Se Burlaron de un Anciano… y Despertaron al Pistolero Más Letal del Viejo Oeste 

 

 

Dicen que en el viejo oeste había dos clases de hombres, los que morían jóvenes y los que sobrevivían lo suficiente como para desear no haberlo hecho. En San Esteban, Nuevo México, nadie hablaba del pasado de Samuel Crow, no porque no existieran rumores, sino porque el pueblo entero había aprendido que había preguntas que era mejor no hacer.

Samuel era un anciano de más de 60 años, alto, encorbado, con una pierna rígida que lo obligaba a caminar apoyado en un bastón de nogal. Vivía solo a 3 millas del pueblo, criando mulas y reparando cercas a cambio de comida o herramientas. Nunca bebía en la cantina, nunca levantaba la voz, nunca miraba a nadie directamente a los ojos más de lo necesario.

Y sin embargo, cuando Sami Cro caminaba por la calle principal, la gente se apartaba instintivamente. Nadie sabía explicar por qué. El sol caía pesado sobre los techos de madera, el polvo flotaba en el aire y el sonido del molino de viento marcaba el ritmo lento del pueblo. Samuel había llegado para vender una mula vieja al herrero y comprar harina, café y queroseno.

Nada más. Frente a la cantina El Álamo Rojo había tres caballos desconocidos, grandes, bien cuidados, monturas caras, armas visibles. Eso no era buena señal. Tres hombres bebían desde temprano en el porche. Reían fuerte, demasiado fuerte. Eran jóvenes, pero no inexpertos. el tipo de hombres que ya habían matado y lo sabían.

Samuel los vio y siguió caminando. Había aprendido hacía muchos años que los problemas no siempre se ganaban disparando, a veces se ganaban ignorando, pero uno de ellos no pensaba dejarlo pasar. Miren eso”, dijo el más joven tambaleándose, “Un abuelo jugando a vaquero.” Antes de que Samuel pudiera reaccionar, el muchacho le arrancó el sombrero de la cabeza y lo lanzó al aire.

El sombrero cayó en medio de la calle, rodó entre el polvo y se detuvo junto al bebedero de los caballos. Las risas explotaron y entonces ocurrió algo extraño. El pueblo se quedó en silencio. Las escobas se detuvieron, las ventanas se cerraron, las mujeres retrocedieron. Incluso los caballos se inquietaron porque todos en San Esteban conocían ese sombrero viejo, de ala ancha, con una banda de plata gastada.

Samuel lo había usado durante 15 años y jamás había permitido que nadie lo tocara. El anciano se quedó inmóvil. Su mano temblaba sobre el bastón. No era miedo, era contención. Samuel caminó lentamente hacia su sombrero. Cada paso sonaba demasiado fuerte en aquel silencio pesado. Cuando se agachó para recogerlo, el temblor en su mano derecha se hizo más evidente.

Los tres hombres rieron más fuerte. No sabían que ese temblor era el mismo que precede a una tormenta. Samuel sacudió el polvo del sombrero, vio el rasguño nuevo en la banda de plata y algo dentro de él se rompió. Se enderezó lentamente. Recoge mi sombrero dijo con voz baja. Pide disculpas y vete de este pueblo antes de que caiga el sol. El hombre más grande se levantó.

Y si no, respondió sonriendo. Samuel levantó la mirada. Sus ojos no tenían ira, no tenían miedo, solo tenían experiencia. Y ahí fue cuando el más sobrio de los tres entendió algo terrible. Espera, murmuró. ¿Cuál es tu nombre, viejo? Samuel hizo una pausa. Samuel Crow. El nombre cayó como un disparo sin eco.

 El joven palideció porque ese nombre no pertenecía a un ranchero, pertenecía a una historia que debía estar enterrada. Pero eso eso viene después. Cursor blanco con forma de mano hacia la derecha. Si esta historia te está atrapando, suscríbete ahora al canal y acompáñanos en estos relatos reales del viejo oeste. La segunda parte revela por algunos hombres no pueden huir de lo que fueron.

El joven dio un paso atrás. Samu murió en 1873, dijo con la voz rota. Lo mataron cerca del paso. No, respondió el viejo. Me enterraron vivo. El silencio se volvió insoportable. Samuel habló despacio, como quien recita algo que ha repetido demasiadas veces en su cabeza. Fui agente federal durante la guerra. Limpié rutas, escolté diligencias, sobreviví a duelos que no debía haber ganado.

 Cuando me dispararon, mi esposa me sacó de ese mundo. Me pidió que colgara las armas. Lo hice. Miró al muchacho muerto de risa segundos atrás. Hasta hoy el más joven borracho escupió al suelo. No me importa quién seas. movió la mano hacia su pistola. Nunca la sacó. El bastón cayó. El disparo fue uno solo. Preciso final. El joven cayó de rodillas con un agujero limpio en el pecho.

 Los otros dos quedaron paralizados. “Él sacó primero”, dijo Samuel con frialdad. “Hay testigos.” El hermano mayor gritó y llevó la mano al arma. Segundo disparo. Cayó como un tronco seco. El último hombre levantó las manos temblando. No, no voy a pelear contigo. Samuel lo observó largo rato. Te irás. Les dirás a los tuyos lo que pasó aquí.

Y si vuelven, no habrá advertencias. El hombre asintió, arrastró los cuerpos y desapareció del pueblo. Cuando elpolvo se asentó, Samuel guardó el revólver. No había victoria en su rostro, solo cansancio. Esa noche, en su rancho, enterró el arma más profundo que nunca. Perdóname, susurró al cielo.

 Traté de ser otro hombre. San Esteban nunca volvió a ser el mismo y aunque San Cross siguió viviendo en silencio, nadie volvió a tocar su sombrero. Si te gustan estas historias del Viejo Oeste, suscríbete a Viejo Oeste Salvaje y activa la campanita. Aquí contamos relatos de hombres reales, decisiones irreversibles y destinos marcados por el polvo y la pólvora.

Déjame en los comentarios desde qué país estás escuchando esta historia. Nos vemos en el próximo relato.