Hay oraciones que susurramos en privado, hay oraciones que recitamos en templos y

hay oraciones que se gritan con tal desesperación, con tal fe, con tal

necesidad absoluta, que el cielo mismo no tiene opción, excepto responder.

Esta es la historia de una de esas oraciones y del milagro que 150,000

personas vieron con sus propios ojos. Celestina Herrera tenía 73 años la noche

que su oración estremeció el cielo. No era anciana frágil que se había rendido

a circunstancias. Era guerrera que había peleado cada batalla que la vida le presentó. Había

enterrado a esposo hace 20 años. Había criado a tres hijos como madre soltera.

Había trabajado como lavandera, costurera, vendedora, ambulante, lo que

fuera necesario para poner comida en mesa. Y cuando sus tres hijos murieron

en accidente de autobús hace 2 años, no se rindió. Tomó a los cinco nietos

huérfanos, los abrazó, les prometió que mientras tuviera aliento tendrían abuela

que los amará. Pero la vida es cruel con promesas hechas por ancianas pobres.

Celestina perdió su trabajo de la bandera cuando artritis hizo que sus

manos ya no pudieran sostener ropa pesada mojada. perdió su pequeño cuarto

rentado cuando no pudo pagar tres meses consecutivos y terminó con cinco nietos

en las calles de ciudad que no tenía misericordia para familias sin hogar.

Los cinco nietos eran su mundo. Isabela tenía 14 años, alta para su edad, con

ojos que habían visto demasiado sufrimiento, demasiado joven. Era

segunda madre para sus hermanos menores. Ayudaba a Celestina con todo. Protegía

ferozmente a los pequeños. Había dejado escuela hace año para ayudar, pero sus

ojos todavía brillaban cuando veía libros. Todavía soñaba con volver algún

día. Tobías tenía 11 años. Niño silencioso que observaba todo, que

recordaba todo, que entendía más de lo que hablaba. Se culpaba por ser carga,

por comer comida que abuela apenas podía conseguir, por no poder trabajar porque

era demasiado joven, pero sus manos pequeñas ayudaban. Cargaba bolsas,

buscaba cartones, protegía a hermanas menores cuando Celestina e Isabela

salían a buscar comida. Valentina tenía 8 años. Todavía tenía sonrisa, a pesar

de todo, todavía encontraba belleza en flores que crecían en grietas de

concreto. Todavía cantaba canciones que su madre le había enseñado antes del

accidente. Su voz dulce era único sonido musical en existencia dura de familia

sin techo. Celestina decía que Valentina era regalo de Dios, recordatorio de que

todavía había luz en mundo oscuro. Emiliano tenía 6 años, niño curioso que

hacía mil preguntas, que no entendía completamente por qué dormían afuera,

que preguntaba cuándo volverían a casa. Celestina respondía con paciencia

infinita. Pronto, mi amor, pronto Dios nos proveerá.

Emiliano creía con fe simple de niño que no conoce duda. Creía que abuela tenía

razón, que Dios proveería y Lucía, bebé de familia, 4 años. Todavía chupaba dedo

cuando tenía miedo. Todavía lloraba por su mamá en las noches. Todavía no

entendía por qué mamá nunca regresaba. Celestina la sostenía, la mesía. Cantaba

canciones de cuna que había cantado a sus propios hijos. Prometía que todo

estaría bien. Oraba que no fuera mentira. Durante 8 meses vivieron en las

calles. Primero intentaron refugios, pero espacios para familias completas

eran escasos. Esperaban meses para un lugar y los refugios que aceptaban solo

mujeres no tomarían a Tobías y Emiliano. Lo siento, señora, solo mujeres y niñas.

Los niños varones mayores de 5 años no califican. Celestina se negó a separar

familia. Prefirió calle a división. encontraron lugar detrás de centro

comercial abandonado en zona industrial de ciudad. rincón donde camiones de

basura no llegaban, donde policía no patrullaba frecuentemente, donde podían

construir refugio temporal sin ser removidos inmediatamente. Celestina recolectó cartones grandes,

cajas de refrigeradores, de lavadoras, de televisores, las

acomodó creando paredes, techo improvisado, no mucho, pero algo mejor

que intemperie directa. Dentro de este refugio de cartón extendió cartones más

como colchones, cobijas donadas que había recolectado, ropa extra que usaban

como almohadas. Los cinco niños dormían juntos, acurrucados como cachorros

buscando calor. Celestina dormía en entrada protegiendo, siempre alerta,

siempre lista para defenderlos si alguien amenazaba. Las mañanas comenzaban temprano. Isabela y Celestina

salían a buscar comida, iglesias que servían desayunos, panaderías que

donaban pan del día anterior, mercados donde podían pedir verduras que ya no se

podían vender. Tobías se quedaba cuidando a los tres pequeños. A sus años era guardián,

responsabilidad que ningún niño debería tener, pero que cumplía con seriedad,

que rompía corazón. Días eran duros, pero manejables. Encontraban comida

suficiente para sobrevivir. Nunca suficiente para satisfacer, pero

suficiente para no morir de hambre. Encontraban agua en fuentes públicas, en

baños de gasolineras que permitían acceso. Se lavaban cuando podían.

Celestina insistía en limpieza. “Somos pobres”, decía, “pero no tenemos

que ser sucios. Dignidad no cuesta dinero.” Mantenía ropa de niños lo más