Había hombres en el norte de México que no le temían a la muerte, hombres que

habían visto el infierno en los ojos de federales corruptos y seguían cabalgando.

Hombres que conocían el

sabor del plomo y la pólvora como otros conocen el pan. Pancho Villa era uno de

esos hombres. Pero en el invierno más brutal de 1915, en un establo abandonado

perdido en las entrañas heladas de Chihuahua, el centauro del norte encontró algo que lo hizo detenerse en

seco, algo que despertó en su pecho una furia más antigua que la revolución

misma. No era un pelotón de federales esperándolo con rifles. No era una

emboscada de carrancistas traidores. Era algo peor, algo que Villa jamás

olvidaría hasta su último aliento. Encadenado a un poste de madera

carcomido con cadenas de hierro que le cortaban la piel negra hasta el hueso,

estaba un sholoid quintle adulto, un perro sin pelo, esquelético como

aparición del mláan, con las costillas marcando cada respiración agonizante

bajo la piel tirante. Pero lo que hizo que Villa sintiera un nudo en la garganta no fue ver al animal moribundo,

fue ver lo que ese perro protegía con las últimas fuerzas que le quedaban en el cuerpo. Debajo de su vientre hundido,

mamando de costillas que parecían puñales bajo la piel, estaba su

cachorro, una cría negra del tamaño de un puño cerrado, tan débil que apenas

podía mantener los ojos abiertos, aferrada a la vida, solo porque su padre

se negaba a morir antes que él. El sholo padre temblaba de frío y hambre, pero

cuando Villa se acercó, el animal no gruñó, no mostró miedo, solo levantó la

cabeza con una dignidad que hubiera hecho llorar a las piedras del desierto

y miró al centauro directo a los ojos, como si supiera, como si reconociera en

villa a otro guerrero, a otro padre dispuesto a morir por los suyos. Y en

ese momento, compadre, algo ancestral despertó en Pancho Villa, porque ese

Sholoquintle no era un perro cualquiera, era un guardián sagrado del Mictlán,

descendiente de los perros que acompañaban a las almas mexicas en su viaje al mundo de los muertos. Perros

que los antiguos consideraban más valiosos que el oro y la plata, animales

que representaban lealtad pura, sacrificio absoluto y la conexión

sagrada entre este mundo y el siguiente. Y algún maldito hijo de la chingada los

había encadenado ahí para verlos morir de hambre. Villa apretó los puños hasta

que los nudillos se pusieron blancos como hueso de animal muerto en el desierto. Rodolfo Fierro, parado a su

lado, sintió el cambio en el aire. Los dorados, que habían cabalgado con villa

por años, hombres que conocían cada gesto del centauro, retrocedieron un paso porque sabían, sabían que cuando

Villa se ponía así de callado, cuando su mandíbula se apretaba de esa forma y sus

ojos se volvían fríos como témpanos de hielo, alguien iba a pagar y el precio

sería cobrado en sangre. ¿Quién?, preguntó Villa y su voz sonó como lápida

cayendo sobre tumba recién abierta. ¿Quién hizo esto? Un viejo del pueblo,

temblando de frío y miedo, se adelantó con el sombrero en las manos. El capitán

Rogelio Belarde, mi general, susurró. Capitán federal, dicen que usa perros

sagrados como estos para entrenar a sus perros de guerra. Los encadena, los deja

morir de hambre y suelta a las bestias federales sobre ellos para que aprendan

a matar sin piedad. El silencio que siguió fue más pesado que lápida de Panteón Viejo. Villa se

arrodilló frente al sholo con manos que habían disparado 1000 balas y colgado a

100 traidores. Tocó suavemente la cabeza del animal. El perro cerró los ojos y

una lágrima, una sola lágrima cristalina rodó por el hocico negro del guardián

sagrado. Te juro por la Virgen de Guadalupe y por todos los diablos del

norte, murmuró Villa y su voz temblaba de furia contenida. que el hombre que te

hizo esto va a desear nunca haber nacido. Te lo juro por mi madre muerta y

por cada gota de sangre revolucionaria derramada en esta tierra [ __ ] Los

dorados se miraron entre sí. Habían visto a Villa Furioso antes, lo habían

visto ordenar ejecuciones, quemar haciendas, colgar federales de los postes del telégrafo, pero nunca lo

habían visto así, nunca con esa frialdad absoluta que prometía algo peor que la

muerte, porque Rogelio Belarde acababa de cometer el error más grande de su

miserable vida. No solo había torturado a animales inocentes, había profanado

algo sagrado, había violado el código más antiguo del desierto, el respeto a

los guardianes del alma. Y Pancho Villa, el centauro del norte, la furia del

desierto hecha hombre, iba a enseñarle al capitán federal lo que significaba

despertar a los guardianes del mtlán. Antes de que empecemos con esta historia

que te va a helar la sangre, compadre, necesito que hagas tres cosas. Primero,

dale like a este video ahora mismo, porque lo que viene está tan cabrón que

vas a necesitar compartirlo con todos los que conoces. Segundo, suscríbete al

canal porque aquí rescatamos las leyendas verdaderas de la revolución,

esas que la historia oficial quiere enterrar. Y tercero, comenta desde qué

ciudad nos ves, porque esto es para todo México y para cada mexicano en el mundo

que todavía cree que la justicia debe ser implacable cuando se viola lo sagrado.

Ahora sí, compadre, agárrate porque esta leyenda del sholo sagrado y la venganza

de Villa va a mostrarte que había cosas en el México revolucionario más

poderosas que las balas. Cosas ancestrales, cosas divinas, cosas que ni

el ejército federal con todo su poder podía detener. La historia que estás por

escuchar se cuenta todavía en Chihuahua. Se susurra en las cantinas viejas. Se

narra alrededor de las fogatas cuando el viento del norte sopla fuerte y trae