Gabino Barrera solo quería que su madre viuda dejara de pagarle deudas eternas
al patrón desgraciado. Él solo quería que su mamá tuviera su propia tierra
para sembrar, pero el ascendado no la dejaba. Y ese malnacido fue uno de los
motivos por los que Gabino se volvió un hombre idealista allá en Witsuko.

Terminó haciéndose revolucionario y peleando al lado de Emiliano Zapata. Gabino luchó por el pueblo mexicano, les
dio piso a los rurales, enfrentó a los federales. Para algunos era un santo
salvador, para otros era un demonio maldito. Pero ahora, compadre, ¿quién va
a decidir eso eres tú? Después que te cuente todos los detalles de la
verdadera historia detrás del corrido de Gabino Barrera. Tú estás escuchando el
canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like
al video y ahora sí vamos a comenzar. Gabino nació con las manos hechas para
el trabajo en Witsuco, pueblo polvoriento de Guerrero, donde el sol
raja la tierra y las promesas se las lleva el viento. Aprendió desde Chamaco
que la vida era dura como piedra de río. Su padre murió cuando él apenas
levantaba tres palmos del suelo, una calentura que lo tumbó en dos días,
dejando a su madre sola con tres bocas que alimentar y una deuda que nunca
terminaba de pagarse. Don Sebastián Urdiales era el dueño de
medio hitsuko, terrateniente de esos que miran a la gente pobre como si fueran
animales de carga. La madre de Gabino, doña refugio, trabajaba desde que
amanecía hasta que se ponía el sol en las tierras de ese hombre. Cosechaba,
sembra, cuidaba gallinas, lavaba ropa, pero la deuda nunca bajaba, al
contrario, crecía como mala hierba. Gabino lo veía. Desde los 8 años lo
veía. Su madre llegaba arrastrando los pies con las manos en carne viva, los
ojos hundidos de cansancio. Y cuando pedía cuentas claras, don Sebastián le
mostraba un papel lleno de números que no cuadraban, intereses sobre intereses,
préstamos que ella juraba no haber pedido. El patrón sonreía con esa boca
de víbora que tenía. Un día Gabino tenía 12 años. Su madre se desmayó en plena
milpa. La levantaron entre tres peones y la llevaron a la sombra. Don Sebastián
llegó a caballo, la miró tirada ahí y lo único que dijo fue, “Si no puede
trabajar, que mande al muchacho.” Esa fue la primera vez que Gabino sintió el
odio verdadero. No el enojo de chamaco cuando te quitan un juguete. No. El odio
que te quema por dentro, que te hace apretar los puños hasta que las uñas se
te entierran en las palmas. Ese odio que te marca para siempre.
Empezó a trabajar al lado de su madre. Tierra caliente no perdona. El calor te
aplasta, el polvo te ahoga, las espinas de los te desgarran las plantas de los
pies. Pero Gabino aguantaba, porque cada surco que abría, cada costal que
cargaba, era para que su madre descansara un poco, para que comiera algo más que frijoles aguados y
tortillas duras. Pasaron los años. Gabino se hizo hombre antes de tiempo,
alto, de hombros anchos, con manos grandes que podían arrancar un mesquite
de raíz. Usaba calzón de manta, andaba descalzo o con guaraches rotos, la piel
quemada del sol. Su madre le decía que se parecía a su padre. Tenía la misma
mirada dura, la misma forma de apretar la quijada cuando algo no le gustaba. A
los 17, Gabino fue a buscar a don Sebastián. Llevaba todo el dinero que
había juntado en 3 años. Monedas de cobre, algunos pesos de plata que había
ganado tumbando piedra en un camino. Lo puso sobre la mesa del asendado y le
dijo, “Esto es para la deuda de mi madre.” Don Sebastián ni siquiera lo contó. Se rió. Una risa seca,
despectiva. Esto no alcanza ni para los intereses del mes pasado, muchacho. Tu madre me
debe desde que tu padre estaba vivo. Va a morirse debiéndome y tú también.
Gabino sintió como la sangre le hervía en las venas. Mi madre se ha partido el
lomo trabajando para usted. Ya le ha pagado esa deuda tres veces. ¿Me estás
llamando ladrón? Don Sebastián se levantó de la silla. Era un hombre grande, acostumbrado a que le
obedecieran. Lárgate de aquí antes de que mande a los rurales a darte una paliza que no se te
olvide. Gabino salió de ahí temblando, no de miedo, de rabia.
Esa noche, sentado en el tapco del Jacal, donde vivían, le juró a su madre
que algún día ella tendría su propia tierra, que nunca más le iba a doblar el
espinazo a ningún patrón desgraciado. Doña refugio le acarició la cabeza como
cuando era niño. Hijo, los pobres no tenemos tierra. Así ha sido siempre y
así va a ser. Pues entonces hay que cambiar como son las cosas. No sabía
cómo, todavía no, pero ya llevaba esa semilla plantada en el pecho, una
semilla de rebeldía que pronto iba a crecer como incendio en pastizal seco.
Fue en 1910 cuando las cosas empezaron a moverse. Llegaron rumores al pueblo que
un tal Francisco Madero estaba llamando a la gente a levantarse contra don
Porfirio Díaz, que había hombres armándose en el norte, en el sur. en
todas partes, que decían que la tierra era de quien la trabajaba, no de quien
la robaba. Gabino escuchaba esas pláticas en la cantina de Don Chón, donde los peones se
juntaban los sábados a tomar pulque y mezcal. Algunos viejos decían que eso
eran puras babosadas, que el gobierno siempre ganaba, que los pobres siempre
perdían, pero otros, los más jóvenes, tenían lumbre en los ojos. Un día llegó
un hombre a caballo, venía de Morelos, traía el sombrero lleno de polvo y una
carabina terciada. Se llamaba Epitacio. Don Epitacio, le decían, aunque no era
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