
La noche del 22 de octubre de 1992, en el elegante Teatro Metropolitan de la Ciudad de México, Juan Gabriel llevaba más de dos horas firmando autógrafos.
Había más de 200 personas en la fila cuando comenzó. Ahora, a las 12:30 de la madrugada, todavía quedaban unas cincuenta. El concierto había durado casi tres horas sin descanso. Tres noches consecutivas con entradas agotadas. La sesión estaba programada para 45 minutos, pero él nunca se iba mientras hubiera alguien esperando.
Entonces llegó ella.
Una niña de unos ocho años, guiada por su madre. Llevaba lentes oscuros, aunque estaban en el interior, y sostenía un bastón blanco plegable en su mano derecha. No miraba el rostro del cantante, sino que orientaba ligeramente su cabeza hacia el sonido de su respiración.
Era ciega.
Su nombre era Sofía Ramírez. Había nacido con anoftalmia bilateral; nunca había visto un color, un rostro, un amanecer. Su mundo estaba hecho de sonidos, texturas y descripciones.
—Hola, hermosa —dijo Juan Gabriel con ternura—. ¿Cómo te llamas?
—Sofía. Tengo ocho años y soy ciega desde que nací.
La forma directa en que lo dijo lo conmovió.
—¿Te gustó el concierto?
—Fue lo más hermoso que he escuchado en mi vida.
Había tanta verdad en su voz que varias personas en la fila sonrieron. Pero Sofía añadió:
—Quiero hacerle una pregunta que nadie me puede responder.
El vestíbulo comenzó a quedarse en silencio.
—Dime, Sofía.
La niña respiró hondo.
—Mi mami siempre me describe los colores. Dice que el cielo es azul, que el sol es amarillo y que las rosas son rojas. Pero yo no sé qué es un color, solo puedo imaginarlo. Su voz es tan especial para mí… que estoy segura de que tiene un color. ¿De qué color es su voz?
El silencio fue absoluto.
Juan Gabriel la miró largamente. En más de veinte años de carrera, nadie le había hecho una pregunta así.
No respondió de inmediato. Cerró los ojos un instante, buscando la manera más honesta de explicar algo que nunca había pensado explicar.
Se levantó, rodeó la mesa y se arrodilló frente a ella.
—¿Puedo?
Sofía asintió. Él tomó sus pequeñas manos y las llevó suavemente a su garganta.
—Aquí nace mi voz. Siente cómo vibra.
Comenzó a hablar lentamente para que ella percibiera cada vibración.
—Mi voz no tiene un solo color, Sofía. Tiene muchos, y cambian según lo que canto y lo que siento.
Hizo una pausa.
—Cuando canto Amor eterno, mi voz es del color del atardecer. ¿Tu mami te ha descrito un atardecer?
—Sí… naranja, rojo y morado juntos.
—Exacto. Cálido como el naranja, apasionado como el rojo, profundo como el morado. Porque es una canción que duele, pero también es hermosa.
Algunas personas ya lloraban.
—Cuando canto Querida, mi voz es del color del oro. Brillante y valioso. Como alguien que amas más que a nada.
Sofía sonrió levemente.
—Y a veces —continuó— mi voz es del color del cielo después de la lluvia. Un azul limpio, claro, cuando las nubes se van y vuelve la luz. Ese es el color de la esperanza.
Sus propios ojos estaban llenos de lágrimas.
—Pero lo más importante, Sofía… el verdadero color de mi voz no está aquí —dijo tocándose la garganta—. Está en tu corazón. Cuando me escuchas y sientes algo en el pecho, ese sentimiento tiene un color. Y es diferente para cada persona.
Guardó silencio un segundo.
—¿De qué color es mi voz para ti?
Sofía cerró los ojos detrás de los lentes oscuros. Todo el vestíbulo parecía contener la respiración.
Y entonces respondió:
—Su voz es del color de mi mami.
Los sollozos comenzaron a escucharse alrededor.
—No sé qué color tiene mi mami porque nunca la he visto. Pero sé que es el color más hermoso del mundo. Es el color del amor, de la seguridad, de casa. Cuando usted canta, me siento como cuando mi mami me abraza. Entonces su voz debe ser del mismo color que ella… aunque yo no sepa cómo se llama ese color.
Juan Gabriel la abrazó con fuerza, llorando sin intentar ocultarlo. Guardias, fans, empleados del teatro… todos lloraban.
—Sofía —logró decir él después—, me acabas de dar el mejor cumplido que un artista puede recibir. Que mi voz te haga sentir amor y seguridad… eso es todo lo que puedo desear.
Pidió los datos de María Elena y prometió mantenerse en contacto. Cumplió su palabra: cada nuevo disco llegaba a casa de Sofía con una nota personal.
Tres meses después, creó un fondo de apoyo para programas de educación musical para niños con discapacidad visual, en honor a Sofía.
La niña creció acompañada por esa música. A los 16 años comenzó a estudiar musicoterapia, decidida a ayudar a otros niños ciegos a descubrir el mundo a través del sonido. Siempre incluía canciones de Juan Gabriel en sus sesiones.
Cuando el cantante falleció en 2016, Sofía —ya una profesional reconocida— escribió una carta abierta que decía:
“Juan Gabriel me enseñó que los colores no son solo para los ojos. Son para el corazón. Y su voz siempre tendrá el color más hermoso que conozco: el color del amor que nos hace sentir menos solos.”
Porque aquella noche, en el vestíbulo de un teatro, una niña que nunca había visto la luz le enseñó a un artista que la música no necesita ojos para pintar colores.
Solo necesita corazón.
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