La Esclava Que Aprendió Latín Para Destruir al Cura Que La Compró: El Secreto de Guanajuato, 1715

El viento soplaba con fuerza aquella noche de noviembre de 1724 en la ciudad de Oaxaca. Las calles empedradas, iluminadas tenuemente por algunas antorchas, parecían más oscuras de lo habitual. El convento de Santa Catalina de Siena se alzaba imponente en medio de la plaza, sus muros de piedra ocultando los secretos que guardaba en su interior.
Francisca Domínguez, una niña de apenas 12 años, temblaba mientras era conducida por el pasillo principal del convento. Su vestido negro, raído por el uso constante, contrastaba con la palidez de su rostro. Había perdido a sus padres hacía apenas tres meses, víctimas de una epidemia de viruela que había azotado la región.
Don Jerónimo Domínguez y doña Catalina Morales habían sido comerciantes respetados en la ciudad y su muerte repentina había dejado a Francisca en una situación precaria. Aquí estará bien cuidada”, había dicho su tío Rodrigo Domínguez al entregarla al convento junto con una generosa donación. Es lo mejor para ella. La madre superiora Sor María de la Concepción, una mujer de rostro severo y ojos penetrantes, había aceptado el encargo sin cuestionar demasiado.
Para ella, Francisca era simplemente otra huérfana más que llegaría a formar parte de la vida conventual, otro espíritu joven que moldear según los preceptos de la fe. Lo que nadie sabía era que Francisca no era como las otras niñas. Su padre, un hombre ilustrado para su época, le había enseñado a leer y escribir, no solo en español, sino también en latín, un conocimiento poco común, incluso entre las clases privilegiadas y prácticamente inaudito para una niña.
Don Jerónimo había sido un comerciante que valoraba el conocimiento tanto como las monedas de oro que guardaba en su arcón. El conocimiento, mi pequeña Francisca, es el único tesoro que nadie podrá arrebatarte jamás. le repetía constantemente mientras le enseñaba los secretos de aquella lengua antigua. Ahora, mientras era conducida por Sor Beatriz, la novicia encargada de las huérfanas, Francisca apretaba contra su
pecho el único recuerdo que conservaba de su padre, un pequeño libro de oraciones en latín cuyas páginas amarillentas Contenían no solo plegarias, sino también notas marginales escritas por su progenitor. “Esta será tu celda”, dijo Sor Beatriz, abriendo una pesada puerta de madera que conducía a una habitación pequeña y austera.
Mañana conocerás a las demás niñas y comenzarás tus tareas. La oración es a las 5 de la mañana. Francisca asintió sin decir palabra. Cuando la puerta se cerró tras ella, se sentó en el catre, que sería su cama, y abrió el libro de oraciones, buscando consuelo en aquellas palabras que su padre le había enseñado a descifrar.
No pasó mucho tiempo antes de que Francisca comenzara a notar cosas extrañas en el convento. Había susurros en los pasillos, conversaciones interrumpidas cuando ella se acercaba y miradas de reojo entre las monjas más ancianas. Pero lo que más le inquietaba era Sorágueda, la monja encargada de la disciplina en el convento.
Sorágueda, una mujer alta y delgada de unos 50 años, tenía una manera peculiar de mirarla. Sus ojos, pequeños y oscuros, parecían seguirla constantemente, observando cada uno de sus movimientos como si buscara un error, una falta que castigar. Pasaron las semanas y Francisca se adaptó a la rutina del convento. Se levantaba antes del amanecer para la primera oración.
Ayudaba en la cocina, asistía a las clases de catecismo y costura y pasaba horas en la capilla rezando junto a las demás huérfanas. Pero en los escasos momentos de soledad, Francisca se refugiaba en su conocimiento del latín. repasando mentalmente las lecciones de su padre. Una tarde de diciembre, mientras limpiaba la biblioteca del convento bajo la supervisión de Sor Juana, una de las pocas monjas que la trataba con cierta amabilidad, Francisca descubrió un libro que llamó su atención.
Era un antiguo manuscrito de historia eclesiástica escrito íntegramente en latín. Sin poder resistir la tentación, lo abrió y comenzó a leer en silencio, absorta en su contenido. ¿Qué haces, niña? La voz de Sorágueda la sobresaltó. La monja la observaba desde el umbral de la puerta con una expresión indescifrable en su rostro.
“Limpiando, hermana”, respondió Francisca, cerrando rápidamente el libro y dejándolo en su lugar. “¿Acaso sabes lo que contiene ese libro?”, preguntó Sorágueda acercándose lentamente. Francisca dudó por un instante. Mentir era pecado, pero algo en la mirada de Sorágueda la hacía sentir que decir la verdad podría ser peligroso.
No, hermana, solo estaba limpiando el polvo. Respondió finalmente bajando la mirada. Sorágueda se acercó aún más y tomó el libro. Lo abrió en una página al azar y se lo mostró a Francisca. Lee ordenó. Francisca sintió que su corazón se aceleraba. Si admitía que podía leer latín, ¿qué consecuencias tendría? Pero si se negaba, sería desobediencia.
No, no puedo, hermana, murmuró. Los ojos de Sorágueda se entrecerraron. Interesante”, dijo en voz baja, casi para sí misma. “Muy interesante.” A partir de ese día, Francisca comenzó a notar un cambio en el comportamiento de Sorágueda hacia ella. La vigilancia se hizo más intensa y las tareas asignadas más duras.
A menudo era enviada a limpiar las partes más remotas y oscuras del convento, donde nadie podía verla ni oírla. Una noche, mientras regresaba a su celda después de una larga jornada de trabajo, Francisca escuchó voces provenientes de la sala de reuniones. Era tarde, mucho después del toque de queda, y la curiosidad pudo más que la prudencia.
se acercó sigilosamente a la puerta entreabierta y escuchó, “No podemos permitir que una niña tenga ese tipo de conocimiento.” Decía una voz que Francisca reconoció como la de Sor Águeda. Es peligroso, va contra el orden natural de las cosas, pero es solo una huérfana. ¿Qué daño puede hacer? Respondió otra voz que Francisca identificó como la de Sorjuana.
El conocimiento en manos equivocadas siempre es peligroso, replicó Sorágeda con firmeza. Y más aún si se trata de una niña que puede leer los textos prohibidos. ¿Estás segura de que sabe latín? Preguntó una tercera voz, la de la madre superiora. No lo ha admitido, pero la he observado. La forma en que mira los libros, cómo mueve los labios al pasar las páginas, sabe más de lo que aparenta, afirmó Sorágueda.
Hubo un silencio prolongado y Francisca contuvo la respiración. “Entonces, ¿qué propones?”, preguntó finalmente la madre superiora. Debemos asegurarnos de que ese conocimiento quede enterrado, respondió Sorágeda con una frialdad que hizo que Francisca sintiera un escalofrío recorriendo su espalda. Francisca se alejó silenciosamente de la puerta y corrió hacia su celda, su mente trabajando a toda velocidad.
¿Qué había querido decir Sorágueda con enterrado? El miedo comenzó a apoderarse de ella. A la mañana siguiente, durante el desayuno, Francisca observó a Zor Águeda con disimulo. La monja parecía más tranquila de lo habitual, casi complacida. Sus ojos se cruzaron por un instante y Francisca vio en ellos algo que la aterrorizó.
Una determinación fría, calculada. Ese mismo día después del almuerzo, Sorágueda se acercó a Francisca. “La madre superiora desea verte”, le dijo con voz neutra. “Sígueme.” Francisca la siguió por los pasillos del convento, notando que se dirigían a una parte que no conocía, alejada del área principal. descendieron por unas escaleras de piedra hasta llegar a un pasillo húmedo y oscuro, iluminado apenas por algunas velas.
¿Dónde está la madre superiora?, preguntó Francisca con voz temblorosa. Sorágeda no respondió. En lugar de eso, se detuvo frente a una puerta de madera reforzada con hierro y sacó una llave de entre los pliegues de su hábito. “Entrá”, ordenó abriendo la puerta. Francisca dio un paso atrás. “¿Qué es este lugar?”, preguntó con miedo evidente en su voz.
Es donde aprenderás obediencia y humildad, respondió Sorágueda, donde aprenderás que hay conocimientos que no son para ti. Antes de que Francisca pudiera reaccionar, Sorágueda la empujó al interior de la habitación. Era un espacio pequeño, sin ventanas, con apenas un jergón en el suelo y un cubo en la esquina.
La única luz provenía de una pequeña rendija en la puerta. No, por favor! gritó Francisca mientras la puerta se cerraba tras ella. Pasarás aquí el tiempo necesario para reflexionar sobre tu soberbia”, dijo Sor Águeda a través de la rendija. “El conocimiento sin la guía adecuada es pecado y el pecado debe ser castigado.
” Francisca golpeó la puerta con sus pequeños puños, gritando y suplicando, pero sus gritos se perdieron en la oscuridad de aquel lugar olvidado. Cuando finalmente se rindió exhausta, se dejó caer en el jergón y se abrazó a sí misma tratando de contener el temblor que sacudía su cuerpo. Fue entonces cuando notó que aún llevaba el libro de oraciones en latín oculto entre los pliegues de su vestido.
Lo sacó y lo apretó contra su pecho, como si fuera un talismán que pudiera protegerla. “Ayúdame, Padre”, susurró en la oscuridad. “dime qué debo hacer.” Los días se transformaron en semanas en aquel confinamiento oscuro y húmedo. Francisca había perdido la noción del tiempo, marcando los días mediante pequeñas muescas que hacía en la pared con una piedra afilada que había encontrado en un rincón de su celda.
El sonido de la puerta abriéndose tres veces al día para que le entregaran comida y agua era su único contacto con el mundo exterior. Sorágueda rara vez hablaba durante estas visitas. Se limitaba a dejar la bandeja en el suelo y a recogerla del día anterior, observando a Francisca con una mirada que oscilaba entre la satisfacción y algo más profundo, algo que la niña no podía descifrar, pero que la llenaba de inquietud.
¿Hasta cuándo me tendrán aquí? preguntó Francisca en una ocasión, reuniendo todo el valor que pudo. Hasta que aprendas, respondió Sorágueda sec. ¿Qué debo aprender? Insistió la niña. Tu lugar, fue la respuesta cortante. Durante su encierro, Francisca había comenzado a notar cosas extrañas. A veces en medio de la noche escuchaba pasos en el corredor fuera de su celda, pasos que no correspondían a las rondas habituales y había voces, susurros que parecían provenir de las paredes mismas, aunque cuando prestaba más atención solo
encontraba silencio. Una noche particularmente fría de enero, mientras Francisca intentaba conciliar el sueño envuelta en la delgada manta que le habían proporcionado, escuchó un sonido diferente. No eran pasos ni susurros, sino algo más sutil, como el roce de un papel. Se incorporó en su jergón y miró hacia la puerta, donde un pequeño trozo de papel asomaba por debajo.
Con cautela se acercó y recogió lo que resultó ser una nota doblada. La acercó a la débil luz que se filtraba por la rendija de la puerta. y vio que estaba escrita en una caligrafía temblorosa. No estás sola, te ayudaré. Espera mi señal, Isabel. Francisca leyó la nota varias veces sin poder creer lo que veía.
¿Quién era Isabel? No recordaba haber conocido a ninguna Isabel en el convento. ¿Y cómo podría ayudarla estando ella encerrada en aquella celda olvidada? A pesar de sus dudas, un sentimiento de esperanza comenzó a brotar en su corazón. Guardó la nota cuidadosamente entre las páginas de su libro de oraciones y se acostó nuevamente, esta vez con una pequeña sonrisa en los labios.
La noche siguiente, a la misma hora, otro papel apareció bajo su puerta. Esta vez contenía una sola palabra: mañana. El día siguiente transcurrió con una lentitud exasperante para Francisca, que esperaba con anticipación cualquier señal de la misteriosa Isabel. La comida del mediodía llegó y se fue sin novedad, al igual que la cena.
Cuando la oscuridad se apoderó completamente de su celda, Francisca comenzó a perder la esperanza. Fue entonces cuando escuchó un sonido metálico en la cerradura de su puerta. se quedó paralizada conteniendo la respiración. La puerta se abrió lentamente, revelando la figura de una mujer mayor, vestida con ropas sencillas de sirvienta, no con el hábito de las monjas.
“Isabel”, susurró Francisca. La mujer asintió y puso un dedo sobre sus labios indicándole que guardara silencio. “Ven conmigo, niña”, dijo en voz baja. “No tenemos mucho tiempo.” Francisca no necesitó que se lo dijeran dos veces. Tomó su libro de oraciones, el único tesoro que poseía, y siguió a Isabel por el pasillo oscuro.
La mujer caminaba con paso seguro, como si conociera cada rincón de aquel lugar, guiándola por corredores que Francisca nunca había visto antes. ¿Quién eres?, preguntó Francisca mientras avanzaban. Trabajo en las cocinas del convento”, respondió Isabel sin detenerse. “Llevo aquí más tiempo del que puedo recordar y he visto cosas, niña, cosas que no deberían ocurrir en una casa de Dios.
” Llegaron a una pequeña puerta oculta tras unas cajas viejas. Isabel sacó una llave de entre sus ropas y la abrió. “Esta puerta conduce a los huertos traseros”, explicó. De ahí podrás llegar a la calle, pero debes tener cuidado. Muy pocas personas en la ciudad te ayudarán si saben que has escapado del convento.
¿Por qué me ayudas? Preguntó Francisca. El rostro de Isabel se ensombreció. Porque tuve una hija hace muchos años, respondió con voz quebrada. Ella también sabía cosas que no debía saber. Según Sorágueda. También la encerraron. Pero nadie la ayudó, nadie pudo salvarla. Francisca sintió un escalofrío recorriendo su espalda. ¿Qué le pasó?, preguntó con un hilo de voz.
Isabel la miró directamente a los ojos. La encontraron muerta en su celda un mes después. Dijeron que había sido una fiebre repentina, pero yo sé la verdad. La mataron porque sabía demasiado, porque había descubierto los secretos de Sor Águeda. Francisca sintió que su corazón se aceleraba. ¿Qué secretos?, preguntó. No hay tiempo para explicaciones, respondió Isabel apresuradamente.
Debes irte ahora. Busca a un hombre llamado Mateo Ruiz en la plaza del mercado. Es escribano y era amigo de tu padre. Él te ayudará. ¿Conociste a mi padre?”, preguntó Francisca sorprendida. “Todos en la ciudad conocían a don Jerónimo,”, respondió Isabel con una leve sonrisa. “Era un hombre bueno y Mateo Ruiz era su amigo más cercano.
Él sabrá qué hacer.” Francisca abrazó impulsivamente a Isabel. “Gracias”, susurró. “Ve con Dios.” Niña”, respondió la mujer, “y recuerda, no confíes en nadie más. Sorágeda tiene ojos y oídos en toda la ciudad.” Con estas palabras, Isabel la condujo a través de la puerta y la cerró tras ella. Francisca se encontró sola en los huertos del convento bajo un cielo estrellado que parecía infinito después de semanas de encierro.
Se orientó como pudo y comenzó a caminar en dirección a lo que creía que era la salida. El huerto era extenso con árboles frutales y parcelas de verduras que se extendían hasta un muro bajo que separaba la propiedad del convento de la calle. Mientras avanzaba con cautela evitando hacer ruido, escuchó voces que se acercaban.
Se ocultó rápidamente tras un árbol frutal y contuvo la respiración. Debe haber escapado hace poco”, decía una voz que Francisca reconoció como la de Sorágueda. No puede haber ido lejos. “¿Cómo pudo salir de su celda?”, preguntó otra voz la de la madre superiora. “Alguien la ayudó, sin duda,”, respondió Sorágeda con rabia contenida, “y cuando descubra quién fue, pagará caro su traición.
” Las voces se alejaron y Francisca esperó unos minutos más antes de continuar su camino. Finalmente llegó al muro y lo escaló con dificultad, cayendo al otro lado sobre la tierra húmeda de la calle. Se levantó rápidamente y miró a su alrededor. La ciudad dormía bajo la luz de la luna y las calles estaban desiertas.
No sabía exactamente dónde estaba, pero recordaba que la plaza del mercado quedaba hacia el este del convento. Así que comenzó a caminar en esa dirección. Las calles de Oaxaca, normalmente bulliciosas durante el día, parecían un laberinto silencioso y amenazante en la oscuridad de la noche. Cada sombra, cada sonido hacía que Francisca se sobresaltara.
En un par de ocasiones tuvo que esconderse al escuchar pasos que se acercaban, temiendo encontrarse con guardias nocturnos. o peor aún con alguien enviado por Sorágueda. Tras lo que le pareció una eternidad, llegó a la plaza del mercado. A esa hora estaba desierta con los puestos cubiertos y asegurados hasta la mañana siguiente.
Francisca se dio cuenta de que no tenía idea de dónde vivía Mateo Ruiz, ni cómo encontrarlo a esa hora de la noche. Cansada y desorientada, se sentó en los escalones de la fuente central de la plaza para descansar y pensar. El frío de la noche calaba sus huesos y el miedo a ser descubierta la mantenía en constante alerta.
Fue entonces cuando escuchó pasos acercándose. Un hombre emergió de una calle lateral caminando con paso lento pero firme. Francisca se encogió tratando de hacerse invisible en la oscuridad. El hombre pasó cerca de la fuente y, para sorpresa de Francisca, se detuvo y miró directamente hacia donde ella se encontraba.
¿Quién está ahí? Preguntó con voz grave, pero no amenazante. Francisca permaneció en silencio, debatiéndose entre huir o responder. No temas, continuó el hombre. No te haré daño. ¿Estás perdida? Algo en su voz, en su tono amable, hizo que Francisca se arriesgara. Busco a Mateo Ruiz”, dijo con voz temblorosa. El hombre se quedó inmóvil por un instante.
“¿Y quién lo busca a estas horas?”, preguntó con cautela. “Me llamo Francisca Domínguez”, respondió ella, incorporándose lentamente. “Soy hija de Jerónimo Domínguez”. La expresión del hombre cambió visiblemente, incluso en la penumbra. Francisca, exclamó sorprendido. La hija de Jerónimo, me dijeron que estabas en el convento de Santa Catalina.
¿Es usted, Mateo Ruiz?, preguntó Francisca con renovada esperanza. El hombre asintió. Sí, soy yo. ¿Pero qué haces aquí sola a estas horas?, preguntó acercándose a ella. Francisca dudó por un instante, pero la urgencia de su situación la impulsó a confiar en él. Escapé, dijo simplemente. Me tenían encerrada en una celda. Isabel me ayudó a salir y me dijo que lo buscara a usted.
Isabel, preguntó Mateo frunciendo el ceño. La cocinera del convento. Francisca asintió. me dijo que usted era amigo de mi padre y que podría ayudarme. Mateo miró a su alrededor como si temiera ser observado. No es seguro hablar aquí, dijo en voz baja. Ven conmigo. Francisca lo siguió a través de calles estrechas hasta llegar a una casa modesta, pero bien cuidada.
Mateo abrió la puerta y la invitó a entrar. El interior era acogedor, con muebles sencillos, pero de buena calidad, y estantes llenos de libros y pergaminos. Una mesa en el centro de la habitación principal estaba cubierta de papeles y plumas, evidencia del oficio de escribano de su dueño. “Siéntate”, dijo Mateo señalando una silla junto al fuego que ardía en la chimenea.
“Debes estar helada.” Francisca obedeció, agradeciendo el calor que comenzaba a devolverle la sensación a sus miembros entumecidos. Ahora continuó Mateo sentándose frente a ella, cuéntame todo lo que ha pasado. Y Francisca habló. Le contó sobre la muerte de sus padres, sobre cómo su tío la había llevado al convento, sobre las enseñanzas de su padre y cómo Sor Águeda había descubierto su conocimiento del latín.
le habló de su encierro, de las palabras que había escuchado sobre enterrar su conocimiento y finalmente de la misteriosa Isabel y su escape. Mientras hablaba, notó como el rostro de Mateo se oscurecía cada vez más, especialmente cuando mencionó a Sorágueda. No es la primera vez que escucho historias sobre ella”, dijo cuando Francisca terminó su relato.
“Tu padre también tenía sospechas. De hecho, había comenzado a investigar ciertos rumores inquietantes sobre el convento poco antes de su muerte. “¿Qué clase de rumores?”, preguntó Francisca. Mateo se levantó y caminó hacia uno de los estantes. Extrajo un libro encuadernado en cuero y lo abrió, revelando que en realidad era una caja que contenía varios documentos.
“Tu padre me entregó estos papeles para que los guardara”, explicó. me dijo que si algo le pasaba, debía asegurarme de que llegaran a manos del visitador real cuando viniera a la ciudad. ¿El visitador real? Preguntó Francisca confundida. un funcionario enviado directamente por la corona para investigar irregularidades en las colonias, explicó Mateo.
Tu padre había descubierto algo, Francisca, algo relacionado con Sorágueda y con fondos desaparecidos del convento. Creía que había corrupción, posiblemente incluso crímenes más graves. ¿Crees que por eso? Comenzó Francisca sin atreverse a terminar la pregunta. Mateo la miró con gravedad. No puedo estar seguro, pero la muerte de tus padres fue muy repentina y conveniente para ciertos intereses.
La viruela es común, pero dos personas sanas que mueren tan rápidamente. Siempre me pareció sospechoso. Un escalofrío recorrió la espalda de Francisca. ¿Estás sugiriendo que los mataron? Preguntó con un hilo de voz. No tengo pruebas. respondió Mateo con cautela. Pero tu padre estaba cerca de descubrir algo importante, algo que involucraba a gente poderosa en la ciudad, incluida Sorágeda.
¿Y ahora qué hacemos?, preguntó Francisca. Por ahora debes descansar, respondió Mateo. Mañana pensaremos en un plan. No puedes quedarte en la ciudad. No es seguro. Te buscarán y tienen influencia. ¿A dónde iré? Preguntó Francisca con desesperación. Tengo un hermano en Puebla, respondió Mateo. Te llevaré con él.
Estará dispuesto a acogerte mientras resolvemos esto. Francisca asintió agradecida, pero aún temerosa. Mientras Mateo preparaba una cama improvisada para ella, sacó su libro de oraciones y lo abrió. Entre sus páginas encontró las notas que Isabel le había pasado bajo la puerta. Algo en aquella caligrafía temblorosa le resultaba extrañamente familiar.
Fue entonces cuando recordó las palabras de Isabel. Tuve una hija hace muchos años. También la encerraron, pero nadie la ayudó, nadie pudo salvarla. Y si la historia se estaba repitiendo y si ella era solo la última de una serie de víctimas de Sorágueda. Con estos pensamientos perturbadores, Francisca finalmente se quedó dormida, agotada por el miedo y la tensión del escape.
El amanecer en Oaxaca trajo consigo un cielo nublado y amenazante, como si la naturaleza misma presagiara los peligros que acechaban. Francisca despertó sobresaltada, desorientada momentáneamente por encontrarse en un lugar desconocido. Los eventos de la noche anterior regresaron a su memoria en oleadas, su encierro, la ayuda inesperada de Isabel, su encuentro con Mateo Ruiz.
Se incorporó lentamente y vio que Mateo ya estaba despierto, inclinado sobre su escritorio, examinando documentos con expresión concentrada. Al notar que ella había despertado, le dirigió una sonrisa cansada. “Buenos días”, dijo. “¿Has podido descansar algo?” Francisca asintió, aunque la verdad era que su sueño había estado plagado de pesadillas.
en las que Sor Águeda la perseguía por laberintos interminables. He estado pensando continuó Mateo, y creo que lo mejor será que partamos hacia Puebla lo antes posible. He enviado un mensaje a mi hermano informándole de nuestra llegada. ¿Cuándo nos iremos?, preguntó Francisca. Esta misma noche, respondió Mateo, he contratado los servicios de un arriero de confianza.
Viajaremos con una caravana que transporta textiles. Estaremos más seguros así. Francisca asintió nuevamente, agradecida por la eficiencia con que Mateo había organizado todo. Mientras tanto, añadió el escribano, hay algo que quisiera mostrarte. Se levantó y fue hacia un arcón en la esquina de la habitación. Lo abrió con una llave que llevaba colgada al cuello y extrajo un paquete envuelto en tela encerada.
“Esto pertenecía a tu padre”, dijo regresando junto a Francisca. “Me lo entregó poco antes de su muerte con instrucciones precisas de guardarlo para ti si algo le sucedía.” Con manos temblorosas, Francisca desenvolvió el paquete. Dentro había un cuaderno de piel cuyas páginas estaban llenas de la caligrafía firme y elegante de su padre.
Al oogearlo, vio que contenía nombres, fechas, cantidades y notas en un latín más complejo del que le había enseñado. ¿Qué es esto?, preguntó confundida. El registro de la investigación de tu padre”, explicó Mateo. Estaba convencido de que en el convento de Santa Catalina se estaban desviando fondos, grandes cantidades de dinero destinadas a obras de caridad que nunca llegaban a su destino.
También creía que había algo más oscuro, algo relacionado con la desaparición de varias jóvenes a lo largo de los años. Desaparición”, repitió Francisca sintiendo un nudo en el estómago. “Huérfanas principalmente”, asintió Mateo. Niñas sin familia que pudiera preguntar por ellas. El convento recibía donaciones para su cuidado, pero muchas de ellas simplemente desaparecían.
Oficialmente morían de enfermedades, pero tu padre sospechaba que la verdad era mucho más siniestra. Francisca recordó las palabras de Isabel sobre su hija y sintió un escalofrío. “Isabel mencionó que su hija murió en el convento.” Dijo en voz baja, que la encontraron muerta en su celda después de un mes de encierro.
dijo que la mataron porque sabía demasiado. Mateo la miró con interés renovado. “Isabel, ¿te dijo eso?”, preguntó. “Es curioso, porque en los registros de tu padre aparece el nombre de una tal Isabel Mendoza, madre de una joven llamada María, que murió en circunstancias sospechosas hace unos 15 años.
” “¿Crees que es la misma, Isabel?”, preguntó Francisca. Es probable”, respondió Mateo pensativo. “Lo que me sorprende es que siga trabajando en el convento después de tanto tiempo, tan cerca de quienes podrían haber sido responsables de la muerte de su hija.” “Tal vez esperaba una oportunidad”, sugirió Francisca, “una una oportunidad para ayudar a alguien como yo y exponer la verdad.
” Mateo asintió lentamente. Es posible, concedió. En cualquier caso, estas notas de tu padre son valiosas, pero no constituyen pruebas definitivas. Necesitaríamos algo más concreto para presentar ante el visitador real. Francisca miró el cuaderno nuevamente pasando las páginas con cuidado. Mi padre escribía en latín para ocultar el contenido. Observó.
Sabía que pocas personas podrían leerlo y por eso te enseñó el idioma, añadió Mateo. Debió prever que algún día necesitarías este conocimiento. Quizás, comenzó Francisca, pero fue interrumpida por un golpe en la puerta. Mateo se puso tenso inmediatamente. Escóndete, susurró urgentemente. Francisca tomó el cuaderno y corrió hacia una pequeña habitación contigua que servía de almacén.
Desde allí, a través de una rendija en la pared, podía ver y oír lo que sucedía en la habitación principal. Mateo abrió la puerta con cautela. Frente a él estaba un hombre joven vestido con las ropas sencillas de un mozo de cuadra. “Don Mateo”, dijo el joven con voz agitada. “Hay soldados recorriendo la ciudad.
Están buscando a una niña escapada del convento de Santa Catalina. Dicen que es peligrosa, que ha robado objetos de valor.” “Gracias por avisarme, Tomás.” Respondió Mateo con calma aparente. Han venido por este barrio? Aún no, señor, pero no tardarán. La madre superiora ha ofrecido una recompensa por su captura.
Mateo sacó unas monedas de su bolsillo y se las entregó al joven. Si escuchas algo más, házmelo saber, le dijo. Cuando el joven se marchó, Mateo cerró la puerta y se volvió hacia el lugar donde Francisca estaba escondida. ¿Has oído?”, dijo gravemente. “No podemos esperar hasta la noche. Debemos salir de la ciudad cuanto antes.
” Francisca salió de su escondite temblando ligeramente. “¿Cómo?”, preguntó. “Si hay soldados buscándome, “Tendremos que usar un disfraz”, respondió Mateo pensativo. “Y no podremos usar las puertas principales de la ciudad.” Rápidamente, Mateo reunió algunas ropas, un sencillo vestido de campesina, un rebozo oscuro para cubrir el cabello y parte del rostro y unas sandalias de cuero.
Ponte esto le indicó a Francisca. Te harás pasar por mi sobrina venida del campo para ayudarme con las tareas domésticas. Mientras Francisca se cambiaba en la habitación contigua, Mateo preparó una pequeña bolsa con provisiones para el viaje, pan, queso, fruta seca y una cantimplora con agua. También guardó cuidadosamente el cuaderno de don Jerónimo y algunos otros documentos en una bolsa de cuero que podría llevar oculta bajo su capa.
Saldremos por la puerta trasera”, explicó cuando Francisca regresó con su nuevo atuendo. “Conozco un camino que bordea las murallas de la ciudad, usado principalmente por contrabandistas. No es el más seguro, pero evitaremos los controles de los soldados.” Francisca asintió, nerviosa, pero decidida.
se aseguró de que su libro de oraciones estuviera bien guardado entre los pliegues de su vestido, y se cubrió el rostro con el rebozo, dejando apenas visibles sus ojos. Salieron por una pequeña puerta que daba a un callejón estrecho y poco transitado. Mateo caminaba delante aparentando normalidad mientras Francisca lo seguía con la cabeza baja, como correspondería a una humilde sobrina campesina.
El camino los llevó por calles cada vez más estrechas y menos cuidadas, alejándose del centro de la ciudad hacia los barrios más pobres, cercanos a las murallas. En un par de ocasiones tuvieron que detenerse y ocultarse al ver patrullas de soldados a lo lejos. Finalmente llegaron a lo que parecía ser un callejón sin salida, terminado en un muro de piedra que formaba parte de la muralla exterior de la ciudad.
Mateo miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los observaba y luego empujó una sección del muro que, para sorpresa de Francisca, se dio revelando un pasadizo estrecho. “Los albañiles que construyeron estas murallas dejaron varios pasajes secretos”, explicó Mateo en voz baja mientras entraban. originalmente para poder salir en caso de asedio, pero ahora los usan principalmente contrabandistas y digamos personas que necesitan abandonar la ciudad discretamente.
El pasadizo era oscuro y húmedo, apenas lo suficientemente ancho para que pasara una persona. Mateo sacó una pequeña vela de entre sus ropas y la encendió, proporcionando una luz tenue que les permitía avanzar sin tropezar. “Ten cuidado donde pisas”, advirtió. “El suelo es irregular.” Caminaron lo que pareció una eternidad, el pasadizo descendiendo levemente antes de volver a ascender.
Finalmente, Mateo se detuvo frente a lo que parecía ser otra sección móvil del muro. “Escucha”, dijo en voz baja, “Cuando salgamos estaremos fuera de la ciudad, pero no fuera de peligro. A unos 2 kilómetros hacia el este, hay una pequeña aldea donde vive un amigo mío, Sebastián Torres. es carpintero y nos proporcionará refugio mientras organizo nuestro viaje a Puebla.
¿Entiendes? Francisca asintió apretando con fuerza su libro de oraciones a través de la tela de su vestido, como si buscara fuerza en él. Mateo empujó la sección del muro que se dio con un crujido apenas audible y ambos salieron a la luz del día. Se encontraban en un pequeño claro rodeado de vegetación a unos 50 m de la muralla de la ciudad.
No había caminos visibles, solo la extensión verde de la naturaleza. Por aquí, indicó Mateo, señalando hacia un sendero apenas perceptible entre la maleza. Comenzaron a caminar a buen paso, conscientes de que cada minuto que pasaban a descubierto aumentaba el riesgo de ser vistos. El sendero serpenteaba entre árboles y arbustos, alejándolos cada vez más de la ciudad.
Llevaban caminando cerca de una hora cuando escucharon el sonido de cascos de caballos acercándose. Mateo se detuvo en seco, escuchando atentamente. “Soldados”, murmuró. “Rápido, escondámonos!” Se apartaron del sendero y se ocultaron tras unos arbustos densos. Apenas se habían agachado cuando un grupo de cuatro jinetes pasó a toda velocidad por el camino que ellos acababan de abandonar.
Se dirigen hacia la aldea, observó Mateo con preocupación. Debemos cambiar de ruta. Tomaron un desvío adentrándose más en la vegetación, lejos de los caminos principales. El avance se hizo más difícil, pero la protección del follaje compensaba la incomodidad. Después de otra hora de caminata, llegaron a un pequeño arroyo.
Mateo sugirió que descansaran brevemente para recuperar fuerzas y beber agua. Mientras se refrescaban, Francisca sacó su libro de oraciones y lo abrió. Entre sus páginas encontró nuevamente las notas de Isabel. Algo en aquella caligrafía temblorosa seguía inquietándola. Mateo dijo de repente, “¿Sabes si Isabel tenía más hijos además de María?” Mateo, que estaba bebiendo agua del arroyo, la miró con curiosidad.
“No que yo sepa, respondió. ¿Por qué lo preguntas?” Francisca le mostró las notas. “Hay algo en esta escritura que me resulta familiar”, explicó. “Como si la hubiera visto antes, pero no puedo recordar dónde.” Mateo examinó las notas con atención. Es una caligrafía poco común”, observó. Parece educada deteriorada, como si quien la escribió hubiera tenido una buena formación, pero luego perdiera práctica o sufriera algún tipo de daño en la mano. Francisca asintió pensativa.
Isabel dijo que su hija también sabía cosas que no debía saber. Según Sorágueda recordó, tal vez ella también había recibido educación como yo. Es posible, concedió Mateo. En cualquier caso, debemos continuar. Aún nos queda camino por recorrer y no es seguro permanecer mucho tiempo en el mismo lugar.
Reanudaron la marcha, ahora bordeando el arroyo que según Mateo, los llevaría eventualmente cerca de la aldea donde vivía Sebastián Torres. El sol comenzaba a descender en el horizonte cuando finalmente divisaron un conjunto de cabañas a lo lejos. Mateo se detuvo y observó con cautela. Es la aldea. Dijo, pero algo no está bien. Francisca siguió su mirada y vio lo que le preocupaba.
Varios caballos estaban atados frente a una de las cabañas más grandes y se podían distinguir las siluetas de soldados moviéndose entre las construcciones. “Han llegado antes que nosotros”, murmuró Mateo. “¿Qué hacemos ahora?”, preguntó Francisca, sintiendo que el miedo volvía a apoderarse de ella. Mateo meditó por un momento.
“Tendremos que rodear la aldea y continuar hacia el sur”, decidió finalmente. “Hay un monasterio franciscano a unos 10 km de aquí. Los frailes son buenos hombres. Nos darán refugio por una noche.” Estaban a punto de desviarse cuando escucharon un crujido entre los arbustos cercanos. Ambos se quedaron inmóviles conteniendo la respiración.
De entre la vegetación emergió un hombre de mediana edad vestido con ropas sencillas de campesino. “Don Mateo”, dijo el hombre en voz baja. Mateo pareció reconocerlo y se relajó visiblemente. Pedro respondió, “¿Qué haces aquí?” “Sastián me envió a buscarlos”, explicó Pedro. Rápidamente llegaron soldados a la aldea preguntando por ustedes.
Ofrecieron una recompensa y describieron a la niña con precisión. Sebastián sospechó que vendrían por este camino y me pidió que los interceptara. Sebastián, ¿está bien?, preguntó Mateo con preocupación. Pedro asintió. Les dijo a los soldados que no los había visto, pero que estaría atento. No sospechan de él, pero no es seguro que vayan a la aldea.
¿A dónde podemos ir entonces? Preguntó Mateo. Sebastián sugiere la cabaña de su primo en la montaña, respondió Pedro. Está abandonada desde hace meses, pero es habitable. Nadie los buscaría allí. Mateo consideró la sugerencia por un momento y luego asintió. “Nos llevarás allí”, decidió Pedro.
los guió por un sendero apenas visible que ascendía por la ladera de una pequeña montaña. El camino era empinado y difícil, especialmente para Francisca, cuyos pies delicados no estaban acostumbrados a largas caminatas por terrenos irregulares, pero el miedo a ser capturada le daba fuerzas para continuar. La noche había caído completamente cuando finalmente llegaron a una pequeña cabaña de madera semioculta entre árboles y rocas.
Pedro sacó un manojo de llaves de entre sus ropas y abrió la puerta que crujió al moverse. El interior era sencillo pero acogedor. Una mesa, algunas sillas, una cama en un rincón y una pequeña chimenea. Todo estaba cubierto por una fina capa de polvo, evidencia de los meses de abandono. “No es mucho,” dijo Pedro, pero estarán seguros aquí.
Nadie viene por estos lados. Te agradecemos, Pedro”, dijo Mateo. ¿Podrías llevar un mensaje a Sebastián? Necesito que contacte con el arriero que mencioné esta mañana y reorganice nuestro viaje a Puebla. “Lo haré”, aseguró Pedro. “Volveré mañana con provisiones y noticias. Cuando Pedro se marchó, Mateo encendió un pequeño fuego en la chimenea, teniendo cuidado de mantenerlo controlado para que el humo no fuera visible desde lejos.
“Descansa,” le dijo a Francisca. “Ha sido un día largo y mañana nos espera otro”. Francisca se sentó en la cama, agotada tanto física como emocionalmente, sacó su libro de oraciones y lo abrió nuevamente buscando consuelo en sus páginas familiares. Fue entonces cuando lo notó en el margen de una de las páginas, casi imperceptible a menos que se supiera dónde mirar, había una nota escrita en la misma caligrafía temblorosa de Isabel.
Busca la verdad en el jardín de las piedras, decía Mateo. Llamó Francisca, mira esto. El escribano se acercó y examinó la nota con sorpresa. ¿Estaba aquí antes?, preguntó. Francisca negó con la cabeza. Nunca la había visto. Isabel debe haberla escrito antes de devolverme el libro cuando me ayudó a escapar. El jardín de las piedras, repitió Mateo pensativo.
¿Te suena familiar? Francisca reflexionó por un momento y luego asintió lentamente. En el convento hay un pequeño patio interior que llaman así, recordó. Está pavimentado con piedras de distintos colores, formando un mosaico. Las monjas más ancianas suelen sentarse allí a tomar el sol. ¿Por qué Isabel querría que buscaras allí?, se preguntó Mateo en voz alta.
No lo sé, respondió Francisca. Pero debe ser importante si se tomó el trabajo de dejarme esta nota oculta. Mateo suspiró pasándose una mano por el cabello con gesto cansado. Sea lo que sea, por ahora no podemos hacer nada al respecto. El convento es el último lugar al que deberías regresar.
Francisca asintió, aunque en su mente comenzaba a formarse una idea, una posibilidad que aún no se atrevía a compartir con Mateo. Noche, mientras el escribano dormía en una improvisada cama en el suelo, Francisca permaneció despierta, observando las llamas moribundas en la chimenea y pensando en Isabel, en su hija María, en su padre y en todas las piezas de aquel rompecabezas que aún no lograba encajar completamente.
“Busca la verdad en el jardín de las piedras”, susurró para sí misma. “¿Qué verdad, Isabel? ¿Qué es lo que debo encontrar? Los primeros rayos del alba se filtraban por las pequeñas ventanas de la cabaña cuando Francisca despertó de un sueño intranquilo. Había soñado con el jardín de las piedras, pero en su sueño las piedras de colores se movían como si estuvieran vivas, revelando un pasadizo que descendía hacia la oscuridad.
se incorporó lentamente, notando que Mateo ya estaba despierto, inclinado sobre la mesa donde había desplegado varios papeles, incluido el cuaderno de su padre. “Buenos días”, dijo él al notar que había despertado. “¿Has podido descansar?” Francisca asintió, aunque la verdad era que se sentía casi tan cansada como la noche anterior.
“He estado revisando las notas de tu padre”, continuó Mateo. “Hay algo interesante aquí, algo que no había notado antes.” Francisca se acercó curiosa. Mateo señaló una página donde su padre había dibujado lo que parecía ser un plano esquemático del convento de Santa Catalina. “Mira esto”, dijo señalando una sección marcada con una X.
“Tu padre había identificado un área específica del convento para su investigación y creo que es precisamente el jardín de las piedras que mencionaste anoche.” Francisca observó el plano con atención. Efectivamente, la X marcaba la ubicación aproximada del pequeño patio interior. ¿Por qué ese lugar en particular? Se preguntó en voz alta.
No lo sé, con certeza, respondió Mateo, pero hay varias anotaciones en latín alrededor de la marca. Hablan de cimientos antiguos, pasajes olvidados y archivos secretos. ¿Crees que hay algo oculto bajo el jardín?”, preguntó Francisca recordando su sueño. “Es posible”, asintió Mateo. Los conventos antiguos a menudo tenían pasadizos y cámaras secretas utilizadas en tiempos de persecución o para guardar objetos valiosos.
Y según estas notas, tu padre creía que allí podría encontrarse documentación incriminatoria. Francisca guardó silencio pensando intensamente. Su idea de la noche anterior comenzaba a tomar forma con más claridad. “Necesito volver”, dijo finalmente. Mateo la miró como si hubiera enloquecido. “Volver al convento. Eso es una locura, Francisca.
Te están buscando. Sorágueda probablemente tiene guardias vigilando cada entrada.” Lo sé, respondió ella con firmeza. Pero piénsalo, Mateo. Si mi padre estaba en lo cierto, si hay pruebas allí que podrían exponer lo que realmente está sucediendo en el convento, ¿no vale la pena el riesgo? Es demasiado peligroso, insistió Mateo.
Si te atrapan, si me atrapan, me encerrarán de nuevo, completó Francisca. Pero si no hacemos nada, ¿cuántas otras niñas sufrirán el mismo destino? ¿Cuántas más desaparecerán sin dejar rastro? Mi padre estaba investigando esto, Mateo. Creo que debo continuar su trabajo. Mateo la observó con una mezcla de admiración y preocupación.
Tienes el mismo espíritu determinado de tu padre”, dijo finalmente. “Pero necesitamos un plan. No puedes simplemente presentarte en el convento.” Francisca asintió, agradecida de que Mateo no rechazara completamente su idea. “Necesitamos ayuda desde dentro”, dijo pensativa Isabel. Es arriesgado contactarla, advirtió Mateo.
Podrían estar vigilándola después de tu escape. Aún así es nuestra mejor opción, insistió Francisca. Ella conoce el convento, conoce las rutinas y tiene sus propias razones para ayudarnos. Antes de que Mateo pudiera responder, escucharon pasos acercándose a la cabaña. Ambos se tensaron, pero se relajaron al reconocer la voz de Pedro, llamando suavemente desde el exterior.
Mateo abrió la puerta y Pedro entró cargando una bolsa con provisiones. “Traigo noticias”, dijo sin preámbulos. “Y no son buenas. Los soldados han intensificado la búsqueda. Están registrando todas las aldeas cercanas y han establecido controles en los caminos principales. Sebastián dice que es imposible organizar el viaje a Puebla por ahora.
Mateo frunció el ceño claramente preocupado. ¿Hay alguna otra novedad?, preguntó Pedro. asintió gravemente. Han arrestado a una mujer del convento, una sirvienta. La acusan de haber ayudado a escapar a la niña. Isabel, preguntó Francisca alarmada. No sé su nombre, respondió Pedro. Solo que es una mujer mayor que trabajaba en las cocinas, Francisca y Mateo intercambiaron una mirada de preocupación.
Si han arrestado a Isabel, comenzó Francisca. Está en peligro, completó Mateo, y con ella todas las respuestas que podría darnos. ¿Dónde la tienen?, preguntó Francisca. En las celdas del cabildo, respondió Pedro. Según los rumores, será interrogada por el alguacil mayor esta tarde. Francisca se puso de pie determinada.
“Debemos ayudarla”, declaró. No podemos dejar que sufra por haberme ayudado, Francisca. No podemos simplemente irrumpir en las celdas del cabildo”, argumentó Mateo. “Están vigiladas día y noche. No digo que irrumpamos”, aclaró Francisca. “Pero debe haber alguna forma de comunicarnos con ella, de saber qué información tiene.
” Mateo guardó silencio considerando las opciones. Finalmente se volvió hacia Pedro. Pedro, ¿conoces a alguien que trabaje en el cabildo? ¿Algún guardia o mozo que pueda ser persuadido para llevar un mensaje? Pedro reflexionó por un momento. Mi primo Miguel trabaja allí como mozo de cuadra, respondió, cuida los caballos de los oficiales.
Quizás él pueda ayudarnos por una recompensa adecuada. Perfecto. Asintió Mateo. Podrías contactarlo hoy mismo. Necesitamos que entregue un mensaje a la prisionera discretamente y nos traiga su respuesta. Lo intentaré”, prometió Pedro. “¿Qué mensaje quieren enviarle?” Mateo miró a Francisca, quien tomó su libro de oraciones, y arrancó cuidadosamente un pequeño trozo de una página en blanco.
Con el carboncillo que Mateo usaba para escribir, redactó un breve mensaje en latín. Amic periculo, cuero, veritate minorto lapidum, kid inveniam. Amiga, en peligro, busco la verdad en el jardín de las piedras. ¿Qué encontraré? Si realmente fue Isabel quien dejó esa nota, entenderá esto, explicó Francisca mientras doblaba cuidadosamente el papel.
Y si alguien más lo intercepta, probablemente no podrá leerlo. Mateo asintió impresionado por la precaución de Francisca. Pedro, necesitamos que tu primo le entregue esto a la mujer arrestada del convento y nos traiga cualquier respuesta que ella pueda dar. Pedro tomó el pequeño papel y lo guardó en un bolsillo oculto de su chaleco. “Haré lo posible”, prometió.
“Volveré tan pronto como tenga noticias.” Después de que Pedro partiera, Francisca y Mateo pasaron las horas siguientes revisando meticulosamente las notas de don Jerónimo, buscando más pistas sobre el jardín de las piedras y los secretos que podría ocultar. “Mira esto”, dijo Francisca en un momento señalando una anotación en el margen de una de las páginas.
Mi padre escribió tertia petra rubra a bangulo orientali. Signum Cruis inversae Javet, que significa la tercera piedra roja desde la esquina oriental tiene el signo de una cruz invertida. Una marca para identificar algo murmuró Mateo. Quizás la entrada a un pasadizo secreto o el lugar donde se oculta algo importante.
Y aquí hay más, continuó Francisca volteando la página. Subpetra escala. Adveritatem descendit. Bajo la piedra, una escalera desciende hacia la verdad. Cada vez parece más claro que hay algo importante oculto bajo ese jardín, comentó Mateo. Algo que tu padre descubrió y que posiblemente le costó la vida. La espera se hizo interminable.
El día avanzaba y Pedro no regresaba. A medida que el sol comenzaba a descender, la preocupación de Francisca y Mateo aumentaba. “¿Y si lo han descubierto?”, se preguntaba Francisca en voz alta. “¿Y si han atrapado a su primo intentando comunicarse con Isabel?” No pensemos en lo peor”, respondió Mateo, aunque su tono dejaba entrever que él mismo compartía esas preocupaciones.
Pedro conoce los riesgos y es cauteloso. Finalmente, cuando las sombras del atardecer ya se extendían sobre el bosque, escucharon pasos apresurados acercándose a la cabaña. Mateo se levantó de un salto y abrió la puerta antes incluso de que llamaran. Pedro entró jadeando por la carrera y visiblemente agitado.
“Lo conseguí”, dijo entre respiraciones entrecortadas. Miguel pudo entregarle el mensaje y traer su respuesta. Pero hay más noticias y no son buenas. “¿Qué ha pasado?”, preguntó Mateo con urgencia. El interrogatorio, respondió Pedro, fue brutal. La mujer se negó a hablar, a revelar dónde podría estar la niña. El alguacil perdió la paciencia.
Según Miguel está gravemente herida y temen que no sobreviva la noche. Francisca sintió que el mundo se detenía a su alrededor. La idea de que Isabel estuviera sufriendo, muriendo, por haberla ayudado, era insoportable. trajo su respuesta. Preguntó con voz quebrada. Pedro asintió y extrajo un pequeño trozo de tela de su bolsillo.
No tenía papel, explicó. Escribió en un girón de su propia vestimenta con sangre. Francisca tomó el trozo de tela con manos temblorosas. En él, con una caligrafía casi irreconocible por las circunstancias en que fue escrita, había un breve mensaje en latín. Subtertia, petra, rubra, liber, beritatis, festina, filia, mors apropinquat, bajo la tercera piedra roja, el libro de la verdad.
Date prisa, hija, la muerte se acerca. Mm. Confirma lo que sospechábamos”, dijo Mateo en voz baja. “Hay algo oculto bajo la tercera piedra roja, un libro que aparentemente contiene información importante. Y dice que me dé prisa”, añadió Francisca sintiendo un nudo en la garganta. “Que la muerte se acerca.” “Podría referirse a su propia muerte”, sugirió Mateo gravemente, “O a algo peor.
¿Hay algo más?”, interrumpió Pedro. Miguel escuchó a los guardias hablar. Dicen que mañana al amanecer planean registrar todas las cabañas y refugios en las montañas cercanas. Están convencidos de que la niña no ha podido ir lejos. Mateo maldijo en voz baja. El cerco se estrecha. dijo, “No nos queda mucho tiempo.
” Francisca miró por la ventana hacia el cielo, que comenzaba a oscurecerse. Una decisión tomaba forma en su mente, clara e ineludible. “Debo ir esta noche”, declaró con firmeza. “Esta noche”, repitió Mateo incrédulo. “Al convento es una locura, Francisca. La seguridad estará reforzada. Precisamente por eso, respondió ella, estarán esperando que intentemos huir más lejos, no que regrese al lugar del que escapé.
Además, con la conmoción por el estado de Isabel, quizás haya cierto desorden que podamos aprovechar. Mateo negó con la cabeza, pero su expresión indicaba que comenzaba a considerar la posibilidad. ¿Y cómo planeas entrar? preguntó. Las puertas estarán vigiladas por el mismo camino por el que salí, respondió Francisca.
Isabel me mostró un pasadizo que conduce desde los huertos traseros hasta el interior. Si podemos llegar a esos huertos sin ser vistos, es extremadamente peligroso insistió Mateo. Lo sé, reconoció Francisca, pero piensa en lo que está en juego. Y podemos encontrar ese libro, esas pruebas que mi padre buscaba, podríamos poner fin a todo esto.
Podríamos justicia para Isabel, para su hija María, para todas las niñas que han desaparecido, para tus padres, añadió Mateo en voz baja. Francisca asintió sintiendo que las lágrimas amenazaban con brotar. “Para mis padres”, repitió. Mateo guardó silencio durante largo rato, sumido en sus pensamientos.
Finalmente suspiró profundamente. “De acuerdo, concedió. Iremos esta noche, pero necesitamos un plan cuidadoso y si algo sale mal, si hay el menor indicio de peligro inminente, nos retiraremos inmediatamente. ¿Entendido? Francisca asintió agradecida, pero también consciente de la gravedad de lo que estaban a punto de emprender.
Pedro, que había escuchado el intercambio en silencio, dio un paso adelante. Puedo ayudar, ofreció. Conozco los alrededores del convento mejor que nadie. Puedo guiarlos hasta los huertos traseros, evitando los caminos principales. Gracias, Pedro, dijo Mateo. Tu ayuda será invaluable. Pasaron las horas siguientes planeando cuidadosamente cada detalle de la incursión nocturna.
Mateo dibujó un mapa aproximado de la ciudad y sus alrededores, marcando los puntos de vigilancia conocidos y las rutas alternativas. Pedro aportó su conocimiento local, sugiriendo pasajes poco frecuentados y puntos de observación estratégicos. Francisca, por su parte, trataba de recordar con la mayor precisión posible la disposición del jardín de las piedras y la ubicación exacta de la tercera piedra roja desde la esquina oriental.
Cuando la noche cayó completamente sobre la montaña, los tres se prepararon para partir. Mateo guardó cuidadosamente el cuaderno de don Jerónimo en su bolsa, junto con algunos otros documentos que consideraba importantes. Francisca aseguró su libro de oraciones entre los pliegues de su vestido, como había hecho durante su escape.
¿Estás segura de esto?, preguntó Mateo una última vez mientras se ponían en camino. Francisca asintió con determinación. Es lo que mi padre habría hecho, respondió simplemente. Descendieron la montaña en silencio, guiados por Pedro, que conocía cada piedra y cada árbol del camino. La noche era clara, con una luna menguante que proporcionaba suficiente luz para ver sin ser demasiado visibles desde la distancia.
A medida que se acercaban a la ciudad, Pedro los condujo por senderos cada vez más estrechos y ocultos, bordeando arroyos y atravesando pequeños bosques que los mantenían a cubierto de miradas indiscretas. Finalmente, después de casi 2 horas de cuidadoso avance, llegaron a un punto desde el que podían ver los altos muros del convento de Santa Catalina recortados contra el cielo nocturno.
Los huertos traseros están allí”, susurró Pedro señalando hacia una zona menos iluminada. “Hay una pequeña puerta en el muro, normalmente usada por los jardineros y proveedores. ¿Está vigilada?”, preguntó Mateo. Pedro entrecerró los ojos tratando de distinguir detalles en la oscuridad. “No veo guardias”, respondió, “pero eso no significa que no los haya.
Me adelantaré a comprobar, decidió Mateo. Esperen aquí. Antes de que Francisca pudiera protestar, Mateo se deslizó entre las sombras, acercándose cautelosamente al muro del convento. Los minutos pasaron con angustiosa lentitud hasta que finalmente regresó. “No hay guardias visibles en la puerta trasera”, informó.
Parece que han concentrado la vigilancia en las entradas principales y en los alrededores de la ciudad, como sospechábamos. “Entonces, ¿podemos entrar?”, preguntó Francisca ansiosa. “Podemos intentarlo, asintió Mateo. Pedro, tú deberías quedarte aquí si no hemos regresado antes del amanecer. Buscaré ayuda, completó Pedro.
Sebastián sabrá qué hacer. Con un último intercambio de miradas, Francisca y Mateo se despidieron de Pedro y se acercaron sigilosamente al muro del convento. La pequeña puerta que Isabel había mencionado estaba allí, parcialmente oculta por enredaderas y arbustos. Mateo intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. Tendremos que escalar”, susurró Francisca.
asintió, agradeciendo mentalmente a su padre por haberle enseñado a trepar árboles cuando era más pequeña. Con la ayuda de Mateo, logró alcanzar la parte superior del muro, que afortunadamente no tenía las púas o vidrios rotos que solían colocarse en las murallas principales. Una vez arriba se tumbó sobre el estrecho borde y extendió una mano para ayudar a Mateo a subir. con esfuerzo.
Ambos lograron pasar al otro lado, descendiendo cuidadosamente hasta los huertos del convento. ¿Recuerdas dónde está el pasadizo que mencionó Isabel?, preguntó Mateo en voz baja. Francisca asintió, señalando hacia un pequeño cobertizo de herramientas en la esquina del huerto. Allí, dijo, “hay una trampilla bajo los sacos de semillas.
Se deslizaron entre los cultivos, agachados para evitar ser vistos desde las ventanas del edificio principal. Cuando llegaron al cobertizo, Mateo abrió la puerta con extremo cuidado para evitar que crujiera. El interior olía a tierra húmeda y herramientas oxidadas. Francisca se dirigió directamente hacia un rincón donde varios sacos de semillas estaban apilados.
Con la ayuda de Mateo los apartaron revelando una trampilla de madera en el suelo. Aquí está, susurró Francisca. Mateo la abrió lentamente, revelando una escalera que descendía hacia la oscuridad. sacó una pequeña vela de entre sus ropas, la misma que había usado en el pasadizo de la muralla, y la encendió cuidadosamente. Yo iré primero, dijo.
Descendieron por la estrecha escalera que conducía a un túnel bajo y húmedo. Francisca reconoció el camino que Isabel le había mostrado durante su escape, pero ahora lo recorrían en sentido inverso. El túnel serpenteaba bajo tierra con ocasionales respiraderos que conectaban con patios o jardines del convento proporcionando el aire necesario para que la vela siguiera ardiendo.
Debemos estar cerca del edificio principal ahora”, susurró Francisca después de varios minutos de avance. Efectivamente, poco después, el túnel terminaba en otra escalera que ascendía hacia una trampilla similar. Mateo apagó la vela antes de que Francisca abriera cuidadosamente la trampilla, asomándose para comprobar que no hubiera nadie.
“Estamos en la bodega de alimentos”, confirmó en voz baja. Desde aquí podemos acceder al pasillo principal que conduce al jardín de las piedras. Salieron de la bodega y se encontraron en un corredor oscuro y silencioso. El convento dormía, o al menos eso parecía. Solo algunas velas ardían aquí y allá, en nichos de las paredes, proporcionando una iluminación mínima.
Por aquí, indicó Francisca, guiando a Mateo a través de pasillos que recordaba de su tiempo como huérfana en el convento. A cada paso, ambos contenían la respiración, temerosos de encontrarse con alguna monja que realizara rondas nocturnas o con guardias que pudieran haber sido apostados en el interior del edificio.
Finalmente llegaron a una pequeña puerta de madera que daba al jardín de las piedras. Francisca la abrió con extremo cuidado, revelando el pequeño patio interior con su característico pavimento de piedras de colores formando un mosaico. La luna iluminaba tenuemente el espacio, permitiéndoles distinguir los diferentes colores de las piedras.
Francisca se orientó buscando la esquina oriental. Allí susurró señalando, esa es la esquina oriental donde el sol aparece primero por las mañanas. Se acercaron con cautela, contando las piedras rojas desde la esquina. “Una, dos, tres”, murmuró Francisca arrodillándose junto a la tercera piedra roja.
La observó con atención, buscando el signo de la cruz invertida que su padre había mencionado en sus notas. Y allí estaba casi imperceptible un pequeño símbolo tallado en la superficie de la piedra. Es esta confirmó Mateo. Se arrodilló junto a ella y ambos intentaron mover la piedra. Al principio parecía firmemente asentada, pero después de aplicar presión en diferentes ángulos, finalmente cedió, revelando un pequeño hueco debajo.
Francisca introdujo la mano y palpó en la oscuridad hasta que sus dedos tocaron algo que parecía ser un libro envuelto en tela encerada. Lo encontré”, susurró con excitación contenida. Sacó cuidadosamente el paquete y lo desenvolvió, revelando un libro de aspecto antiguo con cubiertas de cuero oscuro. No tenía título visible, solo un símbolo grabado en la portada, una cruz invertida, idéntica a la marca de la piedra.
¿Qué contiene?, preguntó Mateo ansioso. Francisca abrió el libro con cuidado. Las páginas estaban escritas a mano en una mezcla de español y latín con fechas que se remontaban a casi 50 años atrás. A medida que ojeaba el contenido, su rostro reflejaba una creciente consternación. Es es un registro, dijo con voz temblorosa, un registro de niñas traídas al convento, de fondos recibidos para su cuidado y de de sus destinos.
Mateo se acercó más para ver mejor en la escasa luz. ¿Qué clase de destinos?, preguntó con cautela. Algunas fueron enviadas a trabajar como sirvientas en casas de familias adineradas, leyó Francisca. Otras fueron vendidas a ascendados para trabajos en el campo y algunas, algunas tienen simplemente una cruz junto a sus nombres.
Las que murieron, murmuró Mateo, o las que fueron asesinadas. Francisca asintió, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Hay nombres, fechas, cantidades de dinero recibidas”, continuó. “Y hay una sección al final con nombres de compradores y donantes, incluidos miembros del cabildo y comerciantes prominentes de la ciudad.
Es la prueba que tu padre buscaba,”, dijo Mateo, “la evidencia de una red de tráfico de niñas huérfanas con la complicidad de personas poderosas. Francisca pasó más páginas hasta llegar a una entrada que le hizo contener el aliento. María Mendoza leyó en voz alta, 14 años, ingresada en 1709. Junto a su nombre hay una nota.
Sabe leer y escribir en latín. Descubrió el libro Resistente al castigo, eliminada. La hija de Isabel, confirmó Mateo. Y aquí hay algo más. Continuó Francisca pasando a una página posterior. Isabel Mendoza, contratada como cocinera en 1710, vigilancia constante recomendada. La mantuvieron cerca para observarla, comentó Mateo.
Probablemente temían que supiera demasiado o buscara venganza. Y al final del libro, dijo Francisca, llegando a las últimas páginas, hay entradas recientes, incluyendo mis padres. Con manos temblorosas leyó la entrada. Jerónimo Domínguez y Catalina Morales, descubiertos investigando las finanzas del convento, eliminados mediante veneno administrado gradualmente, hija Francisca trasladada al convento para observación.
Conocimientos de latín potencialmente peligrosos. Las lágrimas brotaron de los ojos de Francisca, pero se la secó rápidamente. No era momento para el dolor, sino para la acción. Tenemos que salir de aquí, dijo Mateo con urgencia. Este libro es toda la evidencia que necesitamos para presentar ante el visitador real.
Francisca asintió, pero antes de que pudieran moverse, una voz fría y familiar resonó en el silencio del jardín. Vaya, vaya, la pequeña Francisca ha regresado a nosotros y ha encontrado lo que no debía encontrar. Ambos se giraron bruscamente. Sorágueda estaba de pie en la entrada del jardín, acompañada por dos hombres armados con espadas.
“Sabía que volverías”, continuó la monja con una sonrisa desprovista de calidez. Los culpables siempre regresan a la escena de su crimen. Es un principio que he comprobado muchas veces. El único crimen aquí es el que usted y sus cómplices han cometido durante años”, respondió Francisca con una valentía que sorprendió incluso a Mateo.
Asesinatos, tráfico de niñas inocentes, robo de fondos destinados a obras de caridad. Grandes palabras para una niña tan pequeña. Se burló Sorágueda. ¿Y qué piensas hacer? llevarte ese libro y mostrarlo a las autoridades, a las mismas autoridades cuyos nombres aparecen en esas páginas como beneficiarios de nuestros arreglos.
Mateo dio un paso adelante, colocándose protectoramente frente a Francisca. “No todos en el gobierno son corruptos”, declaró. El visitador real llegará la próxima semana y él responde directamente ante la corona, no ante los intereses locales. La sonrisa de Sorágueda vaciló ligeramente. Para entonces ustedes dos ya no serán un problema, dijo haciendo un gesto a los hombres armados.
Y ese libro habrá desaparecido como tantos otros inconvenientes a lo largo de los años. Los hombres avanzaron amenazadoramente, pero antes de que pudieran alcanzarlos, una figura surgió de las sombras detrás de Sorágueda. Era Isabel, su rostro ensangrentado y magullado por el interrogatorio, pero sus ojos brillaban con determinación feroz.
No esta vez, Águeda, dijo con voz débil, pero firme. Sorágeda se giró sorprendida, dando a Mateo la oportunidad que necesitaba. Con un movimiento rápido, empujó una de las pesadas macetas que decoraban el jardín, bloqueando momentáneamente el paso a los hombres armados. “¡Corre, Francisca!”, gritó. Francisca dudó, no queriendo abandonar a Isabel.
“Ve”, insistió la mujer. “Llévate el libro. Es tu prueba, la justicia que mi hija nunca tuvo. Con el corazón desgarrado, Francisca asintió y corrió tras Mateo, que ya se dirigía hacia el pasillo por el que habían venido. Detrás de ellos escucharon gritos y el sonido de una lucha, pero no se detuvieron.
Corrieron por los pasillos del convento, ahora en plena alarma. A lo lejos se escuchaban voces y pasos apresurados. Mateo guiaba a Francisca tratando de recordar el camino hacia la bodega y el pasadizo secreto. Cuando finalmente llegaron a la bodega, escucharon pasos acercándose rápidamente. Mateo abrió la trampilla y ayudó a Francisca a descender. Rápido.
Urgió mientras los pasos se acercaban. Francisca bajó los escalones a toda prisa, seguida por Mateo, que cerró la trampilla tras ellos, justo cuando la puerta de la bodega se abría violentamente. En la oscuridad del túnel, Mateo encendió nuevamente su vela y ambos corrieron tanto como el estrecho espacio lo permitía.
El libro, apretado firmemente contra el pecho de Francisca, parecía palpitar con las vidas de todas las niñas cuyos destinos estaban registrados en sus páginas. Cuando finalmente emergieron en el cobertizo de herramientas, la noche estaba avanzada, pero aún faltaban horas para el amanecer. Con cautela se asomaron para comprobar que los huertos estuvieran despejados.
“Parece que aún no han enviado guardias aquí”, susurró Mateo. “Debemos darnos prisa”. Cruzaron los huertos agachados, manteniéndose entre los cultivos para minimizar su visibilidad. Cuando llegaron al muro, Mateo entrelazó sus manos para ayudar a Francisca a subir. Una vez en lo alto del muro, Francisca se tumbó y extendió su mano para ayudar a Mateo.
Justo cuando este comenzaba a subir, un grito resonó desde el edificio principal. Allí en los huertos. Mateo miró hacia atrás y vio a varios guardias corriendo en su dirección. “Salta, Francisca”, ordenó. “Busca a Pedro, lleva el libro al visitador real. No puedo dejarte”, protestó ella. “Debes hacerlo”, insistió Mateo. Es la única forma de que todo esto valga la pena.
Ve. Con el corazón destrozado, Francisca saltó al otro lado del muro. Escuchó gritos y el sonido de una lucha, pero siguió corriendo hacia donde Pedro debía estar esperando. Lo encontró en el lugar acordado, alerta y preocupado. “¿Qué ha pasado?”, preguntó al ver que venía sola. “¿Dónde está don Mateo?” Lo han capturado, respondió Francisca con voz entrecortada.
Pero tenemos lo que buscábamos, mostró el libro brevemente. Debemos llegar a la ciudad de México, donde está el visitador. Nuestra única esperanza. Pedro asintió, comprendiendo la gravedad de la situación. Conozco un camino”, dijo, “pero debemos partir de inmediato. Cuando amanezca, toda la región estará buscándonos.
” Mientras se alejaban apresuradamente, Francisca miró una última vez hacia el convento de Santa Catalina, cuyas torres se recortaban contra el cielo estrellado. Juró silenciosamente que volvería, que no descansaría hasta que se hiciera justicia para todos los que habían sufrido dentro de aquellos muros. Isabel, María, sus padres y todas las niñas cuyas vidas habían sido robadas por la avaricia y la crueldad.
Con el libro firmemente asegurado entre sus ropas, Francisca Domínguez, la huérfana que escribía en latín, desapareció en la noche, llevando consigo la verdad que tantos habían muerto por ocultar y que ella estaba determinada a revelar sin importar el costo.
News
Cuando una monja organizaba libros en Oaxaca, encontró cartas de amor entre el padre y un diácono
Cuando una monja organizaba libros en Oaxaca, encontró cartas de amor entre el padre y un diácono El monasterio de…
Cuando una monja abría el refectorio, vio al padre dándole de comer en la boca a otro sacerdote
Cuando una monja abría el refectorio, vio al padre dándole de comer en la boca a otro sacerdote El sol…
Cuando los electricistas abrieron una caja en Veracruz, cayeron dientes humanos en aceite negro
Cuando los electricistas abrieron una caja en Veracruz, cayeron dientes humanos en aceite negro Cuando los electricistas abrieron una caja…
Cuando una sirvienta limpió un ropero en Oaxaca, cayó un cajón lleno de muñecas con dientes humanos
Cuando una sirvienta limpió un ropero en Oaxaca, cayó un cajón lleno de muñecas con dientes humanos ¿Alguna vez se…
Cuando el monaguillo de Guanajuato barrió la cripta, halló máscaras con rostros de niños del coro
Cuando el monaguillo de Guanajuato barrió la cripta, halló máscaras con rostros de niños del coro El amanecer apenas se…
Cuando demolieron el techo en Morelos, cayeron 23 muñecas con el mismo vestido y nombre bordado
Cuando demolieron el techo en Morelos, cayeron 23 muñecas con el mismo vestido y nombre bordado supervisor incompetente. Esa tarde,…
End of content
No more pages to load






