Introducción: Sin gas, sin esperanza
El cilindro de gas estaba vacío desde hacía 3 días. Roberto Sánchez Morales,

42 años, padre de tres hijos, miraba fijamente el tanque de metal gris, como
si sus ojos pudieran llenarlo por pura fuerza de voluntad. Sus manos curtidas
por años de trabajar el comal y la plancha temblaban mientras apretaba el casco del cilindro, sintiendo solo el
eco hueco de la nada. Era a las 11 de la noche en la colonia Nesaalcoyotel.
Estado de México, un martes cualquiera de noviembre que se convertiría en el martes que lo cambiaría todo. “Papá,
¿por qué no prendes el comal?”, preguntó Pedrito, su hijo menor de 8 años,
asomándose desde la cortina raída que separaba el pequeño puesto de tacos de la vivienda de una sola habitación donde
dormían los cinco. Roberto sintió como si le clavaran un puñal en el pecho.
“Hijo, vete a dormir. Mañana habrá comida. Mentira. Roberto sabía que era
mentira. En el mostrador polvoriento del puesto, tacos el buen sabor, solo
quedaban tres tortillas duras del día anterior, medio kilo de carne que ya empezaba a olero, por falta de
refrigeración y 45 pesos en monedas que no alcanzaban ni para medio tanque de
gas. El negocio que alguna vez alimentó a su familia ahora era una cáscara
vacía, un recordatorio cruel de tiempos mejores. 3 años atrás, Roberto había
sido maestro albañil. Ganaba bien, lo suficiente para rentar una casa pequeña
pero digna en otra colonia, para comprar útiles escolares sin sudar, para llevar
a los niños a comer tacos al pastor los domingos. Pero la crisis económica
golpeó fuerte. Las construcciones se detuvieron, los trabajos se escasearon
hasta desaparecer. Desesperado, Roberto invirtió sus ahorros completos, 23,000 pesos que
había guardado durante años en abrir un puesto de tacos. Un sueño humilde, ser
su propio jefe, alimentar a las personas, sacar adelante a su familia.
Los primeros se meses fueron buenos. Los clientes llegaban. El olor a carne asada
y tortillas recién hechas atraía a vecinos y trabajadores nocturnos.
Roberto soñaba con expandirse, con comprar un carrito más grande, quizás hasta poner mesas. Pero entonces llegó
el chino. Máximo Reyes, apodado el chino por sus ojos rasgados, era el dueño de
una taquería establecida dos calles más arriba, un hombre de 50 y tantos años,
barriga prominente y voz ronca, que veía el pequeño puesto de Roberto como una
amenaza. Lo que Roberto no sabía era que el chino tenía conexiones con inspectores municipales y cobró favores.
Primero llegó la visita de rutina de salubridad que le impuso una multa de 8000 pesos por supuestas irregularidades
que nunca existieron. Roberto pagó con el dinero que tenía guardado para la escuela de los niños.
Luego vino el problema de permisos que resultó en otra multa de 6,000 pes.
Roberto tuvo que empeñar el anillo de bodas de su esposa, María Elena.
Después, misteriosamente sus proveedores comenzaron a cancelarle o a cobrarle el
doble. El chino había hablado con ellos ofreciéndoles mejores contratos si dejaban a Roberto sin abastecimiento.
¿Por qué haces esto? Le había preguntado Roberto una tarde, parado frente a la taquería del chino, con humildad en los
ojos. Solo intento alimentar a mi familia. El chino lo miró con desprecio, mascando un palillo. Aquí solo hay lugar
para un taquero bueno, compadre, y ese soy yo. Vete a vender chicles o a limpiar parabrisas. Los tacos no son
para perdedores. Roberto apretó los puños, pero no dijo nada. Tenía tres hijos que alimentar y golpear a el chino
solo le traería más problemas. Lo que Roberto nunca supo fue que el chino actuaba desde su propio dolor. Años
atrás, cuando Máximo apenas empezaba, un taquero más establecido, lo había destruido de la misma manera,
hundiéndolo en deudas y humillación. Máximo juró que nunca más sería la
víctima y se convirtió en el verdugo. El ciclo de crueldad continuaba ciego y
sordo al sufrimiento que causaba. Ahora, tres meses después de que comenzara la guerra silenciosa, Roberto estaba al
borde del abismo, sin gas, sin clientes, sin dinero. María Elena, su esposa de 39
años, salió de la habitación con los ojos hinchados de tanto llorar en silencio para que los niños no la
escucharan. “Roberto, los niños tienen hambre”, susurró con voz quebrada.
Pedrito y Sofía no han cenado. El bebé está llorando. Lo sé, mi amor, lo sé.
Roberto se pasó las manos por el rostro cansado. Mañana consigo algo, te lo
prometo. ¿Cómo? María Elena ya no podía contener las lágrimas. Ya vendimos todo
lo que teníamos. Ya empeñamos hasta las joyas de mi mamá. El dueño del local nos
corre si no pagamos lo atrasado. ¿Qué vamos a hacer? Roberto no tenía
respuesta. Esa noche, después de que María Elena se durmió exhausta de tanto llorar, Roberto
salió del puesto y se sentó en el bordillo de la banqueta. La calle estaba vacía, iluminada apenas por un farol que
parpadeaba intermitentemente. El olor a basura y gasolina quemada
flotaba en el aire frío de noviembre. Roberto levantó el rostro hacia el cielo oscuro, hacia las pocas estrellas que se
alcanzaban a ver entre la contaminación. Dios mío, su voz temblaba. Sé que no soy
nadie para pedirte nada. Sé que he fallado. Sé que no he sido el hombre que prometí ser. Pero mis hijos, Dios, mis
hijos son inocentes. No merecen pasar hambre. No merecen dormir con el estómago vacío. Una lágrima rodó por su
mejilla quemada por el sol. Si quieres castigarme a mí, hazlo. Pero a ellos no.
Por favor, dame una señal, una oportunidad, lo que sea. El silencio fue
su única respuesta. Roberto se quedó ahí sentado, por lo que parecieron horas,
escuchando los ladridos lejanos de perros callejeros y el rumor de la ciudad que nunca duerme. Se sentía más
solo que nunca. A las 11:30 de la noche, cuando ya se disponía a regresar y aceptar que mañana sería otro día sin
soluciones, escuchó pasos acercándose. Roberto levantó la vista. Un hombre
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