
Millonario llega más temprano a casa de lujo en el campo y casi se desmaya con
lo que ve. El maletín de cuero italiano se estrelló contra el mármol inmaculado
con un estruendo seco, violento, que resonó como un disparo en la inmensidad
del vestíbulo. Pero Damián Arreola no hizo ni el más mínimo intento de
recogerlo. se quedó petrificado en el umbral de la puerta principal, con la
mano aún suspendida en el aire donde hace un segundo sostenía el asa, y los
ojos desorbitados, fijos en la escena que se desarrollaba frente a él como si fuera una
alucinación provocada por el exceso de trabajo o la falta de sueño. Su corazón,
ese órgano que había blindado con capas de hielo y cinismo tras la tragedia,
comenzó a latir con una fuerza tan brutal que sentía los golpes contra sus
costillas, amenazando con romperle el pecho. Lo que veía era imposible.
Lo que escuchaba era, según los mejores neurólogos de Ciudad de México y Houston, clínicamente improbable. Allí,
en el centro del pasillo de techos altos, adornado con obras de arte que valían fortunas, el caos reinaba de la
manera más hermosa y aterradora posible. Paloma Bustamante, la nueva niñera que
apenas llevaba tres semanas en la residencia, estaba a cuatro patas sobre el suelo, gateando con una agilidad
sorprendente para alguien con uniforme. Su cabello castaño, usualmente recogido
en un moño severo por protocolo, se había soltado parcialmente, cayendo en
cascada sobre su rostro mientras emitía sonidos de un monstruo juguetón.
Y huyendo de ella, gateando a toda velocidad en direcciones opuestas con sus mamelucos rojos idénticos, estaban
los cuatrillizos, pero no estaban huyendo en silencio, estaban riendo. Eran carcajadas sonoras,
guturales, explosivas, risas que nacían del vientre y salían
disparadas como fuegos artificiales. Damián sintió que el aire se le escapaba
de los pulmones. Durante 730 días, desde el accidente que se llevó a
su esposa, esa casa había sido un mausoleo. Sus hijos, los herederos del
imperio Arreola, no habían emitido ni un solo sonido, ni llanto, ni balbuceos, ni
quejas. El trauma los había sumido en un mutismo selectivo tan profundo que
Damián había llegado a aceptar con una resignación amarga que nunca volvería a
escuchar sus voces. Había gastado millones en terapias, había traído especialistas de Europa.
Había llenado sus cuartos con los juguetes más estimulantes del mercado y el resultado siempre había sido el
mismo. Cuatro pares de ojos vacíos mirándolo en silencio. Y ahora una joven
de 23 años con un vestido azul marino y unos guantes de goma amarillos que
desentonaban ridículamente con la elegancia del entorno, había logrado lo que la ciencia médica no pudo. Paloma
atrapó suavemente el pie de uno de los niños, Leo, y este soltó un chillido de
deleite tan agudo que Damián tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no caerse. Te atrapé, pequeño bribón.
exclamó Paloma con una voz llena de calidez, girando al niño sobre la alfombra persa, sin importarle
arrugarla. “Ahora el monstruo de las cosquillas te va a comer los pies.” El
niño pataleaba riendo a mandíbula batiente, mientras sus tres hermanos,
Mateo, Santi y Nico, en lugar de esconderse, regresaban gateando hacia
ella, buscando ser atrapados. También era una sinfonía de alegría desbordada.
Damián observó hipnotizado como la luz dorada de la tarde que entraba por los ventanales bañaba la
escena, iluminando el polvo que flotaba en el aire agitado por el juego. Por
primera vez en dos años, la mansión no parecía un hotel de lujo frío y estéril,
parecía un hogar. Sin embargo, el sonido del maletín al caer finalmente rompió el
hechizo. El eco metálico cortó el aire. Paloma se congeló en el acto. Su sonrisa
se desvaneció instantáneamente, reemplazada por una expresión de terror
puro. Giró la cabeza bruscamente hacia la entrada, con las manos aún sosteniendo los pequeños pies de Leo. Al
ver la figura imponente de Damián Reola, con su traje de tres piezas impecable,
su postura rígida y su rostro indescifrable, la sangre se le heló en
las venas. Los niños, sintiendo el cambio repentino en la energía de su
niñera, detuvieron sus risas uno por uno, girando sus cabecitas hacia la
puerta. El silencio regresó, pesado y asfixiante, pero esta vez cargado de una
electricidad diferente. Paloma tragó saliva sintiendo un nudo en la garganta.
Sabía las reglas. Le habían entregado un manual de 40 páginas al ser contratada.
Regla número uno, mantener el orden. Regla número cinco, no alterar a los
niños. Regla número 10, la casa debe permanecer en un estado de tranquilidad
absoluta. Estaba en el suelo, despeinada, con los niños sudorosos y la alfombra movida. En
su mente ya veía la carta de despido firmada. intentó levantarse, sus
rodillas temblando contra el mármol, pero Damián dio un paso al frente. El
sonido de sus zapatos de suela dura contra el piso fue como un martillazo.
Damián no parpadeaba. Su mirada no estaba en palomas, sino en los niños.
Avanzó un paso más, lento, como si se acercara a un animal salvaje que podría
asustarse y huir. Su rostro estaba pálido, casi gris. Paloma,
malinterpretando su silencio como furia contenida, bajó la cabeza, preparándose
para el regaño, para los gritos, para la humillación de ser echada a la calle por
haber roto el protocolo. No sabía que lo que estaba a punto de suceder cambiaría
el destino de todos en esa sala para siempre. “Señora Reola, yo puedo
explicarlo”, balbuceó Paloma, su voz temblorosa rompiendo la tensión insoportable.
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