El grito le cayó encima antes de que terminara de quitarse la chaqueta. “No lo toques”, chilló una mujer desde el

puesto de frutas con la voz rota de miedo y rabia. Mateo apretó los dientes,

siguió sacando un brazo de la manga y miró al anciano temblando en la esquina,

porque si lo cubría, perdía lo único que tenía para aguantar el frío, y si no lo

hacía, iba a verlo apagarse ahí mismo frente a todos. La esquina de la calle

Nogal con la avenida San Bruno olía a pan viejo gasolina y lluvia retenida en

las alcantarillas. Eran casi las 6 de la tarde y el viento venía duro desde el

puente, cortando la cara de quien se [música] quedara quieto más de un minuto. La gente caminaba rápido, con

[música] las bolsas pegadas al pecho, esquivando charcos y mirándose poco. En

esa [música] esquina donde estaba el puesto de pan de doña Marila y el letrero del mercado, el [música] ahorro.

El anciano llevaba más de una hora sentado en el borde de la acera. Apoyado

contra la pared, con los hombros encogidos y las manos moradas de frío.

Nadie sabía de dónde había salido. Oeste, eso decían. Algunos juraban que

lo habían visto caminando desde el lado de la terminal. Otros decían que estaba

ahí desde la mañana, que no se movía porque estaba enfermo. Una muchacha del

autobús dijo que olía mal y que seguro traía alguna infección. Un señor con

uniforme de repartidor aseguró que era de esos que fingen para pedir dinero y

luego roban. Cada uno [música] puso una historia encima del cuerpo del anciano y

ninguna incluía acercarse. Mateo venía cargando una bandeja vacía de pan dulce.

Tenía 11 años, las manos pequeñas reventadas por el jabón con el que

ayudaba a lavar bandejas en la panadería, y una chaqueta azul con el cierre dañado que había sido de su papá.

Le quedaba grande en los hombros [música] y corta en las muñecas, pero era gruesa, de tela buena, remendada por

dentro por su mamá, con hilo negro y paciencia vieja. Esa tarde la llevaba

cerrada hasta el cuello porque el aire estaba helado y porque desde la semana

anterior andaba con tos. Cuando vio al anciano temblar, bajó el paso. [música]

No pensó mucho, solo lo vio. Le vio los pies en sandalias gastadas sin medias.

Le vio los dedos rígidos. Le vio el labio partido, le vio la barba mojada

por la llovisna, le vio una forma de temblar que no era solo frío, era

agotamiento. Y algo dentro del niño hizo el ruido de una puerta que se suelta.

Mateo, camina, le gritó doña Marila desde el puesto. No te quedes mirando.

El niño no caminó. Te estoy hablando. Él dejó la bandeja vacía sobre una caja de

refrescos y dio dos pasos hacia la esquina. Entonces llegaron los gritos.

No lo toques. Aléjate, muchacho. No seas terco. [música] ¿Quién sabe qué tiene?

Mateo, ven acá ahora mismo, dijo otra voz [música] más grave, más peligrosa.

Era Esteban Rojas, el administrador del mercado, 47 años, cuello ancho, abrigo

oscuro, llavero colgando del cinturón y un gesto cansado que en el barrio todos

conocían. Esteban no había sido siempre duro. Antes saludaba más. [música] Antes

daba crédito cuando faltaba dinero. Antes cargaba niños dormidos mientras

sus madres compraban, [música] pero desde que lo nombraron encargado del mercado y llegaron las inspecciones

nuevas, vivía [música] con el teléfono en la mano, la frente arrugada y la

palabra orden metida en la boca como si fuera una piedra. A esa hora venía de

revisar los puestos, porque al día siguiente iba a ir gente de la alcaldía

a tomarse fotos con la campaña de abrigos de la iglesia Renuevo de Vida.

Necesitaba todo limpio, todo en regla, todo bajo control. Y ese anciano en la

esquina era para él un problema. Mateo, repitió [música] Esteban caminando hacia

el niño. No lo toques. Te dije que no. Mateo se giró. El viento le pegó en los

ojos y lo hizo parpadear. Está temblando dijo. Como si eso lo explicara todo. Y

yo ya llamé para que lo muevan. Desde hace rato está aquí. Eso no te toca a

[música] El anciano levantó apenas la cabeza. tenía los ojos claros,

demasiado claros para esa cara llena de polvo. Miró a Mateo sin pedir nada, sin

[música] extender la mano, sin hablar, solo lo miró. A veces un niño entiende

lo que un adulto lleva años evitando entender. Mateo bajó el cierre con un

tirón. La cremallera se atoró a la mitad. maldijo bajito, metió los dedos,

forzó la tela [música] y se sacó una manga. “No lo toques”, gritó doña Mariela otra vez, “Ahora con miedo

verdadero. Niño, no seas bruto.” Un señor del bus soltó una risa seca.

“Déjalo, [música] si quiere enfermarse, que se enferme.” Esteban dio un paso más

y señaló la chaqueta. Si te quitas eso, mañana no vengas a llorar por fiebre y

tu mamá no me diga después que no advertí. Mateo tragó saliva. Su mamá

llevaba tres semanas con dolor en la espalda y apenas [música] podía cumplir el turno completo limpiando el salón de

la iglesia. Si él se enfermaba, no había quien ayudara con el pan de madrugada.

Si él faltaba a la escuela otra vez, la maestra Celia iba a quitarlo del equipo

de lectura y se acababa la única cosa que le gustaba de verdad fuera de casa.

Si Esteban se enojaba, podía dejar de darle trabajo en el mercado. Todo eso le

pasó por la cabeza y aún así terminó de quitarse la chaqueta. La sostuvo un

segundo contra su pecho, sintiendo el calor que se iba. Mateo, dijo Esteban

con la voz baja, no me obligues. El niño se volteó hacia el anciano, se agachó y

lo cubrió con la chaqueta [música] azul despacio, como si estuviera tapando a alguien dormido. [música] El anciano