La viuda de Willow Creek

Todos en Willow Creek temían a la viuda gigante.

La mantenían encerrada en una jaula de hierro, en medio de la plaza, como si fuera una bestia salvaje. El letrero colgaba burlón: 1 peso para mirar. 10 pesos para tocar a la bestia. La gente reía, escupía al suelo, arrojaba piedras. Para ellos, Martha Kane no era una mujer. Era un monstruo.

Decían que había matado a tres hombres con las manos desnudas. Que era demasiado fuerte, demasiado peligrosa. Que la pena de muerte habría sido más justa que una jaula.

Pero cuando Jack Morrison llegó al pueblo, no vio un monstruo.

Vio a la mujer más sola del Oeste.

Martha estaba sentada en silencio, las manos cruzadas sobre el regazo, la mirada fija en el suelo. No gritaba. No amenazaba. Sus ojos, del color de un cielo invernal, estaban vacíos… pero Jack reconoció algo detrás de esa frialdad: dolor. Un dolor que él conocía demasiado bien.

Había perdido a su esposa y a su hijo por nacer. Había pasado años intentando desaparecer en el alcohol y la violencia. La única diferencia entre él y Martha era que nadie había sido lo bastante fuerte como para encerrarlo.

—¿Cuánto cuesta comprarla? —preguntó Jack.

La plaza quedó en silencio.

El sheriff rió nervioso, hasta que vio la bolsa de oro caer sobre la mesa. Quinientos pesos. Suficientes para comprar un rancho. Suficientes para comprar una vida nueva.

—Es tu problema ahora —dijo el sheriff, abriendo la jaula.

Martha salió despacio, como si temiera que todo fuera una trampa. Era alta, imponente, pero había una extraña gracia en sus movimientos. No miró a la multitud. Solo a Jack.

Él se arrodilló frente a ella y sacó un sencillo anillo dorado.

—Martha Kane —dijo con voz firme—. ¿Quieres casarte conmigo?

El mundo estalló en gritos.

Ella lo miró como si estuviera loco.

—¿Por qué? —susurró.

—Porque nadie merece vivir en una jaula. Porque sé lo que es querer desaparecer. Y porque te veo… humana.

Martha buscó la burla en su rostro. No la encontró. Solo verdad. Solo heridas parecidas a las suyas.

—Sí —dijo al fin—. Sí, Jack Morrison. Me casaré contigo.

Huyeron de Willow Creek bajo una lluvia de insultos y polvo. Cabalgaron hasta Pinerill, donde un predicador amable los casó sin hacer preguntas. Ella llevaba un vestido roto y el abrigo de Jack. Él sonreía como un hombre que volvía a la vida.

Esa noche, Martha miró las montañas bajo un cielo lleno de estrellas.

—No tengo miedo —dijo, sorprendida.

Jack tomó su mano.

Dos almas rotas no se salvaron por milagro, sino por elección. Porque a veces la redención no llega desde el cielo, sino desde alguien que se atreve a hacer una simple pregunta capaz de cambiarlo todo:

“¿Quieres casarte conmigo?”

Y a veces, si tienes suerte, la respuesta es .