
El 23 de agosto de 2003, el Auditorio Nacional estaba completamente lleno. Como siempre que Juan Gabriel se presentaba en la Ciudad de México, no cabía un alma más. Once mil personas cantaban, reían y lloraban mientras el artista, vestido con uno de sus trajes brillantes, interpretaba “Noa Noa”, “Así Fue” y “Te lo pido por favor”.
En la tercera fila estaba sentada Victoria Ramírez, una niña de diez años que llevaba tres luchando contra leucemia linfoblástica aguda. A su lado, sus padres Roberto y Elena intentaban grabar en la memoria cada segundo. Dos semanas antes, los médicos les habían dicho que el cáncer había regresado con agresividad. No quedaban opciones. Tal vez solo semanas.
El último deseo de Victoria era sencillo y gigantesco a la vez: ver a Juan Gabriel en concierto y cantar con él “Hasta que te conocí”, la canción que la había sostenido durante interminables sesiones de quimioterapia.
Su amor por esa canción había nacido en el hospital, cuando tenía siete años. Una enfermera llamada Carmen ponía música para distraerla del dolor. El día que escuchó “Hasta que te conocí” por primera vez, pidió repetirla una y otra vez.
—Esa canción me hace sentir fuerte —decía—. Cuando él canta que superó el dolor, yo siento que también puedo.
Aquella noche, pese al tubo de oxígeno bajo su nariz y al pañuelo colorido que cubría su cabeza sin cabello, Victoria cantaba cada palabra con una energía que sus padres no veían desde hacía meses. Una mujer mayor, sentada cerca, le regaló las flores que había llevado para el artista.
—Tú las necesitas más que yo, mi niña.
Dos horas antes del concierto, Roberto había contado la historia de su hija a un supervisor de seguridad llamado Héctor. Él, conmovido, prometió avisar al equipo de producción. Una nota llegó al camerino: “Victoria, 10 años, leucemia terminal, tercera fila. Su último deseo es cantar con usted”.
Juan Gabriel leyó el mensaje, preguntó exactamente dónde estaba sentada y guardó la información en su corazón.
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