La sala del juzgado estaba llena, pero

aún así Sofía sentía que el aire le

faltaba, como si las paredes estuvieran

cerrando lentamente sobre ella. El

murmullo del público se mezclaba con el

eco lejano de pasos y el crujir de las

bancas de madera, creando una atmósfera

pesada que le oprimía el pecho.

Estaba sentada sola en la mesa de la

defensa, sin nadie a su lado, sin un

abogado que hablara por ella, con una

carpeta vieja entre las manos que

apretaba con tanta fuerza que los

nudillos se le habían puesto blancos.

Dentro había documentos desordenados,

copias mal impresas, notas escritas a

mano a altas horas de la noche, pruebas

que ella no sabía si serían suficientes,

pero que representaban todo lo que

tenía.

Frente a ella, Alejandro ocupaba su

lugar con absoluta comodidad, recargado

hacia atrás en la silla, con una sonrisa

confiada y arrogante, acompañado por un

abogado elegante, de traje oscuro,

perfectamente planchado, y un reloj caro

que brillaba bajo las luces del

tribunal. Ambos conversaban en voz baja,

como si aquello no fuera más que un

trámite aburrido que ya daban por

ganado.

Sofía evitaba mirarlos directamente,

pero podía sentir la mirada de Alejandro

clavada en ella, una mirada cargada de

desprecio y burla, la misma que había

soportado durante años dentro de su

propia casa.

El juez tomó asiento y el sonido del

mazo resonó con firmeza, imponiendo un

silencio incómodo. En ese instante,

Alejandro soltó una risa breve, casi

divertida, y rompió la calma con voz

alta y segura, cuestionando al juez con

descaro sobre la pérdida de tiempo que,

según él, representaba el proceso,

señalando con evidente satisfacción que

su esposa ni siquiera había conseguido

un abogado.

Algunas personas en la sala

intercambiaron miradas incómodas, otras

bajaron la cabeza y Sofía sintió como el

calor de la vergüenza le subía al rostro

mientras sus labios temblaban

ligeramente. Quiso hablar, defenderse,

explicar que no era falta de interés,

sino de miedo, de dinero, de años de

control silencioso, pero las palabras no

salieron.

Alejandro continuó disfrutando cada

segundo, recordando con sarcasmo como

ella siempre había sido dependiente,

callada, incapaz, según él, de tomar

decisiones importantes, y afirmó con

tono cruel que aquello solo confirmaba

lo que siempre había dicho de ella.

El juez golpeó suavemente el mazo para

pedir orden, aunque su expresión dejaba

ver sorpresa al observar la mesa vacía

junto a Sofía y con voz formal le

preguntó si confirmaba que no contaba