Eliseo Vázquez llevaba 7 años durmiendo en la acera de la calle Independencia

número 847, siempre en el mismo lugar bajo el toldo
desgastado de lo que solía ser tienda de telas. Ahora solo era local vacío, pero el
toldo todavía ofrecía sombra durante el día, protección mínima de la lluvia
durante la noche. Tenía 68 años, barba
gris descuidada, ropa que había sido donada tantas veces
que ya no se podía identificar el color original. zapatos con suelas que se
separaban del resto, manos curtidas por años de intemperie, pero sus ojos, sus
ojos eran diferentes, claros, inteligentes,
observadores, como si vieran más de lo que la mayoría notaba. La calle Independencia era zona
residencial de clase media. Seis edificios de apartamentos en esa cuadra,
todos de cinco pisos, bien mantenidos, con inquilinos que trabajaban en
oficinas, que conducían carros decentes, que enviaban hijos a escuelas privadas,
gente respetable según estándares sociales, gente que pasaba junto a Eliseo cada día camino a sus vidas
ocupadas. Los edificios eran idénticos en estructura. Ladrillo rojo, balcones pequeños, jardines frontales con pasto
bien cortado. Números en bronce pulido, 843, 845,
847, 849, 851, 853.
Eliseo los conocía todos. Cada grieta en las paredes, cada ventana, cada
inquilino. Había estudiado planos originales hace 40 años cuando su padre
se los dejó. Ahora los observaba desde perspectiva que ningún dueño había tenido antes, desde la acera, desde
abajo, desde el lugar de los invisibles. La mayoría lo ignoraba, no por crueldad
necesariamente, sino por incomodidad, por no saber qué hacer, por suponer que
alguien más ayudaría, por estar demasiado ocupados con sus propios problemas. Pasaban caminando rápido,
mirando sus teléfonos, evitando contacto visual. Eliseo era parte del paisaje
urbano, como buzón de correo, como poste de luz, presente pero invisible. Había
patrones. Los lunes por la mañana todos caminaban más rápido, más estresados,
evitando miradas más deliberadamente. Los viernes había más sonrisas, pero no
para él. Las sonrisas eran para colegas, para teléfonos, para planes de fin de
semana. El liceo documentaba mentalmente: “Prer año, esperanza de que
alguien preguntaría. Segundo año, aceptación de invisibilidad. Tercer año,
comprensión profunda de indiferencia humana. Años 4 a s, paz con su
experimento y tristeza por sus resultados. Algunos eran activamente
crueles. Octavio Briseño en el edificio 851
llamaba a policía regularmente. Hay mendigo en nuestra cuadra. Baja el valor
de las propiedades, espanta clientes de mi negocio. Quítenlo. Policía venía.
Revisaba documentos de Eliseo. No podían hacer nada. No era ilegal estar sin
hogar. No estaba violando ninguna ley. Se iban. Octavio refunfuñaba, planeaba
próxima queja. La primera vez que Octavio llamó a policía, Eliseo estaba
durmiendo. Eran las 2 a oficiales. Lo despertaron con linternas en su rostro.
Documentos. Ahora. Eliseo los entregó calmadamente, cédula
de identidad perfectamente válida. Tiene hogar, señor. La calle es mi hogar por
ahora, oficial. Tiene familia. Tuve media hora de interrogatorio. Luego se
fueron. Eliseo no pudo volver a dormir esa noche, no por miedo, sino por
tristeza de que Octavio, su inquilino de 3 años, lo había tratado como criminal
por estar sin techo. Renata Aguirre en el edificio 843
se quejaba constantemente con el administrador del edificio.
Ese hombre hace que nuestro edificio se vea mal. ¿Qué van a pensar los
visitantes? ¿Qué dirán cuando vengan a ver apartamentos en venta? Necesitamos hacer
algo. Una mañana de invierno particularmente fría, Renata salió de su
edificio envuelta en abrigo de piel. Eliseo temblaba bajo su manta delgada.
Sus labios estaban azules. Sus manos apenas podían moverse. Renata pasó
directamente frente a él. tan cerca que su perfume caro llegó a donde Eliseo
estaba. Ella lo miró. Por un segundo sus ojos se encontraron. Eliseo vio
vacilación, momento donde humanidad básica casi ganó. Pero Renata desvió la
mirada, aceleró el paso, subió a su autoclimatizado,
se fue. Eliseo se quedó temblando. Esa noche tuvo hipotermia leve. Casi no
sobrevivió. Pero sobrevivió y anotó mentalmente. Renata Aguirre, edificio
843, apartamento 3B. Vio necesidad directa,
eligió ignorar. Había otros. Sebastián del 849, que enseñaba a sus hijos de
cinco y 7 años a cruzar la calle cuando veían a Eliseo. No miren, no hablen con
gente así, es peligrosa. Los niños aprendieron bien. Eventualmente ni
siquiera volteaban. La indiferencia enseñada, normalizada, heredada.
Miriam del 845, que salía a correr cada mañana a las 6
Pasaba junto a Eliseo, auriculares puestos, música alta, ni siquiera fingía
no verlo, simplemente no lo registraba como ser humano. Solo obstáculo en su
ruta de ejercicio. 7 años, 255
mañanas aproximadamente. Ni una sola vez dijo buenos días, pero había excepciones pequeñas, raras, pero
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