Un hombre prohibió pronunciar el nombre de Dios, quemó santos, cerró iglesias,

arrancó rosarios de las manos de las abuelas, quería ser adorado, quería ser temido, quería ocupar el trono del

Altísimo. Pero Dios tenía otros planes. Una noche, perdido en el desierto, aquel

hombre escuchó una voz, una voz que le preguntó, “¿Por qué me odias si nunca te

abandoné? Lo que pasó después transformó al hombre más cruel de México en el alma más

bondadosa de su pueblo. Esta es la historia del coronel que desafió a Dios

y encontró misericordia. El viento del norte arrastraba polvo y olvido por las

calles de San Bartolomé del Valle. Era el invierno de 1913 y el frío de

Chihuahua no venía solo de las montañas, venía de algo más profundo. Venía del

miedo. El pueblo había sido próspero alguna vez. Las mujeres bordaban

manteles para las fiestas de la Virgen. Los hombres cantaban corridos después de

la cosecha y los niños corrían descalzos por la plaza, persiguiendo gallinas y

sueños. Pero eso fue antes, antes de que llegara él. El coronel Aurelio Montes de

Oca había tomado San Bartolomé como quien toma un trago de mezcal de un solo

golpe, sin pedir permiso, sintiendo el ardor, pero disfrutándolo. Sus soldados

entraron una mañana de septiembre cuando el sol todavía doraba los campos de

maíz. Para el anochecer, el maíz estaba pisoteado, las puertas de las casas

arrancadas y el padre Domingo, el viejo sacerdote que bautizó a tres

generaciones, había sido arrastrado por la plaza con una soga al cuello. No lo

eliminaron esa noche. Eso hubiera sido demasiado rápido, demasiado

misericordioso. Lo obligaron a ver cómo quemaban los santos de madera que él

mismo había tallado durante 40 años. San José, la Virgen de Guadalupe, el Cristo

de los milagros que las abuelas besaban cada domingo. Todos ardieron en una

hoguera que iluminó el rostro de los niños con un resplandor de pesadilla. El

coronel observaba desde su caballo negro con una sonrisa que no era sonrisa, era

una mueca. la mueca de un hombre que había decidido que Dios no existía y que

estaba dispuesto a demostrarlo aunque tuviera que destruir el mundo entero.

Escuchen bien, dijo aquella noche con voz que resonó contra las paredes de adobe como un trueno seco. Aquí no hay

más Dios que yo. Aquí no hay más ley que mi voluntad. El que receá castigado. El

que mencione el nombre del Altísimo perderá la lengua. ¿Quieren un milagro?

Yo soy su único milagro. Yo decido quién come. Yo decido quién vive. Y así

comenzó el silencio. Las campanas de la capilla fueron arrancadas y fundidas

para hacer balas. El confesionario fue convertido en letrina para los soldados.

Los rosarios, esos hilos de fe que las madres guardaban bajo las almohadas,

fueron requisados y quemados junto con biblias, estampitas y cualquier imagen

que mostrara algo más grande que un hombre con uniforme. Pero el silencio más terrible no era el de las campanas,

era el de las almas. Las mujeres dejaron de cantar mientras molían el maíz. Los

ancianos dejaron de contar historias junto al fuego. Los niños aprendieron

que había palabras prohibidas, palabras peligrosas, palabras que podían hacer

que sus padres desaparecieran en la noche, palabras como Dios, como

esperanza, como justicia. El coronel instaló su cuartel en la

antigua casa del hacendado, la más grande del pueblo. Desde su balcón podía

ver toda la plaza, toda la miseria. todo el miedo y eso le gustaba. Cada mañana

tomaba su café mientras observaba a las mujeres cargar agua del pozo, a los hombres agachar la cabeza al pasar

frente a sus soldados, a los niños que ya no jugaban. Así debe ser, murmuraba.

Así es el orden natural. Los fuertes arriba, los débiles abajo. No hay cielo,

no hay infierno, solo hay poder. Pero había algo que el coronel no podía ver

desde su balcón, algo que se escondía en los rincones oscuros, en los susurros de

las madres a medianoche, en las lágrimas que las abuelas derramaban en silencio

mientras fingían dormir. La fe no había muerto, estaba herida. Sí. Estaba

asustada. Estaba escondida como una vela en medio de la tormenta, pero seguía

ardiendo. Y en una pequeña casa al borde del pueblo, donde el viento silvaba

entre las grietas del adobe, una mujer de ojos oscuros y manos callosas

abrazaba a su hijo de 7 años y le susurraba al oído las palabras prohibidas.

Dios no nos ha olvidado, miguelito. Dios nunca olvida. A veces se esconde para

ver quién lo busca de verdad y nosotros lo seguiremos buscando, mi amor, aunque

nos cueste todo. El niño asentía con sus ojos grandes, sin entender del todo,

pero sintiendo en el pecho algo cálido, algo que no tenía nombre, pero que era

más fuerte que el miedo. Afuera, los soldados patrullaban con sus rifles. El

coronel dormía tranquilo, convencido de su victoria absoluta. Las calles de San

Bartolomé permanecían en silencio, pero era un silencio engañoso, porque a veces

lo que parece derrota es solo el momento antes de un milagro. Y esta historia, la

historia que estoy a punto de contarles, es la prueba de que ningún hombre, por

más cruel, por más poderoso, puede apagar la luz que Dios enciende en el

corazón de los que creen. Aunque esa luz esté escondida, aunque parezca

extinguida, aunque el mundo entero diga que ya no existe, la luz siempre vuelve.

y volvió a San Bartolomé del Valle de la manera más inesperada. Para entender al