Esto parece ropa de la capital”, decían. Amaña tenía todo el éxito en la aldea,

pero nadie sabía de dónde venían aquellas prendas. Ni los nombres bordados escondidos en los dobladillos,

ni los crucifijos en las cajas, ni los vestidos idénticos a los de los difuntos.

“Amaña, estas ropas tan bonitas y baratas, ¿de dónde son?”

Ella sonrió. Nada se pierde, todo se transforma. Pero cuando el hijo de doña Kemy entró al

fondo del bazar, lo que vio allí dentro hizo temblar hasta los vivos. Y la aldea

descubrió, hay historias que no se visten, se revelan.

[Música] En la aldea de Enzinga, donde el barro era más constante que el sol y los sapos

cantaban antes de que cayera la lluvia. Todos conocían un nombre que despertaba admiración y suspiros, Amaña. Decían que

ella era la dama del algodón dorado. Y no era exageración. Cada vez que

aparecía en el mercado, sus vestidos ondeaban como si el viento también estuviera enamorado de ella. Amaña tenía

una forma única de caminar, una postura erguida, una sonrisa contenida que escondía secretos que ni siquiera el

tiempo se atrevía a cuestionar. Era una viuda joven de un hombre que nadie conocía muy bien. Algunos decían que era

extranjero, otros juraban que era rico y unos pocos afirmaban que nunca existió.

Pero nadie se atrevía a preguntar. Ella era respetada, casi temida. Lo que más

llamaba la atención, además de su belleza clásica y su mirada misteriosa, era su tienda de segunda mano. No era

una simple tiendita de ropa usada, era una especie de santuario de la elegancia. Prendas finísimas con cortes

modernos, vestidos largos de caída impecable, trajes bien alineados, zapatos casi nuevos que parecían no

haber tocado nunca el polvo. “Tiene buen gusto”, decían las mujeres con brillo en los ojos, ajustando sus pañuelos frente

al espejo polvoriento de la tienda. “Esto parece ropa de la capital”, murmuraban las visitantes de otras

aldeas, palpando las telas como quien examina joyas raras. El ropero de amaña

quedaba en el centro del pueblo, en una casa de madera remodelada, pintada de azul claro con ventanas blancas. Siempre

olía a clavo con jabón de coco y sonaban canciones antiguas en una radio vieja.

Cuando el timbre de la puerta sonaba, Amaña aparecía como una pintura enmarcada, siempre con una ropa

diferente, como si la tienda fuera su propio armario personal. Nunca decía de

dónde venían las prendas, solo sonreía con un leve encogimiento de hombros.

“Ah, son regalos de la vida.” Nadie insistía. Tal vez por respeto, tal vez

por miedo a perder la oportunidad de vestir un abrigo bordado como aquel que ella colgaba con tanto cuidado en el

perchero central de la tienda. Las filas empezaban antes de que saliera el sol.

En los días de bazar, el movimiento era tan intenso que la aldea parecía un sitio turístico. Gente llegando en

carreta, a pie, en bicicleta, todo por la oportunidad de salir vestida con algo

de amaña. Un día, una mujer de la aldea vecina encontró un vestido de seda color

vino, lo ajustó a la cintura con un cinturón marrón y salió girando frente al espejo. Dijo que pagaría lo que

fuera. Amaña solo sonrió, bajó la cabeza y dijo, “Que encuentre un nuevo destino

en tu cuerpo.” Sonaba poético, pero también curioso. La fama de la tienda

solo crecía. Lo que también crecía en silencio era la curiosidad. Un día,

Bana, la costurera del pueblo, entró al ropero para comprar un abrigo de lana.

Era experta, detallista y le encantaba revisar costuras ajenas para entender

los puntos. Al probarse el abrigo, sintió algo extraño en la costura del puño. Cuando volvió a casa, lo volteó al

revés, tomó las tijeras y con cuidado abrió una pequeña puntada. Allí, entre

las costuras, un nombre bordado a mano, MKW, frunció el ceño. Esas iniciales no

le decían nada, pero era raro. Las prendas de segunda mano suelen tener

etiquetas, detalla, marca, procedencia. Pero en las de Amaña casi todas las

etiquetas estaban arrancadas. Al día siguiente compró otra prenda, una falda

gris muy bien hecha. Al lavarla notó una pequeña mancha oscura en la pretina.

Tomó un cepillo, agua caliente, jabón y no salía. Más extraño aún, había un

número garabateado dentro del dobladillo, como si hubiera sido hecho con marcador. “Qué raro”, dijo en voz

baja. Comenzó a fijarse en todo. Camisas con nombres cosidos a mano, zapatos con

números bajo la plantilla, vestidos con costuras reforzadas en el abdomen como si hubieran sido ajustados para alguien

enfermo. Nada de eso era común en ropa descartada. Ella le comentó a su vecina,

quien respondió, “Ay, deja de ser desconfiada. Esa mujer es elegante nada

más.” Pero Bana no se tranquilizó. Ropa elegante. Sí, pero ¿de dónde salen esas

prendas? Nadie la ha visto comprarlas. No hay repartidor ni costurera. Ella no

cose nada ahí dentro y todo aparece. Listo. La vecina respondió con sarcasmo.

¿Y qué querías? ¿Qué dijera que caba un túnel hasta la capital cada semana?

Ambas rieron, pero no le encontró gracia. Esa noche se acostó sin sueño.

Repasó todas las prendas que había comprado en el ropero. Sacó dos blusas del armario y examinó las costuras. Otro

nombre bordado. Elm. ¿Quiénes son estas personas? Al día siguiente regresó a la

tienda. Amaña estaba allí como siempre con un vestido beisbordado en dorado y

un pañuelo en la cabeza amarrado como una corona. Su sonrisa parecía aún más

encantadora. ¿Vino a buscar algo especial hoy?, preguntó. Tal vez, tal

vez solo curiosidad. La curiosidad también se viste, querida. Esa respuesta

le heló la sangre ambana. La mujer era astuta. Oh, simplemente enigmática. No

comentó nada ese día, pero salió del ropero con un escalofrío en el brazo a

pesar del sol fuerte afuera. Mientras tanto, Amaña volvió al mostrador, abrió

una nueva caja de ropa y comenzó a doblar. Sus manos se deslizaban con delicadeza sobre las telas, pero sus

ojos, sus ojos llevaban algo que solo el tiempo podría decifrar. En la aldea

todos seguían comprando, admirando, vistiendo. Pero una pregunta, hasta

entonces susurrada empezaba a crecer. ¿De dónde exactamente vienen las ropas

de la dama del algodón dorado? Y nadie estaba preparado para la respuesta. El