Introducción: La noche del agua helada

La noche del 23 de diciembre de 2022 caía pesada sobre la colonia Doctores,
Ciudad de México. El frío cortaba la piel de los pocos que transitaban las
calles iluminadas apenas por luces navideñas colgando de cables
deteriorados. En la entrada de un edificio de departamentos grises y desconchados, un
hombre de 37 años sostenía a su hijo de seis en brazos, ambos temblando bajo la
única chamarra que compartían. Rafael Domínguez y el pequeño Santiago llevaban
tres días durmiendo en ese portal desde que el casero los corrió por deber 4
meses de renta. Los ojos de Santiago, rojos de tanto llorar, miraban fijamente
la bolsa de plástico, donde guardaban dos panes dulces y una botella de agua a
medio llenar. Era todo lo que tenían para pasar la nochebuena. Desde el segundo piso del
edificio, Ernesto Velázquez observaba desde su ventana, con el rostro
contraído en una mueca de desprecio. 52 años, cabello gris, perfectamente
peinado, reloj de oro en la muñeca que relucía incluso en la penumbra. Ernesto
había construido su vida desde abajo, desde la miseria absoluta, y por eso
odiaba ver a otros en esa condición. le recordaba demasiado a lo que él mismo
había sido 30 años atrás, un niño hambriento en las calles de Nesa,
comiendo basura, durmiendo bajo puentes. Esas memorias lo perseguían cada noche
y, en lugar de generar compasión, habían sembrado en él un resentimiento profundo
hacia quienes, según su perspectiva, no luchaban lo suficiente.
Había trabajado 18 horas diarias durante dos décadas para comprar ese
departamento para nunca más ser ese niño débil. Y ahora, cada vez que veía a
Rafael y Santiago en su portal, algo dentro de él se retorcía de furia. Se
había quejado con el administrador cinco veces en tres días. Nadie hacía nada.
Los indigentes seguían ahí ensuciando su edificio, arruinando la imagen del
lugar. Esa noche de diciembre, mientras servía su cena de recalentado en un
plato de porcelana fina, algo en su interior se quebró. Tomó la cubeta de metal que usaba para
lavar los pisos, la llenó con agua del grifo que salía helada como hielo
líquido, agregó más hielos de su refrigerador y caminó hacia la ventana
con pasos pesados que hacían crujir el piso de madera. Rafael acababa de
acomodar a Santiago contra la pared, cubriéndolo lo mejor que podía con el cartón que habían encontrado esa tarde.
El niño tosía con un sonido húmedo que le destrozaba el alma a su padre.
No tenían dinero para médicos, no tenían dinero para nada. Rafael había
perdido su trabajo como ayudante de carpintería seis meses atrás, cuando la
constructora quebró y dejó a 20 familias en la calle sin pagar salarios
atrasados. Buscó empleo durante 4 meses tocando puertas, llenando solicitudes,
pero con 40 años sin educación formal completa y en un país donde sobran las
manos desesperadas, nadie lo contrataba. La mamá de Santiago los había abandonado
cuando el niño tenía dos años. Nunca más supieron de ella. Ahora solo estaban
ellos dos contra un mundo que parecía cerrarles todas las puertas. Rafael se arrodilló junto a su hijo y le acarició
el cabello húmedo por el sudor de la fiebre que había comenzado a subir desde la tarde. Santiago abrió los ojos
cansados y susurró con voz rasposa que apenas se escuchaba por el ruido de los
coches en la avenida cercana. Papá, ¿mañana va a venir Santa Claus? Rafael
sintió como algo se rompía dentro de su pecho. Las lágrimas luchaban por salir,
pero las contuvo. Porque si él se quebraba, ¿qué le quedaba a su hijo?
Forzó una sonrisa que dolió más que cualquier golpe que la vida le había dado. Claro que sí, campeón. Santa
encuentra a los niños buenos y tú eres el más bueno de todos.
Pero no tenemos casa. ¿Cómo vas a ver dónde estamos? Santa lo sabe todo, hijo. Él sabe
exactamente dónde estás. Ahora cierra tus ojitos y descansa. Mañana será un
día mejor. Te lo prometo. Santiago cerró los ojos con la confianza absoluta que
solo los niños pequeños poseen. Esa fe inquebrantable en las palabras de sus
padres, incluso cuando todo el mundo se está derrumbando alrededor.
Rafael lo besó en la frente ardiente y se sentó a su lado mirando la calle
vacía, donde algunas familias caminaban cargadas de bolsas con regalos hacia sus
hogares cálidos. El olor a ponche de frutas y tamales llegaba desde alguna ventana abierta,
mezclándose con el aroma a gasolina quemada y basura acumulada en la esquina.
Era un contraste brutal que le recordaba segundo a segundo todo lo que no podía
darle a su hijo. Cerró los ojos y por primera vez en semanas oró.
No era un hombre especialmente religioso. Había ido a misa de niño porque su abuela lo obligaba, pero
después de que ella murió, cuando él tenía 12 años, dejó de creer en un Dios que permitía tanto sufrimiento.
Pero esa noche, con su hijo enfermo temblando a su lado y sin una sola moneda en los bolsillos, no le quedaba
nada más que intentar. Dios, si existes, sé que no he sido el mejor hombre. Sé
que tal vez no merezco nada, pero mi hijo, mi Santiago no tiene la culpa de
nada. Él es inocente. Por favor, dame una señal, una oportunidad, lo que sea.
No dejes que se enferme más. No dejes que pase hambre. Si tienes que castigar a alguien, castígame a mí, pero a él no.
Por favor, por favor. Su voz se quebró en un soyo, que intentó ahogar
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