Un coronel enterró vivo a un dorado por pura codicia. El pueblo cayó hundido en
miedo. Pero cuando Pancho Villa regresó de las sombras, no vino con balas, vino
a quebrar el espíritu del tirano. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando,

compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a herizar
hasta los huesos. Cuentan los viejos de Parral que el año de 1916
llegó cargado de polvo y de miedo, como si el cielo mismo se hubiera cansado de
mirar las cosas de los hombres. En esos días de sequía del alma, en cuando el
sol caía como plomo derretido sobre los tejados de Adobe y las calles olían a
resignación, un coronel de nombre Mendíbil, hombre de bigote recortado,
fajilla apretada y ambición más grande que su conciencia, mandó enterrar vivo a
un dorado de villa. Se llamaba Nicasio Romero. Ese hombre no era de los que
hablan mucho ni de los que presumen cicatrices, pero tenía el rostro curtido por el sol del norte y el corazón devoto
de esa bandera que Villa llevaba como cruz y como esperanza. Nio era de esos
que no se doblan con amenazas ni se compran con promesas y eso le costó la
tierra encima y el cielo lejos. Mendívil lo acusó de sabotaje. Decía que
Niccio había cortado las tuberías que llevaban agua desde la naciente del
rancho Las Cruces hasta los tanques del mineral de Santa Gertrudis.
Esa mina gorda de plata y de sangre que sostenía a los dueños extranjeros y a
los oficiales que les lamían las botas. No hubo juicio, ni testigos, ni siquiera
un papel que justificara nada. Hubo orden, y la orden se cumplió al atardecer, cuando el sol teñía las
montañas de color sangre vieja. Lo llevaron al borde de la noria, allá donde antes los abuelos sacaban agua
para la huerta de lechugas y cilantro. Cavaron un hoyo hondo del tamaño justo
para que un hombre quepa de pie con los brazos pegados al cuerpo. Nicasio no
gritó. Dicen que miró al cielo una última vez, como buscando la cara de Dios o el rostro de Teresa, su mujer, y
luego dejó que la tierra lo tragara vivo, palada tras palada, hasta que solo
quedó el silencio y una marca de tierra removida que parecía tumba, pero era peor, era advertencia. La ciudad entera
sintió ese golpe como si a todos les hubieran apretado el pescuezo. Las mujeres dejaron de cantar en los patios,
los niños dejaron de correr cerca de la plaza y hasta los perros andaban con el
rabo entre las patas. Mendívil quería eso, que el miedo entrara por la puerta
de cada casa y se sentara a la mesa como un invitado incómodo que nadie se atreve
a correr. Pero el miedo, cuando se siembra en tierra de gente digna, a
veces da frutos amargos para quien lo siembra. Y la noticia de lo que había
pasado empezó a correr como agua buscando cause. Primero se lo contaron a
un vaquero que pasaba camino a Jiménez. Luego a un tropero que conocía gente en
todos los ranchos, desde Santa Bárbara hasta Chihuahua. Después a una cocinera
que tenía hermanos dorados desperdigados por la sierra. Y así, de boca en boca,
de fogón en fogón, la historia del dorado enterrado llegó a los oídos de
quien tenía que llegar. Pero antes de eso llegó a los oídos de Teresa. Teresa
Romero era mujer de manos trabajadoras y corazón entero. Tejía rebozos en un
telar viejo que había sido de su abuela y cuando tejía rezaba. No pedía riquezas
ni pedía venganza. Pedía justicia que es otra cosa. Y pedía que su hombre
respirara un día más, aunque fuera debajo de la tierra. Cuando le dijeron lo que Mendil había hecho, Teresa no
lloró. No todavía guardó el llanto como quien guarda semillas para la siembra,
porque sabía que si se quebraba en ese momento, no tendría fuerzas para lo que
venía después. Se puso el reboso negro, el que usaba para los entierros y las
promesas graves, y caminó hasta la capilla de San José. Allí se hincó
frente al santo de madera tallada, con los ojos cerrados y las manos apretadas,
y le habló en voz baja, como quien habla con un compadre de toda la vida.
San José, bendito, patrono de los trabajadores y los justos, tú que fuiste
carpintero y conoces el peso de la herramienta y el sabor del pan ganado,
ayúdame a encontrar quien pueda hacer justicia. No te pido milagro de aparición ni de ángeles. Te pido un
hombre de carne y hueso que sepa que la vida de Nicasio vale tanto como la de
cualquier rico. Amén. Salió de la capilla con los ojos secos, pero con el
paso firme. No esperó que el cielo le mandara respuesta en forma de rayo ni de
paloma. Ella misma se puso en camino. Le dijeron que Pancho Villa andaba por
Chihuahua, oculto, castigado por derrotas recientes, pero vivo. Le
dijeron que ya no era el de antes, que la guerra lo había desgastado y que muchos lo daban por acabado. Pero Teresa
no necesitaba un Dios ni un santo de pólvora. Necesitaba un hombre que
todavía creyera que la justicia no es cosa de ricos ni de gobiernos. sino de
gente que no se deja. Mandó recado con un muchacho que llevaba carbón a los
ranchos, un chamaco de ojos vivos y piernas rápidas. Luego mandó otro con un
herrero que conocía a un primo de un dorado y luego otro más con un arriero
que juró por la Virgen de Guadalupe que entregaría el mensaje aunque tuviera que
atravesar el desierto entero. Y el mensaje era simple, directo, sin
adornos. General Villa en Parral enterraron vivo a Nicascio Romero,
dorado suyo por orden del coronel Mendíbil. Lo hicieron para quitarnos las aguas de las cruces y entregárselas a la
mina Santa Gertrudis. Mi hombre respira todavía bajo la tierra, si Dios quiere.
Si usted es el hombre que dicen, venga. Si no, que Dios lo perdone y nosotros
también. Teresa Romero. El mensaje viajó como viaja la verdad cuando no tiene
nada que esconder despacio, pero seguro. Cruzó barrancos y veredas, pasó de mano
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