El amanecer recién despuntaba sobre las montañas del norte cuando un hombre vestido como cualquiera del campo llegó

a una vieja bodega polvorienta buscando un saco de maíz para su caballo.

Caminaba tranquilo, sin prisa, como si fuera uno más entre los caminos del

desierto. Ese hombre era Pancho Villa, aunque nadie allí dentro sabía quién

acababa de entrar. La bodega pertenecía a un coronel prepotente de esos que se

creían dueños del sol y del aire. Un hombre de mirada dura y mano rápida para

el látigo. Los jornaleros trabajaban con la cabeza gacha porque aquel lugar no

conocía ni misericordia ni descanso. Villa abrió la puerta despacio,

levantando apenas un soplo de polvo. Solo dijo, “Buenos días.” Pero el

coronel, sin siquiera mirarlo, gruñó como un perro viejo. ¿Quién te dio permiso de entrar, mugroso? Pancho se

quedó quieto, no dijo su nombre, no aclaró quién era, simplemente señaló un

saco al fondo. Solo vengo por un poco de maíz. Los trabajadores miraron de reojo

pálidos, como quien observa a un hombre caminando hacia un precipicio. El

coronel se giró. Sus ojos fríos recorrieron el rostro de Villa sin reconocer la leyenda que tenía

enfrente. “Maís, tú, dijo con desprecio,

aquí no entra ningún peón sin mi permiso.” Villa respiró hondo con paciencia, como quien da una última

oportunidad a un condenado. “Compa”, dijo él con calma, “solo déjeme tomar un

saco y me voy.” Pero el coronel no quería paz, quería espectáculo.

Con una sonrisa torcida, tomó el látigo que llevaba colgado en la cintura y lo

desplegó con un chasquido que heló el aire. “Que te vayas”, respondió. “No, te

voy a sacar yo mismo.” Y antes de que cualquiera pudiera reaccionar, el

coronel descargó el látigo contra villa con una violencia que hizo que todos

retrocedieran. El cuero cortó el aire y golpeó el hombro del centauro del norte con un

sonido seco, brutal. Villa no se movió, no gritó, solo levantó la mirada. El

coronel sonrió sintiéndose grande, sintiéndose invencible, sintiéndose

dueño del hombre equivocado. Y ahora, dijo el coronel, fuera de mi bodega,

perro. Y lo echó a chicotazos. Uno, dos, tres, hasta que Pancho salió de la

puerta con el polvo, levantándose alrededor de sus botas. El coronel

escupió al suelo y gritó para todos, “Así trato yo a los desconocidos que

entran donde no deben.” Lo que no sabía es que acababa de golpear al hombre más

temido del norte y que ese error se pagaría con la vida.

Suscríbete a Furia del Desierto y acompaña cada historia donde Villa devuelve justicia al desierto con fuego

y honor. Aquí la injusticia siempre encuentra su castigo. Los jornaleros

quedaron inmóviles como si el tiempo se hubiera detenido en el exacto momento en

que el látigo había tocado el hombro de Pancho Villa. El coronel, orgulloso de

su acto, se pasó la mano por el bigote y dio la espalda sin imaginar la tormenta

que había despertado. Villa permaneció unos segundos afuera de pie, con el

polvo cayendo lentamente sobre su sombrero. No había rabia en su mirada,

había algo mucho más peligroso. Calma. El viento del desierto sopló

la punta del látigo que aún colgaba de la mano arrogante del coronel. El silencio que siguió fue tan profundo que

los pájaros dejaron de cantar. Uno de los jornaleros, un joven flaco con la

camisa rota, se acercó temblando a Pancho y susurró con terror contenido,

“Señor, váyase, él es peligroso.” Villa lo miró y en esa mirada había una

compasión firme, como si viera al muchacho y al mismo tiempo a todo el pueblo del norte que había sido

maltratado por hombres como el coronel. “No te preocupes, hijo”, respondió Pancho con voz tranquila.

El peligro hoy no soy yo. Dicho eso, Villa se acomodó el sombrero y volvió a

entrar en la bodega como si nada hubiera pasado. Los jornaleros abrieron los ojos de par

en par. Algunos retrocedieron, otros se persignaron. Uno murmuró, “Este hombre o

es muy valiente o no sabe lo que hace.” El coronel, al verlo regresar, soltó una

carcajada. Otra vez tú. dijo burlándose. No aprendiste cuando te saqué a

latigazos. Villa dio unos pasos hacia él, pero no tocó su arma ni levantó la voz. “Solo

vine a decirte algo”, murmuró Pancho. El coronel levantó el látigo otra vez,

creyéndose dueño de la situación. “¿Y qué vas a decirme, animal?”

Villa inclinó ligeramente la cabeza como quien guarda una verdad muy simple, que no vuelvas a levantar ese látigo. El

coronel se echó a reír, una risa seca, arrogante, que resonó en las paredes de

la bodega. Ah, sí. ¿Y qué me va a pasar si lo hago? Villa lo miró a los ojos. No

había desafío, no había amenaza, solo una advertencia de hierro. Vas a perder

algo que no podrás recuperar. El coronel frunció el ceño. No entiendo. Fierro

apareció entonces en la entrada, silencioso y oscuro como un presagio.

Los jornaleros lo reconocieron al instante. Susurros, llenos de miedo,

recorrieron el ambiente. Es Rodolfo Fierro, el carnicero del

norte. Dios nos proteja. El coronel palideció por un segundo, pero su

orgullo le impidió retroceder. ¿Y tú quién eres para entrar aquí sin permiso?

Preguntó tratando de sonar valiente. Fierro sonrió apenas una sonrisa fina,

peligrosa, del tipo que anuncia una desgracia inevitable. “Soy el hombre que te va a ver caer”, respondió Rodolfo.

“Si sigues tocando al general.” El coronel abrió los ojos, por fin entendiendo a quién había golpeado. Miró

el rostro de Villa, miró su sombrero, miró la cicatriz en su mejilla. El