Lucila Martínez tenía veintinueve años y creía estar viviendo una mañana absolutamente normal. Trabajaba como asistente contable en un edificio antiguo del centro de Montevideo, un lugar de pasillos estrechos, paredes verde pálido y oficinas donde siempre sonaban teléfonos, máquinas de escribir y conversaciones apagadas detrás de puertas entornadas.
Aquel día, su jefe la llamó desde el último piso para pedirle unos reportes. Lucila tomó una carpeta manila, acomodó los papeles contra su pecho y salió hacia las escaleras. El ascensor casi nunca funcionaba, así que subir dos pisos era una rutina que había repetido cientos de veces.

En el descanso se cruzó con la señora García, que bajaba hacia el área legal. Más arriba vio a dos hombres de traje que no reconoció. Nada parecía extraño. Nada anunciaba que estaba a punto de abandonar el mundo que conocía.
Pero al llegar al descanso donde debía estar la puerta del último piso, Lucila se detuvo.
No había puerta.
Solo más escaleras.
Al principio pensó que se había confundido. Miró hacia abajo, buscando los tramos que acababa de subir, pero lo único que vio fue una oscuridad densa, profunda, imposible, como si los pisos inferiores hubieran sido tragados por una boca invisible.
—¿Hola? —gritó.
Su voz se perdió sin eco.
El silencio del edificio se volvió absoluto. Ya no había teléfonos, ni pasos, ni voces. Lucila continuó subiendo, esta vez más rápido. Llegó a otro descanso, luego a otro, y otro más. Todos eran iguales. Las paredes comenzaron a cambiar de color, el verde familiar se volvió gris, la luz se enfrió y un olor dulce a flores inundó el aire.
La sensación era insoportable. Sus pies tocaban los escalones, pero su cuerpo se sentía liviano, casi flotando. Los colores parecían moverse como si estuviera mirando el mundo a través del agua.
Entonces, de pronto, las escaleras terminaron.
Frente a ella apareció una puerta de vidrio esmerilado con marco metálico, demasiado moderna para aquel edificio viejo. Lucila la empujó con manos temblorosas y entró en una oficina que jamás había visto.
Había escritorios brillantes, sillas extrañas y aparatos imposibles. Un hombre elegante salió de otra habitación y la miró con una sonrisa profesional.
—Buenos días. ¿Eres la nueva asistente?
Lucila tragó saliva.
—No. Yo trabajo aquí… pero este no es mi edificio.
El hombre le mostró un pequeño dispositivo luminoso.
—Estamos en Barcelona. Y hoy es el año 2027.
Lucila sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Lucila retrocedió hasta la ventana, esperando encontrar alguna prueba de que todo era una broma cruel. Pero al mirar afuera no vio Montevideo. Vio una ciudad de edificios de vidrio, calles llenas de vehículos extraños y una costa luminosa que no reconocía. El hombre intentó tranquilizarla, le ofreció agua y le dijo que llamaría a una ambulancia, pero cada palabra suya parecía venir de un mundo que Lucila no podía aceptar.
Ella seguía repitiendo que esa misma mañana era 1983, que había subido unas escaleras comunes para entregar reportes, que su jefe la esperaba en el quinto piso. El hombre la observaba con una mezcla de preocupación y miedo, como si estuviera frente a alguien que acababa de perder la razón.
Entonces volvió aquella sensación.
El aire se espesó. Los bordes de la oficina comenzaron a deshacerse. Los muebles perdieron forma, las paredes se volvieron borrosas y la voz del hombre se alejó hasta convertirse en un murmullo. Lucila intentó gritar, pero no salió ningún sonido. La oscuridad la envolvió por completo.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la oficina moderna.
Estaba en una biblioteca inmensa.
Los estantes subían hasta un techo imposible, tan alto que se perdía en la penumbra. Miles de libros llenaban pasillos interminables. Lámparas de gas iluminaban apenas el lugar, dejando rincones oscuros donde parecía esconderse algo. El aire olía a papel viejo, cuero y polvo antiguo.
Por un instante, Lucila sintió paz. Pero esa calma se rompió cuando comprendió que no había puertas, ni ventanas, ni salida visible.
—¿Hay alguien aquí? —gritó.
El eco se extendió por los pasillos, pero nadie respondió.
Comenzó a caminar. Luego a correr. Giraba entre estanterías idénticas, buscaba una escalera, una puerta, cualquier señal de regreso. Entonces escuchó pasos. No eran los suyos. Sonaban cerca, en un pasillo paralelo. Cuando ella se detenía, los pasos también se detenían. Cuando corría, ellos corrían.
El terror la venció. Siguió avanzando hasta que el aire pareció cerrarse sobre ella. Todo se volvió negro otra vez.
Despertó en el descanso entre el cuarto y el quinto piso del edificio Artigas. Su compañera Carmen estaba inclinada sobre ella, asustada. Según todos, Lucila solo se había desmayado unos minutos. Su jefe aún la esperaba arriba. Las paredes volvían a ser verdes. La puerta del quinto piso estaba donde siempre había estado.
Pero Lucila sabía que no había soñado.
En los años siguientes buscó pruebas. Cuando aparecieron los teléfonos móviles, reconoció de inmediato aquel aparato que el hombre le había mostrado. Cuando vio fotografías modernas de Barcelona, sintió un escalofrío: era la ciudad que había visto desde la ventana. Y cuando viajó allí por primera vez, caminó por sus calles con una certeza imposible, como si una parte de ella ya hubiera estado ahí.
Nunca volvió a subir escaleras sin contar los peldaños.
Años después, el edificio Artigas fue renovado y las viejas escaleras fueron retiradas. La víspera de la demolición, Lucila quiso despedirse de ellas. Subió desde el tercer piso hasta el quinto y contó cincuenta y dos escalones, como siempre.
Pero al bajar contó cincuenta y tres.
Nunca supo de dónde había salido aquel escalón extra. Tampoco volvió a saber si aquella puerta de vidrio, aquella oficina futura y aquella biblioteca infinita habían sido lugares reales o grietas abiertas en algo que nadie debería cruzar.
Lo único cierto era que Lucila regresó.
Pero desde aquel día, una parte de ella siguió atrapada en esas escaleras que no terminaban jamás.
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