El sol caía como plomo derretido sobre las llanuras de Durango. El viento

apenas soplaba y aún así llevaba consigo un olor a tierra removida y a

injusticia. En lo alto de una colina, un coronel federal llamado Anselmo Barragán

observaba con frialdad como una mujer paralítica de cintura para abajo

avanzaba lentamente sobre la tierra con una pala corta amarrada a sus muñas.

Su silla de ruedas estaba a un costado, volteada, inútil, y los soldados la

vigilaban entre risas. “¡Más rápido!”, gritó Barragán. “tu tumba no se cabará

sola.” La mujer sudada, temblorosa, pero con los ojos encendidos de dignidad,

escupió sangre y polvo. “Si quiere enterrarme”, dijo, “huágalo usted. Yo no

voy a darle el gusto de verme rendida”. El coronel sonrió con crueldad.

Eso es lo que más disfruto, ver como los orgullosos terminan arrastrándose. Los

campesinos del lugar observaban desde lejos impotentes. Nadie se atrevía a

intervenir. Anselmo Barragán era conocido por su sadismo. Había quemado

ranchos, azotado viejos, robado hijos. Y ahora humillaba a una mujer inválida

solo porque ella se negó a entregarle comida para su tropa. Creíste que la silla te iba a salvar. dijo él pateando

la tierra cerca de su rostro. En este desierto nadie está a salvo. La mujer

siguió cabando, no por miedo, sino por desafío. Cada palada era un insulto

silencioso, cada jadeo, una declaración de resistencia. Uno de los soldados

murmuró, “Mi coronel, ¿y si llega villa a enterarse?”

Barragán soltó una carcajada. Villa, ese bandido no mete miedo. No se

atrevería a enfrentarme. Pero mientras la mujer cababa su propia sepultura bajo

el sol ardiente, un niño delgado, descalzo, con las manos heridas por correr entre piedras, huía hacia el

norte. Corría con una sola frase en la boca, repetida como oración. Debo

encontrar a Pancho Villa. Debo encontrarlo. Porque el desierto, cuando es testigo de

una injusticia tan grande, no guarda silencio. Lo lleva hasta el único hombre

capaz de convertir el polvo en fuego. Y ese hombre ya estaba escuchando. El niño

corrió hasta que sus piernas flaquearon, el sol le quemaba la espalda y la

respiración le salía como cuchillo, pero no se detuvo. Sabía que cada segundo

importaba. sabía que aquella mujer, doña Rosario, la que siempre daba pan a los huérfanos,

estaba cabando su muerte con manos que apenas podían sostener una cuchara. Cuando por fin divisó un campamento

envuelto en humo de fogata, cayó de rodillas. “General Villa, necesito al

general Villa.” Los dorados lo levantaron en vilo, creyendo que se trataba de un ataque,

pero el niño apenas podía hablar. Una mujer silla. Coronel.

Fierro fue el primero en reaccionar. Traigan agua ordenó mientras le sostenía

la cabeza. Villa salió de su tienda ajustándose el cinturón y observando al

niño con seriedad de piedra. Habla, hijo. ¿Qué pasó? El pequeño tragó saliva

y entre jadeos escupió la verdad. El coronel Barragán hizo que doña Rosario

cabara su tumba con sus manos. Ella no puede caminar.

El silencio se volvió filo. Los dorados se quedaron inmóviles. Villa bajó la mirada. Cuando alzó los

ojos de nuevo, ese brillo que solo aparece antes de la furia ardía dentro

de ellos. ¿Dónde?, preguntó con voz baja, demasiado baja. El niño señaló

hacia el sur. En la colina de los mesquites la están matando. Villa

respiró despacio, una, dos, tres veces. Luego dijo, “Fierro, en silla a siete

leguas.” Fierro sonrió con esa sonrisa oscura que tenía cuando sabía que el

infierno estaba por abrirse. “Con gusto, general.” Uno de los dorados preguntó, “Vamos todos, mi general.” Villa negó,

“No, esto no es guerra, esto es ajuste. El niño, aún temblando,

tiró del sarape de Villa. La salvará, ¿verdad?” Villa se agachó, tomó su

rostro entre sus manos y respondió, “Hijo, cuando un hombre obliga a una mujer inválida a acabar su tumba, el

desierto entero cabalga conmigo.” Y sin decir más, montó su caballo. Fierro lo

siguió como sombra inseparable. Mientras avanzaban, el viento levantó polvo rojo,

un presagio, un aviso, una promesa. Pancho Villa iba camino a cerrar la

tumba, pero no la de ella. El camino hacia la colina de los mesquites era

estrecho, pedregoso y seco como una herida vieja. Villa cabalgaba al frente

con el sombrero echado hacia delante y la mirada clavada en el horizonte. Cada paso de siete leguas levantaba pequeñas

nubes de polvo que brillaban al sol como chispas. Fierro lo seguía en silencio, con el

rostro endurecido y los dedos inquietos sobre la culata de su pistola.

“General”, dijo al fin, “¿qué piensa hacerle a ese coronel? Villa no lo miró.

Lo que el desierto me diga. Cuando llegaron a la cima, el viento sopló con fuerza, arrastrando el polvo

como un lamento. Desde allí podían ver la escena como una pintura del infierno.

Doña Rosario, exhausta, cubierta de tierra, clavaba la pequeña pala en el

suelo una y otra vez. Sus brazos temblaban, su respiración era un hilo. A

un costado, el coronel Barragán observaba con un cigarro entre los labios, riendo con sus hombres. La

inválida no durará mucho, dijo. Qué ironía. Cavando su propia tumba, Villa

apretó las riendas, el cuero crujió. Fierro reconoció ese sonido.

Era el aviso de que la furia ya no cabía dentro del general. Vamos, preguntó. No,

respondió Villa. Aún no. Quiero ver hasta dónde llega su maldad. En ese

momento, Barragán se acercó a la mujer y le dio un puntapié a la silla de ruedas.