Manuel recordó el título que le había dado a esta historia. ¿Qué encontraron? Oficialmente nada. Repararon algunas vigas y se marcharon. Pero esa noche uno de ellos, Pablo Mendoza, vino a verme en secreto.
Estaba pálido, temblando. Me dijo que mientras trabajaban en el desván habían encontrado una colección de retratos ocultos entre las vigas, retratos de personas del pueblo, todos con fechas, y la palabra partida. Lo más perturbador era que algunos retratos correspondían a personas que aún vivían, pero tenían fechas futuras.
¿Qué pasó con esos retratos? Pablo dijo que don Joaquín los descubrió mirándolos y se puso furioso. Les ordenó dejarlo todo como estaba y les pagó el doble de lo acordado para que guardaran silencio. Pero Pablo estaba asustado porque Concepción bajó aún más la voz porque se había reconocido en uno de los retratos. Su fecha de partida era tres semanas después. ¿Y murió? Preguntó Manuel.
Aunque ya sabía la respuesta. Concepción asintió. Fiebre alta, alucinaciones y, finalmente, catatonia. Como todos los demás, los médicos diagnosticaron una infección cerebral desconocida. Fue el último caso registrado en San Cristóbal. El último. Manuel frunció el seño. ¿Por qué se detuvieron las muertes? Porque ya no había más retratos, maestro, respondió Concepción con simplicidad.
O eso creíamos todos. Esa noche Manuel no podía conciliar el sueño. La historia de Carmen Argüello y sus retratos fatídicos lo obsesionaba. Parte de él quería abandonar la casa inmediatamente, pero otra parte, la del educador racional, se negaba a creer en supersticiones. Debía haber una explicación lógica para todo lo ocurrido.
Cerca de la medianoche, un ruido lo sobresaltó. Alguien caminaba en el piso superior, pero esta vez los pasos eran más decididos, como si la persona ya no intentara ocultarse. Manuel encendió la lámpara y, armándose de valor, subió la escalera. El pasillo del segundo piso estaba bañado por la luz plateada de la luna que entraba por una ventana al final del corredor.
La puerta del estudio de Carmen, que él había dejado entreabierta días atrás, ahora estaba completamente abierta. Manuel avanzó lentamente con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Al entrar en el estudio vio que alguien había descubierto todos los lienzos. Los retratos de Carmen, docenas de ellos, mostraban rostros de habitantes de San Cristóbal, algunos que Manuel había conocido en sus pocas semanas en la ciudad.
Cada uno tenía una fecha y la palabra partida escrita en la esquina inferior y en el caballete central un retrato nuevo aún fresco, el suyo propio. Debajo la fecha, 15 de julio de 1938. Tres días después, Manuel retrocedió horrorizado, tropezando con una mesa baja. El golpe resonó en la habitación silenciosa, seguido por el sonido de algo que rodaba por el suelo, un frasco de cristal que contenía un líquido oscuro.
Al agacharse para recogerlo, notó la etiqueta. Extracto de Belladona. La Belladona, también conocida como valla mortal, era un veneno potente que en dosis pequeñas podía causar alucinaciones y fiebre. En cantidades mayores provocaba parálisis progresiva y, finalmente, la muerte. Los síntomas coincidían exactamente con los descritos en los artículos sobre las misteriosas enfermedades.
Manuel examinó los otros frascos dispersos por el estudio y encontró más sustancias tóxicas. acónito, digital, arsénico. Un pequeño gabinete contenía docenas de estas preparaciones cuidadosamente etiquetadas con nombres de hierbas y compuestos que reconoció como extremadamente venenosos. La revelación lo golpeó con fuerza. Carmen no predecía las muertes, las causaba, pero quedaban preguntas sin responder.
¿Cómo administraba los venenos? y por qué su propio retrato aparecía ahora, años después de su supuesta muerte. Manuel pasó el resto de la noche registrando meticulosamente el estudio. En un compartimento secreto del escritorio encontró un diario de tapas rojas. Con manos temblorosas comenzó a leer 20 de abril de 1925. He regresado a esta ciudad sofocante después de tres años de libertad en París.
Padre insistió en que volviera para cuidar de madre, pero su verdadera intención es volver a someterme a su control. No sabe que ya no soy la niña dócil que partió. En Europa aprendí mucho más que técnicas pictóricas. El maestro Dubois me enseñó que el arte verdadero no solo captura la apariencia, sino la esencia. me mostró cómo los antiguos alquimistas mezclaban pigmentos con sustancias que alteraban la percepción, creando obras que influían en quienes las contemplaban.
Pero yo he llevado sus enseñanzas más lejos. He descubierto que puedo ver la muerte en los rostros de las personas, no su muerte natural, sino la posibilidad de su muerte. Y al plasmarla en un lienzo, utilizando los pigmentos especiales que preparo, esa posibilidad se cristaliza, se vuelve destino.
Manuel pasó páginas, su inquietud creciendo con cada párrafo que leía. 15 de mayo de 1925. Hoy realicé mi primer experimento con Teresa. Mezclé extracto de belladona con los pigmentos para su retrato. Mientras pintaba, visualicé su muerte. Fijé la fecha. 2 de noviembre. Ahora solo queda esperar y ver si el método funciona. 3 de noviembre de 1925.
Éxito. Teresa enfermó exactamente como lo había previsto y falleció ayer. Padre cree que fue alguna infección tropical, pero yo sé la verdad. Mis pigmentos actúan como conductores entre mi voluntad y el destino. El veneno no está en los modelos, está en los retratos. mismos. Al contemplarlos, las víctimas inhalas microscópicas que se liberan lentamente.
Es un proceso fascinante, casi hermoso en su precisión. Las entradas continuaban detallando cada experimento de Carmen. Manuel sintió náuseas al leer como la joven describía fríamente los síntomas que presentaban sus víctimas, ajustando sus fórmulas para conseguir exactamente los efectos deseados. Pero lo más perturbador fue la última entrada. 28 de diciembre de 1925.
Madre encontró el retrato que le hice. Se ha vuelto histérica, amenaza con contarle todo a padre. No puedo permitirlo. Mi trabajo es demasiado importante. Esta noche le mostraré a Padre mi obra maestra, su propio retrato. El suyo tiene una mezcla especial de acón y arsénico, más potente que cualquiera anterior.
No sobrevivirá para ver la fecha que he fijado. Si algo me sucede, mis retratos permanecerán. He impregnado las vigas del techo con mis pigmentos especiales. Con el tiempo se filtrarán, liberando lentamente su esencia. Incluso después de mi muerte, mi arte seguirá creando destinos. El diario terminaba abruptamente.
Manuel supuso que esa noche fue cuando Joaquín confrontó a su hija descubriendo la terrible verdad. la había matado en un arranque de ira o simplemente la había encerrado en algún lugar para proteger a la comunidad. Una idea perturbadora cruzó su mente. Quizás Carmen seguía viva, oculta en algún rincón de la casa, continuando con sus macabros experimentos.
Eso explicaría su retrato recién pintado. Sin embargo, algo en esa teoría no encajaba. Si Carmen había continuado con sus experimentos durante todos estos años, ¿por qué no habían muerto más personas en San Cristóbal? Y si había muerto aquella noche de 1925, ¿quién había pintado su retrato? Manuel regresó al compartimento secreto y encontró más documentos, recibos de compra de químicos, correspondencia con proveedores europeos de pigmentos raros y un mapa detallado de la casa con anotaciones sobre corrientes de aire y sistemas de ventilación. Carmen había
convertido la casa entera en una cámara de gas lenta y sutil, diseñada para dispersar los químicos tóxicos de sus pinturas. Entre los papeles había también un sobre amarillento dirigido a Joaquín Argüello. La carta en su interior, fechada en febrero de 1926, era de un médico de Ciudad de México. Estimado don Joaquín, tras examinar las muestras que me envió, puedo confirmar sus sospechas.
Los pigmentos contienen compuestos altamente tóxicos que al descomponerse liberan vapores perjudiciales. La exposición prolongada puede causar los síntomas que describe, fiebre, alucinaciones y eventualmente parálisis. Le recomiendo destruir todas las obras y ventilar completamente la propiedad. En cuanto a su hija, su condición parece ser un caso extremo de lo que llamamos paranoia tóxica, probablemente causada por la exposición constante a estas sustancias durante su formación en Europa.
El tratamiento que propongo es El resto de la carta había sido arrancado. Manuel se preguntó si Joaquín habría seguido las recomendaciones del médico. habría intentado destruir las obras de Carmen o simplemente las había ocultado en el desván, como sugería el testimonio del carpintero. La trampilla en el techo del estudio llamó nuevamente su atención.
Manuel acercó una silla y, subiéndose a ella empujó la pequeña puerta de madera. Estaba cerrada desde el otro lado. Frustrado, buscó algo para forzarla. En un rincón encontró una vieja palanca. probablemente utilizada por Carmen para tensar sus lienzos. Con esfuerzo logró abrir la trampilla. Una nube de polvo cayó sobre él haciéndolo tooser.
Cuando el aire se aclaró, Manuel se impulsó hacia arriba y asomó la cabeza al desván. La luz de la luna que entraba por pequeñas clarabollas revelaba un espacio amplio y bajo, lleno de objetos cubiertos con sábanas. El olor a humedad y productos químicos era abrumador. Manuel subió completamente y, utilizando su lámpara, comenzó a explorar.
Lo que descubrió lo dejó helado. Docenas de retratos apoyados contra las paredes, apilados en grupos, algunos enmarcados y otros simples lienzos. Todos mostraban rostros de personas con la misma expresión inquietante que había notado en las obras de Carmen. Y todos tenían fechas y la palabra partida escrita en ellos. Pero lo más perturbador no fueron los retratos en sí, sino lo que Manuel encontró al fondo del desván.
Una cama estrecha, un lavamanos, algunos libros y útiles de pintura. Alguien había estado viviendo allí. Sobre la cama había un bulto cubierto con una sábana. Manuel se acercó lentamente, temiendo lo que podría encontrar. Con mano temblorosa retiró la tela. No era un cuerpo como había temido, sino un maniquí de tamaño natural vestido con ropas femeninas anticuadas.
Su rostro, pintado con detalle casi grotesco, imitaba las facciones que Manuel había visto en el autorretrato de Carmen. Junto al maniquí había un espejo de mano y varios frascos de maquillaje. Ella sigue aquí, pensó Manuel con horror. De alguna manera sigue aquí. Un ruido a sus espaldas lo hizo girarse bruscamente.
En la entrada del desván, recortada contra la luz que venía del estudio inferior, estaba Concepción. Su expresión era ilegible en la penumbra. “No debería estar aquí, maestro”, dijo con voz monótona. “Este lugar está prohibido. ¿Quién ha estado viviendo aquí, Concepción?”, preguntó Manuel señalando la cama y el maniquí. “¿Ha sido usted? ¿Ha estado pintando los retratos? Continuando el trabajo de Carmen, la anciana dio un paso adelante.
La luz de la lámpara de Manuel iluminó parcialmente su rostro, revelando una sonrisa extraña, casi infantil, que nunca había visto en ella. Yo no pinto”, respondió con una voz ligeramente diferente, más suave, más joven. “Nunca tuve talento para eso. Solo cuido sus obras, mantengo vivo su legado.” ¿El legado de quién? De Carmen.
Manuel retrocedió instintivamente. Concepción avanzó otro paso. Carmen comprendía el arte como nadie en esta ciudad provinciana. entendía que el verdadero artista no solo crea belleza, sino que da forma al destino. Me lo enseñó todo. Usted no era solo la sirvienta, comprendió Manuel. Era su cómplice, su discípula, corrigió Concepción.
Y por un momento su postura cambió, enderezándose como si fuera más joven. Yo le conseguía los materiales, le preparaba los pigmentos, le ayudaba a seleccionar a los modelos. A cambio, ella me enseñaba. Me prometió que un día yo también podría crear destinos. Pero Carmen murió, dijo Manuel intentando entender.
Joaquín la mató, ¿verdad? Concepción soltó una risa breve y aguda. Don Joaquín era débil. Cuando descubrió lo que hacíamos, intentó detenernos, pero la señorita Carmen ya había preparado su retrato. Lo colocamos en su habitación mientras dormía. inhaló los químicos durante toda la noche.
Por la mañana estaba demasiado delirante para representar una amenaza. Bastó un pequeño empujón en las escaleras para que pareciera un accidente. Y Carmen, los rumores en el pueblo. A veces las mejores obras de arte requieren el mayor de los sacrificios respondió Concepción enigmáticamente. La señorita Carmen comprendió que su cuerpo era frágil.
Pero su arte podía ser eterno. Manuel miró nuevamente el maniquí sobre la cama, la grotesca imitación de Carmen y una terrible sospecha comenzó a formarse en su mente. Ella se suicidó, murmuró. Se envenenó con sus propios pigmentos. Prefiero llamarlo trascendencia, corrigió Concepción. se liberó de su forma física para convertirse en arte puro.
Sus pigmentos especiales, mezclados con su propia sangre, impregnaron cada viga, cada tabla de esta casa. Cada vez que llueve, la humedad libera partículas. Cada vez que hace calor, el aire las dispersa. Carmen está en todas partes, pero los retratos, Manuel señaló el suyo propio, visible entre los demás. Si Carmen murió, ¿quién los pinta? Los ojos de Concepción brillaron con una luz febril.
Yo no pinto, repitió. Solo preparo los lienzos, mezclo los pigmentos según sus fórmulas. Es ella quien guía mi mano. A veces, cuando la luna está en la posición correcta y los químicos se han concentrado lo suficiente, puedo verla. Me susurra al oído los nombres de quienes deben partir. Manuel comprendió finalmente la horrible verdad.
Concepción expuesta durante años a los químicos tóxicos de Carmen, había desarrollado la misma paranoia tóxica mencionada en la carta del médico. En su mente enferma, creía que el espíritu de Carmen la poseía para continuar con sus macabros experimentos. Los carpinteros, recordó Manuel, Rosendo mencionó que había problemas con el techo.
Fue usted quien los llamó. Cada 10 años hay que renovar los pigmentos, explicó Concepción. Los químicos se degradan, pierden potencia. Los carpinteros abren el techo, yo aplico las nuevas mezclas y luego se sella todo nuevamente. Esta vez tuve que llamarlos antes porque usted llegó. Necesitábamos preparar la casa para un nuevo huésped para mí, comprendió Manuel.
Mi retrato tiene fecha de dentro de tres días. Concepción asintió como una maestra complacida con la deducción de su alumno. No siempre funciona a la primera. A veces hay que reforzar el efecto. Por eso he estado mezclando pequeñas dosis de Belladona en su café cada mañana. No ha notado los mareos, las alucinaciones nocturnas.
Manuel recordó los pasos que creía oír en la noche. Las sombras que se movían en los rincones. no eran producto de su imaginación, sino de un envenenamiento lento y deliberado. ¿Por qué?, preguntó. ¿Por qué yo? Concepción se acercó más hasta que su rostro quedó completamente iluminado por la lámpara.
Sus pupilas estaban tan dilatadas que sus ojos parecían completamente negros. “Porque la casa lo eligió.” Susurró, “Porque Carmen necesita compañía. Y porque usted como educador comprenderá el valor del conocimiento que hemos acumulado. Podría unirse a nosotras, maestro Ordóñez. Podría trascender como lo hizo Carmen. Manuel sabía que estaba frente a una mente profundamente perturbada.
El aire del desván cargado de químicos tóxicos comenzaba a afectarle. También sentía la cabeza ligera y un zumbido persistente en los oídos. Necesito tiempo”, dijo intentando ganar distancia para comprender todo esto, para prepararme adecuadamente. Los ojos de Concepción se entrecerraron con sospecha. No hay tiempo que perder, maestro.
Su fecha está fijada. Tres días, ni uno más ni uno menos. Manuel dio paso atrás y sintió que su pie tropezaba con algo. Al bajar la mirada vio un retrato caído. Lo levantó instintivamente y lo que vio lo dejó sin aliento. Era Concepción, con fecha de ese mismo día y la palabra partida.
“Parece que Carmen tiene otros planes”, dijo mostrándole el lienzo. La anciana arrebató el retrato de sus manos. Su expresión cambió del asombro al miedo y luego a una extraña serenidad. “Así que ha llegado mi momento”, murmuró. “Por fin me reuniré con ella.” Antes de que Manuel pudiera reaccionar, Concepción retrocedió rápidamente hacia la trampilla.
Su pie resbaló en el borde y con un grito ahogado cayó por la abertura. El sonido sordo de su cuerpo golpeando el suelo del estudio resonó en el silencio del desván. Los primeros rayos del amanecer encontraron a Manuel sentado en la cocina con una taza de café intacta frente a él. Había pasado la noche más larga de su vida, primero asegurándose de que Concepción realmente había muerto, luego debatiendo consigo mismo sobre qué hacer a continuación.
La opción sensata era informar a las autoridades inmediatamente. Pero, ¿quién creería su historia? una sirvienta obsesionada con su antigua señorita, pigmentos venenosos en el techo, retratos que predecían o causaban muertes. Sonaría como el delirio de un hombre perturbado. Además, como recién llegado y funcionario del gobierno cardenista, ya era visto con recelo por la élite local.
Acusar a una familia prominente como los argüello de múltiples asesinatos no mejoraría su situación. Sin embargo, tampoco podía quedarse en esa casa. Los efectos de los químicos ya se manifestaban en él. mareos, visiones fugaces, una sensación constante de ser observado. Si lo que Concepción había dicho era cierto, tenía solo tres días antes de sucumbir completamente.
Finalmente tomó una decisión. Buscaría a Elena Castellanos como amiga de la familia y persona respetada en la comunidad. Quizás ella podría ayudarlo a navegar esta situación imposible. la encontró en la biblioteca catalogando libros recién llegados. Al verlo, Elena inmediatamente notó su estado. “Maestro Ordóñez, está pálido como un fantasma”, observó guiándolo hacia una silla.
“¿Se encuentra bien?” Manuel le relató lo ocurrido, el estudio de Carmen, el diario, los pigmentos tóxicos, las confesiones de Concepción y finalmente su fatal accidente. Elena escuchó sin interrumpirlo, su expresión volviéndose cada vez más grave. “Dios mío”, murmuró cuando Manuel terminó. “Siempre supe que había algo terriblemente mal en esa casa, pero esto” Se quitó las gafas y se frotó los ojos cansados.
¿Dónde está el cuerpo de Concepción ahora? Lo dejé en el estudio, respondió Manuel. No sabía qué más hacer. Elena permaneció en silencio por un momento, considerando las opciones. No podemos acudir a la policía dijo finalmente. El jefe actual Salgado, era primo de Joaquín Argüello. Cualquier escándalo que involucre a la familia será encubierto inmediatamente y usted, como forastero, podría terminar siendo el chivo expiatorio.
Entonces, ¿qué sugiere?, preguntó Manuel desesperado. Tengo un amigo en la universidad, un químico. Podemos pedirle que analice muestras de los pigmentos. Si confirma la presencia de toxinas, tendremos evidencia concreta para presentar al gobernador directamente, evitando a las autoridades locales. La propuesta tenía sentido. Manuel asintió.
Mientras tanto, continuó Elena, debe salir de esa casa. Los efectos de los químicos empeorarán mientras permanezca allí. No puedo simplemente abandonar mi puesto”, objetó Manuel. “La escuela normal comienza clases en dos semanas. Su salud es más importante que el calendario académico”, insistió Elena. Además, tenemos una forma de explicar su ausencia temporal.
diremos que está realizando visitas a las escuelas rurales del distrito como parte de su preparación para el nuevo año escolar. Nadie cuestionará eso. Acordaron que Manuel se hospedaría en una pequeña posada en las afueras de la ciudad, donde Elena tenía un pariente que no haría preguntas. Esa misma tarde, acompañados por el químico, un hombre delgado y nervioso llamado Augusto Varela, regresaron a la casa para recoger muestras y recuperar el cuerpo de Concepción.
Pero al entrar en el estudio del segundo piso, una sorpresa los aguardaba. El cuerpo había desaparecido. “Estaba aquí”, insistió Manuel señalando el espacio bajo la trampilla. Cayó desde allí arriba. No había forma de que sobreviviera a la caída. Augusto examinó el suelo y las paredes con ojo crítico. Hay marcas de arrastre, observó señalando tenues líneas en el polvo del piso. Alguien movió el cuerpo.
¿Pero quién? Preguntó Elena, visiblemente perturbada. La casa debería estar vacía. Manuel recordó las palabras de Concepción. Carmen está en todas partes. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Quizás no estamos solos”, murmuró Augusto, ajeno a las implicaciones sobrenaturales, continuó su investigación profesional.
Tomó muestras del polvo en las paredes, fragmentos de pintura de los lienzos e incluso astillas de las vigas del techo. También recogió varios de los frascos de químicos para analizarlos. “Esto es extraordinario”, comentó examinando uno de los pigmentos. Nunca había visto una formulación así. Parece que mezclaba compuestos orgánicos con minerales de manera muy sofisticada.
Si no fuera tan letal, sería un avance científico notable. ¿Puede determinar qué efectos tendría la exposición prolongada? Preguntó Manuel. Augusto asintió. A juzgar por los componentes, causaría exactamente los síntomas que describe. Primero alucinaciones, luego fiebre. Finalmente, parálisis progresiva.
Es un veneno elegante en su crueldad, diseñado para actuar lentamente, permitiendo que la víctima experimente cada etapa de su deterioro. ¿Y hay antídoto? La pregunta de Manuel revelaba su preocupación personal. Posiblemente necesitaré analizar todo esto en mi laboratorio. Por ahora, lo mejor es evitar completamente la exposición y usted, maestro Ordóñez, debería someterse a un tratamiento de desintoxicación lo antes posible.
Mientras Augusto continuaba recolectando muestras, Manuel y Elena revisaron el resto de la casa buscando algún indicio del paradero de Concepción. En la habitación de la sirvienta encontraron un pequeño altar con velas negras y la fotografía de Carmen Argüello, confirmando la magnitud de su obsesión.
También descubrieron un diario similar al de Carmen, donde Concepción había registrado meticulosamente cada experimento realizado tras la muerte de su mentora. Las entradas se extendían por años documentando las muertes de docenas de personas. principalmente viajeros y forasteros, cuyas desapariciones no causarían gran conmoción en la comunidad.
La última entrada era del día anterior. El maestro Ordóñez ha comenzado a mostrar los primeros síntomas. Sus pupilas se dilatan cuando bebe el café de la mañana. Anoche lo escuché hablar solo en su habitación. Carmen está complacida con nuestra elección. Dice que su sensibilidad artística lo hace especialmente receptivo a la influencia de los pigmentos.
Pronto estará listo para conocerla personalmente. Manuel cerró el diario perturbado. Elena colocó una mano sobre su hombro en gesto de apoyo. “Debemos quemar todo”, dijo con firmeza. Los retratos, los diarios, los químicos, todo es la única manera de asegurarnos de que esta locura termine. Pero la evidencia, comenzó Manuel, las muestras que Augusto ha tomado serán suficientes. Lo interrumpió Elena.
No podemos arriesgarnos a que estos objetos sigan contaminando a otras personas. Además, añadió bajando la voz, hay que considerar a las familias de las víctimas. ¿Qué consuelo les traería saber que sus seres queridos murieron por los delirios de una artista trastornada y su sirvienta obsesionada? Manuel debía admitir que Elena tenía razón.
Revelar toda la verdad causaría más dolor que justicia. Asintió lentamente. Esperemos a que Augusto termine su recolección. Luego esta noche volveremos con Keroseno. Mientras salían de la casa, Manuel notó algo que había pasado por alto en su estado de agitación. En la sala principal, sobre la chimenea, había un retrato nuevo.
Mostraba a Elena Castellanos con una expresión serena. Debajo la fecha, 13 de julio de 1938, el día siguiente y la inevitable palabra partida. Sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Debía mencionarlo, advertirle, o eso solo precipitaría el cumplimiento de la macabra profecía. Antes de que pudiera decidir, Elena habló.
Veo que ha notado el retrato dijo con voz tranquila. Apareció hace tres días. Concepción me lo mostró ayer. Lo sabía. Manuel estaba atónito. ¿Por qué no dijo nada? Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Elena. Porque conozco esta historia mejor que nadie, maestro Ordóñez. He investigado los argüello durante 20 años. Vi morir a mi amiga Beatriz.
Vi como esta casa destruyó a todos los que la habitaron. se detuvo frente a la puerta principal, mirando hacia atrás una última vez. Algunos destinos son inevitables, continuó. Lo importante es cómo decidimos enfrentarlos. Yo he elegido ayudarlo a usted y a detener esta locura, incluso sabiendo lo que me espera.
Pero si sabe que el retrato predice su muerte, podemos evitarlo insistió Manuel. Podemos irnos de San Cristóbal hoy mismo Elena negó con la cabeza. No funciona así. Los que intentaron escapar sufrieron muertes aún más terribles. Al menos si me quedo, puedo elegir cómo pasar mis últimas horas. Tomó las manos de Manuel entre las suyas.
Prométame que pase lo que pase mañana completará nuestra misión. queme todo. Libere a esta casa y a esta ciudad de la maldición de Carmen Argüello. Manuel quería protestar, buscar alternativas, pero la serenidad en los ojos de Elena lo detuvo. Había aceptado su destino con una dignidad que lo conmovió profundamente. “Lo prometo”, dijo finalmente.
Esa noche Manuel no pudo dormir en la pequeña habitación de la posada. Las palabras de Elena resonaban en su mente, mezclándose con fragmentos del diario de Carmen y las confesiones de Concepción. Todo parecía formar parte de un elaborado diseño, como si cada evento hubiera sido cuidadosamente planificado por una mente retorcida pero brillante.
A la mañana siguiente, cuando se disponía a visitar a Augusto para conocer los resultados preliminares de sus análisis, recibió la noticia. Elena Castellanos había fallecido durante la noche, aparentemente un ataque cardíaco mientras dormía. Rápido, indoloro, misericordioso. Manuel asistió al velorio esa misma tarde.
Todo San Cristóbal parecía estar presente para despedir a la respetada bibliotecaria. Entre la multitud buscó instintivamente a Concepción, pero no había rastro de la anciana. Después de la ceremonia se reunió con Augusto en su laboratorio. El químico estaba visiblemente excitado por sus descubrimientos. Es extraordinario, repitió mostrándole a Manuel sus notas.
Los pigmentos contienen una mezcla de compuestos orgánicos e inorgánicos que al combinarse crean un agente neurotóxico de acción lenta. Pero lo más fascinante es esto, señaló un diagrama. La fórmula está diseñada para que el veneno se libere gradualmente en el aire, especialmente cuando hay cambios de temperatura o humedad, como cuando llueve o hace calor.
Murmuró Manuel recordando las palabras de Concepción. Exactamente. Además encontré trazas de sangre humana mezclada con los pigmentos. Según la literatura ocultista, esto se hacía para crear un vínculo entre el artista y su obra. Augusto hizo una pausa. También analicé muestras de su sangre, maestro Ordóñez. Hay residuos tóxicos, pero no en niveles letales.
Con el tratamiento adecuado, se recuperará completamente. Manuel sintió un profundo alivio, pero su determinación no disminuyó. Esta noche, dijo, cumpliremos la promesa que le hice a Elena. Esperaron hasta pasada la medianoche. La luna llena iluminaba las calles desiertas de San Cristóbal cuando Manuel y Augusto se dirigieron a la casa de los argüellos cargando latas de queroseno y fósforos.
El plan era simple, rociar los retratos diarios y cualquier objeto contaminado y luego prenderles fuego para evitar que el incendio se propagara al resto de la ciudad. Utilizarían agua y tierra para contener las llamas una vez que los objetos malditos hubieran sido destruidos. La casa parecía esperarlos, su fachada blanca brillando fantasmalmente bajo la luz lunar.
Manuel utilizó su llave para abrir la puerta principal que se dio con un chirrido ominoso. El interior estaba sumido en sombras, pero ambos hombres conocían el camino hacia el segundo piso. Al llegar al estudio de Carmen, una visión los dejó paralizados. En el centro de la habitación, iluminada por velas dispuestas en círculo, estaba Concepción o lo que quedaba de ella.
Su cuerpo, quebrado por la caída, había sido colocado en una postura antinatural, como una marioneta rota. Sus ojos, abiertos e inyectados en sangre parecían mirar directamente a Manuel, pero lo más horroroso era lo que sostenía entre sus manos rígidas. Un retrato recién pintado aún húmedo, mostraba a Manuel y Augusto juntos con la fecha de ese mismo día y la inevitable palabra partida.
Augusto retrocedió dejando caer la lata de queroseno. Esto es demencial, murmuró. Ella está muerta. ¿Quién pintó esto? ¿Quién la colocó así? Manuel, a pesar del terror que sentía, avanzó hacia el macabro altar. Junto al cuerpo de Concepción había una nota escrita con caligrafía temblorosa. La discípula ha fallado, pero la maestra nunca abandona su obra.
Los he estado esperando, maestro Ordóñez. A usted y a su amigo científico. Sus retratos son mis obras finales. Con ustedes el círculo se completa. La firma al pie era simplemente C. Tenemos que salir de aquí, urgió Augusto tirando del brazo de Manuel ahora mismo. Pero Manuel permaneció inmóvil observando el retrato. Algo no encajaba.
Si los retratos predecían o causaban la muerte, ¿por qué mostrara ambos juntos? Las víctimas anteriores siempre habían tenido retratos individuales, fechas específicas para cada una, a menos que no es un retrato de muerte”, murmuró comprendiendo finalmente. Es un retrato de transformación. En ese momento, las velas se apagaron simultáneamente, sumiendo la habitación en la oscuridad.
Manuel sintió un soplo de aire frío en su nuca, como si alguien respirara justo detrás de él. Cuando intentó girarse, descubrió que sus músculos no respondían. Augusto gritó, un sonido que se cortó abruptamente. Manuel escuchó el golpe sordo de un cuerpo cayendo al suelo. Quiso llamarlo, pero su voz también lo había abandonado. Una luz tenue comenzó a emanar de los retratos apilados contra las paredes.
Los rostros pintados parecían moverse, susurrar, observarlo. Y entre ellos, destacándose con claridad sobrenatural, estaba el autorretrato de Carmen Argüello. Sus ojos, pintados con un detalle increíble, parecieron parpadear. Sus labios se curvaron en una sonrisa que no había estado allí antes. Por fin lo comprende.
Dijo una voz que pareció surgir de todas partes y de ninguna. El verdadero arte trasciende la vida y la muerte. No predice el destino, lo crea. Manuel sintió que algo o alguien se movía a través de él como una corriente fría que penetraba cada célula de su cuerpo. Su visión se nubló, reemplazada por imágenes fragmentadas. París en 1922, estudios de arte, laboratorios clandestinos donde alquimistas modernos experimentaban con sustancias prohibidas.
el regreso a San Cristóbal, el rechazo, la humillación y luego los retratos, docenas de ellos, cada uno sellando un destino, cada uno alimentando una obsesión que trascendía la cordura. Los recuerdos de Carmen Argüello se fusionaban con los suyos propios, borrando los límites entre ambos. Manuel comprendió con una claridad que iba más allá del terror lo que estaba sucediendo.
Carmen había encontrado una forma de transferir su conciencia, su esencia a través de sus obras. Primero había sido Concepción, la discípula fiel pero limitada. Ahora buscaba un recipiente más adecuado, alguien con sensibilidad artística, con educación, con potencial para llevar su arte a niveles superiores. Juntos crearemos obras maestras, susurró la voz.
sus conocimientos pedagógicos combinados con mi visión artística, imagínelo, generaciones enteras moldeadas según nuestro diseño. Manuel luchó internamente contra la invasión. Recordó a Elena su sacrificio, su valentía. Recordó su promesa. Con un esfuerzo sobrehumano, logró mover su mano hacia el bolsillo de su chaqueta, donde había guardado una caja de fósforos. Es inútil. resistirse.
Continuó la voz. Los químicos ya han preparado su mente. Pronto seremos uno solo. Manuel sacó un fósforo y con dedos temblorosos lo encendió. La pequeña llama iluminó brevemente la habitación, revelando a Augusto inconsciente en el suelo y la figura grotesca de Concepción en su altar improvisado.
¿Qué cree que está haciendo?, preguntó la voz ahora con un matiz de alarma. Lo que prometí, respondió Manuel utilizando las últimas reservas de su voluntad. Dejó caer el fósforo sobre la lata de queroseno derramada. El líquido inflamable se encendió instantáneamente, creando un río de fuego que se extendió por el suelo del estudio, alcanzando rápidamente los retratos apilados.
Un grito inhumano resonó en la habitación, un sonido que parecía provenir tanto del interior de Manuel como del aire que lo rodeaba. Sintió que la presencia invasora se retorcía dentro de él, luchando por mantener su control. Las llamas crecieron, devorando lienzos, pigmentos diarios. El calor era abrasador, pero Manuel permaneció inmóvil, observando como el fuego purificador consumía el legado maldito de Carmen Argüello.
No! Gritó la voz cada vez más débil. Mi obra, mi inmortalidad. Manuel reunió fuerzas para arrastrar a Augusto hacia la salida. Mientras descendían por las escaleras, escucharon crujidos y explosiones provenientes del estudio. Los químicos tóxicos alimentaban el fuego creando llamaradas de colores extraños y humo negro que se arremolinaba en patrones imposibles.
Ya en la calle, Manuel observó como las llamas devoraban el segundo piso de la casa. vecinos alarmados comenzaban a salir de sus hogares señalando el incendio. Pronto llegarían ayuda y explicaciones que tendrían que inventarse. Pero por ahora, mientras el fuego purificador reducía a cenizas décadas de horror, Manuel sintió que la presencia invasora se desvanecía de su mente, llevándose consigo los susurros, las visiones, la influencia tóxica.
Se acabó”, pensó. Por fin se acabó. Tres meses después, la casa de los Argüello era solo un recuerdo ennegrecido en el paisaje de San Cristóbal. Las autoridades habían atribuido el incendio a un accidente con lámparas de aceite y el descubrimiento del cuerpo de Concepción había sido explicado como una tragedia.
La anciana sirvienta desorientada por el humo, había caído por las escaleras mientras intentaba escapar. Manuel había presentado su renuncia al Ministerio de Educación citando problemas de salud. El tratamiento prescrito por Augusto había eliminado gradualmente los residuos tóxicos de su organismo y las alucinaciones habían cesado por completo.
Se había mudado a Veracruz, donde el aire marino y la distancia le ayudaban a olvidar los horrores vividos. Sin embargo, algunas noches, mientras contemplaba el océano desde su pequeña casa en la costa, sentía un impulso inexplicable de tomar un lápiz y dibujar rostros, rostros con expresiones inquietantes y ojos que parecían contener secretos terribles.
Nunca cedía a ese impulso. Pero los sueños persistían. Sueños donde una voz le susurraba técnicas para mezclar pigmentos con sustancias que alterarían la percepción. Sueños donde veía destinos plasmados en trazos de carboncillo, sueños donde el arte trascendía la vida y la muerte. Y en esos momentos, en la frontera entre la vigilia y el sueño, se preguntaba si realmente había logrado destruir el legado de Carmen Argüello o si parte de ella había sobrevivido, refugiada en los rincones más oscuros de su mente, esperando pacientemente el momento
adecuado para emerger nuevamente. Porque el verdadero arte, como había dicho la voz, no predice el destino, lo crea.
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