Bienvenido a Cuentos del Tiempo. Dime en los comentarios desde qué ciudad, desde

qué país nos estás escuchando ahora mismo. Ponte cómodo, apaga un poquito el

ruido de afuera, súbele al volumen, porque aquí no vienes solo a oír cuentos, aquí vas a viajar a noche sin

luna. Haciendas malditas, traiciones de familia, venganzas que la historia quiso

esconder. Antes de empezar tu viaje, suscríbete y activa la campanita para

que no te pierdas ninguna de las historias que estaban enterradas. Y hoy

vuelven a la vida en tu pantalla. Esto es Cuentos del tiempo. Si estás listo

para que se te erice la piel, quédate hasta el final. ¿Cuánta humillación hace

falta para que una persona deje de pedir justicia y empiece a fabricarla con sus

propias manos? Imagina a la mujer que ayudó a nacer a medio pueblo, la que

sostuvo a tu hijo morado y llorando y lo devolvió a la vida. La que entró de

madrugada a tu casa con una vela y una bolsa de hierbas y salió con tu esposa

respirando otra vez. Ahora imagina que esa misma mujer, la más respetada del

valle de Atlixco, decide que Dios llega tarde. La noche del 24 de diciembre de

1815, mientras todos hablaban del niño Dios, Shochitle, partera indígena de 36 años,

caminó sola hacia la hacienda más temida de Puebla, la de don Felipe de Villavicencio.

No llevaba Rosario, llevaba un machete de partir caña escondido bajo el reboso.

Dicen que esa nochebuena nadie escuchó villancicos, solo un grito largo que

partió el valle en dos, adentro de la casa grande, entre paredes llenas de

cuadros españoles y platos de plata. Sochitl hizo lo que nadie se había

atrevido en tres siglos. descuartizó vivo al terrateniente y a sus cuatro

hijos mientras la cena aún humeaba. No hubo disparos, solo carne separándose

del hueso, muebles volcados y promesas rotas cobrando su pago. Al amanecer,

donde antes estaba la sala principal, solo quedaron cinco cráneos calcinados

sobre un círculo perfecto de ceniza. Desde entonces, cada nochebuena a las

11:30, los viejos de Atlix apagan las luces, cierran puertas y juran que se

escucha un machete afilándose contra piedra y pasos descalzos sobre la tierra

seca. ¿Estás escuchando cuentos del tiempo, compadre? Dime en comentarios

desde qué ciudad nos ves. Deja tu like y no parpade, porque lo que vas a oír

ahora todavía hoy da miedo contarlo en voz alta. En el valle de Atlixco,

rodeada de cañaverales que parecen un mar verde infinito, todavía hoy se alzan

las ruinas de lo que fue la hacienda de Santa Cruz del Águila, propiedad de la familia Villavicencio durante tres

generaciones. En tiempos de Shochitle no eran ruinas, sino un monstruo de piedra

y tejas rojas que vigilaba el valle desde una pequeña loma, como si fuera

una iglesia torcida dedicada no a Dios, sino al miedo. Don Felipe de

Villavicencio, de 54 años, era un hombre alto de espalda ancha, bigote negro

engomado y ojos que parecían dos carbones apagados metidos en una

calavera viva. Heredó no solo las tierras y el apellido, sino también la

fama de ser el patrón más salvaje de todo Puebla. Su padre había mandado a

azotar. Su abuelo había hecho desaparecer familias enteras. Pero

Felipe se enorgullecía de superarlos. Decía que un asendado que no hacía

temblar a sus peones no merecía llamarse señor. Aquí los castigos no eran

secretos murmurados en la cocina, era espectáculo programado. Durante la safra

era normal ver peones colgados de los pies en el patio central azotados hasta

que la sangre corría como agua de lluvia recién caída. El sonido del cuero contra

la carne se mezclaba con el silvido del viento entre la caña y los rezos de las

mujeres arrodilladas. Cuando el capatá se cansaba de golpear, otro tomaba el

látigo, porque en la hacienda de Santa Cruz del Águila, el dolor nunca se

suspendía, solo cambiaba de manos. Don Felipe tenía un poste de castigo clavado

en medio del patio principal frente a la casa grande para que nadie pudiera

ignorarlo. Era un tronco grueso ennegrecido por el sol, la sangre seca y

las lágrimas que se habían secado sobre él como una costra eterna. Cuando

recibía visitas de otros ascendados, ordenaba dar ejemplo para que vieran

quién mandaba allí. Invitaba a sus amigos a beber chocolate caliente bajo

los arcos, mientras a pocos pasos un hombre gritaba pidiendo perdón por haber

robado una tortilla de más o por haberse quedado dormido 10 minutos. La casa

grande era una fortaleza de dos pisos con balcones de herrería española,

ventanas altas con marcos azules y muebles traídos en carretas desde

Veracruz. Sillones de cuero, mesas talladas, espejos de marco dorado que

devolvían una imagen elegante de quién los miraba. Sin embargo, el verdadero

símbolo de la hacienda no eran esos lujos, sino ese poste manchado de sangre

que jamás se lavaba. Ni la lluvia de verano, ni las tormentas eléctricas

lograban limpiarlo por completo. Cada nueva mancha se sumaba a las anteriores,

como si la madera estuviera coleccionando pecados. Detrás de esa

fachada de poder y riqueza se escondía otra realidad. En 1815

vivían allí alrededor de 280 trabajadores, hombres, mujeres, ancianos

y niños, asinados en galeras sin ventanas, construidas con adobe mal