ELLA ERA LA HEREDERA MÁS DESEADA DE PUEBLA… HASTA QUE SU SECRETO MACABRO SALIÓ A LA LUZ

Bienvenido a esta jornada por uno de los casos más macabros y aterrorizantes de la historia de Puebla. Antes de comenzar, te invito a dejar en los comentarios aquí abajo de dónde estás viendo este video y a qué horas. Y también si te gustan historias como esta, suscríbete al canal para más casos diarios.

 ¿Listo? Ahora aumenta el volumen y vamos a comenzar. En 1942, cuando las primeras lluvias de octubre llegaron a Puebla, María Esperanza Villareal desapareció sin dejar rastro. La heredera de una de las fortunas más grandes del estado se desvaneció como el humo de las velas que iluminaban la capilla familiar, donde la encontrarían años después.

 Pero lo que los investigadores descubrieron en 1962 no fue solo un cadáver, fue el testimonio silencioso de una mente que había cruzado los límites de la cordura humana. La familia Villareal poseía más de 10,000 hectáreas de tierras fértiles en los valles que rodean la ciudad de Puebla. Su hacienda, conocida como San Jerónimo de los Remedios, se extendía desde las faldas del volcán Malinche hasta los límites del municipio de San Andrés, Cholula.

 Era un imperio construido sobre generaciones de comercio de granos y ganado, donde el patriarca don Aurelio Villareal gobernaba con mano de hierro sobre más de 200 trabajadores y sus familias. María Esperanza era la única hija de don Aurelio y doña Carmen Herrera de Villareal. Nacida en 1921, había sido educada por institutrices francesas y posteriormente enviada a un convento en la capital donde las monjas ursulinas le enseñaron piano, bordado y las artes propias de una señorita de su clase social.

A los 21 años, cuando regresó definitivamente a San Jerónimo, ya era conocida en toda la región como la heredera más codiciada de Puebla. Los domingos después de la misa en la parroquia de San Andrés, Cholula, las familias acomodadas de la región se reunían en el atrio para intercambiar noticias y planear matrimonios convenientes.

María Esperanza destacaba no solo por su belleza, sino por una peculiar serenidad que algunos describían como angelical y otros más tarde como inquietante. tenía la costumbre de observar a las personas durante largos periodos sin pestañear, como si estuviera memorizando cada detalle de sus rostros.

 La vida en San Jerónimo seguía un ritmo inmutable. Don Aurelio se levantaba antes del amanecer para supervisar las labores del campo. Doña Carmen administraba la casa principal, una construcción de piedra volcánica y cantera rosa, que databa del siglo XVII con sus 24 habitaciones distribuidas alrededor de tres patios centrales.

María Esperanza pasaba las mañanas en el jardín trasero, donde había instalado un pequeño oratorio personal. dedicado a Santa Rita de Casia, la santa de las causas imposibles. Pero los trabajadores de la hacienda comenzaron a notar comportamientos extraños en la señorita Esperanza durante el verano de 1942.

Remedio Sandoval, que había sido su nana desde la infancia y ahora trabajaba como ama de llaves. Mencionó años después a un investigador que la joven tenía conversaciones largas y elaboradas con personas que no estaban presentes, no murmullos o rezos, sino diálogos completos donde hacía pausas como si estuviera escuchando respuestas.

En agosto de ese mismo año, don Aurelio recibió la visita del licenciado Eduardo Montes de Oca, un abogado de Cholula, que representaba los intereses de la familia Bermúdez, propietarios de Haciendas en Atlixco. La propuesta era clara, un matrimonio entre María Esperanza y Roberto Bermúdez, el hijo mayor, que uniría a dos de las fortunas más grandes de la región.

Las negociaciones se extendieron durante tres semanas, tiempo durante el cual Roberto visitó San Jerónimo en múltiples ocasiones. Las cenas en el comedor principal de la hacienda se convirtieron en eventos tensos donde María Esperanza participaba con una cortesía fría que incomodaba a todos los presentes. Roberto Bermúdez, un hombre de 30 años educado en Europa, intentaba iniciar conversaciones sobre literatura o música, pero ella respondía con monosílabos y esa mirada fija que parecía atravesar las personas.

Doña Carmen atribuía este comportamiento a los nervios propios de una joven ante la perspectiva del matrimonio. El 29 de septiembre de 1942 se firmó el contrato matrimonial. La boda se celebraría el 15 de noviembre en la catedral de Puebla con una recepción posterior en San Jerónimo para más de 500 invitados.

Durante las semanas de preparativos, María Esperanza mostró un interés obsesivo por cada detalle de la ceremonia, especialmente por las flores que adornarían el altar y los arreglos que se colocarían en la capilla familiar de la hacienda. Fue durante estos preparativos cuando Remedio Sandoval encontró el primer cuaderno.

Mientras organizaba el guardarropa de María Esperanza. para los ajustes del vestido de novia. Descubrió entre la ropa interior un pequeño cuaderno decuero negro con las páginas llenas de una escritura diminuta y apretada. El contenido la perturbó tanto que se lo mostró inmediatamente a doña Carmen, quien después de leerlo durante varios minutos se limitó a guardarlo en su escritorio sin hacer comentarios.

 El cuaderno contenía listas detalladas de las personas que trabajaban en la hacienda con anotaciones sobre sus rutinas diarias, los horarios en que se movían por diferentes áreas de la propiedad y descripciones minuciosas de sus características físicas. Pero lo más inquietante eran los dibujos que acompañaban cada entrada.

 Rostros humanos dibujados con una precisión perturbadora, donde se había prestado especial atención a los ojos y las expresiones de miedo. El 12 de octubre, exactamente un mes antes de la fecha de la boda, María Esperanza pidió permiso a su padre para visitar el pueblo de San Pedro Cholula, donde quería encender velas por el éxito de su matrimonio en el santuario de la Virgen de los Remedios.

 Don Aurelio consideró la petición como una muestra de religiosidad apropiada en una futura esposa y le asignó a Tomás Villa Gómez, el capataz más confiable de la hacienda, para que la acompañara en el viaje. Salieron de San Jerónimo a las 8 de la mañana en un carruaje tirado por dos caballos. El camino hasta San Pedro Cholula tomaba aproximadamente dos horas por el sendero que bordeaba los campos de maíz y cruzaba el pequeño río que alimentaba los cultivos de la hacienda.

 Tomás Villagómez recordaría después que durante todo el trayecto María Esperanza no pronunció una sola palabra, pero mantuvo una sonrisa constante que le resultó más perturbadora que cualquier conversación. En el santuario, María Esperanza se dirigió directamente al altar principal, donde encendió 13 velas.

 Una cantidad que llamó la atención del sacristán porque no correspondía a ninguna devoción tradicional conocida. Permaneció arrodillada durante más de una hora, moviendo los labios en lo que parecía ser una oración continua. Pero cuando el padre Marcelo Aguirre se acercó para ofrecerle su bendición, pudo escuchar que estaba recitando nombres de personas en voz baja una y otra vez, como una letanía.

El viaje de regreso a San Jerónimo comenzó cerca del mediodía. Tomás Villagómez había decidido tomar un atajo por una vereda que cruzaba directamente a través de las tierras de la hacienda, un camino más corto, pero menos transitado, que pasaba cerca del cementerio familiar de los Villareal, donde reposaban los restos de cuatro generaciones de la familia en un pequeño campo santo rodeado por árboles de cedro.

 A las 2 de la tarde, cuando el carruaje debería haber llegado a la casa principal, don Aurelio comenzó a preocuparse. Envió a tres trabajadores a caballo para encontrarlos, siguiendo la ruta principal hacia San Pedro Cholula. Los encontraron a las 4 de la tarde. Tomás Villagómez yacía inconsciente junto al camino con una herida en la cabeza aparentemente causada por una piedra.

 Los caballos permanecían tranquilos, aún enganchados al carruaje. María Esperanza había desaparecido. Cuando Tomás Villagómez recuperó la conciencia tres horas después, su relato fue confuso y contradictorio. Recordaba haber detenido el carruaje porque María Esperanza había pedido caminar un tramo del sendero, alegando que necesitaba estirar las piernas.

 Lo siguiente que recordaba era despertarse con un dolor intenso en la cabeza y la señorita ya no estaba. No había visto a ningún bandido, no había escuchado disparos ni gritos, simplemente había un vacío en su memoria entre el momento en que se bajó del carruaje y cuando los rescatistas lo encontraron. La búsqueda de María Esperanza se extendió durante tres semanas.

 Don Aurelio contrató a más de 100 hombres de los pueblos vecinos para peinar cada metro cuadrado de las tierras de la hacienda y los terrenos colindantes. Se draganaron los pozos de agua, se revisaron las cuevas naturales en las laderas del volcán, se interrogó a todos los trabajadores y habitantes de la región.

El gobierno del estado envió a un destacamento de la Guardia Civil para apoyar las operaciones de búsqueda. Roberto Bermúdez y su familia llegaron desde Atlixo al enterarse de la desaparición. Durante los días que permanecieron en San Jerónimo, Roberto mostró una dedicación admirable a las labores de búsqueda, pero también una curiosidad particular hábitos y rutinas de María Esperanza.

 pasaba horas en el cuarto de ella examinando sus pertenencias, leyendo sus libros y preguntando a remedios sandoval detalles específicos sobre el comportamiento de la joven durante los meses previos a su desaparición. La investigación oficial dirigida por el comandante Eustaquio Morales de la Guardia Civil se centró inicialmente en la posibilidad de un secuestro.

 La familia Villareal era conocida en toda la región por su riqueza y había antecedentes de bandolerismo en loscaminos rurales de Puebla. Sin embargo, nunca se recibió ninguna demanda de rescate y los interrogatorios a conocidos delincuentes de la zona no arrojaron pistas útiles. Después de un mes sin resultados, la búsqueda oficial se suspendió.

 Don Aurelio ofreció una recompensa de 5000 pesos, una fortuna para los estándares de la época por cualquier información que condujera al paradero de su hija. La recompensa permaneció sin reclamar durante las siguientes dos décadas. Gradualmente la vida en San Jerónimo retomó su ritmo habitual, aunque la desaparición de María Esperanza dejó una marca permanente en todos los habitantes de la hacienda.

Doña Carmen nunca se recuperó completamente del trauma. Desarrolló una obsesión por mantener intacto el cuarto de su hija, donde cada objeto permanecía exactamente en el mismo lugar donde María Esperanza lo había dejado la mañana de su desaparición. Dos veces por semana, ella misma limpiaba la habitación, cambiaba las sábanas de la cama y colocaba flores frescas en el pequeño altar que su hija había instalado junto a la ventana.

 Don Aurelio, por su parte, se sumió en un silencio que preocupaba a todos los que lo conocían. Un hombre que había sido famoso por su carácter jovial y su voz potente, se volvió taciturno y comenzó a pasar las tardes sentado en el corredor principal de la casa, observando el camino que llevaba al pueblo, como si esperara ver regresar el carruaje con su hija. Murió en 1948.

Algunos dijeron que de tristeza, aunque oficialmente se registró como un paro cardíaco. Con la muerte de don Aurelio, doña Carmen se convirtió en la única propietaria de San Jerónimo. Sin experiencia en el manejo de una empresa agrícola de esa magnitud, dependía completamente de Tomás Villagómez y otros capataces de confianza para mantener la operación funcionando.

Gradualmente, las tierras comenzaron a mostrar signos de descuido. Los trabajadores se fueron marchando a otras haciendas y los ingresos disminuyeron considerablemente. En 1954, Doña Carmen tomó la decisión de mudarse a la ciudad de Puebla. Vendió la mayoría de las tierras de la hacienda, conservando solo la casa principal y unas 100 hectáreas alrededor de ella.

 La casa fue cerrada y puesta bajo el cuidado de remedios Sandoval, quien se mudó a una pequeña habitación en la planta baja para servir como guardiana de la propiedad. Durante 8 años, San Jerónimo permaneció prácticamente abandonada. Los habitantes de los pueblos cercanos comenzaron a crear leyendas sobre la casa vacía, donde supuestamente se escuchaban voces y se veían luces en las ventanas durante las noches sin luna.

Remedios Sandoval. Ya una mujer de más de 60 años insistía en que la casa no estaba embrujada, pero admitía que había sonidos que no podía explicar, pasos en los corredores superiores, puertas que se cerraban solas y, ocasionalmente el sonido del piano en el salón principal. El destino de María Esperanza Villareal habría permanecido para siempre como un misterio, si no hubiera sido por una serie de circunstancias fortuitas que se conjuntaron en el otoño de 1962.

Doña Carmen había muerto en enero de ese año y sus herederos, primos lejanos de la Ciudad de México, que nunca habían visitado San Jerónimo, decidieron poner toda la propiedad en venta. La casa fue inspeccionada por el arquitecto Gonzalo Ruiz Cortínez, nieto del expresidente de México, quien había sido contratado para evaluar las condiciones estructurales del edificio antes de la venta.

 Durante su recorrido por las 24 habitaciones de la casa principal, Luis Cortínez notó que las dimensiones internas no correspondían exactamente con las dimensiones externas del edificio, particularmente en el ala este donde se ubicaba la capilla familiar. La capilla de San Jerónimo era una estructura anexa a la casa principal construida en 1785 por el bisabuelo de don Aurelio.

 Tenía capacidad para unas 30 personas y había sido diseñada en estilo barroco poblano con un altar de madera dorada y vitrales que representaban escenas de la vida de San Jerónimo, el santo patrono de la familia. Lo que llamó la atención del arquitecto fue que el muro posterior del altar parecía ser significativamente más grueso de lo necesario para la estructura del edificio.

 Ruiz Cortínez regresó una semana después acompañado por dos albañiles especializados en restauración de edificios coloniales. Utilizando herramientas de medición precisas, confirmaron que existía un espacio vacío de aproximadamente 2 m de ancho por 4 m de largo detrás del altar de la capilla. La única forma de acceder a este espacio era a través de una entrada oculta que no era visible desde el interior de la capilla.

 La búsqueda de la entrada secreta tomó tres días completos. Finalmente descubrieron que una de las columnas decorativas del altar podía girarse sobre su eje, revelando una abertura estrecha que daba acceso a una escalera de piedra quedescendía hacia la oscuridad. El espacio oculto no era exactamente una habitación, sino más bien una cripta subterránea que había sido excavada en la roca volcánica sobre la que se asentaba la capilla.

 El descubrimiento inicial fue perturbador. Los restos esqueléticos de una mujer joven vestida con los arapos, de lo que había sido un elegante vestido de seda azul, yacían en el centro de la cripta sobre una cama improvisada hecha con mantas y cojines. A su lado, cuidadosamente acomodadas, había 13 velas que se habían consumido completamente hasta la base y los restos de lo que parecía haber sido comida.

frutas momificadas, pan endurecido y una jarra de barro que aún contenía restos de agua. Pero lo que convirtió este descubrimiento en algo verdaderamente macabro fue lo que encontraron en las paredes de la cripta. Cada centímetro de superficie estaba cubierto con inscripciones grabadas en la piedra con algún objeto metálico punzante.

 No eran palabras ni frases coherentes, sino nombres de personas repetidos miles de veces, algunos grabados tan profundamente que habían sangrado las manos de quien los escribió, como evidenciaban las manchas marrones incrustadas en las ranuras de las letras. Los nombres correspondían a trabajadores de la hacienda, habitantes de los pueblos cercanos, miembros de familias acomodadas de la región, comerciantes, sacerdotes, niños, ancianos, una lista exhaustiva de todas las personas con las que María Esperanza había tenido contacto durante su vida.

Pero entre todos los nombres uno se repetía con una frecuencia obsesiva. Roberto Bermúdez aparecía grabado más de 500 veces en diferentes tamaños y estilos de letra, como si hubiera sido escrito en diferentes momentos y estados emocionales. En una esquina de la cripta, los investigadores encontraron un baúl de madera que contenía 17 cuadernos similares al que Remedio Sandoval había descubierto años antes.

 Estos cuadernos documentaban con detalle enfermizo las rutinas, hábitos, miedos y debilidades de cada persona mencionada en las paredes. Entradas estaban organizadas alfabéticamente y contenían información que solo podía haber sido obtenida mediante observación prolongada y sistemática. El cuaderno dedicado a Roberto Bermúdez era particularmente detallado.

 Contenía dibujos anatómicos precisos de su rostro y cuerpo, listas de sus alimentos favoritos, transcripciones de conversaciones que había mantenido con otras personas. descripciones de sus gestos habituales e incluso mechones de cabello pegados con alguna sustancia resinosa en algunas páginas. La letra se volvía progresivamente más errática hacia el final del cuaderno, donde las últimas entradas eran prácticamente ilegibles.

 La evidencia forense, limitada por los conocimientos científicos de 1962, sugería que María Esperanza había sobrevivido en la cripta durante varias semanas después de su desaparición. Los restos de comida y las marcas en las paredes indicaban que había tenido acceso regular a provisiones, lo que significaba que alguien conocía su paradero y la había estado alimentando.

La pregunta que torturó a los investigadores era si había estado allí por su propia voluntad o como prisionera. Remedios Sandoval, ya de 70 años, fue interrogada extensamente sobre sus conocimientos del espacio oculto en la capilla. Admitió que sabía de su existencia desde la infancia, cuando los abuelos de don Aurelio le habían mostrado la cripta que utilizaban para esconder objetos de valor durante las épocas de bandolerismo que afectaron la región en el siglo XIX.

 Sin embargo, insistió en que nunca había mencionado este espacio a María Esperanza y que no tenía idea de cómo la joven había descubierto la entrada. La investigación se complicó cuando se descubrió que Roberto Bermúdez había muerto en 1945 en un accidente mientras supervisaba trabajos en una de las haciendas de su familia en Atlixco.

Según el reporte oficial, había caído en un pozo de agua durante una inspección nocturna de los sistemas de irrigación. Su cuerpo fue encontrado al día siguiente por trabajadores que llegaron temprano a iniciar las labores del campo. El hermano menor de Roberto, Carlos Bermúdez, proporcionó información adicional que complicó aún más el caso.

Reveló que Roberto había mostrado signos de paranoia extrema durante los meses posteriores a la desaparición de María Esperanza. Había contratado guardaespaldas personales, había cambiado las cerraduras de su casa tres veces y había expresado en múltiples ocasiones la sensación de que alguien lo estaba observando constantemente.

Carlos también mencionó que Roberto recibía cartas anónimas con frecuencia irregular. Estas cartas contenían información personal sobre su vida diaria que solo alguien muy cercano a él podría conocer. ¿Qué ropa había usado el día anterior? ¿Qué había desayunado? ¿Con quién había hablado? ¿A qué horashabía salido y regresado a su casa? Roberto nunca mostró estas cartas a su familia, pero Carlos había logrado leer una de ellas y recordaba que estaba escrita con una caligrafía femenina muy cuidadosa y contenía la frase repetida

varias veces: “Yo te veo siempre.” La línea de investigación que relacionaba las cartas anónimas con María Esperanza se fortaleció, cuando se encontró entre sus pertenencias en la cripta un pequeño frasco de tinta china y varias plumas de diferentes tipos, así como borradores de cartas dirigidas a Roberto que nunca habían sido enviadas.

 Estos borradores contenían amenazas veladas escritas en un tono que alternaba entre el amor obsesivo y el odio profundo. En una de estas cartas incompletas, María Esperanza había escrito: “Roberto querido, pronto entenderás que el matrimonio es una promesa que no se puede romper ni siquiera con la muerte. He preparado un lugar especial donde podremos estar juntos para siempre, donde nadie podrá separarnos y donde tu voz será solo para mí.

La carta estaba fechada el 10 de octubre de 1942, dos días antes de su desaparición. Los investigadores desarrollaron la teoría de que María Esperanza había planeado su propia desaparición como parte de un plan elaborado para atormentar psicológicamente a Roberto Bermúdez. La evidencia sugería que había estado utilizando la cripta como base de operaciones desde donde salía secretamente durante las noches para observar a Roberto y enviarle las cartas amenazantes.

La pregunta sin respuesta era cómo había logrado sobrevivir durante tanto tiempo sin ser detectada y quién la había estado ayudando. La respuesta llegó cuando se descubrió un segundo cuaderno oculto bajo las piedras del piso de la cripta. Este cuaderno estaba dedicado exclusivamente a Tomás Villagómez, el capataz que la había acompañado el día de su desaparición.

Las entradas revelaban que María Esperanza había estado chantajeando a Tomás desde varios meses antes, utilizando información comprometedora sobre irregularidades en la administración de la hacienda que él había estado ocultando a don Aurelio. Según las notas de María Esperanza, Tomás había estado vendiendo ganado de la hacienda a precios reducidos a compradores específicos y quedándose con la diferencia de dinero.

 También había estado falsificando registros de producción agrícola para cubrir el robo sistemático de grano que vendía en mercados de pueblos lejanos. María Esperanza había documentado todas estas actividades durante meses de observación secreta y había confrontado a Tomás con la evidencia. El chantaje no era por dinero, sino por cooperación.

 María Esperanza había obligado a Tomás a golpearse a sí mismo en la cabeza el día de la desaparición, a simular el ataque y posteriormente a proporcionarle comida y provisiones regularmente mientras ella permanecía escondida en la cripta. A cambio de su silencio sobre los robos, Tomás se había convertido en su cómplice involuntario.

 Tomás Villagómez fue arrestado en 1963, acusado de complicidad en extorsión y falsificación de documentos. Durante su interrogatorio confesó que había estado llevando comida a María Esperanza durante aproximadamente dos meses después de su desaparición, hasta que una noche de diciembre de 1942 la encontró muerta en la cripta.

 había muerto, según su testimonio, de lo que parecía ser desnutrición y exposición al frío extremo del invierno poblano. En lugar de reportar la muerte, Tomás había decidido mantener el secreto para proteger su propia reputación y evitar ser acusado de complicidad en el plan de María Esperanza. Durante 20 años había mantenido el secreto de la ubicación del cuerpo, visitando ocasionalmente la cripta para asegurarse de que no fuera descubierta por otros empleados o visitantes de la hacienda. El caso de María Esperanza

Villareal fue oficialmente cerrado en 1964. Tomás Villagómez fue sentenciado a 5 años de prisión, de los cuales cumplió tres antes de ser liberado por buena conducta. Los restos de María Esperanza fueron sepultados en el cementerio familiar de San Jerónimo en una ceremonia privada a la que asistieron los pocos familiares que quedaban vivos.

La Hacienda San Jerónimo fue finalmente vendida en 1965 a una empresa agrícola de la Ciudad de México que la dividió en parcelas más pequeñas para cultivar vegetales destinados a los mercados urbanos. La casa principal fue demolida en 1968, pero la capilla fue conservada como monumento histórico regional, aunque la cripta secreta fue sellada permanentemente con concreto.

 remedio Sandoval, quien había mantenido silencio sobre muchos aspectos del comportamiento de María Esperanza durante años, finalmente habló abiertamente con un reportero del periódico local en 1966. Reveló que desde muy joven María Esperanza había mostrado una fascinación obsesiva por observar a las personas sin ser vista.

 había desarrollado unahabilidad extraordinaria para moverse silenciosamente por la casa y los terrenos de la hacienda, y frecuentemente aparecía en lugares donde no era esperada. También mencionó que María Esperanza había construido pequeños escondites en diferentes partes de la propiedad, huecos excavados bajo las escaleras, espacios ocultos detrás de armarios y refugios improvisados entre la vegetación del jardín.

Desde estos lugares observaba las actividades diarias de trabajadores, visitantes y miembros de la familia, anotando todo lo que veía en sus cuadernos con una meticulosidad que Remedios describió como inhumana. La información más perturbadora que reveló Remedios fue que María Esperanza había practicado durante años lo que ella llamaba los ensayos.

Estos consistían en seguir secretamente a diferentes personas de la hacienda durante días completos, imitando sus movimientos, gestos y rutinas hasta lograr una sincronización perfecta. Remedios había observado en varias ocasiones como María Esperanza caminaba exactamente detrás de algún trabajador, copiando cada paso, cada pausa, cada gesto como si fuera su sombra invisible.

El Dr. Emilio Vasconcelos, un alienista de la capital que fue consultado sobre el caso después del descubrimiento de la cripta, elaboró un perfil psicológico de María Esperanza basado en los cuadernos encontrados y los testimonios recabados. Su diagnóstico fue que la joven había desarrollado lo que él denominó una psicosis obsesiva de control, caracterizada por la necesidad compulsiva de conocer y manipular cada aspecto de la vida de las personas en su entorno.

 Según el análisis del doctor Vasconcelos, María Esperanza había construido un mundo interno donde ella era el centro de todas las relaciones humanas, donde todas las personas existían únicamente en función de sus propios deseos y obsesiones. La negativa de Roberto Bermúdez, a corresponder a sus sentimientos de manera absoluta, había representado una amenaza fundamental a este mundo construido.

 provocando la escalada hacia comportamientos cada vez más extremos. En 1969, 5 años después del descubrimiento de la cripta, un estudiante de antropología de la Universidad de Puebla llamado Fernando Aguirre escribió su tesis de licenciatura sobre el caso de María Esperanza Villareal, titulada Aislamiento social y psicosis en las élites rurales del México revolucionario.

Aguirre propuso que el comportamiento de María Esperanza era resultado de la combinación entre el aislamiento social extremo de las mujeres de clase alta en el medio rural y la ausencia de sistemas de detección temprana de problemas de salud mental. La tesis de Aguirre incluía entrevistas con sobrevivientes de familias acomodadas de la región que habían conocido a María Esperanza durante su juventud.

 Varios de estos testimonios mencionaban comportamientos similares, observación prolongada sin respuesta a intentos de conversación, conocimiento inexplicable de información privada sobre otras personas y una capacidad perturbadora para aparecer y desaparecer silenciosamente durante reuniones sociales. En la década de 1970, el caso de María Esperanza Villareal se había convertido en parte del folclore regional de Puebla, aunque los detalles específicos se fueron distorsionando con el tiempo hasta convertirse en una leyenda sobre una mujer que había

vendido su alma al a cambio de la capacidad de volverse invisible. La versión popular de la historia eliminó completamente los aspectos psicológicos y sociales del caso, transformándolo en una típica narrativa supernatural mexicana. Sin embargo, los documentos originales del caso fueron preservados en los archivos judiciales del estado de Puebla, donde permanecen disponibles para investigadores académicos.

En 1968 estos archivos fueron microfilmados como parte de un programa de preservación documental, pero los microfilmes fueron clasificados como material sensible debido al contenido psicológicamente perturbador de los cuadernos de María Esperanza. El último registro oficial relacionado con el caso data de 1969, cuando el terreno donde había estado ubicada la hacienda San Jerónimo fue inspeccionado por arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia que buscaban evidencia de asentamientos prehispánicos en la

región. Durante estas excavaciones encontraron los cimientos de varios edificios auxiliares de la hacienda. Pero también descubrieron algo inesperado, una serie de pequeñas cámaras subterráneas interconectadas que habían sido excavadas en épocas más recientes. Estas cámaras contenían restos de velas, fragmentos de tela y objetos personales que aparentemente habían pertenecido a diferentes personas: botones, evillas, pequeñas joyas, mechones de cabello atados con listones.

 Los arqueólogos determinaron que estas cámaras habían sido utilizadas durante un periodo prolongado, probablemente décadas, como lugares de almacenamiento para unacolección sistemática de objetos robados o encontrados. La conclusión más perturbadora de esta investigación fue que María Esperanza había estado construyendo su red de escondites y túneles durante muchos años antes de su desaparición oficial, posiblemente desde la adolescencia.

Los arqueólogos especularon que había desarrollado un sistema completo para moverse sin ser detectada por debajo y alrededor de las edificaciones de la hacienda, lo que explicaba su capacidad para observar y documentar las actividades de tantas personas sin ser vista. Yeah.