Dicen que en San Laureano hubo un día en que el sol se detuvo, un día en que un

hacendado poderoso desafió lo sagrado y despertó algo que nunca imaginó. Nadie

sabía que mientras la imagen de Jesús caía herida en la plaza, cascos lejanos

ya resonaban en el horizonte. Susurros corrían entre las mujeres, los niños se

escondían y los hombres temblaban sin admitirlo. Porque cuando la fe es golpeada, el destino responde y aquella

mañana el destino tenía nombre y apellido, Pancho Villa, y venía con sed

de justicia. El amanecer llegó tarde aquel día en San

Laureano, como si el sol dudara en iluminar un lugar tan herido por la injusticia.

La neblina se aferraba a las calles de tierra, a los tejados de adobe, a las ventanas quebradas de las casas

humildes. Un silencio extraño se había posado sobre el pueblo. No era paz, era

tensión, como una cuerda estirada a punto de romperse. Las mujeres madrugaban para calentar el café aguado,

para encender el fogón, para despertar a los hijos que dormían en jergones desgastados. Los hombres salían a

trabajar antes de que el cielo clareara, porque el ascendado don Rogelio Montalbán exigía que todo estuviera

listo antes de que él siquiera abriera los ojos. Nadie discutía sus órdenes,

nadie se atrevía a levantar la voz. Durante años él había gobernado aquel

rincón del México revolucionario con mano dura, orgullo desmedido y una falta

de misericordia que hacía temblar hasta a los más valientes. Pero esa mañana

algo era distinto. En el centro del pueblo, justo frente a la vieja fuente

de piedra, se erguía la imagen de Jesús crucificado, tallada hacía décadas por

un artesano ya olvidado. Para muchas familias aquella imagen era

lo único que les quedaba de esperanza. Las madres pasaban los dedos sobre los pies del crucifijo antes de ir al

trabajo. Los ancianos murmuraban oraciones al caer la tarde. Los niños,

aunque hambrientos, se acercaban para pedir sueño tranquilo. Por eso, cuando

el rumor se extendió de casa en casa, don Rogelio viene hacia la plaza y no

parece de buen humor. Un escalofrío recorrió todo San Laureano.

El cielo aún pálido se convirtió en un techo pesado sobre las cabezas de todos.

Don Rogelio llegó caminando con pasos que hacían crujir la tierra seca bajo sus botas. Era un hombre ancho, fuerte,

con bigote espeso y mirada arrogante. Su camisa estaba empapada de sudor, aunque

aún no salía el sol del todo. Detrás de él venían varios capataces, hombres que

solo vivían para obedecer y que se movían con torpeza nerviosa, como si

incluso ellos sintieran que algo muy oscuro estaba a punto de suceder. Nadie

habló, nadie respiró fuerte. Los niños fueron retirados de la plaza por sus

madres casi de inmediato. Don Rogelio se plantó frente a la imagen de Jesús.

Observó el crucifijo con desdén, como si fuera un enemigo personal. pasó la mano

por la madera, analizando cada grieta, cada herida tallada, cada gesto de dolor

representado en aquel rostro sagrado. Entonces, sin motivo aparente o quizás

con muchos motivos acumulados dentro de un corazón que había olvidado la compasión, murmuró,

“Esto no sirve para nada. solo distrae a la gente y antes de que

nadie pudiera reaccionar, alzó el brazo, cerró el puño y lo descargó con fuerza

sobre la figura. El sonido fue seco, brutal, un golpe que hizo temblar el

silencio, que hizo volar el polvo, que arrancó un grito de horror de las

mujeres que presenciaban la escena desde las esquinas. La mano del ascendado

impactó justo bajo las costillas. talladas del Cristo y la madera crujió

como si respirara de dolor. Una anciana cayó de rodillas llorando. Un joven

quiso correr hacia delante, pero su madre lo sujetó del brazo antes de que cometiera una locura. Algunos hombres

bajaron la mirada, otros sintieron que algo caliente le subía por el pecho.

Rabia, impotencia, humillación. Don Rogelio retrocedió un paso, respirando

fuerte como si aquel golpe le hubiera aliviado un odio antiguo, y levantó el

puño otra vez, decidido a repetir la agresión. Pero en ese instante el mundo

pareció detenerse. El viento sopló desde el norte, levantando polvo dorado

alrededor del crucifijo. Los pájaros en los tejados se callaron. Los capataces,

que hasta entonces habían guardado silencio, dieron un paso atrás sin querer. Incluso la mula, que estaba

amarrada junto a la fuente se inquietó como si percibiera algo sagrado en aquel

momento. Las mujeres se cubrieron la boca, los hombres fruncieron el ceño.

Nadie se movió, pero todos sintieron lo mismo. Ese segundo golpe sería

diferente. Ese segundo golpe tendría consecuencias, consecuencias que el

propio don Rogelio no sería capaz de imaginar. Porque aunque nadie en San

Laureano lo sabía todavía, muy lejos, cabalgando entre la polvareda del

amanecer, venía un hombre cuya sola presencia cambiaba el destino de los

oprimidos. Un hombre que había escuchado rumores, un hombre que conocía el dolor

del pueblo, un hombre que no dejaba injusticia sin respuesta, Pancho Villa,

y venía directo hacia San Laureano. El sol finalmente logró romper la

neblina que cubría San Laureano, pero su luz no trajo consuelo. Más bien iluminó

con crudeza las grietas de las casas, los rostros cansados, las miradas que

evitaban encontrarse para no revelar lo que sentían. Era como si todo el pueblo

respirara con dificultad, temiendo que cualquier suspiro más fuerte desatara un

desastre. Desde muy temprano, las mujeres se reunieron en los patios de tierra para moler maíz, sacudir mantas,

remendar ropa ajena para ganar unas monedas. Pero ese día cada una llevaba dentro un

torbellino que no sabía cómo contener. Cada sonido, cada comentario, cada

silencio tenía un peso distinto. La agresión del ascendado don Rogelio