El sol del desierto de Durango cae como plomo derretido sobre la tierra seca.

Estamos en el año de 1914, cuando México ardía en revoluciones y la

sangre de los hombres manchaba el polvo como vino derramado en cantina de mala muerte. Pero hay sangre que clama

justicia desde la tierra, compadre, y hay crímenes tan negros que ni el infierno tiene jaula suficiente para

encerrar a los culpables. Esta es la historia de don Baltazar y Turriaga Mendoza, ascendado de Durango, hombre de

52 años, gordo como cerdo de engorda, con bigote de morza teñido de negro para

esconder las canas de su cobardía. Un hombre que vestía traje inglés importado

mientras sus peones morían de hambre. Un hombre que fumaba puros cubanos mientras

los niños de su hacienda pedían tortillas secas. Un hombre que se hacía llamar benefactor del pueblo, mientras

escondía un secreto tan podrido que hasta los zopilotes del desierto habrían vomitado de asco. Y Turriaga tenía ojos

de pescado muerto, pequeños y hundidos en la grasa de su cara hinchada. Manos

gordas llenas de anillos de oro robado y una sonrisa que parecía raja de cuchillo

en sandía podrida. Pero lo peor, compadre, lo que hacía de este hijo de

la chingada un monstruo que merecía arder en vida, era lo que escondía en los establos de su hacienda, una jaula

de hierro. No una jaula para animales, no. Una jaula para mujeres, para

soldaderas, para las valientes que seguían a sus hombres revolucionarios.

Las que cargaban parque en las faldas, las que curaban heridos bajo el fuego federal, las que cantaban corridos junto

a la fogata, mientras sus hombres preparaban la siguiente batalla. Y Turriaga las cazaba como coyote casa

conejos en la noche. Las encerraba, las exhibía como trofeos ante coroneles

federales borrachos que llegaban a su hacienda buscando entretenimiento.

Y esta, compadre, es la leyenda de como Pancho Villa y Rodolfo Fierro cobraron

esa deuda con sangre, plomo y justicia del desierto. Porque en el norte de

México la justicia no llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a caballo

y con Mauser en la mano. Antes de continuar con esta historia que te va a helar la sangre y calentar el corazón,

necesito pedirte tres cosas, compadre. Dale like a este video si quieres que sigamos rescatando estas leyendas que la

historia oficial quiere olvidar. Suscríbete al canal porque cada semana

traemos la verdad de los hombres de honor que hicieron temblar a los tiranos. Y comenta desde qué ciudad nos

estás viendo, porque necesito saber dónde están los hombres y mujeres que todavía valoran la justicia verdadera.

Órale, ya sabes, like, suscríbete y comenta tu ciudad. Ahora sí, vamos a la

historia. dicen en Durango y lo dicen los viejos que estuvieron ahí, que

todavía se escuchan los gritos de Iturriaga cuando el viento sopla caliente desde el desierto, que su alma

sigue encerrada en aquella jaula de hierro que él mismo construyó para su maldad, que pagó cada gota de sangre que

derramó con su propia sangre bajo el sol inclemente. Pero para entender cómo un

hombre termina encerrado en su propia trampa, desnudo como gusano ante el pueblo entero, tienes que conocer

primero la maldad que cometió. Tienes que saber por qué Villa cabalgó 200 km

sin parar cuando escuchó lo que Iturriaga hacía en aquella hacienda.

Tienes que sentir la furia fría de Rodolfo Fierro cuando descubrió que su prima, una muchacha de apenas 19 años,

estaba entre las 12 mujeres encerradas en aquella jaula Esta historia

empieza, como todas las leyendas verdaderas, con una injusticia que clama

venganza desde la tierra seca, con un grito de mujer que atraviesa la noche

del desierto, con sangre que mancha el polvo y lágrimas que el viento no puede

secar. El año es 1914. La revolución arde en todo México. Villa

controla el norte con mano de hierro y corazón de justicia. Los federales huyen

como ratas cuando escuchan que vienen los dorados. Los hacendados tiemblan en

sus casas grandes, sabiendo que la tierra que robaron será devuelta a quien la trabaja. Pero hay maldades que no se

ven a simple vista, compadre. Hay crímenes que se esconden detrás de muros

altos y puertas con candado. Hay secretos que solo la luna del desierto

conoce. Cuando la noche cubre los gritos y el silencio se hace cómplice, la

hacienda de San Bartolomé, propiedad de Baltazar y Turriaga, se alzaba como

fortaleza de piedra a 40 km de la ciudad de Durango, rodeada de campos secos

donde los peones trabajaban de sol a sol por unas monedas miserables,

protegida por federales que Iturriaga mantenía borrachos y bien pagados. Y en

el centro de todo, escondida entre los establos donde los caballos relinchaban

inquietos, estaba la jaula, 3 m de largo, 2 de ancho, 1 met y medio de

alto. Rotes de hierro soldados con maestría de herrero maldito, sin techo,

expuesta al sol del día y al frío de la noche, con piso de tierra que se convertía en lodo cuando las mujeres

lloraban o sangraban, con cadenas cortas que apenas permitían moverse,

encadenadas de los tobillos a los barrotes como perros rabiosos. Y dentro de esa jaula, en este momento de nuestra

historia, hay 12 soldaderas, 12 mujeres que fueron esposas, hermanas, primas,

hijas de revolucionarios, mujeres que seguían a sus hombres porque la revolución era de todos, no solo de

los que disparaban. Mujeres valientes que sabían cargar un mauser igual que

tortear en un comal caliente. Mujeres que cantaban la adelita mientras

limpiaban las armas de sus hombres. y Turriaga las cazaba de noche, usando a sus federales como perros de caza.

Cuando los revolucionarios peleaban en algún pueblo cercano, él enviaba patrullas que secuestraban a las

soldaderas del campamento, las traían amarradas como ganado, las encerraban en

la jaula y ahí comenzaba el infierno. Porque este cerdo con traje inglés, este

monstruo con anillos de oro, organizaba fiestas para coroneles federales de alto