La Familia que Vivió Años Sobre Algo que No Debía Ser Desenterrado

Hay caseríos en Extremadura donde la piedra conserva el silencio mejor que la memoria humana. Casas levantadas cuando nadie preguntaba sobre los cimientos, cuando la tierra se compraba barata porque llevaba adherido un nombre que la gente pronunciaba en voz baja o directamente evitaba. En 1867, cuando Laureano Siifuentes llegó a la finca de los Gavilanes con su esposa Remedios y sus tres hijos, nadie del pueblo de Alconchel le advirtió sobre el lugar.
Tampoco nadie se ofreció a ayudarles con la mudanza. Los carros subieron solos por el camino de tierra rojiza entre encinas retorcidas que parecían crecer torcidas desde la raíz. Y cuando la familia cruzó el umbral de la casa principal, el silencio que encontraron dentro no era el silencio normal de una vivienda deshabitada. Era un silencio que parecía estar esperando.
La propiedad había permanecido abandonada durante 11 años. Las escrituras que Laureano obtuvo en Badajoz estaban completas en apariencia, pero al leerlas con atención se notaba algo extraño. Faltaban los nombres de los propietarios anteriores. Donde debía figurar el vendedor solo aparecía por representación de intereses diversos.
El notario, un hombre mayor de gestos precisos, había deslizado los papeles sobre el escritorio sin levantar la vista. Es una buena tierra. había dicho solamente, “El precio es justo porque lleva tiempo sin producir, pero es buena tierra.” Laureano, que había trabajado como administrador en fincas ajenas toda su vida, vio en los gavilanes la oportunidad de tener algo propio.
Remedios, más cautelosa, había preguntado por qué una propiedad tan grande se vendía a ese precio. El notario había cerrado el legajo con un movimiento seco. “Hay tierras que cuestan poco porque nadie las quiere”, había respondido. “Y hay tierras que nadie quiere porque cuestan demasiado tenerlas.
La casa era amplia, de dos plantas, con muros gruesos de piedra y cal, techos altos con vigas de castaño oscurecidas por el tiempo. Tenía 12 habitaciones, aunque solo ocho parecían haber sido habitadas regularmente. Las otras cuatro estaban vacías, sin muebles, con las ventanas tapeadas desde dentro. En la planta baja había una cocina grande con chimenea de piedra, un comedor con una mesa larga que había quedado allí y dos salas que Laureano destinó para almacén y despacho.
La escalera principal crujía en el cuarto peldaño, siempre en el mismo punto, como si la madera conservara el peso de todos los que habían subido antes. Los hijos, Vicente de 14 años, Mateo de 11 y la pequeña Lucía de 7 exploraron la casa el primer día con una mezcla de entusiasmo y desconfianza.
Vicente encontró en una de las habitaciones cerradas un crucifijo de madera tosca sin Cristo, solo la cruz, clavado en la pared a una altura extraña, demasiado baja, como puesto para que lo viera alguien arrodillado. Mateo descubrió en el sótano una serie de marcas en el suelo, líneas rectas grabadas en la piedra que formaban un patrón que no parecía decorativo ni funcional.
Lucía, la más pequeña, fue la única que preguntó en voz alta, ¿por qué huele raro aquí abajo? Remedios bajó con una lámpara de aceite y olió también. No era humedad ni podredumbre de madera. Era un olor terroso, frío, que parecía venir de las paredes mismas. Laureano contrató a dos trabajadores del pueblo para ayudar con la tierra.
Eusebio Vargas, un hombre de casi 60 años que había conocido la finca en su juventud y su sobrino Carmelo de unos 25. Eusebio aceptó el trabajo, pero puso una condición. No dormiría en la casa. Iría cada mañana al amanecer y se marcharía antes del anochecer. Laureano, sorprendido, preguntó si el camino de vuelta no era peligroso de noche.
Eusebio lo miró con una expresión difícil de descifrar. “Más peligroso es quedarse”, dijo simplemente. Carmelo, más joven y necesitado del dinero, no dijo nada, pero se notaba que trabajaba con prisa, como si quisiera terminar sus tareas lo antes posible. Durante las primeras semanas, Laureano intentó conversar con ellos.
sobre la historia del lugar. Pero Eusebio desviaba siempre la conversación hacia el trabajo. Solo una vez, mientras arreglaban una cerca del olivar viejo, Eusebio se detuvo y señaló hacia el extremo sur de la propiedad, donde había una zona de tierra más oscura, diferente del resto. Esa parte no se toca, dijo. No se ara, no se planta, no se caba.
Eso siempre fue así. Laureano frunció el seño. ¿Por qué? Eusebio recogió sus herramientas. Porque no. Los primeros meses fueron de trabajo intenso. Laureano y Remedios se concentraron en hacer habitable la casa y productiva la tierra. Limpiaron, repararon techos, reemplazaron puertas podridas.
Los niños se adaptaron con la flexibilidad propia de la infancia. Aunque Lucía empezó a tener pesadillas. Despertaba gritando que había alguien caminando en las habitaciones cerradas, que oía pasos que bajaban la escalera y se detenían frente a su puerta. remediosla consolaba, le decía que era el viento, que las casas viejas hacen ruidos, pero ella también los había oído, pasos lentos, deliberados, que se detenían siempre en el mismo lugar, frente a la puerta del sótano.
Una noche, Laureano decidió comprobarlo. bajó con una lámpara, revisó cada rincón, cada piedra, no encontró nada, pero al volver a subir notó algo que no había visto antes. En el marco de la puerta del sótano, a la altura de los ojos, había una inscripción tallada en la madera, tan desgastada que apenas se leía.
Con la luz de la lámpara consiguió descifrar tres palabras. Aquí nadie baja. Vicente, el mayor de los hijos, encontró en el desván un baúl cerrado con candado. Lo forzó con curiosidad adolescente y dentro halló papeles viejos, cartas sin enviar, un libro de cuentas con anotaciones irregulares. La mayoría estaba deteriorada, pero uno de los documentos estaba en mejor estado.
una carta fechada en 1854 escrita con letra nerviosa que decía, “No podemos seguir callando. Los hombres que trajeron de la guerra no eran prisioneros, eran otra cosa. Y lo que hicieron aquí, lo que nos hicieron hacer, no tiene perdón posible. Esta casa fue construida sobre una elección que no debimos tomar.
Dios no perdona a quien elige el beneficio sobre la decencia. Nos vamos porque quedarse es compartir la culpa. La carta no estaba firmada. Vicente se la llevó a su padre. Laureano la leyó en silencio. Luego la dobló y la guardó en el cajón de su escritorio. Son cosas del pasado dijo. No tienen que ver con nosotros. Pero las cosas del pasado tienen forma de presentarse en el presente.
Remedios empezó a notar que ciertos lugares de la casa estaban siempre más fríos que otros. No era el frío normal de la piedra, sino un frío que parecía moverse, concentrarse. La despensa, por ejemplo, estaba siempre helada, aunque fuera verano. Las provisiones duraban demasiado, más de lo normal, como si el tiempo allí dentro fluyera diferente.
Mateo, el hijo mediano, empezó a dibujar obsesivamente el mismo patrón, líneas rectas que se cruzaban formando cuadrículas irregulares. Cuando Remedios le preguntó qué era, él contestó que era el mapa de abajo. ¿Abajo de dónde? De la casa. Respondió sin levantar la vista del papel. Lucía, por su parte, dejó de jugar sola en su habitación.
Decía que la señora triste la miraba desde la ventana tapeada de la habitación cerrada. Remedios. revisó esa habitación y encontró algo perturbador. En el suelo, bajo una capa de polvo, había marcas de uñas arañando la madera, como si alguien hubiera intentado salir. Laureano decidió investigar por su cuenta.
Fue al archivo parroquial de Alconchel y pidió ver los registros antiguos de los gavilanes. El párroco, un hombre joven recién llegado de Mérida, lo atendió con amabilidad, pero sin mucha información útil. Los registros mostraban que la finca había pertenecido a la familia Ozuna desde finales del siglo XVII, pero en 1856 los Ozuna habían desaparecido abruptamente.
No había registro de venta, ni de herencia ni de muerte. Simplemente dejaron de aparecer en los libros. La propiedad pasó a manos de la Administración de Bienes Confiscados, una figura legal ambigua. En una anotación marginal de 1857, alguien había escrito con letra distinta, investigación inconclusa, se desaconseja a apertura de cimientos.
Laureano preguntó al párroco qué significaba eso. El sacerdote, incómodo, respondió que a veces se hacían investigaciones sobre propiedades cuando había sospechas de actividades ilegales. ¿Qué tipo de actividades? Insistió Laureano. El párroco cerró el libro. Prefiero no especular sobre el pasado ajeno dijo.
Y eso fue todo lo que consiguió. Eusebio finalmente habló, pero no por voluntad propia. Una tarde, después de una jornada especialmente dura reparando el muro norte, aceptó una copa de vino que Laureano le ofreció. Estaban sentados en el porche con la vista hacia el olivar y las encinas. El sol se ponía lento, tiñiendo todo de naranja oxidado.
Eusebio bebió en silencio. Luego habló con la voz de quien ha estado callando demasiado tiempo. Yo tenía 16 años cuando los Osuna se fueron comenzó. Mi padre trabajaba para ellos. Yo venía a veces a ayudar. La familia Osuna eran buena gente, o eso parecía. Don Gonzalo, el patriarca, era respetado. Pero durante la guerra, entre el 48 y el 52, pasaron cosas.
Llegaban hombres de noche, hombres que no eran de aquí. Se quedaban poco tiempo y luego desaparecían. Mi padre me contó años después, antes de morir, que don Gonzalo había hecho un trato con militares carlistas. Les daba refugio temporal a cambio de compensación, pero no era solo refugio, era algo más. Eusebio hizo una pausa larga. Los que llegaban no se iban.
Se quedaban aquí bajo tierra. Laureano sintió un escalofrío que no venía del viento. ¿Qué quieres decir con bajo tierra? Eusebio terminó su copa. Estacasa tiene sótanos que no aparecen en ningún plano. Tienen cimientos demasiado profundos para una casa normal. Y esa zona del sur, la tierra oscura que te dije que no se tocara, esa tierra está oscura porque fue removida mucho durante años.
Mi padre decía que don Gonzalo recibía dinero por hacerse cargo de problemas que otros no querían tener. Gente que debía desaparecer, prisioneros, desertores, testigos incómodos. Los traían aquí y aquí se quedaban. La casa se construyó encima. literalmente encima como una forma de ocultación permanente. Laureano lo miró fijamente.
¿Estás diciendo que hay cuerpos enterrados bajo mi casa? Eusebio se levantó lentamente. Estoy diciendo que esta casa fue construida para esconder lo que nadie quería encontrar y que los Osuna se fueron porque no pudieron seguir viviendo sobre eso. Esa noche Laureano no durmió. Bajó al sótano con una lámpara y un pico. Empezó a excavar en el suelo de tierra compactada, en el lugar donde Mateo había dibujado su mapa.
A los 20 centímetros de profundidad, el pico chocó con algo sólido. No era piedra, era madera, una madera antigua podrida, que se dio al siguiente golpe. Laureano apartó la tierra con las manos y descubrió una tabla, parte de lo que parecía ser una estructura enterrada. siguió excavando cada vez más nervioso, hasta que vio algo que le hizo detenerse en seco, huesos, muchos huesos apilados sin orden, mezclados con restos de tela podrida y evillas de metal oxidado.
No era una tumba, era un depósito, un lugar donde alguien había arrojado cuerpos sin ceremonia, sin respeto, como quien descarta desperdicios. Laureano retrocedió, cubrió todo rápidamente con la tierra, subió la escalera tropezando en su prisa. Remedios lo encontró temblando en la cocina. “Tenemos que irnos”, le dijo.
Ella, viendo su expresión, no preguntó por qué, solo asintió. Vero, irse no era fácil. Laureano había invertido todo en esa propiedad. Venderla rápidamente significaba perder dinero y no tenía a dónde ir ni con qué mantenerse. Intentó convencerse de que lo que había visto podía explicarse. Quizá era un antiguo cementerio.
Quizá la casa se construyó sin saber. Quizá losuna no tuvieron nada que ver, pero en su interior sabía que estaba mintiendo. Decidió tapar de nuevo el sótano, sellar la puerta con tablas y prohibir a los niños bajar. Es peligroso les dijo. El suelo está inestable. Los niños obedecieron, pero las pesadillas empeoraron.
Lucía empezó a hablar dormida, repitiendo frases que no tenían sentido. 37 hombres caben en una casa. y los aprietas bien. El Señor trajo las palas grandes para que fuera más rápido. No todos estaban muertos cuando los bajaron. Remedios la despertaba llorando, abrazándola, rogándole que parara. Pero Lucía no recordaba nada al despertar.
Vicente, inquieto por naturaleza, empezó a investigar por su cuenta. Fue al pueblo y habló con los ancianos. encontró a una mujer muy mayor, casi ciega, que vivía en una casa diminuta en las afueras. Cuando Vicente le preguntó sobre los gavilanes, la mujer se santiguó. “Esa casa está maldita”, dijo sin rodeos. “No por brujería, sino por lo que se hizo allí.
Mi hermano trabajó una temporada para don Gonzalo allá por el 50. Volvió diferente, no hablaba, apenas comía. Un día se colgó en el pajar. Antes de morir le dijo a mi madre, “Los muertos no pesan tanto como pensaba. Nunca entendimos qué quiso decir hasta que se supo. Vicente preguntó que se supo. La anciana cerró los ojos, que don Gonzalo no solo escondía hombres, los fabricaba desaparecidos, cobraba por hacerlos desaparecer y la casa, con esos sótanos tan hondos era perfecta para eso.
Mateo encontró otra cosa. En el olivar viejo, cerca de la zona que Eusebio había prohibido tocar, había una piedra grande medio enterrada. Mateo empezó a limpiarla por curiosidad y descubrió que tenía inscripciones. No eran nombres, sino números. Años, 1849, 1850, 1851, 1852, 1853, 1854, 1855. Junto a cada año una serie de marcas verticales como contando.
Al lado del 1852 había 23 marcas, al lado del 1854 18. Mateo no entendía qué significaba, pero algo en su interior le decía que no debía enseñárselo a nadie. Lo cubrió de nuevo con tierra y no volvió a acercarse. Lauriano intentó seguir con normalidad. Trabajó la tierra, cosechó aceitunas, vendió parte de la producción.
Externamente la vida en los gavilanes parecía estabilizarse, pero dentro de la casa algo se estaba rompiendo. Remedios empezó a ver sombras que se movían en las habitaciones cerradas. No eran sombras proyectadas por la luz, sino ausencias de luz, figuras oscuras que cruzaban frente a las ventanas tapeadas desde dentro. Una mañana encontró la puerta del sótano abierta, aunque laureano la había asegurado con clavos.
Los clavos estaban en el suelo, doblados como arrancados desde dentro. Laureano volvió a sellarla, esta vez con una barra dehierro atravesada. Tres días después, la barra estaba en el suelo, intacta, pero removida. Vicente confrontó a su padre. le exigió saber qué estaba pasando realmente. Laureano, agotado, le contó lo que había encontrado en el sótano.
Vicente, con 15 años recién cumplidos, lo escuchó en silencio. Luego dijo algo que Laureano no esperaba. Tenemos que avisar a las autoridades. Laureano negó con la cabeza. Y qué les decimos que compramos una casa construida sobre víctimas de hace 20 años, que no sabíamos nada. Nos relacionarán con eso, nos culparán. Vicente insistió.
Pero no podemos vivir aquí sabiendo eso. Laureano lo miró con una mezcla de frustración y tristeza. Entonces, ¿qué propones? ¿Que nos vayamos sin dinero, sin futuro, destruyendo todo lo que hemos construido? Vicente no tuvo respuesta. La situación estalló una noche de octubre de 1868. Lucía desapareció.
Remedios fue a despertarla por la mañana y su cama estaba vacía. La buscaron por toda la casa, por el exterior, gritando su nombre. Fue Vicente quien la encontró finalmente en el sótano. La puerta estaba abierta de nuevo y Lucía estaba allí abajo, sentada en el suelo de tierra con las manos sucias. Estaba despierta, mirando la pared inmóvil.
Cuando Remedios bajó corriendo y la abrazó, Lucía dijo con una voz tranquila, casi adulta, “Ellos me enseñaron dónde están todos. Dijeron que querían que alguien supiera.” Remedios la sacó de allí llorando y Laureano volvió a sellar la puerta, esta vez con argamasa, pero ya era tarde. Lo que fuera que vivía en esa casa, la memoria, la culpa, la presencia de los que no tuvieron descanso, ya había entrado en ellos. Laureano empezó a beber.
Remedios dejó de salir de su habitación. Los niños se volvieron silenciosos, ausentes. Eusebio dejó de ir a trabajar. Carmelo, su sobrino, fue el único que intentó ayudar. Una tarde le dijo a Laureano, “Señor, tiene que irse. Esta casa no es suya. Nunca lo fue. Es de los que están debajo. Laureano lo miró con ojos vacíos. No tengo a dónde ir.
Carmelo insistió. Entonces tírela, quémela si hace falta, pero no se quede. En noviembre de 1868, Laureano contrató a un grupo de trabajadores de fuera, hombres que no conocían la historia del lugar, para hacer reparaciones estructurales. En realidad, les pidió que excavaran el sótano completo, que sacaran todo lo que hubiera allí y lo quemaran.
Los trabajadores aceptaron el pago generoso sin preguntar demasiado. Durante tres días sacaron restos. Huesos, ropa podrida, objetos personales, medallas, anillos, cuchillos, evillas. Lo amontonaron todo en una pira grande, en el olivar viejo, en la tierra oscura que Eusebio había dicho que no se tocara, y le prendieron fuego.
El humo era negro, denso, con un olor que los trabajadores nunca habían sentido antes. Uno de ellos preguntó, “¿Qué estamos quemando, señor?” Laureano no respondió. El fuego ardió toda la noche. Desde el pueblo los habitantes vieron el resplandor en la colina. Algunos salieron a sus puertas mirando en silencio. Nadie subió a preguntar, nadie ofreció ayuda.
Solo miraron y luego volvieron adentro. Al amanecer, cuando las llamas se apagaron, quedó un gran hoyo en la tierra. Laureano ordenó rellenarlo, nivelarlo, plantar encima. Los trabajadores obedecieron y se fueron sin despedirse, con la prisa de quien ha visto algo que no debía. Laureano pensó que eso sería suficiente, que al eliminar los restos físicos eliminaría también la presencia, el peso, pero estaba equivocado.
La casa no mejoró, empeoró. Los ruidos se intensificaron. Ya no eran solo pasos, eran arrastres, golpes, voces. Voces en idiomas que Laureano no reconocía, voces que parecían venir de las paredes mismas. Remedios. empezó a ver figuras completas, no sombras, sino hombres. Hombres con uniformes raídos, con heridas, con expresiones de terror congelado.
Los veía en el pasillo, en la escalera, en el comedor. No hacían nada, solo estaban allí mirándola. Lucía dejó de hablar por completo. Vicente empezó a escribir compulsivamente en un cuaderno, página tras página, la misma frase: “No debimos quedarnos, no debimos quedarnos, no debimos quedarnos.” En marzo de 1869, Laureano decidió vender.
Puso la propiedad en el mercado a un precio ridículamente bajo. Nadie hizo oferta. Cuando preguntó al agente inmobiliario por qué, este, le dijo con franqueza, “Señor sifuentes, todos saben lo que hay en los gavilanes y nadie quiere tener que ver con eso.” Laureano insistió. ¿Qué es lo que todos saben? El agente lo miró con algo parecido a la lástima, que esa casa está construida sobre hombres que no fueron llorados y que los hombres sin luto no descansan.
Laureano intentó un último recurso. Llamó al párroco para que bendijera la casa. El sacerdote accedió reticente. Llegó una mañana fría con su maletín de sacramentos. Recorrió cada habitación asperjando agua bendita, rezando enlatín. Cuando llegó al sótano, se detuvo en la puerta cerrada con argamasa. se quedó allí en silencio largo rato.
Luego se volvió hacia Laureano con expresión seria, “Señor, si fuentes, hay cosas que la bendición no puede limpiar. La bendición es para los espacios que fueron santos y se profanaron. Pero un lugar que nunca fue santo, que fue construido con propósito impío, no puede ser bendecido. Es como intentar bendecir un cuchillo mientras aún tiene sangre.
Laureano, desesperado, preguntó, “Entonces, ¿qué hago?” El párroco guardó su aspersorio, irse, no volver y rogar que lo que está aquí no lo siga. Pero ya no podían irse, no económicamente, no emocionalmente. Habían invertido todo. Se habían convencido de que era su hogar, su futuro.
Y algo en ellos, algo oscuro y humano, se negaba a admitir la derrota. Decidieron quedarse. Es solo una casa se repetía Laureano. Son piedras. Pero no lo era. En julio de 1869, Mateo desapareció. Salió por la mañana hacia el olivar y no regresó. Lo buscaron durante días. Registraron la propiedad entera, el bosque cercano, el pueblo. Nada.
La Guardia Civil vino, hizo preguntas, revisó. No encontraron rastro. Una semana después, Vicente lo encontró. Estaba en una de las habitaciones cerradas, la que tenía el crucifijo bajo en la pared. Estaba sentado en una esquina con los ojos abiertos, vivo, pero inmóvil. Cuando lo sacaron de allí, Mateo solo dijo una cosa. Los vi todos.
39 en el primer sótano, 22 en el segundo, 11 en el tercero. Remedios Histerérica gritó, “No hay tres sótanos, solo hay uno.” Mateo la miró con ojos vidriosos. Hay tres. El tercero es el más profundo. Es donde pusieron a los que aún respiraban. Laureano roto, excavó de nuevo. Esta vez no en el primer sótano, sino en el fondo de este.
Encontró una puerta de madera gruesa, enterrada bajo medio metro de tierra apisonada. La forzó. Detrás había una escalera que bajaba. Bajó con una lámpara. El segundo sótano era más pequeño, con techo bajo, húmedo, y al fondo otra puerta. Esta ni siquiera intentó abrirla. Sabía lo que encontraría. subió despacio, selló todo de nuevo y tomó una decisión.
En agosto de 1869, la familia Siifuentes intentó un último recurso. Laureano escribió al obispado de Badajoz explicando la situación, pidiendo algún tipo de intervención eclesiástica. La respuesta llegó tres semanas después. Era breve, firmada por un secretario episcopal. La Iglesia no tiene jurisdicción sobre las consecuencias de actos humanos cometidos fuera de su conocimiento.
Rezaremos por ustedes. Les sugerimos buscar consejo con las autoridades civiles apropiadas. No había más ayuda disponible. Vicente, con 16 años tomó su propia decisión. reunió todos los documentos que había encontrado, las cartas, el libro de cuentas, las anotaciones y fue a Badajoz. Presentó todo ante un juez. Exigió una investigación oficial.
El juez, un hombre mayor de bigote blanco, revisó los papeles, escuchó su relato y finalmente le dijo, “Muchacho, lo que me cuentas pasó hace casi 20 años. Los responsables están muertos o desaparecidos. No hay testigos vivos dispuestos a declarar. Y francamente abrir una investigación sobre esto solo traería más problemas de los que resolvería.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo? Vicente entendió perfectamente. Las autoridades no querían remover el pasado. Era más cómodo dejarlo enterrado. Vicente regresó a los gavilanes derrotado. Le contó a su padre lo que había pasado. Laureano, que ya casi no dormía, que había encanecido en menos de 2 años, solo asintió. Entonces, estamos solos dijo. Vicente. Corrigió.
Siempre estuvimos solos. La convivencia en la casa se volvió insostenible. Ya no fingían normalidad. Comían en silencio. Evitaban ciertos pasillos, dormían lo menos posible. Remedios. Pasaba las noches en vela rezando rosarios hasta que los dedos le sangraban de tanto apretar las cuentas. Lucía, que había dejado de hablar, empezó a dibujar.
Dibujaba figuras humanas bajo líneas horizontales, como personas bajo tierra. Dibujaba la casa vista desde abajo, como si alguien debajo estuviera mirando hacia arriba. Sus dibujos eran perturbadores, demasiado precisos para una niña de 8 años. Mateo no volvió a ser el mismo. Se quedaba ahora sentado en el mismo lugar donde lo habían encontrado, en la habitación cerrada, mirando el crucifijo bajo.
Cuando Remedios le preguntaba qué veía, respondía, “Los cuento para que nadie los olvide.” Ella le rogaba que parara, que saliera, que jugara. Él solo negaba con la cabeza, “Alguien tiene que contarlos. Si no es como si nunca hubieran existido. En diciembre de 1869, Eusebio Vargas murió, no de enfermedad, sino de suicidio.
Lo encontraron en su casa colgado de una viga. Dejó una nota breve. No puedo seguir callando. Los ayudé a esconderlos a los del 53 y a los del 54. Don Gonzalo me pagaba bien por cabar y callar. Pensé que el dinerovalía el silencio. Me equivoqué. Que Dios me perdone si puede. La nota mencionaba los nombres de otras cinco personas del pueblo que habían estado involucradas. Dos ya habían muerto.
Los otros tres negaron todo. Carmelo, su sobrino, fue a los gavilanes y le contó a Laureano. Mi tío se llevó la culpa, pero no fue el único. Dijo, “Medio pueblo sabía y medio pueblo cayó a cambio de trabajos, de favores, de no tener problemas. Esa casa se construyó con complicidad colectiva, señor Cifuentes, y usted está viviendo en el centro de esa culpa.
” Laureano escuchando eso, tomó una decisión final, reunió a su familia y les dijo, “Nos vamos. No sé a dónde ni cómo, pero nos vamos. Esta casa no es nuestra, nunca lo fue.” Empezaron a preparar la salida, empaquetaron lo esencial, prepararon los carros. Pero antes de partir, Laureano hizo algo. Bajó al primer sótano con linternas y herramientas y rompió la argamasa que sellaba la puerta del segundo nivel.
Bajó y luego rompió la puerta del tercer nivel. Bajó hasta el fondo. Cuando subió, tres horas después estaba cubierto de tierra y ceniza. Remedios le preguntó qué había visto. Laureano no respondió de inmediato. Se lavó. se cambió de ropa, se sentó en la cocina, luego habló con voz vacía. 72 72 personas en total.
Los del primer nivel eran soldados, prisioneros de guerra. Los del segundo eran civiles, testigos, traidores, nadie importante. Pero los del tercero, los del tercero no tenían uniformes ni documentos ni nada. Eran los que nadie preguntaría, los que nadie buscaría y los metieron vivos. Remedios, vivos. Había marcas de arañazos en las paredes, marcas de intentar salir.
Remedios horrorizadas, susurró, “¿Cómo sabes todo eso?” Laureano sacó un cuaderno que había encontrado allí abajo, porque don Gonzalo llevaba registro de cada uno con fechas, descripciones, pagos recibidos. Lo guardó en el último sótano como si fuera un trofeo, como si fuera algo de lo que estar orgulloso. Vicente tomó el cuaderno, lo ojeó, era meticuloso, detallado, enfermizo.
Cada entrada describía a la persona, nombre cuando se sabía, edad estimada, procedencia, motivo de desaparición, cantidad pagada por el servicio. Era un registro comercial de asesinatos. Al final del cuaderno, en la última página, había una nota escrita con letra diferente, más temblorosa. No puedo continuar.
Lo que empezó como solución se convirtió en dependencia. Cuanto más lo hacía, más me pedían que lo hiciera y cuanto más cobraba, más justificaba continuar. Pero los muertos no desaparecen solo porque los escondas. Están aquí en las paredes, en el aire, en nosotros. Esta casa ya no es una casa, es un mausoleo sin lápidas, un cementerio sin nombres.
Y nosotros, los vivos, somos solo guardias de lo que no quisimos ver. La nota estaba fechada en abril de 1856, dos meses antes de que los Osuna desaparecieran. Remedios preguntó, “¿Qué les pasó a los Osuna?” Laureano cerró el cuaderno. No lo sé, pero me imagino cuando no puedes más con el peso, cuando la culpa te come, solo hay dos salidas: contar o desaparecer.
Y ellos eligieron desaparecer. La familia Siifuentes abandonó los gavilanes en enero de 1870. No vendieron la propiedad, no la donaron, simplemente la dejaron. Se fueron con lo puesto con dos carros de pertenencias básicas. Sin mirar atrás, Vicente dejó el cuaderno de don Gonzalo en la mesa del comedor con una nota encima que decía, “Para quien venga después, esto no es una casa, es una fosa común con techo.
” Laureano cerró la puerta principal con llave y arrojó la llave por el camino mientras se alejaban. La familia se instaló temporalmente en Safra, donde Laureano consiguió trabajo como jornalero. Vivieron modestamente en una casa pequeña alquilada. Los niños se adaptaron lentamente. Lucía volvió a hablar, aunque poco, Mateo dejó de contar.
Vicente se hizo más callado, más sombrío, pero funcional. Remedios. Nunca se recuperó del todo. Tenía episodios en los que despertaba gritando que los muertos la buscaban. Laureano, por su parte, envejeció rápido. Murió en 1874, a los 46 años, de lo que el médico describió como agotamiento general. Pero quienes lo conocían decían que había muerto de culpa.
los Gabilanes permaneció abandonado. Durante años nadie se acercó. La vegetación invadió el camino, las puertas se pudrieron, el tejado colapsó parcialmente. En 1882, un grupo de cazadores pasó por allí y decidió refugiarse de la lluvia en la casa. Al día siguiente, dos de ellos juraron no volver jamás. Contaban que habían oído voces, que las puertas se abrían solas, que en el sótano se oían golpes desde abajo.
Los demás se burlaron, pero nadie volvió a intentar usar la casa como refugio. En 1891, un promotor inmobiliario de Badajoz compró la propiedad con la intención de demolerla y construir algo nuevo. Contrató trabajadores, llegó con maquinaria. Al tercer día de trabajo,uno de los obreros cayó por un agujero que se abrió en el suelo del sótano.
Lo sacaron herido. Debajo del agujero había otro espacio lleno de restos humanos. La obra se detuvo. El promotor contactó a las autoridades. Se hizo una investigación breve. Se contabilizaron aproximadamente 70 esqueletos. Se determinó que databan de mediados del siglo XIX. Se registró como hallazgo arqueológico de fosa común, posible contexto bélico. No se investigó más.
Los restos fueron trasladados a una fosa común en el cementerio de Alconchel, sin nombres, sin lápidas. La propiedad fue declarada estructuralmente insegura y se prohibió el acceso. En 1903, la casa se quemó. Nadie supo cómo empezó el fuego. No había habitantes cerca, no hubo tormenta eléctrica.
Simplemente ardió durante toda una noche, hasta que no quedó más que muros ennegrecidos y escombros. Los habitantes de Alconchel lo vieron desde el pueblo. Algunos dijeron que el humo tenía formas, que parecían figuras humanas ascendiendo. Otros dijeron que era solo el efecto de las llamas en la oscuridad. Nadie fue a apagar el fuego, lo dejaron arder.
Hoy en el lugar donde estuvo los gavilanes, solo quedan ruinas. Los muros principales aún están en pie parcialmente. El suelo está cubierto de maleza. Los lugareños evitan pasar por allí. No por miedo a fantasmas, sino por respeto. Es un lugar donde la gente sufrió, dicen, y los lugares donde se sufre sin justicia se quedan así.
vacíos. Algunos historiadores locales han intentado investigar la historia completa, pero los archivos son incompletos, los testimonios contradictorios, los documentos perdidos o destruidos. Lo que se sabe con certeza es que entre 1848 y 1856, un número indeterminado de personas desapareció en relación con esa propiedad, que la familia propietaria, los Osuna, desapareció sin dejar rastro, que la familia que compró después los sifuentes tuvo que abandonar y que la casa misma ya no existe.
Vicente Siifuentes, el hijo mayor, se convirtió en maestro. Pasó el resto de su vida en Sevilla, donde fundó una pequeña escuela. Nunca habló públicamente de los gavilanes, pero en sus clases de historia, cuando llegaba al tema de las guerras civiles del siglo XIX, siempre hacía una pausa y decía, “Las guerras no terminan cuando firman la paz, terminan cuando se cuentan todos los muertos.
Y hay guerras que nunca terminan porque hay muertos que nunca se cuentan. Sus alumnos no entendían completamente qué quería decir, pero él sabía. Mateo y Fuentes tuvo una vida más difícil. Nunca pudo mantener un trabajo estable, se mudaba constantemente. En 1897 fue internado brevemente en un manicomio en Mérida por episodios de agitación compulsiva.
Los registros médicos describen que pasaba horas contando en voz alta, llegando hasta 100. Y luego empezaba de nuevo. Cuando le preguntaban qué contaba, respondía: “Los que faltan, siempre faltan algunos.” Murió en 1901 en un pequeño pueblo de Huelva, solo, sin familia. En su habitación encontraron decenas de cuadernos llenos de números y nombres inventados, su forma de darles identidad a los que no tuvieron ninguna.
Lucía Sifuentes se casó joven a los 17 años con un comerciante de Cáceres. Tuvo cinco hijos. Vivió una vida aparentemente normal, pero sus nietos recuerdan que nunca, bajo ninguna circunstancia bajaba a sótanos. Si una casa tenía bodega o sótano, ella no entraba. Cuando le preguntaban por qué, solo decía, “Hay lugares bajo tierra que no son para los vivos.
” murió en 1934, días antes del estallido de la guerra civil. Sus últimas palabras, según su hija mayor, fueron otra vez, otra vez van a enterrar a los que no se deben enterrar. Remedios y fuentes. Sobrevivió a su esposo 20 años. vivió retirada pasando sus últimos días en un convento de clausura en Trujillo. Las monjas que la cuidaron dijeron que era una mujer dulce pero profundamente triste.
Pasaba horas rezando en la capilla, siempre las mismas oraciones por los muertos sin nombre, por los que murieron sin confesión. Por los que fueron olvidados. murió en 1894 en paz según el testimonio de la madre superiora, aunque su última petición fue ser enterrada sin ninguna estructura sobre su tumba, solo tierra había dicho.
Nada encima, solo cielo. La historia de los gavilanes, como tantas historias oscuras de la España rural del siglo XIX, quedó en la memoria oral, fragmentada, distorsionada, pero persistente. No hay placas conmemorativas, no hay registros oficiales completos, no hay justicia retroactiva para las víctimas.
Solo quedan las ruinas, el silencio del pueblo que prefiere no recordar y los testimonios dispersos de quienes estuvieron allí. En 1956, un periodista de Badajoz intentó escribir un reportaje sobre las casas malditas de Extremadura. Incluyó los gavilanes, entrevistó a descendientes de la familia Cifuentes y a ancianos de Alconchel. Su artículo nunca se publicó.
El editor lo rechazó con una nota breve.Es demasiado oscuro. La gente no quiere leer sobre esto. El periodista guardó sus notas en un cajón. Años después, en 1978, ya retirado, las donó al Archivo Histórico Provincial. Allí siguen catalogadas como testimonios orales sin verificar. En 2003, un equipo de arqueólogos de la Universidad de Extremadura obtuvo permiso para hacer un estudio del terreno de los gavilanes.
Usaron tecnología de georradar para mapear estructuras subterráneas. encontraron efectivamente tres niveles bajo la superficie, exactamente como Mateos y Fuentes había descrito 134 años antes. Los niveles mostraban cavidades irregulares, no arquitectura planificada. Parecían más excavaciones apresuradas que construcciones deliberadas.
El equipo recomendó una excavación completa. La recomendación fue denegada por falta de presupuesto y relevancia histórica insuficiente. El informe fue archivado. En 2015, el Ayuntamiento de Alconchel consideró brevemente convertir las ruinas en un sitio de memoria histórica. Un grupo de historiadores locales propuso instalar un memorial para las víctimas de la guerra civil que pudieron haber sido enterradas allí.
La propuesta fue rechazada. Un concejal en una sesión grabada dijo, “Esa tierra ha visto demasiada muerte. No necesitamos recordarla, necesitamos dejarla en paz.” La sesión terminó con ese comentario. No se volvió a hablar del tema. Hoy el camino a los gavilanes está casi borrado. Un cartel de metal oxidado colocado en 1995 advierte: propiedad privada, peligro, estructura inestable.
Pero no hay valla, no hay vigilancia. Los lugareños simplemente no van. Los senderistas y turistas rurales que ocasionalmente llegan buscando aventura o fotografías, generalmente se sienten incómodos y se marchan rápido. Describen una sensación de peso, de tristeza, de algo que no deberían estar molestando. La tierra donde ardió la pira en 1868, donde se quemaron los restos que la aureano sacó, sigue siendo más oscura que el resto.
La vegetación allí crece diferente, más dispersa. Los agricultores que trabajan los campos cercanos evitan esa sección. No es superstición, dicen. Es que la tierra allí no es buena, no produce, está muerta. Geológicamente no hay nada diferente en esa tierra, pero produce menos consistentemente desde hace más de 150 años.
En 2018, una estudiante de antropología de Madrid hizo su tesis sobre memoria colectiva y lugares de trauma en la España rural. Dedicó un capítulo a los gavilanes. Entrevistó a 16 habitantes de Alconchel de diferentes generaciones. Solo tres aceptaron hablar del tema y dos pidieron no ser grabados. Las frases que obtuvo son reveladoras.
Esa casa era mala. Porque la gente que vivió allí hizo cosas malas. No hay más misterio que ese. Mi abuelo decía que don Gonzalo Osuna era respetado hasta que dejó de serlo. Y cuando dejó de serlo, desapareció. Así funcionaban las cosas. Entonces, los sifuentes no tuvieron culpa de nada, pero compraron algo que no se debía comprar y pagaron por eso.
La tesis concluyó que los gavilanes representa un tipo de memoria traumática que las comunidades rurales prefieren no procesar colectivamente, optando en cambio por el olvido selectivo como mecanismo de preservación social. La tesis obtuvo una calificación excelente, pero no fue publicada fuera del ámbito académico.
El cuaderno de don Gonzalo Osuna, el registro meticuloso de sus crímenes, no está en ningún archivo. Vicente y Fuentes lo dejó en la casa cuando se fueron. Presumiblemente se quemó en el incendio de 1903. O quizá alguien lo tomó antes, o quizá está aún allí entre los escombros esperando ser encontrado. Nadie lo sabe con certeza.
La bestia que los habitantes de Alconchel mencionaban en sus conversaciones a media voz no era una criatura, era la capacidad humana de normalizar el horror cuando es rentable. Don Gonzalo Osuna no era un monstruo en el sentido fantástico. Era un hombre que encontró una forma de ganar dinero eliminando problemas ajenos y encontró suficientes personas dispuestas a pagar y suficientes otras dispuestas a ayudar y suficientes más dispuestas a callar.
La bestia era el sistema que permitió que eso ocurriera durante años sin consecuencias. La bestia era la complicidad, la bestia era el silencio comprado. Y esa bestia no murió cuando losuna desaparecieron. Siguió viviendo en las paredes de los gavilanes. Siguió viviendo en los sueños de las familias y fuentes.
Siguió viviendo en la memoria colectiva de Alconchel. Sigue viviendo hoy en cada lugar donde la gente prefiere no preguntar, no recordar, no saber, porque la verdadera maldición de los gavilanes no fue sobrenatural, fue la perpetuación de la culpa heredada, la imposibilidad de vivir normalmente sobre decisiones inmorales tomadas por otros.
La forma en que el pasado no enterrado correctamente contamina el presente. Los intentaron vivir ignorando lo que había debajo. Intentaron convencerse de que elpasado no era asunto suyo, pero descubrieron de la manera más dolorosa que no se puede vivir sobre muertos sin nombre, sin llevar su peso.
que una casa construida sobre víctimas no es una casa, es un monumento al crimen y que el olvido impuesto no libera, encarcela. La última visita documentada a las ruinas de los gavilanes fue en 2022. Un grupo de estudiantes de historia de la Universidad de Salamanca, haciendo una ruta de investigación sobre la guerra civil en Extremadura, se desvió hacia allí por curiosidad.
Pasaron una hora explorando, tomaron fotografías, encontraron fragmentos de cerámica, ladrillos quemados, restos de vigas carbonizadas. En un rincón bajo escombros encontraron algo que los perturbó. Una pequeña medalla religiosa de plata muy deteriorada con una inscripción casi borrada. Con trabajo consiguieron leer Sánchez, 1851.
La guardaron, la llevaron a un profesor especializado en historia militar. Él revisó registros, encontró que había un soldado llamado Tomás Sánchez, que desapareció en 1851 en circunstancias no aclaradas. Durante una operación de limpieza de guerrilleros carlistas en la zona. El soldado tenía 23 años.
Nunca fue oficialmente declarado muerto, simplemente desapareció de los registros. Ese soldado Tomás Sánchez fue quizá uno de los 72 que Laureanos y Fuentes contó en el tercer sótano. O quizá fue uno más. No contado, no registrado. No lo sabemos. Lo que sabemos es que hubo personas con nombres, con familias, con vidas que terminaron enterradas bajo una casa que se construyó específicamente para esconderlas.
personas cuya última experiencia en este mundo fue la oscuridad de un sótano sellado, el aire que se acaba y la certeza de que nadie vendría a buscarlos. La familia Cifuentes tuvo que vivir sobre eso y no pudieron, no porque fueran débiles, sino porque algunas cargas son imposibles de llevar, porque vivir sobre muertos sin dar cuenta de ellos es, en cierto modo, seguir matándolos.
es perpetuar el crimen y la psique humana, por más que intente racionalizarlo, sabe cuando está participando de algo profundamente incorrecto. Los gavilanes no es una historia de fantasmas, es una historia sobre cómo las atrocidades humanas no desaparecen simplemente porque las escondamos. sobre cómo la culpa heredada puede destruir a los inocentes, sobre cómo el silencio colectivo es otra forma de violencia y sobre cómo, en última instancia no hay forma de vivir normalmente sobre tumbas anónimas sin pagar un precio. Las ruinas siguen allí.
La tierra oscura sigue sin producir. Los habitantes de Alconchel siguen evitando el tema. Y debajo de todo, en algún lugar, bajo los escombros y la maleza, quizá aún queden restos. Restos de personas que tuvieron nombres, que tuvieron vidas, que merecían algo mejor que convertirse en el secreto sucio bajo una casa construida con complicidad y dinero manchado.
La familia que vivió años sobre algo que no debía ser desenterrado, descubrió finalmente que lo único peor que desenterrar el horror es intentar vivir sobre él fingiendo que no existe. que el horror no desaparece por ignorarlo, solo se hace más profundo, más denso, más imposible de soportar. Y así termina esta historia, no con venganza fantasmal, no con justicia dramática, no con redención.
Termina como terminan las historias humanas reales sobre atrocidades olvidadas, con ruinas silenciosas, con memoria fragmentada, con preguntas sin respuesta y con la certeza incómoda de que lo que pasó en los gavilanes no fue único, que hay otros lugares, otras casas, otros sótanos donde el pasado sigue enterrado sin nombre, esperando que alguien algún día tenga el valor de contar. Yeah.
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